Capítulo 12. Jared, el que juega con fuego se acaba quemando
Jared, el que juega con fuego se acaba quemando
—Y a te avisaré cuando me venga bien salir a cenar. —Le encantaba picarla.
—Comerás un sándwich y con suerte —le encasquetó ella—. Pero recuerda, si notas un sabor amargo, será cianuro.
—¡Qué maja!
—Es que sacas la mejor parte de mí. —Ella le clavó los ojos azules como si fueran dos lanzas.
Lo que le sorprendió fue que no era una mirada fría, al revés, era la mirada de una mujer que era sensible a todo lo que había a su alrededor, lo retaba y, sin ella ser consciente, tenía la fuerza para hurgar en su interior, por eso apartó los ojos de ella, aunque en silencio la estaría contemplando toda la eternidad (también los apartaría, porque su cuerpo reaccionaría a ella de un modo brutal como sucedía, ¡debía evitarlo).
Le gustaba observar los cambios que se producían en su rostro.
Desde que la había conocido un tiempo atrás en las cenas que a veces hacían los cuatro en Nueva York con Kendall y Mark, le había impresionado lo expresiva que era y cómo su rostro era el espejo de su alma.
Si lo dejase, leería todos los secretos de su ser.
Imogen tenía esa fuerza.
Era una mujer para conocer a fondo y no dejarla escapar.
Nada más salir de la cafetería, se metió en el coche donde lo esperaba Mark muy molesto.
En el interior notó cómo el aire estaba cargado, como si alguien hubiese prendido la mecha de la dinamita.
Nunca lo había visto tan molesto, hacía bastante tiempo que no se mostraba tan arisco con él, mínimo unos tres años atrás, cuando todo se había vuelto lúgubre y turbio en su vida.
Mark siempre había estado ahí, cuando hacía algo que no le gustaba lo mostraba con un fuerte portazo, pero ¿qué se suponía que había hecho?
—No te calles, di lo que tengas que decir. —Jared se metió en el tráfico tras arrancar para regresar al trabajo.
—¿Qué coño ha pasado ahí dentro? —le pidió explicaciones—. Hemos venido a por un café y tú... ¿le pides una cena a una mujer de la que dices que es una insoportable?
Sí, alguna vez en los últimos días se refirió a ella de ese modo, pero para disimular ante su amigo que le interesaba Imogen.
—No ha pasado nada —no contestó solo a lo primero.
—Y una mierda —arremetió Mark con su todo su mal humor.
—La lengua de Imogen...
—Ella es lo que pasa, me lo imaginaba. —A Jared no le hizo gracia cómo sonó.
—¡¿Qué?! —Jared se había quedado patidifuso con esa suposición por parte de Mark.
—No me jodas, Jared —le llamó la atención cual niño chico.
—No pretendo eso; solo hicimos una apuesta, una tontería —le contó la verdad, pero aun así el ambiente entre los dos amigos era helado, como si una ola de frío polar se desprendiera del ártico.
—Para ti, no, y te conozco; vi la manera en la que la mirabas, tengo ojos en la cara y no estoy ciego: era con esa actitud chulesca en la que te escondes cuando algo te gusta.
—Una apuesta, ya te lo dije. —Respiró hondo.
—¿Que te pague una cena es lo normal?
—Fue lo primero que se me ocurrió —se defendió. Un claxon de repente lo asustó, ya que no iba muy pendiente de la carretera—. Perdón —se disculpó con el conductor del otro coche.
—Es Imogen —le recordó Mark como si eso tuviera un significado oculto que a él se le escapaba.
—Lo sé.
—No, no te das cuenta de lo que significa eso. A lo que me refiero es que Imogen no es una de esas chicas a las que les puedes dar calabazas cuando te venga en gana y como siempre haces —le advirtió Mark.
—No podría aunque quisiera.
—Me lo imaginaba, ¡te gusta! —Mark se frotó la cara.
—¿Desde cuándo lo sabes? —No le importaba que él lo intuyera.
—Desde el domingo, pero te lo digo en serio, Jared, no le hagas daño, es la mejor amiga de Kendall, se quieren como hermanas, y si la dañas, Kendall va a ir a por ti como una fiera, y te pido que no me hagas escoger entre vosotros dos. No juegues con Imogen. —Lo puso sobre aviso.
—Intentaré conocerla —dijo para enfriar la situación y los ánimos—. Aunque lo de la apuesta fue un calentón de los dos. —Se calló que esa idea salió de él.
—Así que mi amigo ha salido de su caparazón y se está enamorando, ¿quién lo diría? No tienes una castaña por corazón, está bien saberlo —lo bromeó Mark—. Tu iglú se derritió.
—¡No te pases! —contestó por lo bajo—. Y si lo estoy no es ninguna gran noticia.
A veces hay que mirar un poco más allá para comprender que la amistad no entiende de límites cuando se trata de advertir las consecuencias de tus hechos.
Jared sabía que si se enamoraba se le freiría el cerebro. De nuevo.