Otoño en Cold Spring Capítulo 14. Un hombre misterioso que siempre te echará una mano
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Capítulo 14. Un hombre misterioso que siempre te echará una mano

Un hombre misterioso que siempre te echará una mano

Y a quedaba menos para Halloween y se notaba en el ambiente de Cold Spring, casi todos los establecimientos se habían adornado y ellas lo harían al día siguiente, bien temprano antes de abrir.

El tiempo había cambiado, ese día habían caído unos fríos chubascos otoñales que habían pegado las hojas a las aceras, aunque ya no resbalaban tanto, y algunos árboles que adornaban Main Street habían perdido por completo sus copas, se habían desnudado ante todos para salvarse de las inclemencias del invierno.

Tampoco se había vuelto a sacar el tema de la cena.

Jared apareció con más frecuencia y no hizo referencia a nada de eso, lo cual ella agradeció, así evitaría que Kendall se enfadase; lo que no pudo hacer fue hablar con él para decirle que se rompía esa tontería, ya que nunca encontraba el momento justo y él, luego, se marchaba.

Esa tarde, le había encargado a Shannon algunas provisiones que le faltaban en casa, y la ayudante que tenía contratada se las había acercado a la cafetería.

Eran dos bolsas bien repletas de todo. Cuando tenía previsto llevarlas a casa, llegó un grupo pidiendo de todo y no solo eso, compraron libros, con lo que ella no tenía ni un segundo para pensar, ni meditar ni nada por el estilo.

No había nada mejor que estar entretenida para que la mente dejase de funcionar y eso fue lo que le pasó hasta que prácticamente terminaron por ese día, aunque Kendall estaba muy agotada, por lo que a Imogen le tocó cerrar la cafetería.

Dejó las bolsas de la compra en el suelo, así pudo sacar del bolsillo de la cazadora la llave —eran dos, una para cada una, las que les había proporcionado el dueño—, era muy antigua, la típica de rabo largo que terminaba en un corazón; además, pesaba bastante.

Ese fue un detalle que le confirmó la antigüedad del establecimiento.

La metió en la cerradura, cuando la iba a girar no pudo, ejerciera fuera o no, aquel pedazo de llave no se movía.

—Me cago en todo, por lo que más quieras, ciérrate —le exigió, si no era así, se veía durmiendo en el obrador.

—Espera, déjame a mí. —Jared apareció de la nada y la apartó con cuidado.

Él tiró de la puerta suavemente; de repente, Imogen escuchó el clic de la cerradura. Clavó sus ojos en él.

«¡¡¡VAMOS!!! Jared Read al rescate, el MacGyver de Cold Spring», lo presentó su cerebro como si fuese en un coche con megafonía anunciando un nuevo circo.

—Gracias —suspiró—. Ayer no tuve problema, no sé qué ha podido pasar hoy.

—Para que se cierre bien, antes de girar la llave, tiras de la puerta un poco hacia ti y problema resuelto.

—¡Ah, vale! —Se quedó con ese detalle. Imogen se agachó a coger las dos bolsas de papel justo en el preciso instante en que él se giró y la rodilla se estampó en su frente, lo que provocó que cayera de culo—. ¡¿Podrías ser más delicado, por favor?! —Alzó la voz, cabreada.

—¡Joder! Lo siento.

—Sí, seguro. —Se intentó levantar y volvió a dar con el culo en el suelo.

El cuadrado de la entrada era tan estrecho que le era imposible levantarse, no solo eso, sino que prácticamente estaban pegados, solo unos pocos milímetros los separaban.

Él la cogió por los brazos, y como si Imogen fuese un peso pluma, la pudo poner en pie.

Ya sobre sus piernas, volvió a percibir su aroma que se entremezclaba con la humedad que reinaba en la calle, con el olor de las chimeneas que desde hacía días funcionaban en todas las casas y con ese más terroso y mineral que procedía del Hudson.

Sin poder controlarse, cerró los ojos para pegar la nariz más a él: era el equilibrio perfecto, fresco y amaderado que, quizá por la cazadora, notaba un toque a jengibre que sobresalía.

Era la estela de un seductor, despertar los sentidos más sombríos y la sensualidad más desenfrenada, junto con el magnetismo que siempre lo acompañaba, lo hacían más irresistible.

Al separarse sus alientos se convertían en uno, y lo primero que vio al abrir de nuevo los ojos fueron sus labios finos, del que sobraría muy poco el inferior, los tenía entreabiertos y pudo observar algunos dientes blancos cual propaganda de dentífrico.

Lo que más le gustó fue como la sombra de una incipiente barba le enmarcaba la boca.

Si en algo se recreó fue en sentirlo pasear la punta de la nariz por su pelo.

Esos roces inocentes hacían que su cuerpo se tornase incandescente y le entraron unas ganas enormes de probar sus labios, de saber la pericia que tenía besando o si serían tan suaves como aparentaban.

—Gracias —le soltó con brusquedad, rompiendo aquel momento.

Al levantar la vista hacia él, comprobó que la miraba con una intensidad tan extraña, casi tan salvaje, que se sintió cohibida y rara en su propio cuerpo.

¡Era la primera vez que la miraban de ese modo!

La estaba desnudando solo para él—. Tengo que llevar la compra a casa, gracias.

—Te acompaño —le dijo con la voz queda, y con movimientos rápidos cogió las dos bolsas que cargó una en cada brazo.

Al ir subiendo, a Imogen le dio la sensación de que le recorría el cuerpo a medida que él se levantaba, que acariciaba cada recodo de su piel con las manos, la boca, con todo su ser, hasta robarle todos los secretos que escondía, y un escalofrío de placer le recorrió la espalda.

No le quedó más remedio que meter las manos en los bolsillos para no cometer la locura de besarlo, pues con sus caras casi pegadas, ella entreabrió un poco la boca.

Nunca había experimentado algo así en la calle—. ¿Vamos?

Ella asintió, ¡no podía hablar o notaría su alteración!

Caminaron hacia la casa de Imogen en un silencio bastante cómodo, pero ella notaba como sus hormonas, que eran algo estables, al ir andando a su lado se revolucionaron como una bandada de estorninos que hacía piruetas en el cielo y eso provocó que el corazón le subiera a cada segundo a la boca, que con ello le costara respirar o lo hiciera como si estuviera corriendo una maratón.

Cuando llegaron, vio por el rabillo del ojo como una cortina de Teresa se movió.

«Vaya, no soy la única cotilla», eso logró que sonriera para sus adentros.

—Pasa. —Abrió la puerta para permitirle entrar.

—¿Dónde dejo esto?

—En la cocina. —Se la señaló con un dedo, mientras ella se disponía a colgar todo en la entrada.

Al ir allí, percibió como la cocina, de tamaño más o menos normal, era más grande que la de Nueva York, acogedora, con la presencia de Jared se había encogido.

Estaba decorada con azulejos blancos, algunos tenían detalles de frutas que le daban un toque de color, de techo alto blanco, donde había anclada una barra led que lo iluminaba todo.

Las alacenas colocadas en hileras frente a la puerta eran del mismo color, salvo la nevera, que era de color metálico como el horno.

La encimera de mármol era beige y terminaba en el fregadero, a cuyo lado estaba la ventana que daba a la parte de atrás de la casa.

En el centro había una gran mesa redonda, blanca también, con cuatro sillas.

—Gracias.

—¿Por?

—Por la puerta, por esto. —Señaló las bolsas.

—No se dan. —Se encogió de hombros—. ¿Saco las cosas y tú las colocas?

—Vale —aceptó sin rechistar.

Nerviosa, comenzó a colocar todo los productos comprados que él le iba dando, y sus dedos, al chocar, le producían un hormigueo que le subía por el brazo, pero no le resultaba incómodo, su ser pedía tenerlo todos los días. Acabaron en un santiamén.

—Dime, ¿para qué has venido? —Quiso saber ella—. ¿O es que tienes un sensor para saber qué mujer «está en peligro»?

Él se quedó clavado en el sitio.

—Sí, eso. —Sonrió de un modo sesgado que a ella le atrapó el aire en los pulmones—. Quería decirte que no tienes por qué invitarme...

—Y yo que pensaba decirte que te quedaras. —Era el modo más íntimo de llevar a cabo la apuesta, sin incordios.

—¡Oh! —Lo cogió desprevenido.

—Pero si no quieres...

—¿Me estás invitando? —Enarcó una ceja.

—Puedes marcharte si quieres, y no tengo que enseñarte la puerta. —Estiró el brazo para indicarle la salida.

—Me quedo a esa cena. —Se acercó más a ella para susurrar—: Si lo hago podré descubrir qué hay detrás de esa chica despreocupada que se mete en líos —musitó.

El aliento de Jared le rozó la sien y, por primera vez en mucho tiempo, notó que se deshacía delante de un chico, pues muy pocos, o por decir ninguno, habían logrado que con una frase se sintiera como mantequilla, las piernas como flanes y el corazón palpitante como una mariposa que echa a volar de flor en flor en pleno verano, aprovechando cada uno de sus rayos que le dan calor como una buena chimenea en invierno, estacionalidad que nunca llegaban a conocer. Él se separó rápido—. ¿Te ayudo?

—No, si quieres puedes poner la mesa —le indicó ella.

Imogen sacó de la nevera todo lo que necesitaba para cocinar las famosas hamburguesas de su padre, pero a medida que iba condimentando la carne, se fijó en que Jared sabía dónde estaba todo—.

¿Esta cocina fue tuya? —le preguntó con la curiosidad palpitando sobre su cabeza.

—No, lo que pasa es que he estado en esta casa, porque ayudé a Lilian con algunas instalaciones que las revisé justo antes de que llegases al pueblo.

—¡Ah! —Siguió con lo que estaba al escuchar el nombre de su casera; le dio forma a las hamburguesas cuando los condimentos se integraron bien en la carne—. Así que es cierto, eres el manitas de oro de Cold Spring.

—No soy ningún «manitas», se me da bien arreglar algunos aspectos de la casa. —Su respiración se tornó pesada—. Mi padre era mejor —dijo en un tono melancólico.

—¿Lo has perdido? —Ella cerró el grifo del agua y cogió un paño donde secarse las manos.

—Sí, como a mucha gente más, pero él era mejor que yo en todo, soy un sucedáneo de lo que él fue. —Al mirarlo, Imogen vio una sombra que le cubría el rostro, no supo dilucidar si era de tristeza o el peso de los recuerdos—. ¿En qué más puedo ayudarte? ¿Te apetecen unas buenas patatas fritas?

—Vale. —En cuanto le respondió, volvió a ser el mismo hombre.

«¿Qué escondes, Jared?», inquirió su alma.