Otoño en Cold Spring Capítulo 11. ¿Qué tienen los hombres de uniforme?
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Capítulo 11. ¿Qué tienen los hombres de uniforme?

¿Qué tienen los hombres de uniforme?

J ared entraba por la puerta, y alrededor de Imogen el ambiente se caldeó tanto que de pronto pasó de ser otoño a estar en el verano más tórrido de su vida, ya que el hombre que entraba no era ese al que los vaqueros le quedaban mejor que a Bon Jovi de joven, ¡PEOR!

Vestía el uniforme de guardabosques, con esa camisa de manga corta de un color indefinido que se movía entre el verde y el gris (por debajo llevaba una camiseta blanca, se le veía el cuello al tener desabrochados los dos primeros botones) con las insignias, y esos pantalones verdes que le sentaban mejor aún que los vaqueros, ¡jamás había visto a un hombre tan elegante!

—¡Oh, Dios!, cuando tu enemigo se viste de uniforme te quedas seca como una pasa. ¡Deberían estar prohibidos! —susurró sin mover los labios y sin apartar los ojos de él, era imposible porque ese hombre que la sacaba de sus casillas se convirtió en un imán insano para su salud mental.

Estaba tan impresionada, lo encontraba tan guapo que tardó un tiempo en descubrir que él también la miraba y le regalaba una sonrisa sesgada que fue un disparo para el corazón. Separó la vista y vio que Flora los observaba y asentía. Percibió que las mejillas comenzaron a arderle.

—Buenos días, señoras —las saludó con una sonrisa.

En ese instante, tanto Shannon como Tony decidieron regresar a sus establecimientos, saludándolo con una mano.

Kendall iba a levantarse para atenderlo, pero Imogen la frenó.

—Voy yo. —Se puso en pie y se metió detrás de la barra—. Vaya, las autoridades han llegado. ¿Es que me vas a esposar?

—No soy ninguna autoridad aquí, salvo en el bosque, y no llevo esposas, tus reclamaciones sexuales deben esperar —le encasquetó sin vergüenza de que alguien lo escuchase.

Imogen abrió la boca y se puso colorada, ¡hombre, si lo notaba! Carraspeó a la vez que frunció el ceño para que no viera lo que le habían afectado sus palabras; eso sí, sudaba como una guarra.

—¡Quién te diera ser mi fantasía sexual!

—No sabes lo que me ha dolido eso. —Se llevó una mano al pecho como si lo disparasen.

—Bueno, ¿qué te sirvo?

—Algo salado.

—¡Uf!, chico, ponle un poco de azúcar a la vida, así no estás tan avinagrado.

—Soy avinagrado —meditó lo que había dicho—. Al menos ya no soy un viejo.

—Eso es porque no te conoce, Jared, eres como un buñuelo de nata —lo piropeó Wendy.

—Imogen no sabe que tienes «unas manos de oro»; todo lo que tocas lo arreglas, querido. —Teresa les guiñó un ojo.

Imogen se tapó la boca.

—¡Madre mía, tiene a las mujeres mayores locas! —asintió ella sin que nadie la oyese.

—Siempre estoy dispuesto para vosotras. —Les sonrió como un niño bueno.

Se volvió a Imogen cuando una clienta lo interrumpió:

—¿Me podrías ayudar a coger un libro, por favor? —le habló una turista.

—Claro, ¿ha visto alguno que le guste? —Imogen llevó a la mujer a la parte superior y vio que los sofás que había puesto ya estaban casi todos ocupados por clientes ojeando con ganas algunos libros. La señora le señaló uno en una balda que había colocado Jared.

—¿Qué le parece la disposición? —le preguntó él sin venir a cuento e interrumpiendo.

—¿De dónde has salido? —Imogen había pegado un brinco al escucharlo a su espalda—. Eres peor que Casper el fantasma.

—Estamos en la época, queda nada para Halloween. —Le dedicó una sonrisa de autosuficiencia.

—Pero ¿tú no querías algo de comer? —Disimuló el cabreo.

—Me interesa lo que tiene que decir esta amable clienta. —Se dirigió a la mujer que los observaba divertida.

—Me gusta en general, sobre todo los escritorios. —La señora no se quiso mojar mucho.

—A mí me gusta ver los cantos pintados, quedan muy bien —intervino una chica.

—Punto para mí. —Se ladeó en dirección a Jared en plan «jódete un poquito».

—A mí, esta —escogió el novio de la chica—, es la tradicional.

—Empate —soltó Jared, abrió mucho los ojos con una sonrisa triunfal.

—Mierda. —Agitó la cabeza confundida, aun así cogió el libro de la clienta—. Venga abajo y le cobro.

En la cafetería la situación había mejorado, ya que algunos clientes se habían marchado y estaba un poco más despejado. Tras cobrarle a la señora, volvió a Jared.

—¿Qué quieres? —Parpadeó esperando por él.

—Ponme dos cruasanes de chocolate. —Imogen se los puso para llevar, pues estaba claro que ni Mark ni él se iban a sentar.

—¡Ajá! Estás falto de sexo, de ahí tu piel tan pálida.

—¿Ahora te metes con mi vida sexual, de la cual no sabes nada? —le devolvió la pregunta.

—Tienes la piel macilenta, muy blanquecina, como la de un fantasma; tus ojos no brillan, estás gruñón y... ¡A eso se le llama «falta de buen sexo»!

—Falta de sexo... —asintió con la cabeza y, de repente, su mirada cobró un brillo que a Imogen le cortó la respiración—, pensaré en ti cuando los coma. —Apuntó con el índice en dirección a los cruasanes.

—¡Qué asco!

—Empezaste tú —la culpó él.

—Al menos, soy discreta, no me voy insinuando a nadie. ¡Contrólate un poco, hombre! Y no hace falta que pienses en mí, gracias, no soy una muñeca hinchable. —Imogen alzó las cejas—. Cómprate una, te ayudará.

—Me gusta la posición tradicional de los libros —los interrumpió uno de los señores cotillas de las obras.

—¡Desempate! —exclamó Jared, que alzó los brazos—. Ya pensaré en algo. —La señaló con el dedo índice derecho.

—Él no vale. —Ese señor alto con cierta barriga era uno de los arquitectos municipales.

—Lo que tú digas. —Jared pasó de ella.

—¿Qué os traéis entre manos? —Quiso saber Mark, que los observaba desconfiado.

—Nada. —Se apuró ella en responderle, no quería que nadie se enterase.

—Imogen me debe una cena, ¿a qué sí, querida? —El muy chulo se apoyó en la barra sobre un brazo.

—Gilipollas, ni en sueños.

—Es la apuesta, ¿o acaso solo tienes memoria para lo que te interesa?

—Mierda. —Al torcer la cara, sus ojos se posaron en la pitonisa que volvía a asentir.

—¿Qué es eso de «una cena los dos»? —preguntaron Mark y Kendall al unísono.

«¡¡¡ME BAJO DEL MUNDO, HOMbrE, YA!!!», se gritó.