Otoño en Cold Spring Capítulo 3. Una última noche y el «chi» equilibrado
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Capítulo 3. Una última noche y el «chi» equilibrado

Una última noche y el chi equilibrado

L uego de que Kendall y Lisa se marcharan, Imogen se quedó sola terminando de hacer las maletas.

La noche la había alcanzado escogiendo la ropa que iba a ponerse, creía que no había nada como un buen chándal para hacer un viaje, aunque fuese corto, ya que de Nueva York ciudad al valle del Hudson solo había una hora.

Pasadas unas cuantas horas y dos maletas a rebosar con toda la ropa, las luces de las farolas se colaban a través de las ventanas con ese color anaranjado que bailaba en las cortinas, que se movían con una ligera brisa, se proyectaban las sombras de los árboles, de los coches aparcados fuera, parecía que todo a su alrededor se personaba ante ella para despedirla, para decirle ese «adiós» que flotaba en el aire, que palpaba con las yemas de los dedos si estiraba un brazo.

Al estar vacío cada rincón del piso, también la casa dibujaba sus propias figuras: como la columna que separaba el mueble del salón de la zona de la chimenea, se alargaba por el techo y el suelo adueñándose de los espacios.

Imogen veía cada una de ellas como los fantasmas con los que había convivido y que hasta ese momento no se había enterado de que estaban ahí.

Aquella noche parecía que estaba para encerrar, porque no era muy normal deambular por la casa vacía, pararse en esos detalles que habían pasado desapercibidos durante esos años, al tiempo que su cuerpo y su alma eran un crisol de emociones: por un lado, dejar todo eso atrás, una vida completamente formada, la pena que todo eso conllevaba y que la arrastraba a derramar alguna que otra lágrima; por el otro, el nerviosismo que le originaba comenzar de cero en un lugar nuevo, con nueva gente, hacerse un espacio en un pueblo pequeño, pero ¿qué otra solución había cuando su espíritu la empujaba a salir corriendo?

Huir, dejarlo atrás, aunque el dolor de todo lo vivido en menos de un mes la acompañaría para el resto de sus días.

El móvil le sonó en la mano, pues todo ese tiempo lo había estado sujetando con fuerza, igual que un bastón. Al mirar la pantalla vio que era su madre, descolgó en mitad del salón.

—¡Hola, mamá! —la saludó como hacía siempre.

—¿Ya tienes todo listo? —Ese fue su saludo, pues en la última llamada se lo contó.

—Podrías decir «hola». —Puso los ojos en blanco.

—No hace falta.

—Lo que tú digas; y, sí, todo está embalado, y el resto debe estar en Cold Spring, en la nueva casa. —Al decir esas dos últimas palabras, los nervios la obligaron a meter la barriga hacia dentro.

—Me alegro, si quieres vamos a ayudarte —se ofreció su madre.

Sabía que ella lo decía con buena fe, pero había un problema.

—Vamos a ver, mamá —se pellizcó el puente de la nariz—, ¡estáis en un crucero!

—Sus padres, un profesor de universidad y una restauradora y conservadora que se jubilaron al mismo tiempo, habían organizado dos cruceros, ese era el primero.

Imogen los había apoyado, se lo merecían tras toda una vida trabajando—.

¿Es que vais a venir montados en una colchoneta en forma de cocodrilo?

—Es que estoy en el barco tan... tan como en casa que no me doy cuenta ni del cambio horario —le comentó con voz soñadora.

—Normal, estáis en Europa —apuntilló Imogen.

—No, no es eso, es que me levanto y me voy a cubierta a mirar la mañana para respirar...

—Mamá, percibo que tu chi está muy equilibrado. —Jamás había oído a su madre a cámara lenta hasta que había empezado a practicar yoga.

—Sí, me lo dijo el meditador; en cambio, tu padre es puro nervio porque lo quiere ver todo —le contó a modo de protesta.

«Imogen, mejor será que no preguntes», se aconsejó a sí misma.

—Vaya, el de papá está desequilibrado, ¡quién lo diría! —la bromeó.

—Dice que se aburre meditando y se pone a nadar.

—Es bueno hacer ejercicio.

—A él lo altera y se las da de nadador profesional. —La oyó respirar fuerte—. Y cuenta, ¿cuándo te vas? ¿Cuándo te instalas en el pueblo?

—Mañana. —Asintió con la cabeza como si su madre la pudiera ver—. Mañana ya estoy en Cold Spring —le comentó—. Cuando estéis de vuelta, avisadme. —A sus padres aún les quedaba una semana más de crucero.

—Piensa en esto: los cambios son siempre para bien; y cuando os ayudamos, te visualicé en esa cafetería y supe que era para ti también.

Y por cierto —cambió de tema sin darle un segundo a Imogen para mentalizarse en lo que había dicho, aunque una parte de ella sabía que tenía razón—, creo que en Acción de Gracias estaremos en Australia, Nueva Zelanda y por ahí.

—Lo sé, mamá, me lo llevas diciendo hace bastante tiempo.

—¡Ah, vale! Bueno, hija, te dejo que viene tu padre —suspiró—. Un besito.

—Chao, mamá.

Imogen se despidió de su madre y en ese instante percibió que su vínculo con la ciudad se estaba diluyendo.