Otoño en Cold Spring Capítulo 13. Imogen, atente a las consecuencias
35%

Capítulo 13. Imogen, atente a las consecuencias

Imogen, atente a las consecuencias

T ras la marcha de los chicos, el ambiente de la cafetería estaba un tanto cargado —y no era porque hiciese buen tiempo, pues comenzaba a ser un tanto inclemente: se empezó a notar más frío, y el cielo ese día estaba surcado por nubes que amenazaban con desprender litros de lluvia, aunque de momento parecían contenerse bastante—.

Pero si alguien había dejado el aire pesado y muy condensado alrededor de Imogen, el culpable no era otro que Jared.

Sus ojos habían resplandecido, convirtiéndolo en un chico travieso.

Lo que se le escapaba era por qué separó la vista tan rápido de ella y cambió su gesto.

La joven, en cuestión de nanosegundos, opinó para sí misma que lo aborrecía.

Después de intercambiar sus últimas palabras, hizo acopio de todas sus fuerzas para recomponerse y regresar al trabajo, pero se topó frente a frente con Kendall, que tenía los brazos cruzados sobre su delantal y una expresión demasiado seria, lo que podía significar «problemas».

—¿Qué es eso de una apuesta? —Su amiga se había convertido en la vieja del visillo, que veía y escuchaba lo que no debía.

—A ti te encanta husmear en mi vida. —Aquello fue un reproche.

—Siempre y cuando esté Jared de por medio, sí; si no, sabes que yo siempre te apoyo —soltó a las bravas.

Imogen movió los ojos hacia los lados.

—En Nueva York Mark siempre quedábamos los cuatro —le recordó, enfrentándose a ella.

—Eso no es lo que importa.

—Tú déjame a mí.

—Es una apuesta, eso oí.

—Hummm... —No le apetecía quedar como una idiota de nuevo.

—Imogen, por Dios, ¿qué has hecho?

Esas palabras de Kendall la hicieron recapacitar y llegó a la conclusión de que era mucho más tonta de lo que creía al haber aceptado una apuesta con el hombre menos indicado.

—Me calentó de tal modo que acepté su ridícula apuesta: a ver si a los clientes les gustaba más su colocación de libros o la mía. —Cedió y lo contó todo.

—¡Parecéis críos! —la riñó Kendall, que aflojó su gesto y dejó caer los brazos a los lados del cuerpo.

—Díselo a él cuando lo veas, porque la idea fue toda suya.

—Y a ti, tú tampoco te salvas, ¡le pudiste decir que no!

—Es que siempre me está picando y me enerva.

—No es disculpa, Imogen, y —Kendall puso los brazos en jarras— es que no os entiendo, parece que os odiáis...

—¿Te has dado cuenta? —Se alegró Imogen—. Tienes buena vista, amiga. —Le dio unos golpecitos en el brazo.

—Jared es muy buen niño —intervino Lilian desde la mesa.

—Y muy buena persona —añadió Teresa—. Nunca lo vi así con una chica.

—A veces, el amor no empieza de la mejor manera —añadió Flora.

—Después de sufrir tanto, no sé cómo no se le borra la sonrisa —finalizó Wendy.

Aquellos comentarios volvieron a despertar el interés de Imogen sobre la persona de Jared y su vida.

—¿Qué le pasó? —La joven quería tirarles de la lengua.

—Os odiáis, pero no podéis estar sin meteros el uno con la otra, os atraéis como dos imanes —confesó Kendall, llevando la conversación por otros derroteros.

—Atracción, ¡qué va! —Imogen ocultó que su amiga casi estaba en lo cierto.

—No te entiendo, en serio.

—Tampoco hace falta que lo hagas, a veces me pasa lo mismo. No hay por donde cogerme.

—¡Por Dios!, ¿dónde queda eso de que «tengo las piernas pegadas con Loctite»? —Esa frase la había repetido Imogen suficientes veces como para que la gente la memorizase.

—Oye, que no me voy a acostar con él —le encasquetó por lo bajini—. Un poquito de «por favor», que no estoy tan necesitada.

—Tú sabrás lo que haces, pero acuérdate de esto: a todas las mujeres les dice que «no», y cuando vuestro juego lo canse, quizá tendré que recomponerte enterita.

Aquella advertencia de Kendall no le gustó, pero era una realidad, incluso Shannon, Tony y esas cuatro mujeres, que en esos instantes hablaron bien de él, dejaron caer lo de las calabazas.

Tras lo que le había pasado en la editorial, fue gracias a Kendall y a su apoyo por lo que pudo salir adelante, ya que su amiga había sido la mano que no le permitió hundirse.

—Tranquila, tendré cuidado —le aseguró, con lo que Kendall asintió en silencio.

«Antes de que me diga que no, se lo voy a decir yo. Romperé la apuesta», se juró.