Capítulo 1. No hay nada como una amiga
No hay nada como una amiga
—Y esperaréis que os dé las gracias, ¿verdad, gilipollas? —insultó al finiquito que le había mandado por correo la editorial unos días antes.
Imogen estaba sentada en el sofá de su apartamento que había alquilado los últimos cinco años.
¡TODA UNA VIDA! Los nervios le punzaban muchísimo en los costados, se irradiaban por la barriga y provocaban que en parte notase el pecho vacío donde solo golpeteaba, muy de vez en cuando, el corazón, y removía el culo en el asiento con la vista clavada en el justificante de la transferencia bancaria y en el sobre en el que le habían guardado la liquidación de la editorial para la que había trabajado (a la que le había cedido casi todos los espacios de su tiempo) y le decían: «¡Chao, bacalao!
Si te conozco no me acuerdo», de la manera más fría e impersonal que podía hacerse.
«Seguro que habéis puesto a la inteligencia artificial a trabajar y fue ella quien lo ha redactado, os podéis ir a tomar por culo, ¡todos! », gritó para sus adentros.
«Lo siento, Imogen, no sé por qué te ha pasado esto», le había dicho una compañera.
Más cabreada que un chimpancé, les pegó un manotazo a los papeles que la desligaban del que había sido el trabajo de sus sueños: editora.
Se lo había currado mucho; no obstante, su jefa no le perdonó un error con patas y ¡HALA, A LA CALLE!
Claro que sí, después de trabajar más de cuarenta horas para ella, la tía no había tenido un ápice de compasión.
A lo largo de ese tiempo el lema de su vida era claro como el agua: ¡¡¡NO TE AbrAS DE PIERNAS CON EL AMANTE DE TU JEFA!
!! En la vida había cometido muchos errores, algunos se convertían en repeticiones que perseguían a las personas cual acosadoras; en cambio, en la suya, esa frase era su realidad, pues había sido el detonante de todo y el que se había callado, por vergüenza.
Se abochornaba de sí misma, de su falta de profesionalidad, por haber estado tan enchochada de un tío que no merecía ser nombrado y no haber visto más allá de sus narices.
«Te vas sin recomendaciones, ¡¿me oyes bien?
! Me has defraudado como mujer y como profesional, eres una verdadera estafa.
No sirves, así de simple», recordó las palabras de la que había sido su jefa hasta unas semanas atrás, cuando llegó a sus oídos una noticia que no tuvo que haber recorrido los pasillos, pero que si lo hiciera, ella tampoco se hubiera enterado de la verdad.
Un hecho que le dio asco y arcadas. Así, todo junto. En definitiva, una verdad vomitiva.
Sus disertaciones mentales, sus recuerdos fueron interrumpidos por el sonido de una llamada entrante, que descolgó sin mirar quién era.
—¡¿Quién eres y por qué llamas?! —preguntó de malhumor.
—Tenemos un humor de perros —dijo Kendall al otro lado de la línea.
—Lo siento —Imogen relajó el tono al oír a su mejor amiga—, no era por ti.
—Ese cretino no te estará molestando, ¿no? —Quiso saber su amiga.
—No, tranquila, ese memo ha desaparecido como una lombriz bajo tierra, porque si no la reina le apretará las pelotas y a lo mejor se las arranca. —Se rio con malicia de esas palabras que quisieron ser una broma—. Me han dado el finiquito.
—¡AL FIN ERES LIbrE! —se emocionó Kendall.
—Bueno, al menos una de las dos se alegra.
—Sí, iba siendo hora de que te alejaras de ese trabajo que te engullía.
«Era lo que siempre había deseado», pensó sin quitarle la razón a su amiga.
—¿Por qué me habré abierto de piernas? —Cogió un cojín de un lado del sofá y comenzó a darse de cabezazos. Literalmente.
—Atiende, una nueva etapa te está esperando, aquí en Cold Spring.
—Lo ves fácil.
Con esa respuesta tan pesimista, la línea durante unos segundos quedó en silencio.
—Imogen, ¿quién me ayudó a dar forma a la cafetería?, ¿quién puso la parte del dinero que me faltaba?, ¿quién había pensado que el sector de arriba podría ser una librería que está esperando por ti? ¿Quién es la copropietaria de NUESTRO negocio?
Todas esas preguntas le provocaron que un fuerte nudo le atenazara la garganta, pues delante de ella siempre había tenido el futuro al alcance de la mano, pero había veces que tu mejor amiga, esa a la que querías como la hermana que nunca habías tenido, te debía zarandear para que lo vieses.
—La cafetería —suspiró con los ojos humedecidos por las lágrimas.
—¿Quién gastó sus vacaciones para ayudarme con la remodelación?, ¿quién cooperó a darle un aire cozy tan de moda ahora? Aparte de tus padres, ¿quién colaboró para remodelar las sillas y con la decoración? Hay tres que estamos esperando con el corazón contento.
—¿Qué tres?
—La cafetería, la librería y, sobre todo, yo te estoy esperando y en parte, llámame mala, pero estaba deseando que dejaras la editorial para que me acompañases en este sueño común de tener nuestro propio negocio, ¿o es que ya no te acuerdas?
Kendall estaba en lo cierto, era el sueño que siempre habían compartido.
—Es verdad. Aunque la librería hay que montarla.
—Pondremos unas lonas en la parte de arriba, no te preocupes; además, desde que me dijiste que te habían echado, Mark ha trabajado en esa zona, aunque hay que pedir estantería, etc. —El silencio de Imogen hizo que Kendall no se callara—. Abre tu mente: ¡trabajo nuevo, vida nueva!
—Ese dicho te lo acabas de inventar —le reprochó—.
Kendall, de momento no me puedo ir, ¿dónde vivo?
¿Me convierto en una sintecho con una cantidad ingente de pertenencias...
? ¡Oye!, tú no me quieres como amiga, me quieres como okupa de tu casa —la bromeó—.
¡Peor! De aguantavelas, me niego a vivir con Mark y contigo.
—Me he adelantado con la emoción y Mark me quiso parar, lo que fue imposible, y te he encontrado un buen alquiler el mismo día que me contaste qué había pasado, gracias a Lilian, ya la conoces.
—A Imogen le sonaba aquel nombre, sí, la había conocido en enero, si no lo recordaba mal—.
¿Cuándo quieres hacer la mudanza? —Tras esa pregunta estuvieron hablando durante un buen rato, y Kendall, con una rapidez increíble, le contrató una empresa local de Cold Spring.
Imogen alucinó—. Pues pasado mañana te enseñaré fotos de tu nueva casa, mientras recogemos todo para la mudanza.
—Gracias por ofrecerme una nueva oportunidad. —Sonrió con tristeza, sintiéndose atropellada por las emociones y los sentimientos. Agradeció tenerla a su lado, no la cambiaría por nada del mundo—. Eres mi estrella en la oscuridad.
—No seas tonta. Ahora seremos sí que sí ¡JEFAS!
—Kendall estaba emocionada; en cambio, por Imogen fluía el dolor, la rabia, y sería capaz de prenderle fuego a las oficinas de la editorial, pero no lo dijo en voz alta, sonaría fatal—.
Solo quiero que estemos juntas y no verte ahí sola comiéndote las lágrimas y los mocos.
—¡Bag! —Imogen puso una expresión de asco—. Has sido demasiado gráfica. ¿Sabes?, en el fondo todo esto me ilusiona mucho —lo dijo a la vez que la recorrían brisas de miedo.
—Me alegro de que lo veas así, y no te arrepentirás. Te quiero. Besos.
—¡Chao! —Colgó la llamada y dejó a un lado el móvil—. ¡Bienvenida, vida nueva!
Había veces en la vida de una persona que no sirve escapar; otras, que es necesario para tomar el rumbo de tu vida .