Capítulo 7. El hombre que no salió debajo de una col, sino de una cueva
El hombre que no salió debajo de una col, sino de una cueva
«A ver quién es la guapa que sale viva de esta», pensó para sí misma, y no terminaba ahí la cosa, era circular, por lo tanto comenzaba donde finalizaba, algo bueno para quien tenía una orientación cero siendo muy optimista.
La caminata empezaba en el aparcamiento de Little Stony Point, justo al norte de Cold Spring, y tomó el sendero Washburn Trail, cuyo camino, por algunas zonas, estaba parcialmente pavimentado.
A medida que se introducía por esas sinuosas sendas, percibió que algunos tramos estaban hechos por ruedas de coches o caminos, y así era, porque había una antigua cantera de piedra abandonada hacía muchos años y engullida casi por la naturaleza, a la que le importaba bien poco la fuerza de la gravedad, ya que ¡ERA EMPINADA, LA JODIDA!
—Es bueno para fortalecer el culo, mañana lo tendré endurecido y dolorido —musitó por lo bajini para sí misma.
Lo que nadie le había advertido fue que llevaba hacia un acantilado que cortaba la respiración y donde mucha mucha gente practicaba alpinismo, claro, los más atrevidos.
Esos que tienen un corazón a prueba de bombas.
Imogen se detuvo para mirar hacia arriba, veía como los humanos se convertían en meros puntos en comparación con la mole rocosa que tenía delante—.
¡Ay, mi madre, como se despeñe una piedra! —exclamó con horror.
—No pasa nada, es seguro. —Le sonrió y confirmó un monitor que estaba allí dando clases de alpinismo a algunas personas.
Ella asintió al hombre para continuar la ruta, sin tranquilizarse, pero lo que parecía una pesadilla natural se convirtió en un verdadero espectáculo cuando, siguiendo los pasos de un grupo, entró en una verdadera zona sacada de un cuento de hadas: la roca casi era engullida por la vegetación, en la que los helechos eran más grandes que la hierba; las enredaderas acompañaban a las alturas a esos enormes robles; los que más proliferaban mantenían sus copas de un verde intenso, al tiempo que todos los de su alrededor —castaños, las hayas o los abedules, había otros que no reconoció— estaban vestidos con el manto del otoño creando un cielo sobre la cabeza de Imogen donde los dorados y los rojizos eran los que más predominaban, mientras que el suelo estaba lleno de hojas marrones que no podían soportar el peso de la estación y, gracias a su caída, sus dueños podrían aguantar un invierno más.
En mitad de ese esplendor, en el que la naturaleza mostraba que era la mejor pintora del mundo, pues en cada uno de ellos se podía palpar y vivir el otoño de verdad, que nada tenía que ver con el de la ciudad, ya que embriagaba al espectador con su magia, se percató de que colaboraban a que dejara la mente en blanco para estar pendiente de aquel entorno natural que la rodeaba y que tenía una fuerza única, especial, que la vaciaba por dentro a la vez que el río Hudson arrastraba todo lo que había vivido en las últimas semanas.
Había una oportunidad para ella en aquel lugar que le abrazaba el alma.
A eso se le sumó que vivió algo tan mágico como ver a una ardilla gris.
Todo el mundo había visto una, pero por más que se empeñase, en Central Park huían de ella, jamás de los jamases lo había conseguido; también avistó una liebre saltando libremente.
Llegó a uno de los miradores sin apenas darse cuenta, con el corazón temblando de felicidad, y ante sí tuvo la imagen más bella: las colinas ondulantes del valle del Hudson.
De pronto, un graznido familiar hizo que levantase la mirada para observar el vuelo de un águila calva, la había visto mucho en la tele, era símbolo del país, pero distinguirla en vivo y en directo cortaba la respiración.
Imogen no se había percatado de los regalos que le ofrecía Cold Spring al darle la oportunidad de experimentar tan de cerca la naturaleza más salvaje.
¡NO LE LLEGABAN LOS OJOS PARA VERLO TODO!
Después continuó por esos caminos, algunos más estrechos que otros, en los que notaba las piedras bajo las suelas de los tenis, que ni se enteraba de que se le clavaban.
Agradeció seguir el consejo de Mark y Kendall, ¡lo que se hubiese perdido!
Continuó hacia la frondosidad del bosque solo acompañada por el trinar de los pájaros, no había ruido de coches, de conversaciones, no había asfalto ni tubos de escape soltando humo, eran ella y esos animales que no alcanzaba a ver, y el agua, pues oía su discurrir; más pronto que tarde descubrió que se trataba de un arroyo que cruzaba parte de la montaña.
No lo siguió, sino que avanzó hasta un claro en el que se paró a comer algo, sentándose en una roca plana.
—Tengo que buscar lo que significa ver ardillas.
—Alegría, pasión por la vida o energía, por su correteo a toda velocidad —dijo una voz masculina.
Del susto, pegó un brincó y el sándwich salió volando de sus manos y nada más caer se despeñó, lo que aprovecharon dos ardillas para obtener su ansiada recompensa.
—¡OH, DIOS, UN ASALTADOR DE CAMINOS! —gritó enloquecida y con el corazón en la boca.
Si eso no llegaba comenzó a visualizar la situación su mente enloquecida su propio rapto, o lo que era peor, su asesinato.
Se levantó, se aferró a una rama como quien coge una escopeta y, cual espartano de una película contra un ateniense, al grito de «¡au, au, au!
», se abalanzó sobre él para pegarle con la ramita como si fuera un látigo, así sonaba al roce de la ropa de él.
—¡AAAAAH, FUERA! —Se defendió—. Fuera, fuera, déjame, no me vas a secuestrar, antes te meto esta vara por los ojos. —Unos brazos fuertes la sujetaron—. Suéltame, ¡que me sueltes, te digo!
—Tú deja de pegarme. —Quiso hacer un trato aquel hombre salido de la nada.
—No lo haré.
—Pues no te soltaré. —Dicho y hecho, porque la sujetó más fuerte y la levantó.
—Déjame en el suelo, no soy un saco de patatas, suéltame o te arreo una patada en la huevera.
—Vale —cedió a la amenaza—, pero suelta la rama, no te voy a hacer daño.
—Todos los hombres decís lo mismo y luego sois como Jack el Destripador.
—No soy de esos.
Él la fue bajando con delicadeza como le había prometido, e Imogen cuando notó los pies en el suelo, con el corazón megaacelerado, abrió los ojos, ¿los había cerrado? ¿Cuándo? Ni se había enterado, su lengua se soltó sin importar las consecuencias.
—A ti te conozco. —Entrecerró los ojos, que se hicieron más verdes entre las rendijas de sus cejas oscuras.
—Pues mira qué bien. ¿De dónde coño has salido? —reiteró la pregunta con los brazos en jarras.
—De aquí.
—¿Es que eres el hombre viejo de los bosques o similar?
—Se había pasado, lo de viejo no le hacía justicia a un hombre que aparentaba su misma edad, o quizá un año más.
Fuera como fuese, había leído muchas leyendas sobre los ancianos que protegían los bosques. Hizo muy bien callarse lo de «anciano».
—¿«Viejo»? —Parpadeó en su dirección, ¡le había sentado fatal!
Imogen no claudicó.
—Mira, ya me entiendes. —No supo qué argumentar.
—Va a ser que no.
—Está bien, no hablamos el mismo idioma, ¿eres un violador, un secuestrador?
—Me has llamado «viejo» y ahora «violador». —Se cruzó de brazos y la camiseta se le tensó por los músculos.
«Mucho músculo y poco cerebro», se apuntó a sí misma. «El músculo no hace al hombre».
—¿De dónde has salido?
—Del sendero —contestó a su pregunta al fin.
—Ya. —No se creyó una palabra—. Entonces vives aquí, en alguna cueva cercana. —Se había vuelto a coronar; se notaba que era un hombre civilizado, pero las apariencias engañaban como en La Bella y la Bestia , aunque ella podía ser la bestia bruta de la historia.
—No, en mi casa de Cold Spring —especificó él.
—¿Perdona?
—No te perdono lo de «viejo» —le había jodido y dolido—, y muy mal alimentando a las ardillas —la regañó.
—¿Es que me recriminas que se me cayera al suelo por culpa de tu susto? —Él asintió en silencio—. ¡Eres más tonto del culo de lo que creía!
—Un respeto.
—El mismo que me tienes a mí. —Dio una patada en el suelo—. Estaba comiendo, mirándolas antes de retomar mi camino, ¡no las estaba alimentando!
—Lo tiraste al suelo.
—¡Se me cayó!
—Estabas hablando sola. —No se daba por vencido.
Imogen ya no podía más con ese hombre.
—Oye, mira, tío, siento que tengas un cerebro de mosquito, pero vete a paseo.
—Ya estoy de paseo.
Ella puso los ojos en blanco, la estaba guaseando.
—Hablo en serio.
—Yo también.
Estaba claro, ese tío había aparecido a saber de dónde solo para joderle el día.
—Me has asustado, uno no se puede acercar a las personas en silencio e ir pegando sustos de muerte a diestro y siniestro. —Inclinó el cuerpo a la vez que elevaba la voz.
Por un momento se sostuvieron la mirada.
Era una batalla entre unos ojos azules y los ojos verdes de aquel hombre que contrastaban con su pelo castaño bastante oscuro, y que parecía un hechizo de la misma naturaleza no por llevarle la contraria, era muy guapo, tanto que no se cansaba de contemplarlo.
Su mirada proyectaba tal fuerza que sus pies, si no fuera por la prohibición de su cerebro, caminarían hacia él.
Tenía un rostro alargado muy bonito, en el que su frente comenzaba en un pico que le hacía el pelo antes de abrirse en unas pequeñas entradas para continuar por la sien hasta las patillas, donde comenzaba una sinuosa barba de varios días que le marcaba la mandíbula.
Imogen, que continuaba con sus ojos clavados en él, sintió una fuerza que se acumulaba entre ambos y supo lo que era la atracción.
Jamás la había percibido de ese modo, era una electricidad que iba y venía por todo el bosque, como si la exhalara de lo más hondo de su tierra.
Era arrolladora, furiosa, era una tormenta, y a ninguno lo dejaba indiferente, tanto era así que los pezones se le tensaron.
«Muy bonito por parte de mi cuerpo, en el momento más oportuno se tensan, ojalá escupieran fuego para calcinarlo», ya se sermoneaba a sí misma.
—Mira, déjalo, no vamos a llegar a ningún lado. —Ella fue la primera en separar los ojos.
Se dirigió a la roca para recoger todas sus pertenencias y se colgó la mochila al hombro.
—¿Vas a Cold Spring? —Se interesó él.
—No te importa y no soy de ningún lado, soy mochilera y hago autostop.
—¡Y tienes miedo de mí! Te contradices.
—Ya ves, soy mujer porque yo valgo.
Caminó a grandes zancadas y por encima del hombro vio como la seguía.
—Por ahí no se va a Cold Spring —le advirtió.
Ella no le hizo ni caso. El sol del mediodía se filtraba por entre las ramas de los árboles, y si uno se paraba a mirarlas, parecían casi transparentes y se volvían finas, delicadas, al igual que toda la vida natural que la rodeaba, pues desde que ese desconocido sin nombre había aparecido, ya no escuchaba el trinar de los pájaros que a lo largo de la mañana tanto había agradecido.
—¿Quieres parar y escucharme? —insistió él.
—No me da la gana. —Le dio la respuesta—. Aparte, no me conoces.
—Tú a mí tampoco, y los adjetivos que me has lanzado son de los más bonitos.
—Pues pasa de largo. —Se encogió de hombros—. Ni que te hubiese encontrado debajo de la col en la que naciste.
—Vas por el camino contrario a Cold Spring. —Aquella era una advertencia a tener en cuenta, pero no le creyó una palabra, ¡a saber a dónde quería llevarla!
Ella se giró y caminó hacia atrás.
—Es que no pienso hacer caso a un desconocido...
—Por miedo a que te lleve a mi cueva.
—Exacto. —Extendió los brazos.
—¡Cuidado! —le gritó él cuando ya era muy tarde.
De pronto, Imogen se vio impelida hacia atrás.
—¡QUE ME VOY! —vociferó a la vez que rodaba cuesta abajo como una pelota y sin frenos.
Sin poder pensar, su cerebro rebotaba por todo el cráneo; en un momento, levantó un brazo, y más tarde que pronto, se agarró a un madero—.
¡Socorro... Socorro que me la pego! —Cerró los ojos fuerte por el miedo que la recorría por olas cada vez más intensas, aunque era el modo de evitar mirar hacia abajo.
—Sujétate con firmeza. —Sus dedos se aferraron con más brío al madero, que crujió.
—De esta me despeño y me rompo la cabeza, lo veo. —Contuvo el aire.
—No te imagines tanto —le dijo él manteniendo la tranquilidad.
—Claro, como tú no estás colgando como una salchicha...
Imogen escuchaba crujir las ramitas pisadas sobre la hierba; y los mismos dedos largos, fuertes y esta vez cálidos, la cogieron por la muñeca.
—Dame la otra mano. —Ella tardó unos minutos en intentarlo, en cuanto comprobó que podía, levantó el brazo—. Te tengo.
Él la pegó a su cuerpo al tiempo que el trozo de madera terminaba cediendo. Ella lo observaba tan horrorizada que comenzó a temblar.
—Jamás estuve tan cerca de la muerte —musitó.
—Estás sana y salva. —La estrechó entre sus brazos para confortarla, aunque ella no entendía por qué estaba tan a gusto. Por unos instantes se dejó cuidar hasta que comprendió que él era un hombre.
—¡Eh, que corra el aire, gracias! —Se apartó un poco y se puso a limpiarse—. ¡Joder, qué miedo!
—Es porque no conoces estos caminos —le explicó él.
Ella alzó la vista y lo miró para quedarse prendida de su perfil que parecía tallado por el mejor escultor. Agito la cabeza antes de que él la pillara contemplándolo, lo que podía provocar que se lo creyera y se subiera a la parra.
—Primero, gracias, y algún día los aprenderé.
—Eso espero, aunque te los puedo enseñar. —En sus labios se dibujó una sonrisa sesgada—. Vamos para arriba, ¿puedes?
—Sí, porque no siento nada.
Lo siguió sin soltarse de su mano, que con el calor se adherían la una a la otra debido a que el ambiente caldeado por la temperatura del día y un tanto húmedo no solo por el Hudson, sino por el riachuelo que no había dejado de escuchar, aumentaban la sensación de bochorno y la ropa se le pegaba.
A él no le afectaba o eso aparentaba, ya que con suma agilidad la conducía a zona segura; sus piernas largas no se resentían a esa cuesta empinada, sabía dónde pisar con seguridad y se movía como pez por el agua en ese lugar. Arriba, Imogen respiró tranquila.
—Gracias. —Estaba un poco más calmada—. Me has salvado.
—No hay de qué. —Él notó que ella cogía aire de modo entrecortado—. Sosiégate.
—Ya lo estoy...
—Por eso no me sueltas la mano. —Señaló él alzando las cejas en dirección a sus manos todavía unidas.
—¡Ups! Perdón.
—Ahora te voy a llevar sana y salva a Cold Spring.
Imogen no dijo nada en esa ocasión, solo se dedicó a seguirlo y no terminó como indicaba la ruta, en el mismo punto al ser circular, sino que él, muy conocedor de todos esos caminos, la acercó hasta casi el centro del pueblo.
—Bueno, como ves, sana y salva. —Imogen miró a su alrededor—. Aquí nos separamos.
—Sí —dijo con una punzada triste, aunque supuso que era por el susto de la caída—. Gracias.
—No hay de qué. Adiós. —Levantó la mano a modo de despedida.
Cogiendo los caminos contrarios comenzaron a andar; y cuando ella miró hacia atrás, él había desaparecido como por arte de magia.
¿Cómo pudo sentirse tan a gusto con un desconocido?
¿Se volverían a ver?