Capítulo 8. Imogen, no digas eso
Imogen, no digas eso
I mogen, la noche anterior, había dormido a pierna suelta, ya que cuando llegó a su casa, se duchó y cenó un tazón de leche caliente con cereales; la cama la llamó desde lejos, susurrando: «Ven, te estoy esperando».
Cuando se metió, el colchón la abrazó blandito y mullido para susurrarle una nana que la dejó cao o fuera de cobertura.
Sin embargo, se fue despertando a cada hora en punto a causa de que todavía notaba la presencia del desconocido, tenía la sensación que la perseguía allá a donde fuera.
Quizá fuera el soplido del viento, que se colaba por la ventana con ese silbido tan característico y que era la primera demostración de que el tiempo estaba cambiando.
Aun así, hacía muchos años que vivía sola, desde la universidad; era cierto que Kendall y ella habían compartido piso, sobre todo los primeros años que estuvieron trabajando en Nueva York, aunque nunca se había considerado una gallina, no era de las clásicas personas a las que les asustaba la oscuridad, los truenos les hicieran temblar el corazón o se estremecieran por cualquier ruido.
No, no era de esas. Pero por mucho que la hubiese salvado y acompañado, posteriormente, hasta el pueblo, aquellos ojos verdes, que se confundían con la naturaleza que los rodeaba, eran dos faros sobrenaturales que la observaban y la alteraban, pues nunca un hombre la había afectado tanto como ese que pasó a llamar «el sin nombre».
Miró el despertador, en una hora amanecería, y como dormir ya no era una posibilidad, porque su mente podía dibujar su rostro de finas líneas alargadas, su nariz un poco más ancha en la punta y esa boca de labios finos, que parecían dulces, pero siempre dispuesta a soltar alguna impertinencia, se levantó para abrir la ventana.
Una bocanada de aire frío entró y le lamió la piel, aún usaba un pijama de verano.
Observó, a contraluz de las farolas, la suave bruma que parecía transcurrir por encima del Hudson a la velocidad que llevaba el agua, un olor un tanto metálico también se coló por sus fosas nasales. Era el aliento del río.
Fue directa a la ducha y permitió que el agua caliente se llevara el recuerdo del desconocido, ¡no lo iba a volver a ver!
, ¿qué hacía pensando en él como una obsesa?
Dejó que el agua corriente lo alejase de ella.
Una vez lista, se vistió con un chándal de pantalón gris y sudadera rosa con una gran calabaza; así, salió en dirección hacia la cafetería, donde, por el camino, se encontró con hojas esparcidas por toda la carretera y en algunos lados se amontonaban en contra del envite del viento.
Abrió la puerta de la cafetería, que ese día, por motivos obvios (al montar las estanterías de la librería), permanecería cerrada de nuevo.
Se dirigió escaleras arriba para comenzar a colocarlo todo a su gusto, los escritorios con sus sillas, los detalles que había comprado, como la gorra estilo Sherlock —la había guardado de una vez que se había disfrazado—, la puso en el respaldo de la silla, o algunos papeles encima de la mesa de Austen.
El tiempo fue pasando al son de la música de Benson Boone, Sabrina Carpenter y otros.
Cuando llegaron Mark y Kendall, desayunó, pues no había probado bocado.
Luego, con una impaciencia sobrenatural, las dos amigas colocaron las huellas negras que se asemejaban a pisadas.
—¿Cómo fue ayer la caminata? —le preguntó Mark, abriendo una de las cajas en las que habían envasado las estanterías y sacando las instrucciones para montarlas.
—Bien...
—¿Tienes agujetas? —apostilló Kendall, divertida.
—Oye, que mi situación física no le importa a nadie —le respondió a su amiga, quien por un wasap se lo había advertido—. Aunque la mental debería. —Se le escapó, cuando nadie sabía nada del desconocido.
—¿Y eso? —Mark, durante unos segundos, paró de abrir la caja—. ¿Tuviste algún problema?
—Pues mira, ahora que lo dices, sí —sentenció. Imogen les narró la ruta que hizo, lo mucho que le había gustado el entorno natural de Cold Spring y la ilusión, casi infantil, que la embargó al encontrar unas ardillas—. Nunca había visto una —dijo, encogiéndose de hombros sin borrar la sonrisa.
—En el parque las hay —intervino Mark, haciendo referencia al Central Park.
—Huían de mí, ¿vale?, y aquí lo he conseguido, pero estaba comiendo tan tranquila y un tío me atacó. —Ladeó la cabeza, había escogido muy mal el verbo.
—¿Te atacó? —Mark se tensó, aquello no le había hecho ninguna gracia; de hecho, su rostro se puso demasiado serio.
—Bueno, a ver, me expresé mal, no me asaltó, se metió conmigo.
No lo vi venir y me pegó un susto de muerte.
—La campanilla de la cafetería tintineó—.
Lo siento, hoy estamos cerrados al público, gracias.
—Agitó la mano en el aire para que la persona se marchara—.
Bueno, a lo que iba, que lo llamé «anciano de los bosques», esos que aparecen en las leyendas como cuidadores de la naturaleza.
Mark, ¿tenéis alguna leyenda que haga referencia a esos ancianos?
—¿Lo llamaste «anciano»? —Kendall no daba crédito, aunque no se sorprendió.
—Sí, pero no utilicé esa palabra, sino «viejo».
Estaba bloqueada y no me salió «anciano».
—Al observar a Mark, se fijó que este miraba algo por encima de su cabeza y alzaba las cejas a modo de saludo.
Imogen frunció el ceño hasta que cayó en la cuenta—.
No me jodas, que el personaje del que hablo está detrás.
—Señaló por encima del hombro con el dedo pulgar.
—Así que hoy no soy viejo, soy anciano. —Aquella voz tan viril y aterciopelada le llegaba a escasos metros de su espalda.
Imogen dejó caer la cabeza hacia delante.
—Lo que me faltaba... ¡Vale, me bajo del mundo!
—No, a mí no me vale —protestó él.
—Imogen, creo que ya has visto a Jared, así que no hacen falta las presentaciones. —Kendall se calló al ver la cara de ella de no entender nada—. ¿No te acuerdas de Jared?
Se giró y al mirarlo, sí, ahí estaba el mejor amigo de Mark, que en dos ocasiones la había acompañado hasta la puerta de su casa y una de ellas había pagado el taxi.
—¿No te acuerdas de mí? —Volvía a estar ofendido.
—Sí que me acuerdo de ti. —Como para no hacerlo, él se había portado mejor que todos los años que estuvo junto a Howie—.
Puto karma de mierda; y no, no hace falta que llames a la policía, me...
—le encasquetó, aunque su mente fue por otros derroteros al recordar un detalle—.
Tú ayer sabías quién era, por eso me dijiste que me conocías.
Él asintió.
—No te falla la memoria.
—Pero ¿de qué vas?
—Me llamas «viejo» y te ha costado acordarte de mí, no digo nada. —Levantó las manos.
—Entonces, calla —le ordenó.
—Contigo delante es imposible —le contestó con indolencia—. Ahora entiendo por qué no estabas pendiente de tus pertenencias ayer.
—¡¿DISCULPA?! —La ofendida era ella—. Cómo iba a estar pendiente de nada si no parabas de hablar como una cotorra.
—¿Cotorra yo? Dirás tú, que por algo estabas hablando sola —le encasquetó, con una sonrisilla chulesca.
—¿Estabas hablando sola? —interrumpió la contienda Kendall.
—Sí, pero hay una ardilla de testigo que me escuchaba, además —Imogen volvió su atención a Jared— te metiste en mi conversación, pasaras de largo.
—Tenías una duda y te la solucioné.
—¿Una duda?, ¿quién habla de dudas? —No lo iba a reconocer—. Metiste las narices donde no te importa. —Imogen se cruzó de brazos—. Ya veo, de profesión: COTILLA.
—Prefiero cotilla a viejo.
—Eres un fantasma —arremetió contra él.
—Y tú piensas que las ardillas son Chip y Chop. —Sus ojos verdes pasaron de ella a Mark—. Le dio de comer a las ardillas —lo dijo como si fuera una ofensa.
—Eso no se puede hacer —comentó Mark, que calló con la mirada asesina de Imogen.
—Gracias por el apoyo. —La joven frunció los labios—. Tuviste suerte de que no te llamase «fósil».
—Los fósiles no hablan.
—Por eso mismo. —La mente de Imogen dio con algo que no contaba—. Gilipichis los tres, esto fue una encerrona.
—No —respondió al unísono el trío.
—Disimulad —dijo entre dientes.
—Aún encima de que te salvé la vida, agradecida tendrías que estar. —Jared no le daba tregua.
—Bueno, no te vengas arriba. —Lo quiso callar. Tampoco iba a reconocer que casi se rompe la cabeza.
—Rodaste como una pelota. —Que lo dijera él sonó mucho peor de lo que pensaba.
—Para empezar —ya estaba hasta las narices de aquel tipo—, no le di de comer a las ardillas, del susto que me diste, se me cayó el bocadillo y no pude recogerlo porque me tenías temblando; segundo, me perseguías.
—Y tú me pegaste —añadió Jared.
—Y más que debía darte...
—¡Haya paz! —Se interpuso entre ellos Kendall—. Imogen, necesitamos a Jared, porque es quien nos va a ayudar a colocar las estanterías. —Sus palabras la frenaron de continuar hablando—. Por favor, empezad —les pidió a los chicos.
Imogen se fijó en Jared, a pesar de su guapura subida, su expresión parecía tan escéptica que las cejas tendían a juntarse y saltaba a la vista que no iba a añadir nada más, algo que agradeció.
Su amiga se la llevó abajo para hablar con ella sin que los chicos las oyeran.
—No te enfades con él —le pidió Kendall en el obrador.
—¿Es que no lo has visto? Tiene aires de «soy el amo del mundo».
—Imogen, no es así, es un buen hombre y tiene buena mano para los arreglos.
—Esperemos que las estanterías no se vengan abajo. —No daba el brazo a torcer.
—Te he oído —gritó desde arriba—. ¡Menuda mujer! —protestó Jared.
—¡Ey, no! —La frenó Kendall—. Vamos a preparar un café.
Aunque tenían la máquina grande de la cafetería, a ellas les gustaba tener la suya propia, de ahí que Kendall la dirigiera a la cocina, donde puso al fuego la cafetera italiana y una tetera, mientras arriba se oía a los chicos hablar.
—Relaja la cara. —Kendall se sentía impotente.
—Claro, no tienes al anciano de los bosques...
—Imogen. —El tono de advertencia de su amiga la hizo aminorar.
—Vale, está bien, y lo hago por Mark y por ti.
—Dale una oportunidad.
—Sí, sí. Lo peor es que hasta ahora no me acordé de él... Estaba enchochada —lo dijo como si esa fuera la respuesta a todas las dudas—, no pensaba más allá del mamarracho.
—Lo sé, pero, chica, que Jared está muy bien.
—No hagas de casamentera. —La señaló con el dedo apuntador.
La cafetera y la tetera silbaron al mismo tiempo, así que Kendall preparó unas infusiones para los chicos y para ellas, unos cafés, a los que añadió unos bocados de nata.
—Tranquila, nunca lo vi así, siempre espanta a todas como a moscas. —Le tendió la taza.
—¿Por? —Imogen frunció el ceño y tomó un sorbo del rico café que la relajó.
—Jared tiene a todas las chicas de Cold Spring locas, y su boda...
—¿Está casado? —Se llevó las manos a la cabeza—. Pobre mujer.
—Ya te enterarás de su historia —dijo con misterio Kendall, lo que escoció a Imogen, porque le habría encantado saberlo ya.
—¡Uy!, hay salseo, lo noto, cuenta.
—No diré nada.
—Vaya, eres una quita ganas.
Cuando subieron con bebidas, los chicos ya tenían montadas dos estanterías y Jared ya estaba terminando la tercera. Colocadas, Imogen alucinó, ya que eran de un estilo victoriano elegante.
—Buen trabajo —expresó con admiración, pero no se dio cuenta de que estaba al lado de Jared.
—Gracias por tus palabras bonitas —le contestó.
—Menudo creído, ¡dame paciencia, Señor! —suspiró.
—¡Eso es lo que necesito yo! —le volvió a responder.
Aquel tío se iba a convertir en su peor pesadilla.