Otoño en Cedar Creek CAPÍTULO 1
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Otoño en Cedar Creek

Otoño en Cedar Creek

Por Andrea Seoane Rios

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CAPÍTULO 1

Margot apretó los dedos alrededor del mango de la sartén de hierro fundido hasta que los nudillos se le quedaron blancos.

Nunca se había considerado una mujer violenta, pero la falta de sueño crónico estaba a punto de despertar sus instintos más primarios.

Avanzó por el estrecho pasillo que conectaba la trastienda de la panadería con la puerta de servicio, pisando con un cuidado exquisito para evitar que las viejas tablas de madera de roble la delataran.

Llevaba cuatro noches sin pegar ojo. Exactamente las mismas que habían transcurrido desde que aterrizó en Cedar Creek, huyendo del ruido perpetuo de Manhattan para instalarse en el apartamento situado sobre Cinnamon la parte trasera del local daba a un camino empedrado inmaculado, flanqueado por pinos y farolas de hierro forjado que parecían sacadas de un cuento del siglo XIX.

Aun así, nadie podía alcanzar la paz mental si creía que un asesino a sueldo estaba acampando junto a los cubos de reciclaje.

Se detuvo frente a la pesada puerta de madera maciza. A través del cristal esmerilado de la parte superior, la fría luz del amanecer apenas delineaba una silueta imponente y oscura en el exterior.

«Respira hondo», se dijo a sí misma. «Si vas a morir, al menos hazlo peleando».

Con un movimiento brusco, giró el cerrojo y abrió la puerta de un tirón, alzando la sartén por encima de su cabeza, lista para descargar un golpe letal.

—Si su intención es prepararme una tortilla, le advierto que prefiero los huevos revueltos —dijo una voz profunda y áspera, teñida de una calma exasperante.

Margot se quedó congelada, parpadeando ante la escena.

No había ningún asesino. En su lugar, un hombre ridículamente alto llenaba el marco de la puerta.

Llevaba una camisa de franela a cuadros azules y negros, luciendo una barba oscura y poblada, y sostenía en vilo una enorme caja de madera de la que asomaban decenas de manzanas rojas y varios tarros de cristal con miel.

Tardó unos segundos en procesar el rostro del desconocido, quizá porque esperaba ver un pasamontañas y no unas facciones rudas, curtidas por el viento frío de la montaña, y una espesa barba recortada que enmarcaba unos ojos de un azul intenso y glacial bajo la luz del amanecer.

Él la observaba con una ceja ligeramente arqueada, evaluando el arma improvisada de Margot con evidente escepticismo.

—¿Quién demonios es usted y por qué acecha mi puerta en medio de la noche? —exigió ella, bajando la sartén apenas unos milímetros, por precaución.

El hombre ni se inmutó. Ajustó el peso de la caja contra su torso, un gesto que hizo crujir la tela de su chaqueta en los hombros.

—Elias Thorne —respondió, con la misma cadencia tranquila—. Y no estoy acechando. El sol ya ha salido. Traigo los suministros.

Margot frunció el ceño.

—¿Qué suministros?

Elias dejó escapar un suspiro casi imperceptible.

—Manzanas de invierno. Miel de brezo. Es viernes, señorita. Theodore siempre recibe los cajones los viernes antes de encender los hornos.

El calor le subió a Margot de golpe por el cuello hasta teñirle las mejillas de rojo.

Los viernes. Claro. Edith, la veterana maestra panadera que Theodore había dejado a cargo de la transición, se lo había advertido: «El tipo de los huertos vendrá temprano al final de la semana, no te asustes si lo oyes trastear».

Las piezas encajaron en su cabeza con la precisión de un reloj estropeado.

Los golpes arrastrados. El ruido seco. Había estado apilando cajas de leña y suministros contra el muro durante toda la semana.

La vergüenza la golpeó con más fuerza que la fatiga. Bajó la sartén por completo y se apoyó contra el marco de la puerta, sintiendo que toda su fachada de mujer ejecutiva y resuelta se desmoronaba.

—Dios mío, lo siento —murmuró, frotándose el puente de la nariz con la mano libre—. Te he confundido con un ladrón. O con un psicópata del bosque. Llevo cuatro días escuchando ruidos y escucho demasiados pódcast de crímenes reales. Pensé que venías a matarme.

Elias la miró en silencio durante un instante, como si estuviera decidiendo si aquella mujer era un peligro público o simplemente un desastre andante. Sus ojos se detuvieron en las oscuras ojeras que marcaban el rostro de Margot, y la tensión en su mandíbula pareció relajarse una fracción.

—Para ser un psicópata del bosque, traerle un cargamento de fruta fresca sería una táctica bastante inusual —señaló, con una nota de sequedad que podría haber pasado por humor. Hizo un leve movimiento con la cabeza hacia el interior—. ¿Me dejas pasar? Pesa lo suyo.

—¡Sí, por supuesto! Pasa, por favor. —Margot se apartó de un salto, torpe, sintiéndose como un elefante en una cristalería—. Ponla sobre la mesa de acero del fondo.

Elias entró en la cocina con paso firme, trayendo consigo un olor a tierra húmeda, escarcha y pino.

Dejó caer la pesada caja sobre la encimera con un ruido sordo que Margot reconoció de inmediato como el causante de sus desvelos.

Él se giró hacia ella, sacudiéndose las manos callosas.

Parecía tan fuera de lugar en aquella cocina de azulejos blancos y tonos pastel como un oso pardo en un salón de té.

Margot se obligó a soltar la sartén sobre los fogones apagados.

Estaba fallando estrepitosamente en su plan de ser la nueva vecina encantadora.

Su antigua versión, la jefa hiperactiva y desconfiada, seguía llevando el volante.

Respiró hondo, forzando a sus pulmones a llenarse del aroma permanente a canela, nuez moscada, clavo, jengibre y manzana horneada que impregnaba las paredes del obrador, e intentó invocar el espíritu afable de su tío Theodore.

Cruzó los brazos y ensayó la sonrisa más normal y menos desquiciada que pudo encontrar en su repertorio.

—Siento mucho el recibimiento, Elias Thorne —dijo, notando cómo su propia voz sonaba por fin un poco más humana—. Como no he pegado ojo, estoy a punto de encender la cafetera. Supongo que un hombre que acarrea cajas de madera al amanecer no le diría que no a una taza de café negro. ¿Me equivoco?