Otoño en Cold Spring Capítulo 16. Revelaciones a dos bandos de lo más. CURIOSAS
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Capítulo 16. Revelaciones a dos bandos de lo más. CURIOSAS

Revelaciones a dos bandos de lo más... CURIOSAS

E ra un beso lento, apasionado y demasiado húmedo que encendía cada célula de su cuerpo, que ardía por todas partes, mientras le rodeaba el cuello al pegarlo más a ella, lo que producía que él soltase gemidos en su boca.

Aquella intensidad enaltecía la pasión entremezclada con algo que se asemejaba al amor, pero que ninguno de los dos se atrevía a ponerle ese nombre.

Ella llevaba la voz cantante en cada movimiento o en esa lujuria lenta, a la vez que él permitía todo lo que ella quisiera, la joven lo sentía como pequeños triunfos por su desinhibido poder en cada suspiro que Jared soltaba...

Imogen se incorporó como un resorte en la cama, con los ojos abiertos, sin tomar conciencia de nada, hasta que la suave luz que se colaba por la ventana le recordó que estaba en su cama de Cold Spring.

Se puso una mano en el pecho, que le subía y le bajaba por la respiración errática; además, el pulso le iba mil por hora como si fuera un coche de fórmula uno, no entendía nada.

Enterró los dedos entre los mechones de su melena para separar algunas hebras que tenía pegadas a la cara, pero no halló sosiego, pues el sueño regresó a ella, ¿cómo había imaginado eso?

Y se acordó del momento en que, con los labios pegados, sus alientos se convirtieron en uno, percibiendo cómo la atracción y la seducción aumentaban la temperatura de su cuerpo, deseando una sola cosa: que la besara.

—¡Puto Jared! —La había dejado anhelante de un beso que no tenía idea de cuándo se produciría o si sucedería.

Giró la cabeza y vio la hora, la misma a la que se había despertado los últimos días. Decidió levantarse para prepararse para ir junto a Kendall y revisar si había nuevos pedidos. Su amiga ya se le había adelantado, como siempre.

—¡Buenos días! —la saludó alegre Imogen.

—¡Hola! —Kendall separó la vista del recipiente en el que batía una masa de uno de los bizcochos de Lisa, que estaba teniendo una buenísima acogida.

—¿Estamos listas para Halloween? —preguntó con ilusión, mirando las bolsas donde estaban las decoraciones.

—Sí, cuando metamos estas dos tartas de calabaza empezamos, ¿te parece?

—Vale.

—Hoy estás contenta, ¿ha pasado algo que no sé?

—Nada, pero me gusta la idea de decorarlo todo con lo que hemos comprado.

—Ya hice algunas magdalenas y galletas con formas.

—¡Calentando motores! —Estiró los brazos—. ¡Me encanta!

Imogen la ayudó con algunas cosillas, sacando o metiendo más recipientes en el horno.

Una vez que eso estuvo listo, llevaron todo a la cafetería y la fiesta comenzó.

Se entonaron con música marchosa y algunas intros de series tan míticas como la Familia Monster .

Así, las telas de araña adornaron la balconada de la librería, murciélagos con siluetas de brujas se pusieron en los techos, una enorme sombra de Drácula saludaba desde el suelo a quien entrase en la cafetería, y en una esquina de uno de los ventanales, una Morticia Addams guiñaba el ojo un tanto coqueta; aunque, antes de entrar, apostaron a un hombre de paja con cabeza de calabaza que se encendía como una bola de discoteca, cortesía de Shannon.

Más o menos con todo bajo control (eso que fueron improvisando sobre la marcha), se echaron un bailecito de la alegría, una miniconga que surgió en la época de secundaria y que repetían cada vez que las vibras así las empujaban a ello o cuando había una noticia que celebrar.

Rieron, cantaron a pleno pulmón aprovechando que estaban solas, ¡estaban locas de atar!

Cuando pararon, se abrazaron, para Imogen fue el abrazo que había necesitado.

—Me alegro verte sonreír otra vez y que estés tan feliz —confesó Kendall con Mystical Magical , de Benson Boone.

—Creo que he encontrado mi sitio en Cold Spring —dijo abiertamente Imogen—. Desde que vine, una parte de mí quería quedarse en el pueblo, y debo reconocer que en esto también acertaste, si no fuera por ti...

—No pienses en eso y me alegro de que estés bien aquí, ya te comenté que la gente era maja, aunque creas que Jared es un monstruo de siete cabezas. —Se rio.

—Me da que no es tan malo el lobo como parece.

—Ya verás que no. —La cogió de una mano y tiró de ella hacia el obrador—. Me gustaría que os llevaseis bien, porque en Acción de Gracias, ya sabes que mis padres se van a Montana y yo me quedo con Mark.

—Los míos tampoco están. —Se encogió de hombros—. ¡Están de crucero! —hablaron al unísono.

—Lo pasaremos juntos y a lo mejor se une alguien más, a lo mejor. —Kendall se tapó la boca con las manos.

—¿Qué?

—Lo podríamos celebrar aquí, en la cafetería, hay más espacio que en tu casa o en la nuestra.

—¡Oye, no estaría mal!

—Vale, aún hay tiempo para meditarlo. —Kendall sacó con el guante un bizcocho del horno—. Quiero que te lleves bien con Jared...

—Sí, y me mantendré alejada. —«Creo que llegas tarde», pensó para sus adentros.

—No —se giró para mirarla—, no es eso, no me importa lo que hagáis, pero lo que no me gustaría es que pasaras a formar parte de esa inmensa lista de mujeres a las que les ha dado calabazas.

—Te doy mi palabra de que no sucederá. —«No me equivoco si digo que los dos sentimos algo, ¿el qué? Se descubrirá en próximos capítulos», le dijo a su amiga para sus adentros. ¡Ya no lo podía mandar a paseo en cero coma! No, ya no.

A medida que el amanecer alcanzaba las tierras del valle del Hudson y Cold Spring, el día despuntaba entre húmedo con momentos soleados, en los que los colores otoñales bañaban la no muy ajetreada Main Street, sobre todo a primera hora, cuando solo había algunos conductores que paraban a por el primer café de la mañana o camiones de distribución que llegaban con sus productos.

Ellos eran los primeros clientes. Después de abrir, pasaba Cloe, la veterinaria, y esa mañana lo hacía cansada.

—Buenos días, chicas —las saludó apoyándose en la barra, ya traía puesto el uniforme.

—¿De dónde vienes? —Se interesó Kendall.

—¿Ya has atendido a algún animalito? —Quiso saber Imogen.

—Vengo de ver a dos gallinas de un agricultor. —En ese instante, Imogen dejó de parpadear.

—¡¿Atiendes a gallinas?! —La joven se quedó boquiabierta, era la primera vez que lo oía.

—A todo ser viviente, salvo a los humanos, de eso se encarga mi marido, que es médico en el hospital. —Esa información se la había dado cuando la conoció.

—¿Qué quieres? —Kendall ladeó la cabeza—. ¿Un café bien cargado?

—Cómo lo sabes —suspiró con cansancio—. Y dos buenos dónuts.

—Marchando —exclamó Imogen sonriéndole.

—¡Sois mis rescatadoras! —Les sonrió al pagar—. Bueno, chicas, vuelvo a la clínica. ¡Vamos hablando! —Se despidió agitando la mano en el aire.

Tras ella, llegaron los clientes de siempre, alguno nuevo, otros que paraban con prisa para coger el cercanías que los llevaría a la ciudad.

Más entrada la mañana, como siempre, Lilian apareció acompañada de Wendy, Teresa y Flora.

Al servirlas, Jared hizo acto de aparición con su uniforme, que ese día le provocó soltar un suspiro a Imogen.

«¡¡¡DISIMULA!!!», se gritó a sí misma, y debía advertírselo, ¿cómo?

—¡Buenos días! —las saludó con una resplandeciente sonrisa.

—Para algunos más que para otros —fue la respuesta de Imogen a la vez que Kendall le respondía con una sonrisa similar, antes de regresar al obrador.

—¿Y eso? —Se interesó.

—Para mí ya no lo son al verte el careto.

—La otra noche no decías lo mismo.

—¿Qué? —Kendall no la había escuchado bien.

—Nada, nada, vuelve al obrador, no ves que le falla la cabeza. —Imogen empujó a Kendall hacia allí. Cuando su amiga entró, no con muchas ganas, ella fue a junto a Jared—. Kendall no sabe nada de la cena, disimula, por favor.

—¡Ah, vale! —Pegó un aplauso Jared—. Ha despertado, necesitaba escuchar mi voz.

—No necesito nada de ti, es más, no te tocaría ni con un palo.

—¡Imogen! —exclamó Kendall escandalizada, regresando a la barra.

—¿Es tu amiga y aun así te sorprende? —Un brillo travieso le cruzó los ojos verdes a Jared, lo que enfadó más a Imogen, que apretó los labios y abrió las aletas de la nariz.

—Y deja de enseñar tus dientes blanco nuclear, me deslumbras.

—¿Molesta?

—No, asqueada, y dime qué te sirvo o vete —lo amenazó.

—Vale, no te pongas así, mujer. Ponme cuatro cafés para llevar y una caja de bollería variada.

Imogen lo miró, estiró los labios de tal manera que el superior le rozó la nariz.

—Estamos famélicos.

—¡Qué va! Es para los compañeros que estamos de mañana. —A la vez que le servía todo, ella miraba hacia la puerta, hecho que no le pasó desapercibido a él, que no perdió la oportunidad de saber lo que le escocía—. ¿Esperas a alguien?

—Sí, a mi amante —contestó, lo que no le sentó muy bien a él—. Mi amante que viene de las estrellas.

—Amante, vaya, eso ha dolido, ¿sabes? Pensaba que te estaba conquistando.

—Es que, chica, Jared tiene unas manos de oro —añadió Teresa.

—Si necesitas algún trabajito, cuenta con él —apostilló Lilian.

—Es verdad, para lo que necesites, te paso mi teléfono. —Jared cogió una servilleta y le apuntó su número en ella—. Para que lo tengas. —Le guiñó un ojo.

—Sería a la última persona que llamaría. —Ella la guardó en el bolsillo del pantalón antes de servirle todo su pedido.

—Me encanta veros discutir —aseguró Flora, quien consiguió que se callasen—. Vuestros corazones dan rienda suelta a las emociones. —Les sonrió.

—¡Eso no va a pasar! —Hablaron al unísono y compartieron la misma mirada asombrada que los puso colorados.

—Pasará —afirmó rotunda Flora. Imogen nunca la había visto tan seria y firme.

—No lo creo —le respondió Jared serio, algo que no le gustó mucho a Imogen. Parecía que le molestaba.

—Muchachos —se arrimó más a ellos y bajó la voz—, el destino mueve sus hilos y entre ellos estáis vosotros.

—No creo en esas cosas —dijo Imogen también en voz baja.

—Ninguno vais a poder escapar de vuestro sino, los hados se están moviendo y en Halloween todo cambiará. Al fin os habéis encontrado, porque desde hacía mucho os estabais esperando.

Jared, sin despedirse, salió a la carrera de allí.

—No vais a poder escaparos —sentenció Flora, dándole unos golpecitos en la mano a Imogen.

Ella no supo cómo descifrar todo aquello.