CAPÍTULO 2
Elias dio un sorbo al café humeante, servido en una taza de cerámica gruesa e imperfecta hecha por Chloe, y tuvo que admitir, para sus adentros, que la mujer tenía buena mano con la cafetera.
Era un consuelo menor considerando que, apenas cinco minutos antes, había estado a punto de abrirle la cabeza. Sin embargo, el buen café no compensaba el hecho de que su sagrada rutina matutina se había ido al traste.
Llevaba seis años haciéndose cargo de los huertos de la familia Thorne y, desde el primer día, su regla de oro había sido hacer los repartos antes de que el sol iluminara por completo las calles de Cedar Creek.
Prefería la compañía de la niebla a la de sus vecinos.
No es que odiara a la gente, pero detestaba el deporte local del pueblo: el escrutinio público.
Las señoras del comité parroquial podían despellejar a un forastero antes del desayuno y tener listo un veredicto sobre su vida amorosa para la hora del almuerzo.
Cuanto menos tiempo pasara en el núcleo urbano, antes podría volver a la soledad de sus manzanos, a la compañía silenciosa de su abuelo Sylvan y a sus dos sabuesos medio sordos.
Pero ahora estaba atrapado en la cocina de Cinnamon & Clover Café, con la taza en la mano, incapaz de encontrar una salida elegante mientras la sobrina de Theodore no paraba de hablar.
—Entonces, asumo que las manzanas son para las tartas y la miel para endulzar la masa —dijo Margot, paseando la mirada por la caja de madera que descansaba sobre el acero inoxidable—. Pero tendrás que explicarme qué se supone que debo hornear con esto.
Alargó una mano hacia el cajón y levantó, con expresión de absoluta perplejidad, un manojo de ramas de abeto atadas con un cordel de yute y varias calabazas ornamentales llenas de bultos.
Elias la observó desde el otro lado de la isla de cocina.
—No se hornean. Son Cucurbita pepo y pino balsámico.
—Gracias por la lección de botánica —replicó ella, frotándose la sien izquierda—. Pero sigo sin ver cómo encaja esto en el menú. ¿Es algún tipo de infusión mística local de la que Theodore no me habló?
Elias tuvo que morderse el interior de la mejilla para no sonreír. La imagen de aquella mujer de ciudad, enfundada en unos pantalones cómodos y cubierta por un suéter oscuro y holgado que a todas luces pertenecía a su tío, tratando de descifrar el propósito de una rama de pino, era casi cómica.
—Son para el escaparate, Margot —aclaró él, con voz pausada—. Theodore siempre decora la vitrina principal con motivos otoñales la primera semana del mes. Atrae a los turistas que vienen a ver el cambio de hoja.
Los hombros de ella cayeron con un suspiro profundo, y la hostilidad de sus facciones dejó paso a un cansancio devastador. Apoyó ambos codos sobre la encimera y escondió el rostro entre las manos.
—Por supuesto. Escaparates. Decoración estacional. —Soltó una risa amarga y ahogada—. Dios, mi cerebro está frito. Esto es lo que pasa cuando duermes un total de once horas en cuatro días.
Elias intentó no fijarse en la forma en que los mechones oscuros se escapaban de su moño deshecho, ni en lo afilada y brillante que era su mirada, incluso rodeada de sombras púrpura.
Era una mujer que transmitía una energía frenética, como si su motor interno estuviera acostumbrado a girar a demasiadas revoluciones por minuto.
Se aclaró la garganta, dispuesto a dejar la taza y despedirse, pero ella volvió a erguirse antes de que pudiera pronunciar palabra.
—El ruido no ha cesado, Elias. Te prometo que no estoy loca.
—Su tono se volvió analítico, como si estuviera exponiendo un informe financiero—.
He repasado todas las opciones. ¿Existe en Cedar Creek algún tipo de mafia inmobiliaria?
¿Un sindicato de panaderos rivales que quiera sabotearme?
¿Es posible que el local esté asentado sobre una falla geológica que provoque temblores a las tres de la mañana?
Elias casi se atraganta con el último sorbo de café. Tosió, bajando la taza de golpe.
—¿Mafia de panaderos? ¿Temblores geológicos?
—¡No me mires así! —protestó ella, cruzándose de brazos, lo que hizo que las mangas enormes de la chaqueta le colgaran más allá de las manos—. He descartado los asesinos en serie porque me has dicho que aquí no pasa nada, pero algo está ahí fuera. No es el viento. Y no es mi imaginación.
—Podrían ser tuberías viejas —sugirió él, intentando inyectar algo de sentido común en aquella espiral de paranoia—.
O la madera asentándose con la caída de las temperaturas.
O mapaches hurgando en los contenedores.
O, en el peor de los casos, los adolescentes del pueblo haciendo el idiota en el callejón trasero antes de ir a clase. Las opciones mundanas son infinitas.
Margot entrecerró los ojos. Sus pupilas, del color del chocolate amargo, se clavaron en él.
—¿Adolescentes?
Elias se arrepintió al instante de haber abierto la boca.
—Chavales de instituto. Ya sabes. Fuman a escondidas, dan patadas a las papeleras. Nada grave. Bueno, el sol ya ha salido y tengo que terminar mi ruta…
—¿Y qué se supone que debo hacer si es una banda de adolescentes?
—le interrumpió, rodeando la encimera para cortarle el paso hacia la puerta—.
No puedo enfrentarme a un grupo de delincuentes juveniles.
¡Soy de Manhattan! ¡No sé cómo tratar con jóvenes que respiran aire puro, seguramente son más fuertes que yo!
—No es una banda, Margot. Es Cedar Creek. El líder de los gamberros probablemente sea el chico del coro de la iglesia.
—Te ríes, pero estoy desesperada. —La firmeza de su voz se quebró un poco, revelando la grieta bajo su armadura. Bajó la mirada un segundo y suspiró—. Lo siento. No es tu problema. Bastante has hecho con no denunciarme por intento de agresión con sartén. Ya pensaré en algo.
Esa repentina vulnerabilidad, despojada de su actitud defensiva, fue lo que desarmó a Elias. La vio alisarse la solapa del pijama con manos temblorosas, intentando recomponer su fachada de mujer al mando. Era evidente que el cambio de vida la estaba superando y se sentía completamente aislada.
Maldita sea.
—Hay una Asamblea Vecinal esta noche —dijo él, frotándose la nuca con pesadez, sabiendo que se estaba metiendo en un terreno pantanoso.
Margot levantó la vista de inmediato.
—¿Una asamblea?
—En el centro cívico, a las ocho. Se reúnen cada dos semanas para debatir cosas absurdamente triviales, como el color de las farolas o quién organiza el mercadillo.
Puedes ir, presentarte como la nueva dueña del local y mencionar tu problema.
Si hay chavales merodeando, sus padres estarán en esa sala.
Una sonrisa genuina, inmensa y aliviada, iluminó el rostro de Margot. El contraste con la mujer tensa y al borde del ataque de nervios de hacía unos minutos fue tan drástico que Elias sintió un tirón extraño en la boca del estómago.
—¡Eso es perfecto! Una reunión estructurada, orden del día, reclamaciones formales… Eso sí sé cómo manejarlo. Gracias, Elias. —Juntó las manos a la altura del pecho, como si estuviera reprimiendo el impulso de abrazarlo.
Él retrocedió un paso instintivo hacia la puerta de salida, sintiendo que el aire de la panadería de repente era demasiado denso.
—De nada. Suerte con eso. Yo tengo que irme.
Ya tenía los dedos cerrados alrededor del frío metal del pomo cuando la voz de ella lo detuvo en seco.
—Tú irás, ¿verdad?
Elias cerró los ojos un instante. Odiaba las asambleas.
Su abuelo Sylvan decía que asistir a una de esas reuniones era como someterse a una endodoncia, pero con más cotilleos y peor café.
Solo iba cuando algún problema con los permisos de riego de los huertos lo obligaba estrictamente a hacer acto de presencia.
Esta semana no tenía absolutamente nada que hacer allí.
Se giró lentamente y vio a Margot mirándolo con una mezcla de esperanza y ansiedad, como si él fuera su único salvavidas en un océano de desconocidos.
—Sí —se escuchó decir, con un tono que mezclaba la resignación y el desconcierto—. Estaré allí.
El murmullo de agradecimiento de Margot le siguió mientras salía por fin al aire gélido de la mañana. Caminó hacia su camioneta con paso rápido, consciente de que las arpías del comité parroquial iban a tener un día de campo si lo veían entrar a la asamblea detrás de la forastera de la panadería.