Capítulo 10. El misterio de Jared
El misterio de Jared
E l trabajo con la librería no terminó con los libros y aquella estúpida apuesta de la que Kendall no debía saber nada, desde casa entró en la web de la cafetería para poner un anuncio con la inauguración de la tienda al día siguiente.
Kendall había hecho un trabajo con la cantidad de ejemplares que había puesto con precio y un largo etcétera, ¡la convirtió en una verdadera página web de una librería!
Las dos habían aprendido muchas cosas más sobre las páginas en un curso de verano de la universidad.
Imogen estaba tan emocionada que se olvidó de cenar, pero no se olvidó de Jared y de su olor amaderado, intenso, que caracterizaba un estilo único, marcado por el carisma y la sensualidad.
—Bueno, pues... —Se había rascado la nuca con timidez, tras haberla acompañado a la puerta de casa—. Nos vemos, entonces. —Era como si no quisiera irse.
—Sí, ya sabes dónde encontrarme. —Aquella no era una respuesta, ¿quería verlo?
—Hay una apuesta entremedias. —Se había acercado a ella y le había dado un beso en la mejilla.
A Imogen todavía le ardía el sitio donde habían estado posados sus labios, no sabía si era por eso o por la emoción de la librería, pero se llevó una mano a esa zona y no pudo evitar sonreír, ¿qué tenía Jared?
Pues le había dejado el mismo cosquilleo que cuando la besó en Nueva York, al acompañarla a casa.
La había dejado asombrada, de aquella vez pensaba que era un caballero a la antigua que toda mujer se merecía conocer; en cambio, ya no lo tenía tan claro.
¡Tenía más cara que espalda, con un toque de impertinencia!
«¡Quítatelo de la cabeza! Prohibidos los hombres».
Era imposible, Jared Read era demasiado guapo para arrinconarlo en un cajón.
Era imposible alejarlo a un lugar oscuro de la mente, era excesivamente apuesto. Se tumbó en el sofá y el cuerpo se quejó por todo el trabajo que había hecho, y cerró los ojos para relajarse, pero no los volvió a abrir.
A eso de las cuatro y media de la madrugada, el ladrido de un perro la sobresaltó y, como por arte de magia, escuchó la voz de Jared: «Quedan ocho días para Halloween».
Los nervios le punzaron en la barriga como miles de cuchillos que la desgarraban y, nerviosa, se levantó para ponerse en marcha.
Lo hizo todo más rápido, sin secarse el pelo, se hizo una cola de caballo, cogió el chaquetón para salir hacia la cafetería.
El suelo mojado le advirtió que en algún momento llovió y las hojas de los árboles se habían convertido en un objeto para resbalar, tuvo que andar como Jack Nicholson en Mejor imposible .
Al entrar, dio gracias por no haber tropezado, vio luz en el obrador.
—¡Hola! —saludó a su amiga dejando todo en un colgador del obrador—. Tenemos que...
—Buenos días. —Bostezó Kendall.
—Estamos cansadas —afirmó Imogen pese a no sentir nada y estar fresca como una lechuga.
—Sí, un poco, hoy Mark ha roncado, y al ver que no iba a dormir, decidí venir para adelantar —le explicó, agitando la cabeza.
Imogen procuró no ser muy expresiva.
—¡Hala! Has tenido una segadora.
—Más bien un tractor —la corrigió Kendall, que cogió la manga pastelera y comenzó a decorar unos cupcakes con un copete de crema de queso.
—¡La leche!
—No se lo digas, no quiero que se moleste.
—¿Por quién me tomas? —Se indignó Imogen—. Por un novio tuyo que me cae bien...
—Es que solo ronca cuando está muy cansado; si no, no me molesta.
—Oye, no tienes que defenderlo, todos tenemos defectos, y si ronca, pues ronca. —Le quitó hierro al asunto—. Lo mío no fue por ningún motorillo, me quedé dormida en el sofá y ahora me duele hasta la raíz del pelo —suspiró y alzó las cejas, era lo que había—. ¿En qué te ayudo?
Kendall señaló varias bandejas para indicarle que las metiera en el horno mientras terminaba con las magdalenas y se ponía con unos rollitos de canela que aromatizaron todo el ambiente del obrador junto con la cafetería. Tras eso, Imogen se desperezó.
—Tienes café recién hecho —le indico Kendall.
—Gracias, es el mejor regalo de la mañana, y tenemos que hablar.
—Dime.
—En ocho o siete días, ¡ya es Halloween! —exclamó Imogen.
—Lo sé.
—Nos tenemos que preparar.
—Tranquila, Imogen. —Kendall controló un bostezo—.
He comprado algunos objetos, vasos, adornos, moldes para pasteles; y la última vez que fui a Nueva York, cuando te ayudé con la mudanza, pues...
adquirí más cositas en una tienda. Pero es cierto que hay que comprar más.
Lo podemos hacer mientras tomamos algo antes de abrir.
Y así lo hicieron, pusieron a hornear todo lo que Kendall ya tenía preparado y con ese aroma dulce, avainillado, el chocolate y el café flotando en el ambiente, ellas, con sus buenas tazas de café y delante del portátil, empezaron a mirar y compraron telas de araña, arañas, objetos animados y más detalles.
En cuanto abrieron, los clientes no solo querían tomar un café, sino que subían a echar un vistazo a las estanterías. La librería fue un éxito, sobre todo los escritorios, se vendieron muchos libros, algo que a Imogen la hizo inmensamente feliz.
Pero en esos días, mientras los clientes se interesaban por los ejemplares o mandaban los envíos a muchos otros lugares del país, ella se fijó en que Jared no aparecía, «a lo mejor se olvidó de todo», pensó para sus adentros con gran alivio, aquello era una tontería y así no tendría que dar explicaciones que no quería ofrecer.
Aunque, por otro lado, su ausencia le dolía a la vez que la hacía estar atenta a la puerta, y su amiga lo notó.
—¿Por qué estás pendiente de la puerta? —le preguntó Kendall—. ¿Es que te has echado un noviete y no me has dicho nada?
—No, ni de coña. —No podía contarle nada de la apuesta. Se había vuelto a meter en otro lío y uno de lo más estúpido, pues ninguno de los compradores de libros le había comentado nada de la colocación de los ejemplares, quería restregárselo a Jared.
—Oye, tú me ocultas algo.
—Nooo..., mujer. —Había que mantener la mentira.
—Y yo me chupo el dedo. Ya me enteraré de qué es.
—Estoy inquieta. —Eso sí era verdad. Miró a los posibles clientes. No era convincente.
Por otro lado, lo tomaba como una sensación similar a la despreocupación por parte de él, ¿no quería ver cómo iba?
Seguro que lo sabía por Mark; en cambio, a ella le hubiese gustado que él se presentase y le diera la enhorabuena.
En el fondo de su alma lo había esperado con ilusión; sin embargo, al final del día terminaba con un resabio amargo en el paladar y todo se debía a su ausencia.
«La cueva lo engulló», pensó con irritación.
—¡Enhorabuena por la librería! —La voz de Tony la sacó de sus disertaciones mentales.
Imogen sonrió al numeroso grupo de mujeres formado por Lilian, Teresa, Wendy, Sarah, Flora, Tony y Shannon, la panadera de Cold Spring, que ocupaban dos mesas. Era el tercer día que Jared no aparecía. Ella, en silencio, ya había perdido las esperanzas de que lo hiciera.
—Gracias —dijo nerviosa, pues una chica había subido a la tienda.
—Este negocio será muy próspero —auguró Flora; tras un sorbo a su infusión, sonrió.
—Conoció a Jared —anunció Kendall—, fue el que puso las estanterías.
La expectación y ciertas sonrisas llenaron las mesas.
—Lo que puedo decir de él es que es un orangután, no tiene educación, es un maleducado —sentenció Imogen, molesta con él. Pero el silencio en la mesa captó su atención, algo escondían—. ¿Qué pasa? —les preguntó abiertamente.
—Dirás qué le pasó —murmuró Shannon corrigiendo a Imogen.
—Todo tiene una explicación —habló Wendy, mientras daba buena cuenta de los pasteles.
—Contrólate —le pidió Teresa a su amiga.
—Por algo tomo una pastilla, ¿no crees? —protestó Wen.
—Las cosas van a cambiar —aseguró Flora con misterio—, y lo harán después de Halloween.
—¿Qué más? —Quiso saber Lilian como si se tratase de su hijo.
—Hallará la felicidad —sentenció Flora.
—A lo mejor se compra una mascota —bromeó Shannon. Ninguna se rio.
—Todos no reaccionamos de la misma manera, él se encerró en sí mismo —lo defendió Kendall.
—Si tienes razón, Flora, y seguro que sí —comenzó a hablar Lilian—, me alegro, porque no se merece sufrir tanto como le pasó a él, y todo tan seguido. Tiene que encontrar la felicidad. Todos queremos lo mejor para él; en cambio, es él quien no mira por sí mismo —suspiró Lilian sin decir nada más.
—Pero ¿qué explicación? —Imogen quería que soltasen la lengua—. ¿Esconde algo?
—Es el hombre que da más calabazas a todas las mujeres que se le acercan —añadió Tony, que tampoco esclareció mucho e Imogen frunció el ceño siendo consciente de que ocultaban algo.
—Estoy a salvo, no es mi tipo —mintió Imogen como una bellaca.
—Ya somos dos —aseguró Shannon.
—Jared no quiere saber nada del amor —afirmó Kendall, que le puso una mano en la pierna a su amiga. «Ya somos dos», pensó Imogen, y de pronto alzó las cejas. «¡Joder, hasta en eso nos parecemos!», su cerebro bufó—. No deberíamos entrometernos en su vida.
—Muchas mujeres han sufrido sus negativas. —Tony, con una firmeza apabullante, contradijo a Kendall.
—Es cierto. —Le dio la razón Teresa.
—Pero ¿qué le ocurrió? —Todas, incluida Kendall, compartieron una mirada esquiva para comprobar cuál era la primera en hablar. Aquello ponía nerviosa a Imogen, ¡quería enterarse! Y el misterio la quemaba por dentro.
—Ahí está —informó Flora mirando hacia la puerta.
Imogen se giró y se quedó boquiabierta ante lo que tenía delante de sus ojos.