CAPÍTULO 8
Pasaba de la medianoche cuando terminaron de desenrollar los sacos de dormir sobre el suelo de roble del obrador.
—Gracias por traer esto. No soy exactamente una experta en acampadas, como probablemente ya habrás deducido. Mi idea de supervivencia extrema en Manhattan era cuando se estropeaba el ascensor y tenía que subir siete pisos a pie —bromeó Margot, sacudiendo el borde de su saco.
Elias soltó un suspiro de alivio al comprobar que de la tela solo caían unas cuantas hojas secas y no una familia entera de arañas. Hacía años que no los usaba, probablemente desde un viaje a las montañas que prefería no recordar.
—Fui a un campamento de verano una vez cuando era niña —continuó ella, alisando las arrugas del tejido sintético—.
Pero lo único que me interesaba era tostar nubes de azúcar en la fogata.
Cuando descubrí que podía fundirlas en el microondas de mi casa, mi carrera como exploradora terminó abruptamente.
Elias asintió, dejándose caer sobre su propio saco. Ya se había dado cuenta de que, cuando Margot consumía niveles críticos de azúcar y cafeína, su cerebro entraba en una especie de sobremarcha verbal que no requería necesariamente una respuesta.
—A ti sí te veo acampando —dijo ella, sentándose con las piernas cruzadas y ladeando la cabeza para estudiarlo—. Eres exactamente ese perfil.
—¿Qué perfil? —preguntó él, traicionado por una curiosidad repentina que le impidió quedarse callado.
Margot entrecerró los ojos de forma analítica, como si estuviera evaluando una inversión.
—Ya sabes...
Él negó lentamente con la cabeza. No lo sabía, pero de pronto sentía una necesidad casi patológica de averiguarlo.
Margot suspiró, como si estuviera explicando algo evidente a un niño.
—El perfil agreste. De hombre de los bosques. De los que usan franela sin ironía y saben encender fuego frotando dos palos.
—¿Franela?
—Sí. —Ella señaló vagamente la mitad superior de su cuerpo—. Tienes toda esa estética de barba, hombros anchos y lona encerada.
Elias frunció el ceño. ¿Se suponía que eso era un cumplido? Instintivamente, se pasó la mano por la mandíbula áspera. ¿Le parecía un paleto? ¿Acaso odiaba la franela? Era resistente y aguantaba el frío del amanecer.
—No me malinterpretes —añadió ella, inclinándose un poco hacia delante—. Te queda maravillosamente bien.
Oh. De acuerdo. Le quedaba maravillosamente bien.
A Margot se le tiñeron las mejillas de un tono rosado bajo la luz cálida de la lámpara de emergencia que habían dejado encendida. Exhaló un suspiro corto y se apartó un mechón oscuro de la cara.
—Lo que quiero decir es que es lógico por tu trabajo. Eres un hombre práctico. Seguro que sobrevivirías a un apocalipsis en el bosque sin despeinarte.
Práctico. Claro. Esa era la palabra. Fiable, resistente y aburrido. Como un tractor viejo.
«Eres un hombre estupendo, Elias», resonó la voz de Clara en su memoria, fría y cristalina. «Tienes una vida preciosa y sencilla aquí, pero yo me asfixio. Yo no puedo quedarme estancada en este valle rodeada de árboles. Necesito más.»
Se había dejado crecer la barba unos meses después de que ella huyera a Chicago. Clara odiaba que le rozara la barba.
—Voy arriba a por un par de almohadas —anunció Margot de pronto, poniéndose en pie de un salto antes de desaparecer por la escalera que llevaba a su apartamento.
Elias se quitó las botas de trabajo, estiró las piernas sobre el saco y se cruzó de brazos detrás de la cabeza.
Todo aquello era un despropósito. Estaba convencido de que los dichosos ruidos no eran más que la paranoia de una mujer de ciudad que nunca había dormido sin el zumbido del tráfico de fondo.
Era comprensible, pero tendría que superarlo tarde o temprano.
Podía escuchar la voz de su abuelo Sylvan en su cabeza, advirtiéndole que no fuera tan rudo como para decirle a la chica que dejara de imaginar cosas.
Y no iba a hacerlo. No era un desgraciado.
Se quedaría allí sentado, comiendo regaliz y haciendo guardia hasta que ella se sintiera segura, por mucho que sus comentarios inocentes hurgaran en viejas inseguridades.
Los escalones de madera crujieron y, en un parpadeo, Margot estaba de vuelta con los brazos llenos de cojines y almohadas de plumas.
—Toma —dijo, dejándole caer una almohada mullida directamente sobre la cara.
Él la atrapó al vuelo y se la acomodó bajo la nuca.
—Muy amable.
Margot soltó una risa floja y se dejó caer en su propio saco, rodeándose de los cojines restantes.
Elias se quedó mirando al techo desconchado, repentinamente hiperconsciente de lo que significaba estar tumbado a un palmo de distancia de ella en mitad de la noche.
Aunque hubiera un arsenal de patatas fritas entre ambos.
Habían apagado los fluorescentes de la cocina.
La única iluminación provenía del letrero de salida de emergencia y de la luz pálida de la luna que se filtraba por las altas ventanas del frente, proyectando sombras alargadas sobre los azulejos.
El aire olía permanentemente a canela, jengibre, manzana horneada y al leve toque cítrico del perfume de Margot.
—No podemos acomodarnos demasiado —susurró ella, rompiendo el silencio—. O nos quedaremos dormidos y el poltergeist o el delincuente juvenil nos pasará por alto.
—Sería una tragedia perdérnoslo —murmuró Elias, hundiéndose un poco más en la almohada. Olía al champú de ella, un aroma limpio y dulzón que le hizo apretar la mandíbula para no girar la cabeza y respirar más hondo.
Escuchó el roce del tejido sintético cuando Margot se giró sobre un costado para mirarlo. Elias se obligó a mantener la vista fija en las vigas del techo. Se sentía infinitamente más seguro estudiando las manchas de humedad que enfrentándose a esos ojos castaños y perspicaces.
—Sé que crees que he perdido el juicio.
—No he dicho eso.
Margot soltó un pequeño bufido que le acarició la mejilla con una ráfaga de aire cálido. Elias cerró los ojos un instante, asimilando el golpe de proximidad.
—Soy perfectamente consciente de lo irracional que suena todo esto —continuó ella, bajando el tono de voz—.
Es solo que... quería que todo saliera bien.
Necesitaba que este nuevo proyecto fuera un refugio perfecto.
Y esta paranoia me hace sentir que el universo me está diciendo que no pertenezco aquí. Que algo me quiere echar.
Elias giró el rostro hacia ella. Estaban tan cerca que podía distinguir el suave ascenso y descenso de su respiración en la penumbra. Su estúpido instinto protector, ese defecto de fábrica que siempre acababa costándole caro, se disparó antes de que pudiera contenerlo.
—Lo estás haciendo increíblemente bien.
Margot abrió un poco más los ojos, genuinamente sorprendida por la firmeza de sus palabras, y a Elias le dio un vuelco el estómago. ¿Acaso nadie le había dicho en su vida que hacía las cosas bien?
—Tenía una imagen muy clara en mi cabeza de cómo sería heredar la panadería. Cómo me sentiría.
—¿Y bien?
Margot abrazó uno de los cojines contra su pecho, luciendo de pronto mucho más pequeña y frágil.
—Que la realidad da vértigo.
Ahí estaba. La grieta en la fachada. La confirmación que él necesitaba para mantener las distancias. Ella había llegado buscando un retiro espiritual de postal, y la realidad de los madrugones y el trabajo duro la estaba abrumando.
—Tienes que darte tiempo para aterrizar. Todo se ajustará —dijo él, notando cómo su propia voz sonaba más áspera de lo normal. Era un recordatorio para sí mismo. Era igual que con Clara. Creer que podría hacer que alguien amara Cedar Creek solo por fuerza de voluntad era un engaño monumental.
Margot hundió la barbilla en el cojín.
—Mi vida en la ciudad se fue a pique tras una ruptura y, justo después, mi tío Theodore falleció repentinamente —soltó de golpe.
Elias se quedó helado. Toda su teoría sobre la chica frívola de ciudad saltó por los aires.
—¿Qué? —frunció el ceño, incorporándose ligeramente—. Cristo, Margot. Eso es terrible.
—Sí. Lo fue. —Sus ojos brillaron en la oscuridad, anegados de lágrimas contenidas—. Theodore se fue de forma tan repentina que ni siquiera pude viajar a tiempo para despedirme. Y yo estaba atrapada en una relación estancada que acababa de romperse dejándome totalmente a la deriva.
Elias sintió que se le formaba un nudo en la garganta. No estaba allí buscando un pasatiempo pintoresco; había huido porque el estrés casi le estalla en la cara.
—¿A qué te dedicabas exactamente en Nueva York? —preguntó, intentando mantener su voz suave para que las lágrimas no terminaran de caer.
—Analista de fusiones corporativas. Un título muy largo que básicamente significaba que era la mano derecha de Robert.
Me aseguraba de que los números cuadraran, de que las empresas se vendieran y de que él no tuviera que preocuparse por nada.
Y mi vida se redujo a eso. —Respiró hondo de forma temblorosa y se giró bocarriba, imitando la postura inicial de Elias.
Él lo agradeció. Era más fácil respirar sin la intensidad de su mirada clavada en él.
—Estudié Finanzas porque parecía un camino sólido. Competitivo. Al final resultó que era muy buena apagando incendios ajenos, así que me ascendieron rápido. Pero nunca quise que la oficina fuera mi única casa.
Elias dejó que su mano cayera pesadamente sobre el saco, con los nudillos rozando apenas la mano de Margot. Fue un roce minúsculo, casi accidental, pero la sacudida eléctrica que le recorrió el brazo fue innegable.
Estaban solos en un local a oscuras, en un pueblo dormido. Y a Elias le gustaba demasiado esa intimidad suspendida. Ese era el problema. Estas burbujas estallaban y, cuando lo hacían, siempre quedaba alguien recogiendo los pedazos.
—Esa noche, a las dos de la madrugada, llorando sola tras firmar los papeles de la herencia... no fue solo el inmenso dolor de perder a Theodore. Fue darme cuenta de que, en medio de aquel apartamento estancado, nadie en todo Manhattan notaría mi tristeza hasta el lunes por la mañana.
Un sollozo sordo, crudo y doloroso, escapó de los labios de Margot.
Elias no lo pensó. Su mano envolvió los dedos de ella de inmediato. Eran cálidos y finos, y se aferraron a los suyos como un salvavidas.
—Gracias —murmuró ella, con la voz quebrada—.
Y lo peor fue recordarlo... Hace un año tuve una neumonía terrible.
Estuve en la cama con fiebre altísima durante cuatro días.
Nadie vino a verme. Nadie me trajo sopa.
Intenté llegar al baño y vomité en la alfombra persa del pasillo.
Estuve tan débil que la mancha se quedó ahí dos días. Tuve que tirar la maldita alfombra.
Las lágrimas finalmente se desbordaron, resbalando por sus sienes hasta el saco de dormir. Eran sollozos pequeños y silenciosos que le retorcieron a Elias algo muy profundo en el pecho.
—No, no llores. Por favor, Margot, ya pasó. —Elias soltó su mano, pero solo para rodearle los hombros con el brazo y tirar de ella hacia su costado.
Margot no opuso resistencia. Hundió el rostro contra el grueso algodón de la camisa de Elias, dejando que la humedad traspasara la tela.
—Tranquila. Ahora estás aquí. No vas a volver a pasar por algo así —susurró él, trazando círculos lentos y torpes en su espalda, odiando la idea de que alguien pudiera sentirse tan devastadoramente sola—.
Y te prometo una cosa: la próxima vez que vomites, llámame.
Yo limpiaré. Limpio cuadras y perreras a diario.
Si crees que tu alfombra persa era un drama, es porque nunca has visto lo que hacen dos sabuesos de cuarenta kilos cuando persiguen a una mofeta y se meten en un cenagal.
Margot soltó una carcajada húmeda y ahogada contra su pecho.
—Hueles a leña —murmuró, respirando hondo contra él—. Retiro lo dicho. La estética agreste tiene sus ventajas.
Elias sonrió en la oscuridad, apretándola un poco más contra sí.
Todo en su cabeza le gritaba que abortara la misión.
Ella acababa de confesar que su mudanza era una huida traumática.
Cuando el polvo se asentara y curara sus heridas, la adrenalina de la ciudad volvería a llamarla. Era cuestión de tiempo.
—Siento el drama —dijo Margot, apartándose lo justo para mirarle el rostro—. Creo que el cóctel de regaliz y cansancio ha destrozado mis filtros.
—A mí me parece bien.
Un mechón oscuro se había quedado pegado a su mejilla húmeda.
Sin pensarlo, Elias levantó la mano y se lo apartó, rozando su piel con los nudillos.
Margot cerró los ojos ante el contacto. Tenía la nariz ligeramente enrojecida y los labios entreabiertos.
Encajaba contra su costado con una naturalidad que le paralizaba el corazón.
Y, a pesar del batallón de alarmas rojas destellando en su cerebro, la urgencia de inclinarse y besarla fue tan abrumadora que el mundo entero pareció reducirse a ese preciso instante.
Se inclinó apenas unos milímetros.
De repente, Margot abrió los ojos de par en par, congelándose.
—¿Has oído eso? —susurró, con la voz temblando por algo muy diferente al llanto.
Elias intentó concentrarse por encima del latido ensordecedor de su propio pulso, frustrado y desorientado.
—No, yo...
Y entonces lo oyó. Un rasguño metálico, nítido y rítmico contra la puerta exterior. Justo antes de que un grito agudo, casi histérico, rasgara el silencio del callejón.