Otoño en Cold Spring Capítulo 5. La amistad no tiene límites
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Capítulo 5. La amistad no tiene límites

La amistad no tiene límites

I mogen, todavía con los nervios de ese primer día, se dejó ayudar por su amiga, que como Kendall le había dicho, en pocas horas había logrado tener todo colocado, cada objeto y libro en su sitio.

Con lo que no contaba era con tener un flechazo con su habitación: el techo, que mostraba las enormes vigas de madera como el resto de la casa, se inclinaba por estar en el tejado (como quien dice), en la parte que se ladeaba iba encajada la cama de matrimonio, que tenía un cabecero de hierro forjado negro con dibujos de flores.

A su lado estaba la única ventana grande, bajo la cual estaba la mesita donde Lilian le había dejado un jarrón blanco con hortensias blancas y azules, las mismas que estaban dibujadas en el bonito papel pintado que cubría las paredes.

Al lado de la mesilla había un sillón orejero, lo seguía la puerta del baño y a los pies de la cama un gran armario.

Eso le procuró que fueran a hacer la compra, para que llenase la nevera, además de poder recorrer el pueblo, que en una sola caminata podías verlo, no en su totalidad, pero en su gran mayoría.

Cold Spring era uno de los pueblos enclavados en el valle del Hudson y construido a la orilla del río, que desprendía un olor un tanto mineral que picaba un poco en la nariz cuando los pasos las llevaron cerca de él.

Sus edificios de una misma altura, algunos de ladrillo, otros pintados de color, le sonreían y se mostraban ante ella como un lugar acogedor donde abandonar el pasado, las pesadillas, y mirar hacia el presente y el futuro con otro ánimo, con más fuerza, pues era imposible que nada malo pudiera sucederle allí, todo ello enclavado en un entorno natural donde las construcciones del hombre no desentonaban, había una armonía que, evidentemente, no existía en Nueva York, una ciudad hecha de asfalto, hormigón y cristal.

El valle del Hudson no se había adaptado al hombre, sino el hombre al valle, y eso se percibía en cómo cuidaban sus numerosos bosques. Era una muestra de cómo se podía convivir en paz sin agredir a la naturaleza.

Los vecinos con los que se encontraban por el camino no solo saludaban a Kendall, sino a ella también, como si la conocieran de siempre, no como en la ciudad donde nadie reparaba en nadie, salvo cuando chocabas y se oía un «perdón» rápido, apurado, casi impersonal.

Allí, en el pueblo, el trato fue más personal, o eso le pareció.

Aprovechó para hacer la compra y llenar la nevera que estaba más vacía que el nido de una ardilla.

Pasando por una de las tiendas de antigüedades pegada a la cafetería, vio a su dueña, Tony.

—¡Imogen! —Salió dando saltitos para recibirla, ya se conocían de cuando había estado.

—¡Hola! —la saludó.

—Me alegro de verte y, sobre todo, de que te quedes. —Le sonrió risueña, cogiéndola de las manos.

Tony las había ayudado mucho con la decoración de la cafetería.

—Y seremos vecinas de negocios —bromeó Imogen.

—Sí, ¡¿no es genial?! —Estaba muy contenta—. ¡Me encanta! —Observó cómo las chicas se paraban a ver algunos objetos—. Pero, decidme, ¿en qué os puedo ayudar?

La tienda de Tony era más pequeña que la cafetería, bien ordenada; a medida que caminaban por el pasillo no iban tropezando con nada, pero lo que había llamado la atención de Imogen fueron dos escritorios.

—Vamos a montar la librería arriba de la cafetería y... Me gustan esos dos escritorios. —Imogen los señaló con el dedo, luego de poner al tanto a Tony.

—¿Dónde los vas a poner? —preguntó Kendall con una ceja enarcada—. En casa no te coge nada más.

—¿Qué te parece si montamos el despacho de Sherlock? —le propuso la idea.

—Me gusta tu concepto, el despacho de Sherlock Holmes. —Kendall asentía con la cabeza lentamente, como si lo visualizara.

—Os diferenciáis de otras —apostilló Tony—. No es descabellado, ¿y el otro?

—El escritorio de Jane Austen, con un jarroncito donde siempre haya una flor fresca, e irá entre las estanterías de la novela romántica —le expuso Imogen, porque ella sí que ya lo tenía todo en la cabeza, pues era un hervidero para crear zonas confortables para los lectores—.

Y este de madera maciza —se trataba de una mesa con patas que terminaban en cabezas de león, además de tener dos grifos en la parte superior, estaba más trabajado con esas filigranas delicadas que caían de los dos cajones que tenía a los lados— podría ser la mesa de Bram Stoker, para los amantes de lo gótico, la fantasía y el terror.

Kendall pegó un grito de alegría, aplaudiendo.

—¡Estás inspirada! —A esas palabras Imogen asintió, así lo sentía ella, pues era como si una fuerza interior que no sabía de dónde había salido la empujase a hacer todo eso, a coger su nueva vida con garra y las ideas fluyeran solas, como hacía tiempo que no le sucedía.

—Lo dicho, vais a hacer algo muy distinto a todo lo que se ofrece en Cold Spring —aseguró encantada Tony.

—Me los quedo. —Imogen no dudó un segundo en comprarlos. Aunque enseguida cayó en la cuenta de un detalle—. No nos los podemos llevar —confesó a la vez que alternaba la vista entre una y la otra.

—Tranquila. —Tony tenía la solución—. Se quedarán aquí con un cartel de comprado y cuando los vayáis a poner en la librería, me lo decís.

Las tres, satisfechas, llegaron a ese trato.

Con una sonrisa, Imogen se despidió de Tony, y regresó a la casa junto con Kendall.

Cuando entró, Imogen reparó en que su nueva vivienda tenía un reconfortante aroma a hogar antiguo mezclado a la madera y a la frescura del valle del Hudson, lo que creaba un ambiente acogedor y relajante que abrazaba su corazón.

Dejó el bolso y la cazadora encima de la mesa para colocar todo en la nevera; una vez listo, se sentaron juntas en el sofá que estaba frente a la gran chimenea y a la televisión, ya que todo ese frontal era un enorme mueble que se había adaptado a la chimenea.

En medio había una mesa rústica de madera muy finamente tallada.

—Estoy muertísima —suspiró Imogen, hecha polvo de la caminata.

—Eso es por utilizar tanto el metro —la riñó Kendall, que estaba espatarrada a su lado.

—Si no lo hacía, era como el conejo de Alicia, «llego tarde». —Las dos se echaron a reír.

—Me alegro.

—¿De qué?, ¿de llegar tarde? —la bromeó Imogen.

—No, de que estés aquí y te hayas librado de esa mierda que te rodeaba. —Se enderezó y puso su cabeza sobre el hombro de su amiga.

—Ya —dijo melancólica.

—Oye, no quiero que te pongas triste.

—Lo sé. —Kendall siempre le hablaba con sinceridad y nunca se tomaba nada a mal de lo que saliera de ella—. Pero he estado pensando.

—Tú también eres peligrosa cuando piensas. —Esa frase, Kendall la repetía cuando ella soltaba lo mismo, por eso le pagó con esas palabras.

—No, verás, ¿te acuerdas las veces que Howie nunca quedó con Mark y conmigo, que daba largas a muchos de tus planes? —Howie fue por el que la habían echado de la editorial.

—Sí, la mayor parte de las veces ocurría. —Eso fue algo que Kendall nunca entendió.

—Con la información que ahora manejamos, puede ser... —La joven se echó hacia delante y se giró para mirar a Kendall, boquiabierta—. ¡Estaba con la jefísima!

—Lo más seguro, y no quiero hacer leña del árbol caído. —Su amiga le frotó la espalda.

—No lo haces, Kendall, siempre notaste que algo no iba bien.

—Oye, te has deshecho de ese subnormal mentiroso, ¡listo!

Pero, si te soy sincera, creo que has vivido lo mismo que me sucedió a mí antes de conocer a Mark, cuando me decía aquel tonto del culo: «Lo siento, me gustas, pero no estoy enamorado».

—Imitó su voz y las dos se echaron a reír—.

Soy de las que cree que primero te sientes atraída por una persona por el físico o por su mente, por lo que sea; luego, a medida que lo tratas te puedes o no enamorar.

Sin embargo, lo que viví con Mark fue un flechazo y eso es lo que quiero para ti.

—Sí, menudos capullos integrales con los que tropezamos. Aunque deseo que todos los hados me libren de un puto flechazo de mierda, quiero estar tranquila por una temporada.

—¡Eh! Nunca digas nunca, amiga, cuando menos te lo esperes... ¡Ahí está!

—Vete a la porra con Cupido u os agujereo yo con las flechas —los amenazó—. Lo que nunca te dije fue que cuando quedaba contigo me preguntaba a los sitios a los que íbamos a ir.

—Para no ir él y que lo vieras con ella.

—Seguramente. —Kendall y ella, cuando había un problema, siempre estaban en la misma onda, eso facilitaba que Imogen se abriera a su amiga.

—¿Sabes lo que peor me ha parecido? —Imogen negó con la cabeza, no sabía lo que Kendall podía decir—. La falta de hombría.

—¿Es que alguna vez la mostró? —A Imogen no le dolía ponerlo en duda.

—Dímelo tú.

—Jamás, pero es que tampoco nadie me advirtió cuando todo el mundo sabía lo que se cocía, aunque ¿sabes? Lo que he aprendido es que en más de una circunstancia solo podemos contar con nosotras mismas, que fue lo que me pasó.

—Tu exjefa las pagará, estoy convencida.

—No quiero venganza, me da igual lo que suceda. Y por cierto, ya te vale no decirme que la pitonisa vive aquí. —Se acordó de la brujilda.

—¡Bag, olvídate de Flora! Unidas podremos con todo.

—Kendall la abrazó—. Siempre hemos salido adelante juntas, esta vez no será menos.

Olvídate de gilipollas que no valen ni para hacer la «o» con un canuto.

—Se separó para mirarla a los ojos y la observó con sus brillantes ojos marrones llenos de emoción—.

Atiende, si mañana logramos encontrar unas buenas estanterías para la librería, me dijo Mark que el domingo podría ayudarnos a montarlas con un amigo.

—¿Y si lo miramos ahora? —Era martes.

—Venga, va. —Las dos pegaron un salto de alegría—. Como Pretty Woman , no hay nada mejor que las compras para olvidarse hasta de la mala leche. ¡¡¡Aligeran las penas!!! —dijeron a la vez entre risas.

Imogen cogió la mochila de la Mac que había dejado apoyada en las escaleras que llevaban al piso de arriba.