Capítulo 6. «Welcome to Cold Spring»
Welcome to Cold Spring
L os días siguientes fueron un no parar para Imogen, aunque muy pronto se adaptó a su nueva rutina: levantarse temprano por la mañana, ayudar a Kendall con los pasteles, que recién horneados despertaban el estómago y los sentidos, y tomar el desayuno juntas antes de abrir al público.
Enseguida conoció a los vecinos, así como a las amigas de Lilian: Sarah, Wendy y Teresa.
No obstante, la mañana del viernes se reencontró con un grupo de hombres muy singular.
—Muchachas, iba siendo hora de que abrierais —protestó un hombre bajo, de pelo blanco igual que las cejas, que resaltaban por el color tostado de la piel por el sol y una barriga bastante colgante.
—Nada más abrir y ya te vas de vacaciones. —Chasqueó la lengua el otro, más alto, delgado, de pelo negro salpicado por algunas canas y con gafas que escondían unos ojos marrones—. Empiezas mal.
—El trabajo es importante, pero lo son aún más las personas a las que quiero, y mi amiga —rodeó los hombros de Imogen— necesitaba mi ayuda.
—Dos cafés con leche... —Imogen se encontró en medio de un fuego cruzado.
—Vosotros dos estáis muy aburridos y venís a tocar la moral —les encasquetó Lilian, interrumpiendo a Imogen—. Como si no hubiese más cafeterías.
—Nos dejó sin café —arremetió el de pelo blanco.
Imogen fue a preparar los dos cafés, mientras Kendall atendía a Lilian y a sus amigas, recordando a esos dos hombres que, durante la remodelación, no tenían nada mejor que hacer que ponerse a mirar por las ventanas del local hacia dentro y eso provocaba que todo el que pasara por allí los copiase, Imogen nunca se había sentido una atracción de feria como esos días.
Al echar un vistazo rápido, debía reconocer que habían hecho un gran trabajo; así se acordó de cuánto se habían afanado su madre y ella en rehabilitarlo, limpiarlo, barnizar o pulir los suelos, que eran de una madera buenísima de castaño como la barra.
A otras zonas le pasaron una mano de pintura al agua y de tiza aptas para la madera, para sillas, mesas, columnas o la madera de la puerta de entrada o de los ventanales, de ese modo se logró un ambiente cozy y acogedor.
El cliente, al entrar, sentiría que era una estancia diáfana de su hogar.
Por Imogen se mantuvo la campanilla de la puerta, de la cual se enamoró.
Por más que se sintiera orgullosa de aquel local, una parte de sí misma se consideraba una impostora, todo lo que le había sucedido le había dejado una mala huella.
Imogen sirvió los cafés a ese dúo un tanto maleducado que le dio las «gracias» sin mirarla; y sin pararse en ellos, porque Lilian hacía aspavientos con una mano en el aire, llamándola para que se acercara a ella, que iba acompañada por tres mujeres más, acudió a su encuentro.
—Imogen —la saludó Lilian— aún no sabes que Teresa es vecina tuya.
—¿En serio? —le preguntó feliz a la mujer que era alta, fuertota, de nariz prominente y con una boca que tenía una sonrisa sempiterna; y el pelo, el cual llamaba mucho la atención, era de color oro.
—Vivo al otro lado del camino, ves mi casa por la ventana del salón —le explicó encantada.
—¡Anda, qué casualidad! —exclamó contenta. Le gustaba la familiaridad con la que todos la trataban.
Las otras dos, Sarah y Wendy, la saludaron de modo muy afectuoso.
—Es más guapa de lo que nos dijiste, Lilian —soltó Sarah, que le guiñó un ojo cómplice a Imogen.
—Nunca fui buena con las descripciones —bromeó la mujer.
—Sangre nueva en Cold Spring, ¡eso es buen augurio! —Wendy estaba muy contenta por su llegada—. Y además, Kendall está más radiante.
—No hay nada como tener a tu mejor amiga al lado —confesó Imogen al servirles los té.
—Pues nos veremos mucho —le advirtió Wendy—, pasamos bastante tiempo aquí.
—Sí, algo oí. —Les sonrió, aquel grupo era de lo más variopinto.
—Y hay mucho soltero —apostilló Teresa como si nada, a la vez que cogía una pasta.
—No he venido a buscar pareja, estoy aquí para empezar de cero.
—Tras eso las cuatro la miraron con desconcierto e interés a partes iguales: Sarah, con sus ojos azules brillantes de curiosidad; la mirada marrón de Teresa se mantenía a la expectativa por si contaba algo más, de hecho, las orejas se le movieron solas; y Wendy, con sus ojos grises, también estaba a la espera.
Imogen las dejó con las ganas diciendo—: A veces no hay nada mejor que la tranquilidad.
—Espero que algún día nos cuentes lo que pasó —la animó Wendy, que parecía la típica abuela que quería estar atenta a todos sus polluelos.
Imogen, con una sonrisa, regresó a detrás de la barra, hasta que casi vomita el corazón al ver quien entraba.
—¡NO-ME-JO-DAS! —musitó Imogen al mirar hacia la puerta sin poder controlar la lengua al notar que ingresaba la brujilda.
—¡Flora! —exclamó sonriente Kendall, que no pudo evitar contemplar cómo Imogen se escondía y casi pretendía meterse en el lavavajillas—. ¿Qué haces? —le dijo a su amiga.
—No quiero que me vea. —Estaba agachada todo lo que podía.
—Imposible, viene hacia aquí.
—¡Ay, no, por Dios! —Sus hombros se hundieron a modo de derrota, el viernes no podía continuar de peor manera.
—¡Hola! —Flora las saludó con una sonrisa candorosa.
«No puede ser verdad, me cago en todo», pensó dándole la espalda a la pitonisa.
—Te voy a presentar a mi amiga y compañera en la cafetería, Imogen. —Kendall la fulminó con la mirada y la agarró por la manga de la chaqueta para que se levantara.
La pitonisa era una mujer de mediana estatura, estaría en los cincuenta años, más o menos, tenía un rostro de líneas muy finas que terminaban en un mentón bastante puntiagudo y lo más sobresaliente eran sus ojos marrones, que no observaban, sino que escrutaban, luego estaba su boca que, antes de decir nada, se movía.
—Hola, ¿qué tal? Encantada. —Le sonrió del modo más profesional que había aprendido en la editorial.
—Te conozco —sentenció la pitonisa. Se acercó más a Imogen, que no conocía sus intenciones.
—Siempre me han dicho que tengo un rostro de lo más común. —Se encogió de hombros—. Su cara no me suena de nada, ya ve.
—Eres la chica a la que le dije que no hiciera el amor —le dijo en voz baja.
—¡Oiga, por favor!, no airee mis asuntos personales. —Eso la fastidió bastante.
—¡Ah! Te acuerdas de mí. —Imogen había caído en su trampa.
—Con esa frase, ya me vino a la cabeza.
—¿Hiciste caso de mi consejo? —Los ojos negros buscaban en ella alguna grieta para hacerla flaquear—. Hiciste el amor y por eso estás aquí —dilucidó ella.
—Sí, bueno. —Sinceramente se había pasado su consejo por el FORRO, así, en mayúsculas, porque nada más regresar a la ciudad, llamó al gilipollas, se lo tiró para demostrarle a la pitonisa que por un casquete no pasaría nada y pasó.
«Vaya, esta señora es más intuitiva de lo que pensaba. AVISO: TENER CUIDADO CON ELLA», se advirtió con las luces de neón encendidas.
—No te preocupes por lo que haya pasado, estás donde debes estar, aquí está tu presente y tu futuro más cercano —pronosticó.
—No diría tanto. —Imogen quería terminar con ese tema de una vez.
—Flora, ¿te pongo lo mismo de siempre? —las interrumpió Kendall.
—Sí, un tecito de hierbas —afirmó.
Esa información hizo reaccionar a Imogen.
—¿Es que vas a tomar el té con ella? —La joven no daba crédito y torció un poco la boca.
—A veces hemos quedado —confirmó la pitonisa—. Siempre vengo a la cafetería; y tú —se dirigió directamente a Imogen—, aquí, tropezarás con el amor.
—Vaya, qué mal. —Arrugó el morro Imogen.
Con una sonrisa franca, la pitonisa se sentó con Lilian y compañía, lo que aprovechó Imogen para hablar con Kendall.
—Oye, ¿por qué no me contaste que venía a la cafetería? —le volvió a preguntar.
—¿Cómo te lo iba a decir si le tienes manía? —Kendall, que le estaba preparando el té a Flora, había dicho una verdad como un templo.
—No es para tanto, bueno, sí lo es, pero no, es que me podrías haber avisado que confraternizabas.
—Ahora somos vecinas, y sí, formamos un buen grupo al que ahora perteneces y te falta conocer a dos más.
—Vale —suspiró. Era lo que le faltaba: tomar el té con una pitonisa.
A lo largo de la mañana, a los dos viejetes se le unieron otros dos, ¡ahí estaba el cuarteto de arquitectos municipales!
Luego, atendieron a Tony y a más gente de la cual Imogen debía retener sus nombres, pero entre todos destacó a Cloe, la veterinaria de Cold Spring, que entró en un visto y no visto, que no paró ni cinco minutos y que salió justo cuando Mark apareció en la puerta.
—¡Hola! —interrumpió la conversación Mark, el novio de Kendall, cuya sonrisa le alcanzó sus ojos azul cielo.
Sí, Mark era el típico chico guapo, alto, rubio, que parecía la viva imagen de cualquier modelo de Calvin Klein.
Venía cargando varios rollos de lona. Se acercó a Imogen y se dieron un beso en la mejilla—. ¿Qué tal?
—Estoy viviendo un no parar —bromeó la joven.
—Normal, todos quieren conocerte.
—Sí, lo he visto, creo que soy una nueva atracción de feria. —Ese comentario consiguió que Mark soltase una carcajada. Era un hombre muy risueño y de risa fácil.
—¿Llegaron las estanterías? —Quiso saber.
—Sí, hoy mismo a primera hora. —El corazón de Imogen saltó de nerviosismo y felicidad a partes iguales—. Están arriba —le indicó.
Los tres subieron y tuvieron que zigzaguear entre cajas, pues algunos autores con los que Imogen se había puesto en contacto, informándoles que abría una librería, le habían hecho llegar algunos ejemplares firmados; no solo eso, sino que algunos distribuidores con los que ella y Kendall habían hablado también les habían mandado ya sus cajas, así como algunas editoriales con las que trató Imogen, salvo con la suya, de la que se encargó Kendall.
Para olvidarse de todo eso, se acercó a una de las ventanas, desde allí vio las montañas, el resto de calles, que había detrás de los edificios de Main Street, con sus casitas; algunas, con sus piscinas; otras, con árboles plantados.
—El domingo, Jared y yo montaremos las estanterías —les contó—, tenemos el fin de semana libre.
—Para ese día tendremos más libros, entre hoy y mañana recibiremos el doble de cajas, ¿verdad? —Kendall miró a Imogen, que asintió.
—Todavía no has visto los alrededores, ¿verdad? —Quiso confirmar Mark.
—No, y con el trabajo lo dudo.
—Mañana tómate el día libre —le propuso Kendall.
—¡No! He venido a trabajar.
—Este es tu nuevo hogar. —Esa palabra logró que la respiración se le cortase y el corazón se le acelerase, pues desde que había llegado el tiempo se le pasó rapidísimo.
Sin embargo, Mark tenía razón, era su hogar y no lo había visitado, solo había contemplado desde la ventana de su habitación las vistas que tenía de las colinas como del río, sin poner un pie en la vegetación que a veces percibía que la llamaba desde lo lejos.
A veces no entendemos que un lugar nos pueda convocar, si lo hace es por algo, quizá allí encontremos lo que menos nos esperamos.
Imogen todavía no había caído en ese detalle, solo volvió a mirar a su amiga regresando a la realidad—.
Vives aquí, debes hacer alguna ruta senderista.
Los árboles, con este buen tiempo y sin viento, tardarán un poco más en perder las hojas, te anima a que vayas, está muy bonito el valle. —Mark era guardia forestal y se notaba.
—Bueno, vale, pero si necesitas que esté aquí, avisadme —claudicó Imogen no muy segura—. Aunque debería estar aquí, acabo de empezar.
—Me las he apañado hasta ahora sin ti —afirmó Kendall, y su amiga no pudo protestar.
«Pues nada, a hacer la cabra es lo que toca», resopló su cerebro, cansado cuando aún no había salido de excursión.