Otoño en Cedar Creek CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Dios santo. Había faltado un milímetro.

Margot caminaba de puntillas detrás de Elias, pegada a su espalda como si él fuera un escudo humano, mientras avanzaban hacia la puerta de la trastienda.

En el fondo de su mente, una pequeña voz racional y aterrorizada agradecía al supuesto intruso por haber interrumpido lo que, a todas luces, iba a ser un error catastrófico.

Elias había estado a punto de besarla. Y ella había estado dispuesta a dejarse besar con una avidez que la asustaba. ¿Y después qué?

Su mente corporativa, entrenada para prever escenarios, intentó llenar el «¿y después qué?

» con una lista de consecuencias desastrosas, pero su imaginación insistía en proyectar imágenes altamente inapropiadas sobre lo que quería hacerle a aquel hombre sobre el suelo de baldosas blancas del obrador.

Sacudió la cabeza con fuerza para despejarse. No era el momento de sufrir un colapso hormonal. Tenía una amenaza acechando al otro lado de la puerta.

—¿Cuál es el plan? —susurró, chocando contra la espalda de Elias cuando él se detuvo en seco.

El rasguño metálico cesó un instante y luego se reanudó, más frenético, como uñas arañando la madera.

El estómago de Margot dio un vuelco. ¿Y si de verdad era el boticario del siglo XIX?

¿Por qué Theodore no había incluido una cláusula sobre presencias demoníacas en el contrato de traspaso?

Iba a tener que hacerle una llamada muy seria a la Toscana.

Un maullido largo, estridente y espeluznante resonó en el callejón. Margot ahogó un grito y hundió la cara directamente entre los omóplatos de Elias, aferrándose a la lona de su cazadora.

—No recuerdo que el boticario aullara en las historias de Edith. ¿Crees que lo hemos enfadado al hacer guardia? —preguntó, con la voz amortiguada contra la tela gruesa.

—No. No lo creo.

Pudo sentir la vibración de la risa contenida de Elias en el pecho de este, y por un segundo estuvo a punto de indignarse. ¿De qué se reía? Su compostura de mujer cosmopolita se había desintegrado por completo; si sobrevivía a esa noche sin sufrir una arritmia, sería un milagro.

El sonido del pesado cerrojo de latón al girar la hizo entrar en pánico.

—¡No abras! —siseó, escondiéndose aún más detrás de él—. ¡No tenemos una estrategia de contención! Deberíamos haber trazado un plan de acción en lugar de perder el tiempo hablando de mis traumas laborales...

Algo suave y húmedo le rozó el tobillo.

—¡Ah! —Margot dio un salto hacia atrás, a punto de trepar por la espalda de Elias como si fuera un árbol, hasta que se dio cuenta de que la puerta de servicio estaba abierta de par en par y un gato esquelético, de pelaje gris ceniza y con una oreja mordida, se estaba frotando contra los vaqueros del agricultor.

Elias se giró a medias, señalando hacia el suelo.

—Bueno, Margot. Te presento a tu fantasma.

Margot parpadeó, procesando la escena. Miró al animal, que le devolvió la mirada con dos enormes ojos amarillos que brillaban en la oscuridad.

—Es... es un gato.

Elias soltó una carcajada ronca, un sonido profundo que pareció llenar todo el espacio de la trastienda.

—Efectivamente. Un gato.

Un rubor furioso le incendió las mejillas y el cuello. Margot se cubrió la cara con ambas manos, sintiendo que quería que la tierra se abriera y se la tragara hasta el núcleo del planeta.

—Soy la persona más patética del hemisferio norte —gimió—. Preferiría que fuera un sicario a sueldo. Al menos así mi histeria estaría justificada.

—Margot...

—No, no intentes ser amable. Es lamentable. Primero te amenazo con una sartén, luego te obligo a asistir a un aquelarre vecinal, y ahora te hago dormir en el suelo de una panadería para proteger a mis cruasanes de un gato callejero.

Elias le apartó las manos de la cara con suavidad, pero con firmeza. Sus dedos callosos se sintieron cálidos contra las muñecas de ella.

—Escúchame. Para —dijo él—. La única persona que me obliga a hacer cosas que no quiero es mi abuelo, y eso es porque me crio. Yo estoy aquí porque quise venir. ¿De acuerdo?

Margot tragó saliva y asintió lentamente.

—Me siento ridícula.

El gato eligió ese momento para emitir un maullido lastimero. Ambos bajaron la vista y, al hacerlo, Elias pareció darse cuenta de que seguía sosteniendo las muñecas de Margot. La soltó como si la piel de ella quemara y dio un paso atrás, creando una distancia segura entre los dos.

—Deberíamos darle algo de comer. Tengo una lata de sardinas en la furgoneta, de las que llevo para emergencias —anunció, dándose la vuelta antes de que Margot pudiera preguntarle qué clase de emergencias requerían sardinas en conserva.

Se quedó a solas con el invasor felino.

—Me has arruinado la reputación, que lo sepas —le susurró Margot al animal.

El gato la miró con esa fijeza perturbadora que solo poseen los felinos famélicos. Margot jamás había tenido una mascota. En Nueva York apenas lograba mantener viva una planta crasa, y de pequeña, el asma de su hermana había prohibido cualquier animal con pelo en casa.

Cautelosamente, se puso en cuclillas y le rascó detrás de la oreja sana. El gato cerró los ojos y un ronroneo profundo, casi industrial, empezó a vibrar contra los dedos de Margot.

—Supongo que esto significa que el asedio ha terminado y ahora somos aliados, ¿no?

—Es un buen comienzo —dijo Elias desde el umbral, con una lata metálica en la mano.

Margot le sonrió, sintiendo que la tensión de la noche se disolvía por fin.

—Estamos en fase de negociaciones.

Elias avanzó hacia la encimera y abrió la lata. En cuanto el olor a pescado inundó la cocina, el gato abandonó las caricias y se lanzó hacia el improvisado plato de plástico que Elias colocó en el suelo.

—Está muerto de hambre. Y no lleva collar. Seguramente es un callejero que buscaba el calor de los hornos —comentó Elias, apoyando la cadera contra el acero inoxidable y cruzándose de brazos.

—¿Siempre llevas comida de animales en la furgoneta?

—Siempre. En este valle nunca sabes lo que te vas a encontrar en la cuneta.

Margot sonrió.

—¿Cuántos animales tienes en los huertos, Elias?

Él ladeó la cabeza, haciendo recuento mental.

—Aparte de Buster y Duke, los sabuesos... y Merlín, el caballo de tiro que mi tío se niega a jubilar del todo. Hay un par de gatos de granero que aparecieron un invierno y decidieron quedarse.

—¿Y qué hacen exactamente?

La comisura de los labios de Elias se curvó hacia arriba.

—Dormir sobre los sacos de abono y exigir comida. No son precisamente empleados productivos. Son... residentes permanentes.

Margot observó cómo Elias se agachaba para acariciar el lomo del gato mientras este devoraba las sardinas.

Seguía descalzo, con las mangas de su camisa de franela remangadas hasta los codos y el pelo oscuro revuelto por la almohada.

Le hablaba al animal en un murmullo bajo y áspero.

La escena era tan insoportablemente doméstica que a Margot le dolió el pecho.

Así sería despertar con él. Una mañana fría, café recién hecho y una quietud compartida que no requería llenar los silencios con palabras vacías.

La imagen se materializó en su mente con tanta fuerza que le cortó la respiración.

Llevaba siete años corriendo en una cinta de correr corporativa, persiguiendo métricas de éxito que la habían dejado vacía.

Y ahora, de pronto, lo único que deseaba era estar cerca de aquel hombre.

Él había estado a punto de besarla. Si el gato hubiera maullado diez segundos más tarde, los labios de Elias habrían tocado los suyos.

—Mañana te paso el contacto de la clínica veterinaria de la doctora Evans —dijo él, rompiendo la burbuja de la ensoñación—. Está a dos calles de aquí.

Margot parpadeó, regresando a la realidad. Por supuesto. El gato. Elias estaba resolviendo la logística del animal, no replanteándose su vida sentimental.

—Te lo agradecería. No tengo ni idea de cómo funciona la revisión técnica de un felino.

Elias se puso en pie y suspiró. El gato, con la barriga llena, empezó a lavarse una pata, ignorándolos a ambos.

—Bueno. Supongo que misterio resuelto. El alcalde Harrison se apuntará el tanto de que su presentimiento fue acertado.

Margot buscó frenéticamente en su cerebro un motivo, una excusa financiera, logística o meteorológica para pedirle que no se marchara todavía. Pero la racionalidad se imponía: el problema estaba solucionado, y Elias parecía cansado. Retenerlo sería egoísta e inapropiado.

—Misterio resuelto —repitió ella, intentando que su voz no sonara a decepción—. Gracias, Elias. Por todo. Por la guardia, los auriculares y por no llamar al manicomio.

Él puso los ojos en blanco, pero caminó hacia el mostrador principal, donde Margot tenía su libreta de notas de cuero negro.

El cuaderno estaba lleno de cuadrículas precisas sobre pedidos de harina, pero en los márgenes exteriores, Margot había dibujado espirales ansiosas y pequeñas flores geométricas, fruto de sus picos de estrés frente al teléfono.

Elias sacó un bolígrafo de su bolsillo. Una sonrisa levísima cruzó su rostro al ver los garabatos antes de anotar un nombre y un teléfono en la parte superior.

—Ahí tienes a la veterinaria. Es de confianza. —Luego escribió un segundo número justo debajo—. Y ese es mi móvil. Por si alguien vomita sobre una alfombra de valor incalculable.

Margot sintió un nudo en la garganta mientras lo veía caminar hacia la zona de cafetería y empezar a enrollar los sacos de dormir con movimientos rápidos y metódicos. No fue capaz de moverse para ayudarle. Estaba paralizada por la evidencia de lo que estaba ocurriendo.

—Gracias otra vez —murmuró, apoyándose en la caja registradora.

Elias se detuvo con el saco bajo el brazo y la miró a los ojos, con una intensidad que la dejó anclada al sitio.

—No estás muy acostumbrada a que la gente te cuide sin pedir nada a cambio, ¿verdad, Margot?

La pregunta fue como un golpe en el estómago.

Era cierto. Su relación con Robert, con su empresa, e incluso sus últimas parejas en Nueva York, habían sido transacciones.

Ella solucionaba problemas a cambio de un sueldo o de compañía temporal.

Nadie le había preparado un saco de dormir y escuchado sus miserias a las tres de la madrugada simplemente porque sí.

Él se colgó la chaqueta al hombro y agarró sus botas.

Saber que Elias estaría allí si ella lo necesitaba la aterrorizaba tanto como la reconfortaba.

Él era sólido. Ofrecía lealtad y una paz que ella ansiaba.

Pero ¿qué podía ofrecerle ella ahora mismo?

Margot era un desastre en reconstrucción.

Estaba aterrorizada por si su negocio fracasaba, sufría ataques de pánico por la noche y apenas estaba descubriendo quién era fuera del traje sastre.

No iba a arrastrar a Elias a su caos. Aún no.

El gato callejero soltó un maullido sordo, frotándose contra los tobillos de Margot. Tenía que empezar por ahí. Por aprender a cuidar de sí misma, de su panadería y de un animal desnutrido.

—Me voy —anunció Elias, acercándose a la puerta trasera. Había recogido los envoltorios y llenado un cuenco con agua para el gato mientras ella divagaba.

—Claro. Pasa buena noche —respondió Margot, deseando tener la capacidad de ser menos formal.

Él se detuvo en el umbral y la miró por última vez.

—Intenta dormir un poco.

Margot asintió en silencio, viendo cómo la puerta se cerraba tras él. Dormir iba a ser imposible. Porque lo único que tenía claro en ese momento, rodeada de olor a sardinas y pan horneado, era que su insomnio ya no tenía nada que ver con los ruidos, sino con el hombre que acababa de marcharse.