CAPÍTULO 11
Las botas de Elias crujían sobre la escarcha que cubría la hierba mientras caminaba hacia el cercado de las cabras.
Tenía que volver a clavar el cartel de madera que había junto a la valla.
«Prohibido alimentar con magdalenas». Las cabras no debían comer los dulces que él vendía en el puesto durante los fines de semana de mercado, pero eso no impedía que los niños y los turistas despistados intentaran sobornarlas.
Y estas cabras tenían un sentido de la supervivencia nutricional nulo.
Igual que él.
No había dejado de pensar en Margot desde la noche de la guardia.
Durante cuarenta y ocho insufribles horas, había estado reproduciendo la escena en bucle dentro de su cabeza.
La sonrisa amplia y aliviada de Margot cuando descubrieron al gato, su entusiasmo injustificado por el regaliz negro, el olor a vainilla y miedo que desprendía, y la forma en que su cuerpo tembloroso había encajado contra su costado.
Golpeó el clavo contra el poste de madera con tanta fuerza que el martillo resonó por todo el valle. Una bandada de estorninos alzó el vuelo desde los manzanos más cercanos, quejándose del ruido.
Estaba haciendo el imbécil. Dejándose enredar otra vez, exactamente igual que con Clara. Apenas conocía a la mujer. No importaba que ella le hubiera confesado sus miedos más profundos en la penumbra del obrador. Ni que él sintiera la necesidad visceral de saberlo todo sobre su vida anterior.
Margot llevaba en Cedar Creek apenas una semana.
Estaba al frente de un negocio que apenas conocía, en un pueblo extraño, y todo ello como resultado de un trauma laboral severo.
¿Quién garantizaba que se iba a quedar cuando la adrenalina de la novedad desapareciera?
Estaba huyendo, y no había ninguna prueba de que Cedar Creek fuera su destino final.
Que lo partiera un rayo si volvía a enamorarse de una forastera que usaba su valle como sala de espera espiritual.
¿No le había dicho Margot que quería que su vida allí fuera un refugio perfecto? ¿Que tenía una imagen idílica de cómo debían ser las cosas?
Bien, pues la perfección rural no existía. Y él no iba a ser el tonto que intentara construir el decorado para su fantasía. No podía. No iba a funcionar.
Nunca había funcionado.
Las dos cabras, Tango y Cash, lo miraron con expresión desolada desde el otro lado del alambre, como si supieran que el refuerzo del cartel significaba el fin definitivo de su contrabando de magdalenas.
—Es por vuestra salud coronaria —masculló Elias, guardando el martillo en el cinturón. Tango soltó un balido lastimero. Les encantaban esos malditos dulces.
Elias emprendió el camino de vuelta hacia la casa.
Ojalá hubiera alguna reparación urgente que hacer hoy, algo que requiriera concentración absoluta para vaciar su cerebro de analistas financieras pelirrojas.
Pero era miércoles por la mañana de finales de octubre.
El huerto estaba sumido en la calma chicha previa a la poda de invierno.
Solo abrían al público los fines de semana para la venta directa de manzanas y los paseos en carro tirado por el tractor de su abuelo Sylvan.
Elias se negaba rotundamente a añadir las tonterías comerciales que tenían las granjas vecinas.
Ni laberintos de maíz, ni pintacaras, ni paseos en poni.
De todos modos, Merlín era un caballo de tiro jubilado que te mordería si intentabas ponerle una silla de montar.
Pero a mediados de octubre, las manzanas casi se habían agotado y el huerto parecía un poco desolado. La temporada se cerraba oficialmente con el Festival de la Hoja Caída del pueblo, para el cual Elias siempre donaba decenas de calabazas que ahora descansaban apiladas en el granero.
Desgraciadamente, entre la eficiencia del anciano, su propia costumbre de no dejar trabajo pendiente y los jornaleros que había contratado, no había mucho que hacer un miércoles en el que necesitaba desesperadamente distraerse.
Podía sentarse a revisar los presupuestos de fertilizantes para la primavera, pero sus niveles de irritación eran demasiado altos para la contabilidad.
Quizá un café negro doble lo espabilaría.
Era más estúpido que las cabras.
Aun así, tiró las herramientas en el porche, se subió a la furgoneta y enfiló la carretera hacia Cedar Creek.
Elias supo que había cometido un error táctico colosal en el segundo exacto en que abrió la puerta de Cinnamon porque, en el fondo, Clara solo había sido honesta sobre sus expectativas.
Elias ya había escarmentado. Los grandes gestos románticos se habían acabado. Y Margot no le estaba pidiendo nada más que el importe del café.
—Sí. Para llevar. —Asintió hacia Edith a modo de saludo, quien le devolvió un gruñido afirmativo sin dejar la bayeta.
Margot preparó el café y se lo sirvió en un vaso de cartón con tapa. Elias se maldijo a sí mismo; de haber pensado con claridad, habría traído su termo. Hoy todo le salía mal.
—Supuse que no te quedarías a tomarlo aquí —dijo ella en voz baja, echando un vistazo a la mesa del comité parroquial, que ahora debatía a gritos sobre las cortinas del salón de actos—. Pero me alegra que hayas venido. Quiero decir... me alegra verte.
El rostro de Margot volvió a encenderse, y Elias sintió un impulso casi violento de cruzar el mostrador, apartarle ese mechón suelto que le caía sobre la mejilla, y escuchar de nuevo ese suspiro tembloroso que ella soltaba cuando la tocaba.
En su lugar, hundió las manos en los bolsillos de la chaqueta, apretando los puños.
—A mí también. Me alegra verte.
Era la mentira más piadosa de su vida. Verla era una tortura. Una parte de él quería invitarla a salir de allí inmediatamente, besarla hasta borrar la distancia que la barra de madera imponía, y la otra parte quería correr hacia su furgoneta y no mirar atrás.
Se quedó allí de pie, inmóvil, esperando que ella llenara el silencio para poder escuchar su voz un minuto más.
Y Margot, por supuesto, no soportaba los silencios.
—Ceniza se está adaptando maravillosamente, por cierto.
Resulta que le encanta dormir sobre mis pies.
Y su versión de despertador es aplastarme la cara con la barriga a las cinco y media de la mañana.
¿Quién necesita alarma cuando tiene un felino asfixiante?
—bromeó ella, soltando una carcajada suave.
Elias se obligó a reír con ella, luchando internamente para no pensar en Margot en la cama, recién despertada. El autocontrol se le estaba escurriendo entre los dedos como arena fina.
Sin darse cuenta, se había inclinado sobre el mostrador, apoyando los antebrazos sobre la madera. Y Margot, inconscientemente, había hecho lo mismo, acortando el espacio entre ambos como si hubiera un campo magnético tirando de ellos. Él definitivamente no quería resistirse.
—¿Le has puesto Ceniza? —preguntó él, bajando la voz hasta convertirla en un murmullo que solo ella podía oír por encima del ruido de la cafetera.
—Bueno, es gris oscuro. Y estuvo a punto de convertirse en un fantasma literal si no le dábamos de comer, así que me pareció apropiado... —La sonrisa de ella se volvió vacilante, más tímida, y Elias sintió que se le aflojaban las rodillas.
—Le pega —admitió él.
Y en el fondo, volvió a maldecir al estúpido gato por haber aparecido tan pronto la otra noche. Si el animal hubiera tardado veinte minutos más, Elias habría encontrado la excusa perfecta para prolongar la guardia. Para quedarse junto a ella en el suelo, con la luz de la luna iluminando su perfil.
El sonido de una tos áspera rompió el encanto. Elias se enderezó de golpe y dio un paso atrás, apartándose del camino del señor Thompson, el dueño de la ferretería, que esperaba paciente su turno.
—Bueno, tengo cosas que hacer —dijo Elias, elevando la voz para sobreponerse al ruido ambiental.
—Claro. —Margot asintió, volviendo a adoptar su postura profesional.
Tenía las mejillas arreboladas por el vapor de las máquinas y el ritmo de trabajo.
Parecía vibrante, viva. Parecía como si aquel pequeño y ruidoso local fuera su hábitat natural, despachando a los vecinos que él conocía desde niño. Encajaba perfectamente.
Él deseaba con todas sus fuerzas que encajara.
—Aquí tiene su americano, señor Thompson. Que tenga un día excelente —dijo Margot, entregándole el vaso al hombre antes de girarse de nuevo hacia Elias.
Lo miró directamente a los ojos y, con una voz firme y clara, soltó:
—No sé quién es esa tal Clara, pero creo que fue una auténtica idiota por marcharse.
Le dedicó una sonrisa breve y cómplice, y se giró para atender a la siguiente persona en la fila, dejando a Elias plantado en mitad de la panadería, completamente desarmado y con el corazón martilleándole en los oídos, preguntándose qué demonios se suponía que debía hacer a continuación.