Otoño en Cold Spring Capítulo 9. Imogen, ¡TAMPOCO HAGAS ESO!
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Capítulo 9. Imogen, ¡TAMPOCO HAGAS ESO!

Imogen, ¡TAMPOCO HAGAS ESO!

Querida Imogen,

Aquí tienes los ejemplares de mi primera novela, esa que tanto empeño le pusiste en que saliera publicada y como a mí me gustaba.

Añado volúmenes de mi nuevo libro, uno te lo dedico, lo verás envuelto en papel de seda.

Cuenta conmigo para todo lo que necesites, porque mi éxito te lo debo a ti, tú fuiste la primera en creer en mí y en mis palabras.

Randal

A Imogen se le humedecieron los ojos al leer esa nota que la removió por dentro, que le recordó que hubo otra vida antes de la cafetería y que no había superado.

De pronto, creyéndose sola, pues Mark, Jared y Kendall habían salido, las lágrimas a causa de los recuerdos la azotaron: oyó cómo sus zapatos sonaban por los pasillos de la editorial o el tecleo frenético de sus compañeros en sus ordenadores.

Pegó el libro a la nariz, el olor a tinta, a papel nuevo le golpeó el alma al encontrarse con la primera caja abierta llena de ejemplares.

Era uno de los tres envíos especiales, se trataba de un autor que había descubierto el verano pasado antes de terminar las vacaciones y había alcanzado un éxito tremendo, ¡fue un bombazo!

Cuando a Randal le había comunicado que abandonaba la editorial, estuvo dispuesto a marcharse con ella a la que fuera.

También, otros dos autores le habían remitido sus respectivas cajas, que tenía delante con volúmenes de sus obras para que las pusiera a la venta en la cafetería.

No solo eso, sino que le ofrecieron hacer presentaciones en Cold Spring, hecho que le había arrancado una sonrisa.

«Has dado con gente buena», era la recompensa que le había dado su antiguo empleo.

—¿Has trabajado en una editorial? —preguntó Jared, que había vuelto a salir de la nada.

—Pero bueno... —Se limpió los ojos con rapidez.

—La campanita de la puerta ha sonado, si estás sorda o en otro mundo no es cosa mía —se defendió él.

—Pues pisa más fuerte, hazte notar antes de que me mates —le encasquetó por encima del hombro.

—Eres peor que una chuleta de... —removió la lengua en el interior de la boca antes de rematar la frase— de cerdo.

—Vaya, muy agradable.

—Lo sé, cuando quiero soy como un bombón.

—Ya quisieras tú.

Él dio un paso hacia delante.

—Me culpas de estar en otro mundo y que no me oyes, pues nada, me pondré zapatos de tacón para que a la señora no le dé un síncope.

—Eso me gustaría verlo.

—¿Lo del síncope? —Chasqueó la lengua—. No te creía tan masoca.

—No, hombre, quiero ver cómo te las apañas en zapatos de tacón. —Apretó los labios para no reírse—. Eso no debe tener desperdicio, es más, se haría viral en TikTok.

—No lo verán tus ojos.

—No me puedo perder el momento en el que beses el suelo.

—Muy graciosa. —Estaba molesto.

—Sí, lo soy, pero la cuestión es: ¿sabes lo que es la intimidad de una persona?

—Esa pregunta la soltó a las bravas. Al girarse para pedirle disculpas por haber sido tan bestia, se fijó en cómo Jared se había puesto blanco, luego sus mejillas enrojecieron como un pimiento.

Imogen se arrepintió aún más—. Sí, he trabajado en una editorial —le respondió a la pregunta para enmendar su mala educación.

—Lo siento, aquí es normal tratarnos con total confianza, y no me acuerdo de que eres nueva en Cold Spring. —Levantó la bolsa que le colgaba de una mano—. He traído algo para llenar el estómago. Te espero en el obrador, lo tomaremos allí. —Jared se fue.

Ella, tras quedarse sola de nuevo, se arrepintió, no debió de responderle así, pero...

la sacaba de quicio. Resopló, eran tantas las emociones encontradas que la embargaban que, para no pensar, lo cual era difícil, abrió las otras cajas de los autores.

En cada una de ellas, había una nota con palabras de agradecimiento por lo bien que se había portado con ellos, por cómo los había cuidado y por ser la primera que había apostado tan fuerte por sus obras.

Aquello le produjo un dolor de corazón que no había modo de describirlo y estaba claro que su nuevo lema de vida —«No abrirse de piernas con un hombre»— era de lo más acertado. Pero no pudo más que fustigarse.

—Has sido una idiota, ¿por qué, Imogen, por qué? Vete a la mierda, chica —se increpó. En el fondo no se había perdonado, pese a que el futuro le estaba sonriendo con nuevos horizontes y nuevos sueños.

—No te vayas a la mierda —le dijo Jared en voz baja para consolarla—.

No sé qué pasó o lo que viviste, pero lo hecho, hecho está, y si ha sucedido es por algo.

Estás aquí. —Él se acuclilló a su lado, y con cuidado, como si no quisiera asustarla y que se desvaneciera, le separó las manos de los ojos.

En cuanto sus miradas se encontraron, a Imogen le sucedió algo que jamás había vivido: se quedó atrapada en el verde de sus ojos y una voz mágica le susurró al oído que ese era su lugar, uno seguro.

Su hogar. El corazón le pegó un puñetazo en medio del pecho.

Jamás había sentido nada igual, pero no tenía miedo—.

Estás aquí, estás dando forma a una librería, y eso —con un gesto de cabeza señaló las cajas—, eso es pasado.

—Ya —musitó Imogen sin apartar la vista de él, le era imposible; además, sabía que estaba en lo cierto.

Jared se puso en pie.

—No hay nada mejor para digerir el pasado que unos buenos sándwiches.

Él le tendió la mano para ayudarla a levantarse, pero lo hizo sin cogerla, y la bajó en cuanto la vio de pie.

—Vamos —le indicó ella para ir al obrador.

Las palabras de Jared tenían un poso de verdad muy grande: si lo sopesaba, nada de lo que estaba sucediendo habría ocurrido, la cafetería, su traslado a Cold Spring.

Su vida había pasado del agobio de no llegar tarde a ningún sitio a alcanzar una cierta tranquilidad, a no mirar el calendario y sentirse ahogada.

Era su propia dueña, su jefa. En el fondo, el cambio había sido para mejor.

Cuando cruzó la puerta del obrador, el nudo que le había atenazado la garganta se aflojó y observó cómo la presencia de Jared lo transformaba todo, su altura lo hacía un sitio diferente, lo ocupaba todo, y su alma solo quería abrazarlo al igual que aquella noche que tras un breve paseo la acompañó a casa, quedando ella sobre el primer escalón que la llevaba a la entrada de su antiguo apartamento; estaban a la misma altura y por un instante anheló tener a un hombre como él, deseó que la besara y, aunque lo hizo, fue un casto beso en la mejilla que todavía no tenía una explicación.

Agitó la cabeza, debía olvidarse también de aquello, por eso cogió el sándwich y le pegó el primer mordisco.

—¿Esto está buenísimo? —Lo miró con cara de alucine.

—Es de la panadería de aquí al lado, hace unos bocadillos muy buenos —le aseguró él, a lo que ella asintió al morder el siguiente bocado. Conocía a su dueña Shannon—. Ahora, os toca hacerle la competencia.

—No me gusta competir con nadie, ¿sabes?

—Se encogió de hombros a la vez que negaba con la cabeza—.

Lo veo ridículo, porque a esa panadería no le vamos a quitar su clientela, nosotras serviremos desayunos, brunch, mezclaremos lo dulce y lo salado con el añadido de que si quieres un café, lo puedes tomar mirando libros.

Que no sirva de precedente, pero tienes razón, le haremos competencia a otros, no a ella.

—¿Tengo razón? —Alzó las cejas asombrado—. Repite, por favor. —Se señaló la oreja.

—Ni en sueños.

—¡Ajá! —Mientras Jared masticaba, asentía de forma positiva. Se puso un puño delante de la boca antes de decir—: Como puedes comprobar, el anciano de los bosques sabe de lo que habla —bromeó.

—Creo que tu nuevo mote es Casper, como el fantasma, porque te mueves así por la vida, con el sigilo de un ente paranormal.

—Tus piropos dejan mucho que desear.

—No es un piropo, quién te diera. —Continuó comiendo.

Tenerlo delante fue suficiente para que notase esa chispa de atracción entre ellos que la hacía respirar de modo entrecortado y que parecía que iba a explotar de un momento a otro, pues él, como si la notase (no estaba segura de si eso podía suceder) se acercó más a ella.

Era una espiral gravitatoria que se cerraba en torno a su cuerpo.

Le pegó otro mordisco a su sándwich, estaba demasiado bueno, y cambió de tema—.

¿Desde cuándo conoces a Mark? —Eso ya lo sabía.

—De toda la vida, somos de Cold Spring, hasta hemos estudiado juntos. —Jared no le escondió nada.

—¿También eres guardabosques?

—Así es. —Jared le pegó un pedazo de mordisco al bocadillo que lo dejó temblando.

—No sé dónde vives, pero cuidado con la cueva dentuda que tienes por boca, menudos mordiscos. —No se pudo callar.

—Nunca he visto un modo tan singular de preguntarle a una persona dónde vive, pues te informo que aquí en Cold Spring, hacia el norte. —Hizo un gesto con la cabeza antes de tragar—. ¿Eres de Nueva York?

—Sí, crecí en la ciudad, como Kendall. Éramos vecinas y siempre lo hicimos todo juntas.

—Aquello había sonado un poquito mal—. Bueno, todo no, me refiero a que fuimos al mismo colegio, instituto, universidad y compartíamos este sueño.

—Con el dedo índice señaló el obrador, aunque se refería a la cafetería—.

Ella lo consiguió y ahora la he seguido. —En parte la historia no era así.

—Te quiere mucho y se preocupa por ti.

No esperaba que él dijese eso, estaba convencida de que su amiga algo había dicho delante de él o Mark se lo comentó.

—Lo sé. —Durante unos segundos se quedó mirando la comida—. Kendall es como una hermana para mí y gracias a ella puedo comenzar de cero en Cold Spring. —«Si no fuera por ella a saber qué sería de mí», pensó para sí misma.

—Este es un buen lugar para que todos tus sueños se cumplan —le dijo en un susurro, aunque lo que más le sorprendió a Imogen fue lo enronquecida que se tornó su voz. Luego añadió—: Encontrarás tu sitio, estoy convencido.

—Tienes más esperanzas en mí que yo misma.

Él se encogió de hombros.