Otoño en Cold Spring Capítulo 4. Todo tiene un comienzo
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Capítulo 4. Todo tiene un comienzo

Todo tiene un comienzo

A primera hora de la mañana, Imogen cogió el tren que la llevaría a su nuevo hogar.

Se subió con un pinchazo en el corazón, sin mirar atrás, y buscó su asiento tras colocar las maletas.

Agradeció que le hubiese tocado la ventanilla; lo que no sabía fue que, con el movimiento del tren, la ciudad desapareció poco a poco, como si en el fondo no quisiera que se olvidase de ella, para luego pasar a unas vistas impresionantes, pues el trayecto se hacía muy pegado a la orilla del río Hudson, en cuya superficie los primeros rayos del sol parecían bailotear cuales niños pequeños y saltaban como seres mágicos.

Los árboles, a esas alturas de octubre, ya mostraban cómo el suspiro del otoño había entrado, revelando su policromía que los vistió de rojo, naranja, ocre, de ese elegante dorado que solo la naturaleza podía ofrecer, y se mezclaban con esos verdes de los árboles perennes creando una atmósfera otoñal tan reconocida en todo el mundo.

¡La fascinó! Aquello debía ser una buena señal, no había otra opción.

Hubo un instante en el que se paró a verse en el reflejo de la ventanilla: con la melena de mechas rubias recogida en un moño alto, su rostro, del cual su madre decía que era en forma de corazón, quedaba despejado de cualquier mechón de pelo.

Sus cejas oscuras eran como montañas bajas en el río, y el brillo de sus ojos azules era una prolongación de la superficie del agua a la vez que su nariz fina bajaba en cascada hacia la boca que sonreía ligeramente.

Imogen parecía fundirse con el Hudson, que la atrapaba entre sus colinas redondeadas pintadas de los exuberantes colores otoñales.

No puedo evitar sonreír, tenía la naturaleza de su parte.

Tras una hora de viaje, en la que se embebió de todo ese fabuloso paisaje, el tren llegó a la parada de Cold Spring, en la que se bajó con sus maletas cargadas de ropa, también de sueños que iban a tomar forma en ese pequeño pueblo.

Kendall la esperaba en el andén, y las dos amigas se fundieron en un brazo.

—¡Bienvenida! —le susurró alegre.

—¡Ya estoy aquí! —Soltó el aire que había retenido nada más bajar, sin percibir el cansancio de no haber dormido mucho—. Ha pasado todo muy pronto, parece que fue ayer que lo estábamos organizando, y mira, ya estoy aquí —repitió de nuevo. Le costaba creérselo.

—Sí, y tenemos un día un tanto ajetreado.

—¿Y eso? —Imogen cogió una de las maletas para andar al lado de Kendall, que arrastraba la otra.

—Ahora vamos a tu nueva casa, ya te ha llegado todo, solo tienes que colocarlo, yo te ayudo.

—Gracias.

—Después de desayunar... —Frunció las cejas, nerviosa—. ¿Desayunaste? Bueno, da igual, vuelves a hacerlo. —Pegó un saltito. Kendall se giró hacia ella, su boca amplia no borraba la sonrisa—. ¡Ya estás aquí!

—¡¡¡Sí!!! —exclamó, respirando más tranquila.

Kendall enhebró su brazo con el de ella. No se sabía cuál de las dos estaba más emocionada.

Para Imogen su destino había culminado en ese pequeño pueblo a las orillas del río Hudson y que tenía una sola calle principal, Main Street —llena de negocios, tiendas de antigüedades, negocios vintage , cafeterías y restaurantes—, que tan familiar le era, porque desde que su amiga se había trasladado a vivir allí con el que era su novio, Mark, Imogen había ido frecuentemente, por lo tanto no le era extraño.

Era más, allí fue donde una «brujilda» del tres al cuarto le recomendó no hacer el amor. Al final había tenido razón.

—Mira, nuestra cafetería. —Señaló Kendall con el dedo índice.

Era un establecimiento céntrico al lado de una tiendita vintage , con una puerta de madera y cristal y dos grandes ventanales.

Había quedado más bonita de lo que se acordaba, era como si hubiera pasado una eternidad, pero ella había puesto su granito de arena en ese local que daba una nueva oportunidad con el sugerente nombre «Spring Cafe y empujada por una mano invisible, se acercó sin enterarse de la presencia de su nueva casera.

—¡Hola, Lilian! —la saludó Kendall.

—¡Hola, muchachas! —Clavó sus ojos negros en su nueva inquilina—. Imogen, ¡cuánto tiempo!

Le dio un cálido abrazo.

—¡Hola! —Le devolvió el gesto. Se habían conocido en invierno—. Me encanta tu casa.

—Es bonita y la remodelación la dejó irreconocible, ahora es tuya —asintió Lilian—. Pasemos a dentro.

Subieron detrás de ella; y al traspasar la puerta, los ojos de Imogen se abrieron de par en par: aquella casa de ambiente acogedor y que te recibía con un calorcito a hogar era un cascarón de madera de techos altos en los que las vigas estaban al descubierto, de las cuales pendía una antigua lámpara de araña de plata.

Se accedía directo al salón completamente equipado, y la cocina estaba abierta a él, pero a la derecha, a través de una arcada de medio punto, daba paso a la biblioteca, igual de confortable, cuyas estanterías hacían una curva.

En el medio del suelo de madera, como en el resto de la casa, había una alfombra redonda sobre la que había un sillón orejero y un puf para apoyar las piernas.

Al lado de la arcada se había colocado un viejo secreter, y la única ventana iluminaba como si hubiera tres y contaba con un alféizar hecho para sentarse en él.

A Imogen, el corazón le pegó un brinco en el pecho, ¡era la casa que siempre había soñado!

—Me encanta —giró sobre sus pies, encantada—, es fabulosa.

—Estoy contenta de que te guste. Arriba —señaló las escaleras que había al lado del arco— hay tres habitaciones y dos baños.

—Subiré luego —se frotó el estómago a pesar de estar acosada por las cajas que tenía que vaciar—, ahora quiero desayunar, por favor.

—Hemos venido preparadas. —Kendall sonrió en dirección a Lilian.

—La cafetera está lista, como me habías pedido. —La casera le guiñó un ojo a la joven.

—¡Uy! Aquí hay complot —dedujo Imogen, que notaba como que las dos tenían una relación muy estrecha, mientras que sus tripas «se comían» entre ellas.

—Digamos que lo teníamos todo preparado para darte la bienvenida. —Kendall se encogió de hombros—. Hoy, antes de irte a buscar, he horneado unos cruasanes.

—¡Oh, Dios! Piensas en todo. —La boca se le había hecho agua.

Fueron a la mesa del comedor, donde Lilian y Kendall lo colocaron todo.

Imogen, lo primero que hizo, fue coger un cruasán; nada más pegarle un mordisco, cerró los ojos y suspiró, su amiga era un prodigio con la bollería y la pastelería—.

Con esto, chica, eres una genia, te voy a llamar «Kendall la pastelera de oro». —Se acordó de Eduardo Manos de Tijeras.

—Vas a estar muy bien aquí, porque Kendall ya nos habló de ti y todos están deseando conocerte —aseguró Lilian—. Te los presentaré a todos.

«Cold Spring tiene unos dos mil habitantes, si me tengo que aprender sus nombres voy apañada», pensó Imogen sonriendo a la mujer y miró a Kendall, asombrada.

—Todo el mundo sabe de mí.

—Les he hablado de ti, aunque hay mucha gente que ya conoces de cuando estuviste aquí ayudándome —afirmó Kendall mojando en el café un cuerno del cruasán.

—Y no sabes lo feliz que la has hecho, ya por eso te queremos frecuentar —aseguró la casera.

—Lilian, ella va a ser la librera. Tomas un cafecito y puedes comprar un libro o leerlo.

—Esa parte es la mejor —dijo con la boca llena Imogen, tras colocar una mano delante.

—Y donde las chicas y yo jugamos nuestra partida de las tardes.

—¡Anda! Eso no lo sabía. —Imogen ladeó la cabeza, esperando una explicación de ella.

—No te lo puedo contar todo, hay cosas que debes ver por ti misma —se defendió Kendall con una enorme sonrisa—. Te aseguro que aquí estarás bien.

—Es un pueblo con mucho encanto y eso gana el corazón de la gente. —Imogen no lo decía por decir, lo había sufrido en sus propias carnes cuando fue la primera vez; de repente le entraron unas ganas locas de vivir allí—. Además, cuenta con el añadido de la tranquilidad.

—Una vez que pones un pie, ya no quieres irte —sentenció Lilian, cual bruja.

—Espero no encontrarme a la pitonisa —a Imogen le vino la imagen de esa farsante— que vi en el...

—¡Ah! Te refieres a Flora. —Lilian la interrumpió, parecía conocerla.

—Vive aquí —le advirtió Kendall fuera de tiempo.

Imogen, con el trozo de cruasán a escasos centímetros de la boca, expresó:

—No me jodas, ¿la conocéis? —No podía creérselo—. Lo siento —se disculpó con Lilian.

«¡Ay Dios, que me la voy a comer con patatas fritas!», protestó su mente.

—Es de Cold Spring de toda la vida —le contó Lilian, mientras que sin que nadie la observara, daba buena cuenta de la bollería de Kendall—. Como su familia.

—Qué bien —soltó Imogen con una ilusión fingida, tanto que no pudo disimular.

—Sus pronósticos son siempre acertados —apostilló Kendall.

—¡Anda! —dijo con la boca llena—. Estas cosillas se avisan —susurró a su amiga.

—Te la presentaré como al resto —asintió la mujer.

—¡No hace falta! —soltó Imogen por las claras intenciones de Lilian.

«¿En dónde me has metido?», le inquirió a su amiga, que como respuesta a su pensamiento se encogió de hombros. Ese era su «gran comienzo» en Cold Spring.