Otoño en Cedar Creek CAPÍTULO 10
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CAPÍTULO 10

—Tengo una teoría alternativa. —Chloe entró como un vendaval, trayendo consigo una ráfaga de viento helado de octubre.

Apenas hacía una semana que Margot había llegado a Cedar Creek, pero ya se había dado cuenta de que aquella ceramista pelirroja siempre parecía estar reanudando una conversación que Margot no recordaba haber empezado.

Le resultaba entrañable. Era el tipo de confianza brusca que tienen los amigos de toda la vida.

Era el final de la tarde, y Cinnamon & Clover Café estaba prácticamente desierta.

Margot había insistido en que podía encargarse del cierre ella sola, y Edith se había marchado un poco antes, recogida en el callejón de atrás por su marido, Jim.

Margot los había observado un instante desde la ventana de la trastienda: un hombre corpulento y de movimientos bruscos que ni siquiera se bajó del coche para abrirle la puerta, limitándose a arrancar la vieja camioneta con un acelerón intimidante.

Margot prefirió no prestar mucha atención, pues la mayor parte de su capacidad cerebral estaba ocupada reproduciendo en bucle la imagen mental de Elias Thorne, el tacto de su camisa de lona, sus hombros anchos y su inesperado talento para susurrarle a los felinos callejeros.

—¿Una teoría alternativa sobre qué? —preguntó Margot desde el mostrador.

Había arrastrado un taburete alto hacia la caja registradora para los ratos muertos, algo que a Edith no le había hecho ninguna gracia. «A la gente no le gusta ver a la dependienta sentada, da imagen de dejadez», le había recriminado la panadera.

«A la gente lo que le importa es que su pan no esté duro y el café no esté quemado. Les da igual si se lo sirvo haciendo el pino», había replicado Margot con la autoridad de quien había dirigido equipos de veinte personas. Después de eso, Edith no había vuelto a mencionar el taburete.

—Una teoría sobre tu visitante nocturno —aclaró Chloe.

La encimera de acero inoxidable y madera separaba la zona de trabajo de la zona de clientes.

Chloe enganchó el pie en el reposapiés de uno de los taburetes de fuera y se dejó caer sobre él con un suspiro dramático.

Su estudio de cerámica cerraba pronto los martes, así que tenía tiempo de sobra para fisgonear.

—Ah, eso. Bueno, el caso ya está cerrado.

—¿Cerrado? ¿A qué te refieres?

Margot deslizó un latte de especias de calabaza por la superficie de madera en una de las tazas de cerámica gruesa e imperfectas, y Chloe lo envolvió entre sus manos manchadas de arcilla, aspirando el vapor antes de continuar con el interrogatorio.

—Los fantasmas pueden ser engañosos, Margot. ¿Estás segura de que el boticario ha abandonado el edificio?

—Resulta que el boticario tenía bigotes y cola.

Chloe frunció el ceño, incrédula.

—¿Eso es lo que te ha contado Elias? Es el hombre más cínico del condado. Si no puede medirlo, pesarlo o podarlo, no cree en ello.

—Pues tocó al gato que apareció anoche con sus propias manos, así que diría que el asunto está zanjado empíricamente.

—¿Un gato? Venga ya.

Como si hubiera estado esperando su señal de entrada, el animal al que Margot había bautizado —en un alarde de originalidad nula— como Ceniza, cruzó la trastienda y entró en el obrador.

Se acercó al rectángulo de luz dorada que el sol de la tarde proyectaba a través del ventanal, se dejó caer de costado, se pasó una pata por encima de las orejas y empezó a acicalarse con total desvergüenza.

Si Edith hubiera estado allí, probablemente habría sufrido un síncope.

La panadera no estaba en absoluto entusiasmada con la nueva mascota oficial del negocio.

Pero Margot ya lo había llevado a la clínica veterinaria esa misma mañana durante su descanso, lo había desparasitado, le había comprado una bandeja sanitaria de última generación y un saco de pienso premium que costaba más que su propia cena.

El animal era ahora un residente de pleno derecho.

Chloe miró al gato y luego a Margot. Su expresión reflejaba un escepticismo absoluto.

—Es en serio. Anoche, durante la guardia, Elias y yo escuchamos el ruido en el callejón.

Era él. Arañando la puerta. Debe haber sido él todo este tiempo.

—Las mejillas de Margot se calentaron de repente, no por el gato, sino por el hecho de haber mencionado la vigilancia y haber recordado, de golpe, cómo los nudillos ásperos de Elias le habían rozado la piel al apartarle el pelo.

Chloe arqueó una ceja, afilada como un cuchillo.

—Hmm.

Maldición. Su repentina vulnerabilidad emocional y su atracción por el agricultor se debían de estar proyectando en su cara como si fuera una pantalla de cine.

En Nueva York nunca le había pasado algo así.

Jamás había sentido el impulso irracional de esconder la cara en la chaqueta de traje de Robert, ni de ninguno de los analistas de la firma.

Definitivamente, había algo en el aire puro y la lona encerada que nublaba el juicio.

—Si vuelves a notar algo raro, deberías decírmelo —sugirió Chloe en tono conspiratorio, inclinándose hacia delante—. Porque yo sigo pensando que Barrett tiene algo que ver.

Margot la miró, perpleja.

—¿Crees que el dueño del concesionario viene a arañar mi puerta de madrugada?

—Arañar, no. —Chloe hizo un gesto rápido con la mano, a punto de volcar el capuchino. Margot tuvo que estabilizar la taza—. Pero creo que está intentando desestabilizarte.

—¿Por qué motivo? —Margot apenas había cruzado dos palabras con el hombre, aparte de los comentarios que le había escuchado hacer en la asamblea.

—Barrett siempre ha querido este edificio. Su concesionario está a dos calles y lleva años queriendo abrir un showroom de vehículos clásicos justo en la plaza. Me consta que le hizo una oferta agresiva a Theodore el año pasado, pero tu tío lo mandó a paseo.

—Aun así, Chloe. Que quiera comprar el local no significa que vaya a organizar una campaña de terror psicológico con rasguños en la puerta.

—No subestimes el ego herido de Barrett, Margot. Solo te aviso —advirtió Chloe, con un tono lúgubre que contrastaba con su melena pelirroja y su delantal de margaritas.

—Tomaré nota.

La campanilla de la entrada repicó de nuevo, y otra ráfaga de aire gélido barrió el suelo de baldosas, arrastrando una hoja seca de arce.

—¡Pero qué monada! —Sadie, la anticuaria, soltó su pesado bolso y se agachó para rascarle la barbilla a Ceniza, que respondió con un ronroneo parecido al motor de un tractor—. ¿De quién es este vagabundo?

—Es la manifestación ectoplasmática de Margot —respondió Chloe.

—¿Perdona? —Sadie se irguió, ajustándose las gafas protectoras que llevaba colgando del cuello del mono—. ¿Este enclenque era el que no te dejaba dormir?

—Todo apunta a que sí —dijo Chloe, y todavía no parecía creérselo—. Ella y Elias se pasaron la noche en vela hasta que descubrieron al culpable.

—¡Vaya, vaya! —Sadie se acercó al mostrador, con los ojos brillando de curiosidad—. ¿Y qué tal fue la noche en vela?

—Eficiente. Operativa. Una evaluación de riesgos totalmente estándar. —Margot se giró rápidamente hacia la cafetera profesional. De pronto, limpiar los filtros del brazo vaporizador le pareció la tarea más crítica del universo.

Faltaban quince minutos para echar el cierre. Era hora de recoger. Y definitivamente no era el momento para enfrentarse al escrutinio radiológico de Sadie.

—Una evaluación de riesgos totalmente estándar, por supuesto. Cómo no.

Margot ignoró olímpicamente las miradas significativas que Chloe y Sadie intercambiaron a sus espaldas, y se concentró en preparar un té negro para Sadie.

—Sí. Totalmente estándar —repitió, dejando la taza humeante sobre la madera—. Problema resuelto. Ya no hay ruidos nocturnos. —Se encogió de hombros, intentando quitarle peso al asunto.

El problema estaba resuelto. No había ninguna razón de peso para que Elias Thorne volviera a presentarse allí con soluciones prácticas o cajas de herramientas. Ni para que pasara otra noche a solas con ella. Ninguna en absoluto.

—Bueno, yo venía a hacerte una advertencia táctica sobre mañana —dijo Sadie, envolviendo sus manos manchadas de barniz alrededor de la taza de té.

—Aquí vamos de nuevo —murmuró Chloe, sonriendo.

—¿Qué pasa mañana? —preguntó Margot, volviendo a sentarse en su taburete.

Esperaba haber podido recuperar el déficit de sueño después de que Elias se marchara la noche anterior.

Pero, a pesar de que los ruidos habían desaparecido, de tener unos auriculares estupendos y un cerrojo a prueba de asaltos, el cerebro de Margot no había querido apagarse.

Después de diez horas gestionando comandas de pan y lidiando con los imprevistos de la tienda, estaba al borde del colapso físico.

El ansiado "reinicio rural" estaba resultando agotador.

—Los miércoles por la tarde es la reunión del comité parroquial.

—Vale...

—La sesión es en el centro cívico, pero después siempre vienen aquí en tropel para la merienda, antes de ir a recoger a los nietos o de seguir con sus vidas. Consideré que debías estar avisada. —Sadie se aclaró la garganta, con expresión seria—. Son... un grupo de alto impacto.

Chloe bufó.

—«Alto impacto» es una forma muy diplomática de llamarlas.

—Suena a oportunidad de negocio —argumentó Margot, pensando en los ingresos de la caja.

—Ay, pobre criatura inocente de la ciudad —se compadeció Chloe, negando con la cabeza—. Entrarán por esa puerta revolucionadas tras haber despiezado el último escándalo local. Pedirán diez tipos distintos de café y, antes de que te des cuenta, estarán diseccionando tu vida.

Margot soltó una carcajada.

—¿No estáis exagerando un poco? He sobrevivido a auditorías fiscales del Estado de Nueva York.

Sadie agarró su bolso del suelo.

—Cuando se marchen, sabrán el saldo de tu cuenta corriente, tus traumas infantiles y tu número de la Seguridad Social. Yo te he avisado. —Dio un trago rápido al té y se giró—. Me voy. Hoy tengo un taller de restauración de sillas victorianas y Brenda ha amenazado con venir a supervisarme.

—Espera, tengo los cruasanes de almendra que me pediste para el taller —la detuvo Chloe, apurando su capuchino para seguirla—. Por cierto, Margot, ¿vas a montar el puesto en el mercado agrícola de este sábado?

—¿Qué mercado agrícola?

—Theodore siempre instalaba una mesa junto a mi puesto de cerámica. Llevaba galletas de jengibre y café de filtro en termo. Atrae a muchísima gente. Deberías ir.

—Ah... Claro. Lo revisaré con Edith mañana mismo.

—Me extraña que ella no te haya dicho nada todavía.

Margot frunció los labios. Edith no era precisamente su fan número uno, pero si estaba omitiendo información comercial relevante para el negocio, iban a tener un problema grave. Anotó mentalmente tener una charla con ella al día siguiente.

—Allí estaré.

—Perfecto. —Chloe le dedicó una última sonrisa desde la puerta—. Un consejo gratis: no menciones el nombre de Elias Thorne cuando el comité parroquial esté aquí. Se alimentan de ese tipo de información. Les da poderes.

Margot sonrió, aunque un escalofrío incómodo le recorrió la espalda. Lo último que deseaba era convertirse en el entretenimiento del pueblo. Sobre todo cuando no había absolutamente nada entre ella y el agricultor. Nada de nada.

—Anotado. Mantener a raya al del concesionario, sobrevivir al interrogatorio del comité y no mencionar a Elias bajo ningún concepto. Plan perfecto.

Chloe hizo un saludo militar con la mano y salió al atardecer otoñal.

Quién le iba a decir a ella que dejar el distrito financiero iba a requerir tanta estrategia defensiva.