Otoño en Cold Spring Capítulo 2. Un contenedor, un café y una tarta
7%

Capítulo 2. Un contenedor, un café y una tarta

Un contenedor, un café y una tarta

L uego de la llamada de Kendall, Imogen tuvo la sensación de que marcharse era la mejor posibilidad.

«Sí, Cold Spring será mi refugio», pensó con el ímpetu de tirar aquello que ya no le iba a servir en su nueva vida: agendas, apuntes y un largo etcétera que la sumergieron en un río interminable de instantes muy buenos que le había proporcionado aquel trabajo, aunque otros no tanto.

«Como te quedes en esta ciudad te cerrarán la puerta en las narices».

Aún le rondaba aquella amenaza por la mente, sería muy difícil olvidarse de su antigua jefa.

¡Le producía escalofríos! Y sobre todo si se acordaba de su cara, muy similar a la de un pomerania, no quería insultar a esa raza de perro...

«Uf, esa mujer deja mucho que desear», se dijo a sí misma, tirando aquello a una caja de cartón.

Recordó a su jefa y sus antiguos compañeros arribaron en su mente.

Los había considerado buena gente, pero cuando todo explotó, muchos de ellos se cagaron y se acojonaron cuando la despidieron, apretaron las cachillas como cobardes.

Otros, la mayoría, le escribieron mensajes de WhatsApp o SMS (los menos ratas de alcantarillas) con mensajes tales como: «No te preocupes, eres buena en lo que haces»; «No le hagas caso, no tiene tanto poder»; «Llámame a la hora que quieras y charlamos»; y el mensaje que ganaba el oro fue: «Te ha hecho un favor».

En todos ellos pudo leer de frente la hipocresía del ser humano, puesto que todos hablaban desde la comodidad de que no les iban a tocar un pelo.

Su padre lo había dicho muchas veces: «A lo largo de tu existencia te encontrarás con gente que está de paso en la vida, somos como un puerto para ellos, y a esas personas lo mejor es dejarlas partir». Tenía más razón que un santo.

Una vez que tuvo la caja a rebosar de todo lo que le podía recordar ese trabajo, a esos compañeros, salió de casa, que era un bajo, y fue directa al contenedor, donde con orgullo y satisfacción, empujada por un impulso que se había soltado de lo más profundo de las entrañas, lo arrojó todo al vacío oscuro de ese interior que se presentaba como un mundo perdido.

Se limpió las manos, una contra otra, y percibió que dejaba ir lo último que la unía a ese rascacielos, y un pálpito vibró en la vena del cuello: «¡ERES LIbrE!

». Una parte de sí misma aplaudía por el paso que había dado, estaba priorizando algo fundamental: «El ahora es lo que importa», le dijo su voz interior.

A veces solo necesitamos un contenedor para deshacernos del pasado en un instante .

***

Como le había prometido Kendall, a los dos días se personó para ayudarla con la mudanza, a pesar de cerrar por un día la cafetería, aunque Imogen había adelantado bastante. Con la ilusión de que todo aquello era por un nuevo comienzo de vida, continuaron hasta bien entrada la tarde.

—¡Hola, hola! —Lisa llamó a la puerta del apartamento de Imogen, que estaba abierta.

Era su casera desde que había empezado a trabajar en la editorial y muchas veces la visitaba, sobre todo los domingos. Era una mujer bajita, con el pelo teñido de un rubio un tanto extraño, pero le quedaba bien con ese vestido flojo de color blanco con un estampado de enormes rosas.

—¿Qué tal? —la saludó Imogen.

—¡Ay! —suspiró Lisa al ver como las paredes, de repente, se habían vaciado—. Qué pena.

Imogen ya sabía que Lisa iba a pasarse por allí para despedirse de ella, ya que había sido una de las primeras personas que se enteró de su despido y no le había puesto ningún problema si se retrasaba en el pago por no tener dinero, lo que le había agradecido muchísimo.

—Míralo por este lado —Imogen estaba motivada con el cambio de aires—, me voy a vivir a la naturaleza.

—Lisa. —Kendall le hizo un gesto con la mano para que se acercara a ellas. En hora y media la agencia mandaría un camión o dos para que le llevasen todo a Cold Spring—. Mira qué casita le he encontrado y muy cerca del negocio. ¡Ni a cinco minutos!

La señora se sentó en medio de las dos en el sofá, que ya venía con el apartamento, luego de poner encima de la mesita la tartaleta de manzana que había llevado.

—¡Ay, qué bonita! —Asentía con firmeza con la cabeza y puso morritos, como si aquella imagen la hiciera retrotraerse a otra época—.

Me recuerda mucho a la que viví de pequeña, antes de que mis padres vinieran a Nueva York para quedarse definitivamente.

Siempre he creído que mi madre extrañaba su pequeño jardín.

—Giró su rostro hacia Imogen—. Estoy segura de que el cambio va a ser muy bueno —pronosticó.

—Eso espero —lo dijo con una punzada de añoranza, aún no se había marchado y una parte de ella ya echaba de menos ese piso en el cual todavía le quedaba una noche.

Era cierto que apenas se había tenido que acostumbrar a él, estaban hechos el uno para la otra, y solo esperaba que le sucediera lo mismo con la casa que Kendall le había encontrado.

Pero en apenas unas horas dejaría de llamarle «casa» y pasaría a otra persona.

—Es que cinco años para una casa es una eternidad. —Oyó que Lisa le comentaba a Kendall.

Y era verdad, ¡que se lo dijeran a ella!

Cuando había llegado, tanto Kendall como ella estaban ilusionadas, y las ganas de comerse el mundo a niveles estratosféricos poco a poco se fueron asentando, ella en la editorial como Kendall en la pastelería en la que trabajó como ayudante de uno de los pasteleros más reputados.

A una semana le siguió otra, hasta que estuvieron convencidas de que ya eran unas neoyorquinas de pies a cabeza.

Pasado el tiempo, y algunos amores esporádicos, Kendall conoció a Mark, y las miras de su amiga, con el amor por las nubes, se trasladaron a Cold Spring.

En cambio, ella estaba enchochada por un gran subnormal que...

¡SIN COMENTARIOS, GRACIAS! Ahí estaba, preparando el traslado siguiendo los pasos de su mejor amiga, sin churri, novio, noviete, follamigo o toda esa catalogación en la que una persona podía terminar.

—Es muy bonita. —Imogen volvió al tema de la casa—. Lo que más me gusta es la habitación de arriba, vi una foto y es como siempre me la imaginé. —Aquello debía ser una señal positiva y con esa buena sensación se quedó.

—Vais a estar en la gloria y seréis jefas. Claro que sí, ¡¡¡mujeres emprendedoras al poder!!! —Lisa alzó el brazo derecho como si se tratase de un eslogan político—. Ahora vamos a endulzar este momento.

—Si nos das la receta, la llamaremos en tu honor: ¡«Tarta Lisa»! —propuso Kendall lo que habían pensado unas horas atrás.

—¿Tenéis una hoja de papel por ahí? —Imogen le alcanzó un cuaderno en el que había hecho una lista de las dos maletas que llevaría con ella en las cercanías—.

Gracias. Os voy a poner cuatro tartas, o alguna más, una por cada estación: para primavera, una de nata con fresas; en verano no hay nada como una de limón con lima.

En otoño no puede faltar la calabaza y el clavo, y os añado otra de zanahoria.

En la época invernal no hay nada como una tarta de cacahuete con pasas; no puede faltar un buen bizcocho de puré de manzana o uno de naranja.

—Imogen se asombró de la rapidez con la que escribía las cantidades y la elaboración mientras hablaba.

A veces ella no podía hacerlo sin correr el peligro de equivocarse.

Subió la vista hacia su amiga, y Kendall, con la boca abierta, la observaba sorprendida—.

Si no hacéis experimentos extraños, os saldrán requetebién, a mis hijos les encantan y entra muy bien con una tacita de té o un café.

Recordad, no modifiquéis las recetas. —Era evidente que Lisa tenía un archivador por cerebro.

Imogen alzó las cejas.

—«Las tartas de Lisa», habrá un espacio especial para ti en el expositor. —Se rio Kendall, que fue quien cogió las hojas que escribió Lisa para guardarlas en el bolsillo de su chándal.

—Ahora, traed un poco de café y a comer esta tartaleta de manzana que horneé esta mañana. —Giró su rostro redondo hacia Imogen con una sonrisa que le calentó el corazón, echaría de menos a esa mujer—. Sé que es tu favorita.

Imogen fue a la cocina sin pararse a observar a su alrededor, no quería entristecerse más, ya que era dejar una vida para empezar otra de cero.

Cogió la cafetera que había preparado unos minutos antes de que llegase Lisa, también unos platos y unos cubiertos, que no había embalado todavía.

Respiró hondo, había sido precavida, algo que debería aprender a marchas forzadas para no meterse en más líos y continuar con su vida de modo sosegado, sin sobresaltos, aunque era consciente de que seguiría metiendo la pata hasta el fondo.

Llevó todo al salón y, sentada en el suelo como un indio, dio buena cuenta del pastel de Lisa.

De pronto, mientras Kendall y la señora hablaban animadamente, Imogen se fue lejos de la conversación, tanto el aroma intenso del café como el sabor dulce de la tarta la condujeron a la cafetería que regentaría con Kendall en Cold Spring: contempló la parte superior, la que convertirían en una librería, y se quedó con algunos detalles de esa ensoñación para darle un toque diferente.

Las comisuras de sus labios se estiraron a la vez que un hormigueo de felicidad le recorría la barriga.

«No hay nada como el olor a libro nuevo y un buen café», pensó.

—¡La tierra llamando a Imogen! ¿Estás disponible? —la bromeó su amiga, que chasqueó los dedos delante de su nariz.

—¡Sí! —exclamó ella.

—¿Has regresado?

—Ya estoy, ¿qué pasa? —les preguntó, alternando la vista entre Kendall y Lisa.

—Decía —comenzó Lisa— que a lo mejor en Cold Spring encuentras el amor, ese que te corresponda y esté fuera de los límites del engaño.

Imogen alzó los brazos y agitó las manos.

—No, gracias, estoy cerrada a los pantalones y a los penes durante un tiempo, y espero que sea largo —se explicó de forma muy clara para que no hubiera dudas.

—¡Por favor! —Kendall se tapó la boca con el cuello de la camiseta.

—He sido clara como el agua, ¡AMOR, NO, GRACIAS! —lo repitió.

—El amor nunca llama a la puerta cuando llega, te deja señales en forma de miradas, roces o palabras; son señales indelebles, pero que permanecen...

—Sí, todo lo que tú quieras, Lisa, pero lo siento, va a ser que no.

—Lisa tiene razón —se unió a ella su amiga—, no le puedes echar el freno de mano.

—Ya lo hice y nadie me va convencer de lo contrario. —Imogen se fijó en que los ojos de Kendall cobraron un brillo travieso—. ¿Qué has hecho? —No se fiaba de ella.

Su amiga, tras terminar su trozo de tartaleta, se cortó otro y con mucha tranquilidad le soltó:

—Puede que haya alguien esperándote.

—¡¿PERDONA?! —Imogen pegó un brinco, lo que hizo reír a Lisa—. Me has buscado una casa...

—Y casi a tu hombre perfecto. —Kendall encontró las palabras exactas para hacer un pareado.

—¡Lo que me faltaba! —Ya se le había atragantado la merienda—. No me esperaba eso de ti.

—En Cold Spring todo es posible.

—Para mí, ¡no! —exclamó ese monosílabo tan bonito para ella—. Le daré una patada en el culo.

—Lo dudo. —Kendall no se rendía, y era más, no borraba la sonrisa de su cara.

—De verdad —suspiró Imogen.

No dijo nada más, dejó que Lisa y su amiga hablasen de lo que necesitaba sin saber que ella lo tenía claro: ¡AMOR, NI DE COÑA!