CAPÍTULO 3
«Buenas tardes a todos, soy Margot Evans, sobrina de Theodore, y la nueva gerente de Cinnamon & Clover Café. Verán, he estado lidiando con un pequeño contratiempo acústico durante mis horas de sueño…».
¿Contratiempo acústico? Margot suspiró y apoyó la frente en la palma de la mano.
Sonaba como una abogada corporativa defendiendo un caso perdido.
El tacón de su bota repiqueteaba contra el suelo de linóleo verde del centro cívico, marcando un ritmo ansioso que era incapaz de detener.
Quería transmitir la imagen de una vecina competente y accesible, y llevaba repasando su breve intervención desde que cruzó la puerta.
Veinticinco minutos antes de la hora fijada.
Había elegido un asiento en la última fila, cerca de los radiadores de hierro fundido.
La silla de plástico naranja, probablemente una reliquia de los años ochenta, se quejó con un crujido lastimero cuando Margot cambió de postura.
A su alrededor, una veintena de personas se arremolinaban en pequeños grupos, intercambiando abrazos y bromas con una naturalidad que le resultó tan ajena como fascinante.
Había olvidado lo que era eso. La red de conexiones invisibles que unía a los habitantes de un lugar pequeño.
Había escapado de su barrio periférico en Ohio con dieciocho años recién cumplidos, convencida de que el anonimato de Manhattan era el único ecosistema donde podría prosperar.
Durante mucho tiempo, creyó que así era.
Pero ahora, viendo cómo un hombre de pelo canoso se reía a carcajadas mientras una vecina le acomodaba el cuello del abrigo, sintió una punzada extraña.
No recordaba la última vez que alguien, aparte de su asistente o del portero de su edificio, la había saludado con verdadera alegría.
Toda su red de seguridad emocional se había reducido a mensajes de texto esporádicos con su hermana pequeña, llenos de emojis de corazones y quejas sobre sus respectivos jefes.
Margot se ajustó la bufanda alrededor del cuello.
El centro cívico no parecía diseñado para retener el calor.
Era un salón rectangular de techo alto, con paneles de corcho en las paredes plagados de anuncios de clases de macramé y perros perdidos.
En el extremo opuesto se alzaba una tarima baja con un atril de madera clara.
Detrás de la tarima, alguien había colgado una pancarta casera que rezaba: Festival de la Hoja Caída — Próximamente.
Habían dibujado bellotas gigantes y hojas de arce que parecían estar sufriendo alguna mutación genética.
Era un esfuerzo entrañable, pero Margot, acostumbrada a los eventos de gala diseñados por agencias de relaciones públicas en Nueva York, tuvo que morderse el labio para no sonreír con condescendencia.
Desvió la vista hacia la entrada doble de cristal. Ni rastro de Elias Thorne.
«Probablemente te dijo que vendría para que lo dejaras en paz», pensó, sintiendo una punzada de vergüenza al recordar la escena de la mañana.
Había volcado sobre él todas sus teorías de conspiración y sus quejas por la falta de sueño, como si aquel hombre de pocas palabras fuera su terapeuta personal.
Un hombre que, además, era ridículamente atractivo de una manera ruda y exasperantemente calmada.
Margot obligó a su pierna a dejar de temblar. No importaba lo atractivo que fuera. No había venido a Cedar Creek a buscar distracciones románticas ni a complicarse la vida con un productor de manzanas. Había venido a salvarse a sí misma.
Su carrera como analista financiera en Apex Capital Partners se había vuelto una rueda de hámster asfixiante, coincidiendo con el momento en que su pareja decidió terminar su relación de cinco años de forma fulminante.
Margot se encontró empacando sus cosas en cajas de cartón en un apartamento vacío, sintiendo que su vida entera se había quedado estancada.
Sobrevivía al día a día, pero su diagnóstico interno fue tajante: la monotonía y el desamor la estaban consumiendo.
Fue un espejo brutal para Margot. Llevaba años comiendo ensaladas de plástico frente a la pantalla, durmiendo cinco horas con ayuda de melatonina y considerando las ojeras como medallas al mérito laboral.
¿Para qué? ¿Para heredar un puesto directivo que la dejaría aún más sola y vacía?
Cuando recibió la noticia del fallecimiento de Theodore y la inesperada herencia, Margot vio la oportunidad de pulsar el botón de reinicio antes de que su propio ánimo colapsara por completo.
Pero hasta ahora, su «reinicio» consistía en amenazar a sus proveedores con menaje de cocina y desarrollar una paranoia severa.
Volvió a mirar hacia la puerta. Un grupo de tres mujeres entró riendo a carcajadas, agitando los paraguas mojados.
Margot suspiró. Casi era mejor que Elias no apareciera.
Ella no sabía lidiar con hombres que no llevaban traje y no hablaban en porcentajes.
Las aventuras de pueblo pequeño solo funcionaban en las películas de sobremesa, y su vida ya era lo bastante caótica.
—Buenas noches.
La voz grave, justo a su lado, la hizo dar un pequeño salto en su asiento de plástico.
Elias se dejó caer en la silla contigua con la gracia de un árbol al caer. Llevaba una cazadora diferente, más oscura, pero seguía desprendiendo ese olor inconfundible a aire libre, humedad y algo que a Margot le recordó al pino. Tuvo que recordarse a sí misma que debía respirar.
—Hola —respondió ella, intentando sonar casual, como si no llevara veinte minutos esperándolo—. ¿Qué tal tu día?
Una pregunta normal. Nada de asesinos, nada de ruidos extraños.
Elias se cruzó de brazos y estiró las largas piernas bajo la silla de delante.
—Tranquilo. Lo habitual.
Margot sonrió.
—Lo habitual suena bien.
Elias arqueó una ceja y la miró de reojo.
—Si te gusta lo habitual, esta asamblea te va a parecer una tortura.
La sonrisa de Margot se ensanchó. ¿Había detectado una pizca de ironía en el tono solemne del agricultor?
—Estoy preparada —dijo ella.
Elias hizo ademán de contestar, pero el volumen de la sala subió de repente cuando el trío de mujeres que acababa de entrar se instaló en las sillas de la fila de delante.
La que llevaba la voz cantante era una mujer de unos cincuenta años, de pelo corto y rubio platino, que gesticulaba con tanta energía que casi golpea a su compañera, una señora de rasgos asiáticos y gafas de montura roja.
La tercera era más joven, y mecía un carrito de bebé con el pie mientras se quitaba el abrigo.
—El comité parroquial —murmuró Elias, inclinándose ligeramente hacia Margot.
—¿El comité parroquial? —repitió ella, observando cómo la mujer de gafas rojas sacaba un cuaderno de notas tan grueso como una enciclopedia.
—Son el servicio de inteligencia de Cedar Creek. Lo saben todo antes de que suceda.
Justo en ese momento, la mujer rubia se giró y clavó la vista en Elias. Sus ojos se iluminaron como faros.
—¡Elias Thorne! Milagro divino —exclamó la mujer, con una voz que proyectó hacia todo el salón.
Elias cerró los ojos un segundo antes de forzar un asentimiento.
—Hola, Brenda.
—Pensaba que habías desarrollado alergia al núcleo urbano. No te veíamos por aquí desde el debate sobre la poda de los olmos —comentó la mujer de las gafas rojas, dándose la vuelta también.
—Siempre es un placer, Mei.
La madre joven soltó una carcajada.
—No le agobiéis. Bastante tiene con lidiar con los huertos. Aunque admito que me sorprendió verte en la lista de inscritos para el torneo de herraduras, Elias. Creía que te considerabas demasiado serio para nuestros juegos de feria.
Un leve rubor asomó en el cuello de Elias.
—Fue idea de mi abuelo Sylvan. Me inscribió sin preguntarme.
Las tres mujeres soltaron risitas divertidas. Margot las observaba, fascinada. El esquivo y solitario proveedor de manzanas parecía ser el hijo predilecto de Cedar Creek.
Entonces, la mirada afilada de Brenda se posó en Margot.
—Y tú debes ser la chica de Theodore —dictaminó Brenda, sin rodeos—. Margot, ¿verdad?
—Sí, soy yo. Encantada.
—¡Ya era hora de que alguien abriera esa panadería! Llevo tres semanas comprando pan de molde en el supermercado y es como masticar cartón. ¿Cuándo enciendes los hornos? —preguntó Mei.
Margot sintió un nudo en el estómago, pero mantuvo la sonrisa intacta.
—Estamos trabajando en los últimos detalles. Espero abrir a finales de la semana que viene.
Brenda asintió, satisfecha.
—Más te vale. Y si necesitas ayuda para espantar a los mirones el día de la inauguración, avísanos.
Se giraron de nuevo hacia el frente, enfrascadas en un debate sobre el precio de las guirnaldas. Margot soltó un suspiro de alivio que no sabía que estaba conteniendo.
—Sobreviviste a tu primer interrogatorio —dijo una voz nueva a la izquierda de Elias.
Una mujer de unos treinta años, con una larga melena pelirroja ligeramente ondulada y una cálida bufanda marrón sobre un suéter oscuro, se había sentado sigilosamente a su lado.
—Chloe —la saludó Elias, sonando genuinamente relajado por primera vez.
—Hola, gruñón —respondió ella, antes de asomarse para ver a Margot—. Soy Chloe. Llevo la tienda de cerámica de la esquina opuesta a tu panadería. Bienvenida a Cedar Creek.
—Gracias, Chloe. Soy Margot. Tu escaparate es precioso, por cierto.
—Gracias. Intento compensar el caos de la trastienda. —La mirada de Chloe pivotó entre Elias y Margot, y sus labios se curvaron en una sonrisa llena de curiosidad—. Y bien, ¿qué os trae por aquí juntos? No me digas que Elias Thorne ha decidido ejercer de comité de bienvenida.
—Ni hablar —intervino Margot rápidamente, intentando salvarle la cara—.
Ha sido casualidad. Bueno, y que casi le abro la cabeza con una sartén esta mañana pensando que era un asaltante nocturno.
Él fue lo bastante amable de sugerirme que viniera a la asamblea para exponer mis problemas de ruidos en lugar de llamar a los SWAT.
Los ojos de Chloe se abrieron de par en par, y luego soltó una carcajada tan fuerte que Brenda miró hacia atrás con el ceño fruncido.
—¿Una sartén? —Chloe miró a Elias, deleitada—. Pagaría por haber visto eso.
Elias simplemente cruzó los brazos con más fuerza, hundiendo la barbilla en el pecho.
Antes de que Margot pudiera añadir nada más, una mujer de espeso cabello rubio ondulado, vestida con un llamativo top oscuro con estampados dorados y amplio escote, se acercó por el pasillo y se detuvo junto a ellos.
—Ni te molestes en disimular, Elias. He visto cómo mirabas a Barrett desde la puerta.
—Yo no miro a Barrett, Sadie. No me interesa lo que haga.
Sadie resopló.
—Claro. Como si no supieras que ha programado su cata de cervezas artesanales el mismo sábado que mi taller de restauración de muebles. Es un sabotaje puro y duro. —Se giró hacia Margot, tendiéndole una mano manchada de pintura—. Hola. Soy Sadie. Tengo el taller de restauración de muebles.
—Margot. La nueva dueña de Cinnamon & Clover Café.
—Lo sé. Theodore nos habló mucho de ti. En fin, solo te aviso: cuidado con Barrett. Es encantador, pero es una serpiente.
Margot siguió la mirada de Sadie hacia la primera fila, donde un hombre rubio, vestido con una camisa a cuadros inmaculada, charlaba animadamente con el encargado del micrófono. Tenía el tipo de atractivo ruidoso y pulido que Margot solía ver en los ejecutivos de cuentas jóvenes en Nueva York.
—¿Qué pasa con Barrett? —preguntó Margot en voz baja.
—Tienen una rivalidad absurda desde el instituto —explicó Chloe, recostándose en su silla.
—Él me rompió mi proyecto de ciencias de octavo curso —puntualizó Sadie, ofendida—. Y tú, Elias, tampoco deberías perdonarle que te abolara la furgoneta cuando teníais diecisiete años.
Elias suspiró.
—Hace quince años de eso, Sadie. Y me pagó el arreglo.
Sadie puso los ojos en blanco y se fue a buscar su asiento, murmurando algo sobre lealtades mal entendidas.
Margot miró a su alrededor. El centro cívico era un hervidero de conversaciones cruzadas, risas y viejas rencillas. Era ruidoso, caótico y abrumadoramente familiar.
—¿Siempre es así? —preguntó, sintiendo que la tensión de sus hombros empezaba, por fin, a ceder.
—Peor —respondió Elias, aunque una levísima sonrisa asomaba bajo su expresión de fastidio—. El alcalde Harrison tiene la costumbre de llegar quince minutos tarde para hacer una entrada triunfal.
—¿Harrison? —preguntó Chloe, dándole un codazo—. Es mi padre, Elias. Llámale Russell.
Elias negó con la cabeza.
—Es la autoridad local. Prefiero mantener las distancias.
Margot reprimió una carcajada. Esta gente era un ecosistema en sí mismo. Le caía bien Chloe. Le caía bien la dramática Sadie. E, increíblemente, le caía bien el proveedor de manzanas que parecía odiar estar allí pero que no se había movido de su lado.
Si había sido capaz de organizar fusiones corporativas por valor de millones de dólares sin despeinarse, seguramente podría lidiar con una asamblea de vecinos, unos cuantos adolescentes ruidosos y la reapertura de una panadería. O al menos, eso esperaba.