CAPÍTULO 4
Elias siempre había pensado que el purgatorio, de existir, sería un lugar frío y lleno de salas de espera.
Pero ahora estaba convencido de que el verdadero castigo eterno consistía en estar sentado en la Asamblea Vecinal de Cedar Creek, atrapado entre la forastera neurótica que había irrumpido en su vida esa misma mañana y Chloe, que parecía haber convertido el fisgoneo en una disciplina olímpica.
Cada vez que Elias cruzaba la mirada con la ceramista, ella arqueaba las cejas pelirrojas con un nivel de impertinencia que lo sacaba de quicio.
Y cada vez que miraba hacia su derecha, se encontraba con Margot, que observaba el salón con los ojos muy abiertos y una levísima sonrisa asomando a los labios. Parecía hipnotizada por el caos.
¿Qué necesidad tenía él de estar allí? Ninguna.
Había sugerido la reunión porque la mujer parecía al borde de un colapso nervioso y él, en un raro lapsus de empatía, pensó que canalizar su histeria urbana hacia la burocracia local la calmaría.
Además, Cedar Creek necesitaba su dosis matutina de bollería y pan decente.
Desde que Theodore falleció, el pueblo entero sobrevivía a base de galletas industriales del minimercado y la paciencia general se estaba agotando.
Si lo analizabas desde un punto de vista estrictamente comunitario, su intervención había sido un servicio público.
Chloe, ajena a las justificaciones mentales de Elias, se inclinó hacia Margot para ejercer de guía no oficial.
—Ese señor de la primera fila, el que lleva el jersey de rombos y la expresión de perplejidad perpetua, es el tesorero, el señor Higgins. Si tienes alguna vez un problema con los impuestos de la panadería, no hables con él, háblale a su mujer, Martha. Ella es la que lleva los números reales.
Margot asintió, asimilando la información con la concentración de una espía en misión especial. Elias no se habría sorprendido si de repente sacara una grabadora en miniatura del bolsillo.
—Y el tipo rubio que está discutiendo con el alcalde, el del chaleco acolchado… —continuó Chloe, bajando un poco la voz—… es Barrett. El dueño del concesionario de coches. Ya te habrás enterado de su dramática rivalidad con Sadie. Y con Elias.
Elias suspiró profundamente, frotándose el puente de la nariz.
—No tengo ninguna rivalidad con Barrett. Solo preferiría que el mundo entero se callara de vez en cuando. Especialmente tú, Chloe.
Chloe soltó una carcajada cristalina.
—Amargado. ¿Vas a contarme cómo has conseguido arrastrar a la nueva y misteriosa vecina a esta tortura vecinal? Literalmente nunca vienes. Y cuando digo nunca, hablo de años.
—No la he arrastrado —replicó él, entre dientes, hiperconsciente de la presencia de Margot a menos de treinta centímetros—. Le sugerí que viniera. Por pura cortesía.
—¿Cortesía? —Sadie, la anticuaria, se inclinó desde la fila de atrás, metiéndose en la conversación sin invitación—. Elias Thorne no conoce el significado de esa palabra. Si vinieras por cortesía, habrías asistido al funeral de mi loro el año pasado.
Elias se cruzó de brazos, deseando fundirse con el plástico naranja de la silla.
—Era un periquito, Sadie. Y yo estaba podando los manzanos.
Chloe le dio un codazo nada disimulado en las costillas.
—Claro. Pura cortesía hacia la panadera. Entendido. —Le guiñó un ojo de forma obscenamente obvia—. Me parece que alguien está intentando ganarse puntos para conseguir cruasanes gratis.
—No quiero cruasanes —gruñó él.
Era mentira. Quería un maldito cruasán. Y también quería que Margot dejara de oler a esa mezcla sutil de vainilla y ropa limpia que su cerebro se empeñaba en registrar cada vez que ella se movía.
Pero no iba a admitir ninguna de las dos cosas, especialmente no frente a Cedar Creek, la central de cotilleos del condado.
Hacía cinco años, Elias había cometido el error de salir con la nueva profesora de biología del instituto.
La relación había durado exactamente tres meses, pero el pueblo entero se había comportado como si fueran copropietarios del romance.
Le preguntaban por ella en el semáforo, opinaban sobre qué restaurantes debían visitar y, cuando rompieron amistosamente, el comité parroquial actuó como si hubiera fallecido un familiar.
Elias juró que, si alguna vez volvía a involucrarse con alguien, lo haría bajo tierra o en otra dimensión.
El micrófono emitió un chirrido agudo que hizo que todos se llevaran las manos a los oídos. El alcalde Harrison, un hombre alto y con abundante pelo canoso que le daba un aire presidenciable, golpeó el atril dos veces.
—Buenas tardes a todos. Silencio, por favor. —Harrison acomodó sus gafas de lectura—. Antes de repasar el presupuesto del alumbrado navideño, hay un asunto en el orden del día. El señor Barrett ha propuesto organizar una cata de cervezas locales en la plaza el último fin de semana del mes.
Sadie se puso en pie de un salto, indignada.
—¡Ese es el fin de semana de mi taller al aire libre de restauración de muebles! ¡El barniz y la cerveza no combinan, Russell!
—¡Es un espacio público, Sadie! —gritó Barrett desde la primera fila, con una sonrisa pícara.
—Vale, vale, ya hablaremos de las fechas luego —cortó el alcalde, levantando una mano pacificadora—. Ahora, vayamos a lo urgente. ¿Cuándo vamos a tener pan fresco de nuevo? Brenda me tiene frito quejándose de la barra del supermercado.
Varias voces en la sala murmuraron en señal de apoyo.
Elias notó cómo la postura de Margot se tensaba a su lado.
Se giró para mirarla y reparó, por primera vez, en que ya no llevaba el desastroso pijama de la mañana.
Llevaba su largo cabello castaño suelto y se había puesto un suéter de tono burdeos oscuro acompañado de una bufanda verdosa, lo que le daba un aspecto mucho más afilado y peligroso.
Estaba a punto de inclinarse hacia ella para decirle que no tenía por qué hablar si no quería, pero Margot ya se había puesto en pie.
Caminó hacia la parte delantera de la sala con paso firme, el sonido de sus botines atrayendo todas las miradas.
—Buenas tardes. Soy Margot Evans —anunció, deteniéndose junto a la primera fila de sillas, sin necesidad de usar el micrófono—. La nueva gerente de Cinnamon & Clover Café. La panadería abrirá oficialmente sus puertas el próximo viernes a las siete de la mañana.
Un aplauso entusiasta y varias ovaciones estallaron en el salón. La sonrisa corporativa de Margot se suavizó en algo mucho más genuino. El alivio en su rostro era evidente.
Elias sintió que una extraña sensación de orgullo —un orgullo ajeno e irracional— se asentaba en su pecho.
—Sin embargo —continuó Margot, levantando una mano para acallar los murmullos—, hay un problema logístico que debo resolver antes.
Durante las últimas cuatro noches, alguien o algo ha estado merodeando por el callejón trasero de la panadería.
Produce ruidos de arrastre y golpes sordos.
Está afectando seriamente a mi descanso y, por extensión, a mi capacidad para organizar la apertura. Me preguntaba si alguien sabe algo.
El salón quedó en silencio un par de segundos. Luego, las teorías estallaron como palomitas de maíz.
—¡Son los tejones! —gritó el señor Higgins.
—Te digo yo que son los chavales de secundaria. Siempre se esconden ahí para fumar —aportó Barrett.
—Podrían ser problemas de cimentación —sugirió Mei, anotando frenéticamente en su libreta.
Margot negó con la cabeza, empezando a perder la paciencia.
—He descartado tuberías y animales pequeños. Es un ruido demasiado metódico.
—Tal vez sea un eco residual. Ya sabes, energía atrapada —dijo una voz melodiosa y profunda desde el fondo.
Elias cerró los ojos, deseando que la tierra se abriera y se lo tragara.
Era Julian, el dueño de la tienda de antigüedades y cristales esotéricos, y también uno de sus amigos más antiguos.
Julian creía firmemente en la memoria del agua, los chakras y cualquier teoría que no requiriera una base científica sólida.
—¿Energía atrapada? —preguntó Margot, frunciendo el ceño.
—Fantasmas, Margot. El obrador es uno de los edificios más antiguos del valle. Sería raro que no estuviera habitado por algún espíritu persistente.
—Esa es exactamente la misma conclusión a la que llegué yo —admitió ella, asintiendo lentamente, como si por fin hubiera encontrado a un alma gemela en aquel manicomio—. Pero Elias dijo que era una locura.
Cincuenta pares de ojos se giraron al unísono, como si estuvieran sincronizados, para clavarse en Elias.
Julian arqueó una ceja perfecta y sonrió de medio lado.
—¿Conque Elias, eh? —murmuró, lo suficientemente alto para que la primera mitad de la sala lo escuchara—. ¿Y cuándo habéis tenido tiempo para debatir sobre actividad paranormal, si se puede saber?
Elias sintió que el calor le subía por el cuello.
—Fui a entregar los suministros. Como todos los viernes —respondió, con la voz más gélida y monótona que pudo conjurar.
Nadie pareció creerse que la interacción hubiera sido tan inocente. Las miradas de pura especulación brillaban en el ambiente.
—Bueno, yo no descartaría la teoría del espíritu, Margot —intervino el alcalde Harrison, apoyando los codos en el atril y frotándose la barbilla con gesto solemne—. De hecho, me alegra que saques este tema. Anoche tuve un presentimiento.
Elias soltó un bufido que resonó en el silencio de la sala. Esto era lo que le faltaba. Harrison tenía fama de dejarse guiar por "corazonadas" que rozaban lo absurdo, pero que, inexplicablemente, solían acertar. El pueblo entero lo trataba como a un oráculo con traje de pana.
—¿Un presentimiento, Russell? —preguntó Sadie, inclinándose hacia adelante.
—Sí. Me desperté de madrugada con la certeza de que alguien nuevo en el pueblo iba a necesitar ayuda inminente. Y en mi mente vi muy claro quién debía proporcionársela.
Elias supo lo que venía un segundo antes de que el alcalde abriera la boca.
—Y vi claramente a Elias Thorne ayudando a resolver el problema —sentenció Harrison.
Un murmullo de asentimiento recorrió la sala.
—¡Por supuesto! Elias conoce cada palmo de este valle —dijo Brenda, asintiendo con vigor—. Deberías patrullar el callejón unas cuantas noches.
Elias se aferró a los reposabrazos de la silla.
—No voy a patrullar un callejón por culpa de un presentimiento esotérico, Russell. Con todo el respeto. Seguro que son mapaches. Problema resuelto.
El tono áspero y cortante de Elias cayó como un jarro de agua fría. Margot, que seguía de pie al frente de la sala, parpadeó sorprendida. Su sonrisa de alivio desapareció, reemplazada por esa misma expresión derrotada y distante que él había visto en su cocina por la mañana.
—Está bien —dijo ella en voz baja, cruzándose de brazos—. Tiene razón. Es mi problema. Seguramente pondré cámaras de seguridad mañana mismo. Gracias de todos modos.
Intentó fingir que no le importaba, pero el esfuerzo fue evidente. Se veía ridículamente sola, enfrentándose a un pueblo entero de desconocidos y a un misterio que la estaba volviendo loca de cansancio.
Elias se odió a sí mismo. Odiaba ser el centro de atención, odiaba que lo manipularan y, sobre todo, odiaba la forma en que el rostro de Margot se había cerrado de golpe.
Respiró hondo, aceptando su derrota.
—Iré yo —dijo, poniéndose en pie antes de que pudiera arrepentirse.
El salón quedó en absoluto silencio.
Margot lo miró, desconcertada, con los ojos muy abiertos.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Que yo me encargo de revisar la maldita panadería por las noches —repitió Elias, cruzando la mirada con ella—. Te ayudaré a atrapar al mapache, o al fantasma, o a lo que sea que no te deja dormir.
Margot lo observó un segundo más, y luego, lentamente, esa sonrisa genuina y deslumbrante volvió a iluminar su rostro.
Elias tragó saliva, dándose cuenta de que atrapar al supuesto intruso iba a ser el menor de sus problemas.