Otoño en Cold Spring Capítulo 15. Jared Read ¡¡¡desintegrador de bragas!!!
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Capítulo 15. Jared Read ¡¡¡desintegrador de bragas!!!

Jared Read: ¡¡¡desintegrador de bragas!!!

I mogen no quiso hurgar en esa parte de su vida; primero, no era quién; segundo, conocía de primera mano la fragilidad que producía en las personas el dolor, y lo último que pretendía era arrancar de cuajo la postilla de unas heridas que no sabía si estaban o no curadas.

Lo que le quedó claro fue que eran dos personas muy marcadas por el pasado.

Los dos se pusieron a trabajar el uno al lado del otro, y tardó bastante tiempo en darse cuenta de que se estaban mirando, pues ella ya no veía a ese hombre pesadilla, sino a una persona con la que, quizá por las respuestas que le había dado, compartía más de lo que a simple vista parecía.

Lo que ninguno comprendió fue que cuando dos participan de un dolor similar, se entienden sin necesidad de palabras y que en sus ojos siempre hay un mundo lleno de fantasmas.

Ella separó la vista con el corazón en la boca, y con manos rápidas, a causa del nerviosismo, puso el pan con mantequilla a tostar.

—Me gustan tus ojos —musitó para que solo quedase entre ellos.

—Son muy normales, azules sin más.

—No, sin más, no. —Esa respuesta hizo que lo observase de nuevo. Jared ladeó la cabeza—. Son dos lagos profundos que cada vez que los veo me invitan a surcar sus aguas. —Imogen se quedó clavada en el sitio, sin saber qué decir—. Pero no quiero hacer nada sin tu...

—A lo mejor no me asusto —dijo ella en voz baja.

—A lo mejor tengo miedo de que no me pueda controlar si me lo permites.

—A medida que hablaban sus caderas se arrimaron, y al girarse un poco Imogen, su frente se pegó a los labios de Jared, quien sonrió sobre su piel.

De pronto, el corazón de ella dio un brinco en el pecho y una fuerza invisible la rodeó como un remolino, como si aquello fuera obra del propio destino que los envolvía con su magia—. No te has apartado de mí.

—En Nueva York recuerdo que me diste varios besos en la mejilla y tampoco lo hice.

—Cierto. —Dejó caer sus ojos sobre ella, había algo distinto en ellos—. Será mejor que sigamos o no comeremos.

Continuaron, y él mostró ser un buen cocinero, además de un rápido pelador de patatas. Cuando ella estaba emplatando, él ya tenía listas las patatas, que tenían una pintaza tremenda, pues Imogen salivó. Eran finas, estaban doradas, perfectas y como le gustaban a ella.

Se sentaron a cenar.

—¡Tengo mi recompensa! —Alzó los brazos a modo de victoria.

—Como sigas en plan gilipollas, verás como la que cena soy yo sola —lo amenazó—. Y recuerda, Jared querido...

—Eso de «querido» no ha sonado bien. —Dio un paso atrás, ya no bromeaba.

—Cianuro, Jared, cianuro. —Él cogió la servilleta y se la colocó encima de las piernas; luego, con movimientos medidos y algo elegantes, partió un trozo de pan y cortó un pedazo de carne que a Imogen le olía de maravilla.

Todo fue a la boca de Jared. Con expectación le preguntó—: ¿Qué te parece?

—Él levantó el tenedor para que esperase mientras masticaba y, de repente, comenzó a darse golpecitos en el pecho.

Imogen vio como su nuez subía, bajaba, ¡no sabía qué le pasaba!

Tosió fuerte, tanto que la asustó. Se levantó y se acercó a él—.

Jared, ¿qué te sucede?, ¿estás mal? ¿Es que eres alérgico a algo y no me lo dijiste?

Él echó la cabeza hacia atrás y su pecho convulsionó.

—¡Has picado!

—¡Oh, por favor! —Le dio un suave golpecito en el hombro—. ¡Serás idiota!

Soltó una carcajada que hizo brincar el corazón y el alma de Imogen, le gustaba aquel sonido.

—¡Te has preocupado por mí!

—A que te vas cagando leches —lo amenazó, sentada de nuevo.

Cortó la carne con tanta fuerza que chirrió en el plato.

—Reconócelo, mujer, te preocupaste.

—Sí. —Se metió un trozo en la boca, luego una patata, la combinación crunchi y tierna era deliciosa. Nunca una hamburguesa hecha por ella le supo tan bien.

—Eres una buena cocinera, está delicioso.

—Y tus patatas, muy buenas.

—Te traeré unas de un vecino que tiene huerto, y esas están que lo flipas.

—Vaya, eres cocinillas. —No quería mirarlo después del susto que le había dado el muy idiota.

—¿Qué crees, que vivo del aire o del microondas? —le preguntó con una sonrisa.

—Las dos cosas.

—No, muy equivocada estás, señorita. —Señaló a la fuente—. Te tengo que traer unas hortalizas —asentía serio. Le guiñó un ojo—. Cuando pruebes sus verduras, no querrás otras, hasta creo que todavía tengo unos pepinos por casa, te los traeré también, son crujientes, sabrosos. Pregúntale a Kendall.

—¿Le llevas «verduras»? —Estaba pensando en algún tipo de comercio negro en el pueblo.

—El pumpkin spice que hacéis en la cafetería son las calabazas de mi vecino.

—¡Anda!

—¡Esta carne está perfecta! —La apuntó con el cuchillo—. Me gusta mucho.

—Gracias, es la receta de mi padre.

—Muy buena... —A Jared lo interrumpió el timbre.

Imogen, extrañada, pues no esperaba a nadie, se levantó para abrir, y quien estaba al otro lado era Teresa.

—¡Hola! —la saludó Imogen.

—¡Hola, chicos! —habló en plural, por lo que la joven esclareció que sí, estaba cotilleando.

—Hola, Teresa —dijo Jared.

«¿Me tiene que seguir como un sabueso o qué?», tragó con fuerza.

—Toma, para la cena, la mitad de un pastel de carne.

—Gra... gracias. —Imogen cogió el plato asombrada.

—Buenas noches —se dio la vuelta hacia los tres escalones—, y ya me diréis qué os parece.

—Vale.

Jared cerró la puerta también mirando lo que les había llevado la señora.

—¿Y ahora? —Ella lo miró a él por si tenía una respuesta.

—Tienes cena para mañana, porque no cambio tu comida por el pastel de carne, por muy bueno que esté.

—Él volvió a la cocina seguido de Imogen, que dejó el plato sobre la encimera y olía fenomenal—.

Y te puedo decir que es uno de los mejores.

—Recogió con el cuchillo y el tenedor el queso con el bacon—. Ese grupo de señoras cocina muy bien.

—Por eso te defienden tanto, porque te compran con sus comidas.

—No —respondió él con el puño delante de la boca. Imogen, de repente, notó cómo sobre él se asentaba una nube negra que lo tensó y originó que tragase lo que tenía en la boca tras pegar dos mordidas. Tanto fue así que el ambiente entre ellos se congeló—. Conocían a mi familia.

Imogen se sintió mal, era la segunda vez que él regresaba a un lugar lejos de ella.

—Lo siento —soltó, cortando en pedacitos la carne para disimular lo nerviosa que estaba.

—¿Por?

—Por sacar un tema que claramente te entristece o te molesta.

Él alargó la mano y la posó en su muñeca.

—Mírame. —Ella chasqueó la lengua en respuesta—.

Mírame. —Al obedecerlo, no había ningún sentimiento triste, sino algo similar al amor—.

Nada de lo que venga de ti me puede afligir, y si notas que me encierro es porque no quiero estropear esta noche, ¿vale?

—Ella asintió más o menos conforme con eso—.

Y ahora cuéntame de ti, trabajaste en una editorial.

—Sí, y ahora soy camarera, trabajo que no realizaba desde que iba a la universidad.

—¿Y te ha costado adaptarte?

—La verdad que no, porque hacer un buen café es como besar, nunca se te olvida.

—Una contestación muy ingeniosa, me gusta. —Se encogió de hombros—. Todo lo que viene de ti me gusta. —Ella se quedó boquiabierta, aquello era toda una declaración—. Venga, come —la azuzó—. ¿Y cómo dejaste la editorial?

—Es una larga historia, simplemente cometí un error y perdí el trabajo.

—Se metió un trozo de pan en la boca, a ella le pasaba como a él, no le gustaba hablar de determinados temas.

Por supuesto iba a obviar el de Howie y la jefa—.

Pero como ayudé a Kendall a montar la cafetería, somos socias, pues me animó a venir y a trabajar.

Así fue como pasó de tener muy pocas estanterías con libros a tener una librería.

Con el añadido de que yo he ganado en tranquilidad y me gusta ser librera.

—Como a mí ser guardabosques, la mejor profesión del mundo.

Me gusta la naturaleza, el entorno en el que vivo, por eso estudié Gestión de Recursos Forestales, soy un enamorado del río Hudson, de sus valles, me conozco cada una de sus colinas, cada árbol.

—Se encogió de hombros, estaba entusiasmado con su profesión—.

Sin toda esa vegetación este pueblo no existiría o no sería el mismo.

Imogen quedó fascinada por el modo en que hablaba, había muy poca gente que le pusiera tanto amor a una simple descripción y su alma supo que pasaría todo el tiempo del mundo escuchándolo, pese a que lo había comprobado por sí misma cuando le riñó por las ardillas.

—Nunca nadie me había escuchado tan atentamente.

«Quizá sea porque me gusta el sonido de tu voz», ella se metió el último trozo de pan en la boca.

—Es interesante lo que cuentas. —En parte sí, pero le gustaba verlo relajado y disfrutar—. Bueno, deja todo ahí y vamos al sofá a tomar una infusión otoñal.

—¿Infusión?

—¿No te gustan? —le devolvió la pregunta.

—Sí.

Ella cogió el calentador de agua y sirvió dos tazas echando la bolsita dentro.

Se sentaron en el salón, donde él preparó la chimenea para encenderla, con gran pericia lo hizo; pronto, la leña comenzó a chisporrotear.

Aquel era un otoño distinto, pues en la ciudad tenía calefacción, pero sentarse frente a un gran fuego marcaba la diferencia con creces.

—Te voy a contratar para que me la enciendas —bromeó ella, que se sentó frente al fuego.

—Cuando quieras. —Se acomodó a su lado de tal modo que sus piernas se rozaban. Tomó un sorbo de la infusión e Imogen observó el movimiento hipnótico de su nuez—. Está muy buena.

—Es la que servimos en la cafetería, tiene un sabor muy otoñal.

Él asintió lentamente, con los ojos perdidos en la chimenea.

—Hacía mucho que no me paraba a disfrutar de un buen fuego.

—Para mí es la primera vez. —Él giró el rostro de inmediato y bebió un buen sorbo sin decir nada—. ¿Qué? —La puso nerviosa, pues sus iris verdes chispeaban igual que lo hacía la madera entre las llamas, ¡habían robado su esplendor!

—Soy tu primera vez. —La sonrisa con que lo dijo fue reflejo de la de ella.

—Sí. —Aún más nerviosa, se colocó un mechón rebelde detrás de la oreja, no lo consiguió.

Él apartó con cuidado su mano, enroscó el pelo en el dedo índice y se lo acomodó, mientras que rozaba la piel sensible de su oreja, tuvo que controlarse para no soltar un gemidito.

No se volvió a mover, pero ella se acordó de algo—.

Es la segunda vez que me lo haces, la primera fue en Nueva York.

—Te acuerdas. —Su sonrisa se ensanchó—. Sí, en aquel local donde a Mark se le cayó todo el cóctel por la camisa. —Los dos se echaron a reír, él volvió a mirarla—. Desde que te volví a ver, estaba deseando hacerlo —confesó él en voz baja y un tanto enronquecida.

—Yo... —«Ojalá pudiera decirte “hazlo cuando quieras”», pensó.

—Bueno, me voy. —Terminó la infusión y dejó la taza encima de la mesita. Con la agilidad de un felino se levantó y se descubrió a sí misma que le gustaba cómo se movía por la vida, seguro, firme, sin miedo.

«No te vayas, por favor», le gritaba su corazón. Se levantó para acompañarlo.

—Gracias a ti por querer quedarte. —Menuda frase más idiota le había salido por la boca.

Jared abrió la puerta, por un breve segundo se quedó quieto para, luego, girarse dejando entrar una bocanada de aire frío y húmedo.

—Gracias por la cena, sobre todo, por la compañía.

—Se inclinó para regalarle un beso en la comisura de los labios, percibió la humedad de la punta de su lengua y la recorrieron escalofríos de placer.

Ella giró el rostro de tal forma que el labio superior quedó sobre el inferior de él.

Ninguno se movió, simplemente se sintieron un buen rato—.

Hasta mañana. —Se marchó sin costarle nada.