Otoño en Cold Spring Capítulo 9. Imogen, ¡TAMPOCO HAGAS ESO! #2
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Capítulo 9. Imogen, ¡TAMPOCO HAGAS ESO! #2

—Solo digo lo que veo, la pasión que le has puesto a la parte de arriba es de una persona que se agarra con esperanza al futuro. Eso me gusta.

—No pretendía que te gustara.

—Pues lo has conseguido. Ahora en serio, lo que estás logrando es increíble.

Ella asintió con la vista perdida en el acero de la isla que había en el centro del obrador y sus labios se escondieron en una fina línea antes de que terminase el último bocado de su sándwich. En medio de todo eso, se dio cuenta de un detalle y alzó la vista hacia él.

—Tú no estuviste en la remodelación.

—No —reconoció—, no pude, en esos momentos teníamos mucho trabajo. Vine cuando os fuisteis, antes de que se abriera, para revisar algunas instalaciones —le contestó sin nada que ocultar.

A ella le sorprendió que un hombre pudiera hablar de un modo tan abierto, sin secretos u ocultando información sensible que ella no pudiera saber.

Eso fue a lo que Howie la acostumbró. Recordarlo le dio vértigo, no quería mezclar esos pensamientos con su nueva vida, no quería que nada se torciera.

Ella se metió en la boca el último trozo de ese sándwich de pollo con lechuga, tomate y mayonesa, al mismo tiempo que se lavaba las manos.

—Gracias por la comida. —Esperó que el ruido del agua amortiguara su voz.

—No se dan cuando vas a tener que colocar todos esos libros —le recordó.

—Es fácil, van a ir colocados por géneros. —Se secó las manos en un paño limpio.

—Te ayudo —se ofreció de forma desinteresada, lo que sorprendió a Imogen.

—Primero lávate las manos.

—¿Me estás llamando «guarro»?

—Te he dicho lo que debes hacer antes de tocar un libro nuevo, lo de «guarro» lo añadiste de tu propia cosecha, no me culpes. Pero ¿no tienes que trabajar?

—No pasa nada, tengo dos días libres. Pasado mañana me perderás de vista.

—¡Hala, menudo subidón me acaba de dar! —Cerró las manos en puños e imitó un escalofrío de emoción, aunque una parte de ella no estaba segura de no verlo.

Jared se había acercado a ella para lavarse las manos, Imogen pudo embeberse de su físico: alto, no más que Mark, delgado, un tanto musculado sin ser exagerado, con un cuello fuerte que desprendía un aroma muy viril con notas amaderadas.

—Y tú no puedes negar que tienes una gran facilidad para meterte en líos. —Se la devolvió.

—¿Líos? Es mi segundo nombre. —Se cachondeó de sí misma.

—Me apartaré de ti.

—Te lo aconsejo —le advirtió a la vez que percibió que era muy mala idea que él se alejara.

No supo a qué debía achacarlo, pero en vez de darle vueltas, se sumió de nuevo en los pensamientos alrededor de la cantidad ingente de libros que debía colocar.

Subió con él detrás de ella, era consciente de su presencia por el hormigueo que se le había despertado en el bajo vientre, pero la urgencia de tenerlo cerca se convirtió en algo imperioso, casi en una necesidad que la transformaba en gelatina.

Jared era un completo desconocido, pese a que habían compartido alguna cena con sus amigos de las que no se acordaba.

Así, bajo esas condiciones, comenzaron a trabajar, hasta que él encontró algo con qué entretenerla.

—¿Y estos escritorios? —Quiso saber él.

—Este imita al de Sherlock Holmes; el del otro extremo, al ser la parte de romántica, sería el de Jane Austen. Los compré en la tienda de antigüedades de aquí al lado. —Cuando los vio fue un flechazo a primera vista.

—Muy original —afirmó, con el agrado cubriéndole el rostro. Cuando no tenía la mandíbula tensa, se volvía aún más atractivo. Le pasó otro libro y abrió la boca por cómo los estaba colocando—. ¿Por qué pones esos con los cantos hacia fuera? —Le mostró su desacuerdo.

—Para que vean que hay ediciones especiales —le respondió sin hacerle mucho caso.

—Se van a estropear. —Se anticipó él.

Aquello hizo que ella se girara en la escalera.

—Oye, ¿estás aquí para echarme una mano o para criticarme? —No podía con ese hombre.

—Las dos cosas. —Dio un paso atrás para mirar el resultado. Ladeó la cabeza—. Bueno, no está mal, pero esos cantos pintados...

—A ver, listillo, ¿qué les sucede? —Se cruzó de brazos de muy mala gana y hundió las comisuras de los labios en la piel.

—Si los pones así pueden sufrir algún tipo de desperfectos.

—¿Te has quedado a gusto o te pica el culo por decir algo más?

—¡Qué maleducada! —le respondió sin expresión en la cara.

—Mucho, tengo una lengua muy sucia...

—Te la puedo limpiar. —Le guiñó un ojo.

—¿Tú qué estás, ligando o ayudándome? —Imogen ya había caído en brazos de la incontinencia verbal.

Jared se rascó la barbilla disimulando que pensaba y con el ceño un tanto fruncido.

—No sé, quizá la primera, quizá una mezcla de las dos.

—Aviso a navegantes: SE INFORMA AL SEÑOR CLIENTE QUE TENGO LAS PIERNAS PEGADAS CON LOCTITE, GRACIAS POR SU ATENCIÓN —lo dijo como si estuviera hablando por una megafonía de un centro comercial.

—¡Dios! —Se tapó la boca y la nariz con las manos—. ¡Pero qué mujer!

—Ya te digo, y no has visto nada, ¿acojonado?

—No, creo que estoy curado de espanto.

—Lo que te espera, porque contigo al lado pierdo los pocos tornillos que me quedan, imagínate lo que aguanto. —Señaló a los ejemplares de nuevo—. Y los libros, de momento, se quedan así; para la próxima, te pido consejo.

—Hagamos lo siguiente.

—Miedo me das.

—Unas estanterías van a tu gusto y otras al mío, y esperemos a lo que diga la gente, ¿hay trato? —La retó, estirando una mano mientras que sus ojos verdes destellaron con diversión.

—De acuerdo. ¿Y el que gane?

—Que piense lo que quiere, sin prisas —dijo él, encogiéndose de hombros.

Se estrecharon las manos y una ola eléctrica le traspasó la piel y le erizó el vello a Imogen. Aquello iba a ser una montaña rusa, ya sentía cómo se colocaba verticalmente hasta llegar al punto más alto.

¿Cómo terminaría aquello?

«Soy más tonta que los pelos del culo. No tengo remedio», se recriminó a sí misma.