Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 18 – Después del aplauso #2
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Capítulo 18 – Después del aplauso #2

La última frase quedó en el aire. La guitarra cayó después. El silencio fue breve, pero cargado. Lo justo para que el aplauso entrara como algo ganado y no como reflejo.

Y entonces todo volvió a moverse.

El resto del número entró, las escenas se desplazaron, Consuelo casi tropezó con un elemento de utilería, pero lo convirtió en gesto escénico con una impunidad que le merecía cárcel y premio al mismo tiempo, Belén logró que una transición técnicamente imposible ocurriera sin asesinato, Valeria sostuvo el último tramo como si hubiera nacido pegada a la consola.

Cuando el cierre llegó, el anfiteatro se llenó de aplausos de verdad. Más largos de lo que Antonia esperaba.

El cuerpo entero se le volvió otra cosa. Las luces bajaron un poco. El elenco empezó a salir en grupos. Profesores felicitando. Alumnos corriendo. Gente volviendo a respirar demasiado rápido.

Consuelo fue la primera en tirársele encima.

—No. No puedo creer que seas tú y además hagas eso.

—¿Qué cosa? —Alcanzó a decir Antonia, todavía medio aturdida.

—Eso. Quedarte así arriba con esa estabilidad.

Belén pasó junto a ellas con una carpeta, una linterna pequeña y un mechón fuera de lugar.

—Funcionó. —Siguió de largo sin detenerse porque alguien la llamó desde el lateral de luces.

Valeria apareció dos segundos después, mirando a Antonia de arriba a abajo con la compostura intacta.

—Te escuchaste en todo el anfiteatro. Bien.

Consuelo se cruzó de brazos, fingiendo una ofensa dramática.

—Tu capacidad de elogiar roza la crueldad.

—Soy una persona útil —respondió Valeria, ya dándose vuelta.

Eduardo subió por el lateral, botella en mano, con la cara demasiado satisfecha de quien no actuó ni una sola escena, pero igual siente que participó de algo.

—Bien. Declaro oficialmente que fue digno de ser visto y yo no desperdicié una tarde de mi juventud.

—Eso fue casi bonito —dijo Antonia.

—No exageres.

A unos metros, Claudio cargaba una base de madera con otro chico de tercero. Al pasar, giró la cabeza lo justo para encontrarla entre el caos. Solo esa mirada más sostenida que antes, cargada de algo que ya no cabía del todo en la categoría cómoda de amistad.

Antonia sintió el golpe leve de devolverla y después mirar a otra parte.

Pasaron varios minutos así. El anfiteatro se vació en capas.

Primero los apoderados, después los alumnos que no tenían tareas técnicas, luego parte del elenco.

Consuelo fue arrastrada por una chica del taller que quería llorar por otra cosa.

Eduardo bajó de nuevo a la sala con la promesa de “vigilar que nadie robe comida del catering”, frase que equivalía a admitir que él mismo iba a intentarlo.

Rocío se quedó un rato más ayudando a Belén con unas sillas porque, según dijo, “es más rápido hacerlo una vez bien que ver cómo lo hacen mal cinco personas”.

Antonia se dirigió atrás de bambalinas. Necesitaba respirar, su corazón se sentía acelerado. Abrió un poco las cortinas del telón y observó el escenario vacío, esbozando una sonrisa.

—Estuviste increíble —reconoció una voz conocida detrás de ella.

Santiago estaba a unos pasos, aunque sin guitarra ahora.

—No fue perfecto —murmuró Antonia bajando la mirada.

—Fue verdadero —la contradijo él con la voz más ronca de lo habitual.

Antonia sintió que el suelo del anfiteatro todavía vibraba bajo sus pies, o quizás era ella la que no dejaba de temblar. El aire en sus pulmones parecía haberse vuelto eléctrico, quemándole suavemente el pecho mientras Santiago se acercaba.

—Pensé que iba a equivocarme.

—No —aseguró Santiago, suave—. Una parte de ti sabía que podías.

Antonia lo miró. Por primera vez esa noche, no había público ni compañeros de clase. Solo él. Y la forma en que la miraba no era como antes, era clara.

Santiago dio un paso más cerca. Antonia no se movió, mientras su respiración se detenía un poco.

—Gracias por no bajarte del escenario —susurró él, y Antonia sintió que Santiago por fin soltaba el aire que llevaba guardado todo el día—. Por quedarte aquí.

Antonia exhaló, intentando recuperar la respiración.

—No sé qué está pasando.

Él sonrió.

—Yo sí.

Santiago se acercó más a ella, ya no quedaba espacio entre los dos. Antonia sentía que debería retroceder, que debería decir algo, que debería reír. Decidió no hacerlo.

El primer roce fue torpe. Él se inclinó despacio. Ella dudó medio segundo. Sus narices casi chocaron.

—Perdón —murmuró ella.

—No —pidió Santiago muy cerca—. Espera.

La mano de Santiago subió con cuidado y se detuvo en su mejilla, sosteniéndola, para luego acariciarla con el pulgar.

El beso llegó sin impulso brusco. Fue suave, inseguro. Se separaron.

Antonia sintió que el mundo se movió un centímetro, aunque ella no lograba sacar los pies de donde los dejó.

—Esto es un error —susurró sin apartarse.

Santiago volvió a acercarse a ella, esta vez con más decisión. Antonia ya no dudaba. Sus manos encontraron la tela de su camisa, y se apoyaron en ella.

El segundo beso fue más lento, más profundo. Sus respiraciones se mezclaron.

La mano de Santiago no tembló cuando volvió a subir hasta su rostro. Sus dedos recorrieron el borde de su mejilla con una lentitud que la hizo consciente de cada centímetro de piel. El pulgar rozó el pómulo, bajó un poco y se detuvo.

Ese gesto solo ya la desarmó. Antonia podía sentir el pulso en los oídos. El corazón golpeando fuerte, irregular. Tenía la sensación absurda de que él debía estar escuchándolo. Él se inclinó de nuevo, más despacio. Le dio tiempo de irse, pero ella no se fue.

Cuando sus labios se encontraron esta vez, ya no fue un roce tímido.

Al principio fue suave, casi exploratorio.

Pero la suavidad no duró mucho. Antonia sintió el calor expandirse desde el pecho hacia los hombros y hacia el cuello.

La respiración se le volvió más corta. Instintivamente dio un paso mínimo hacia adelante. Eso cambiaba todo.

El beso se profundizó. Santiago inclinó la cabeza con más seguridad, y ella respondió sin pensar.

Sus labios se movieron con más decisión.

Ya no estaban “probando”. Estaban descubriendo.

La mano que él tenía en su mejilla bajó lentamente hasta su cintura, sosteniéndola con firmeza. La acercó un poco más.

Antonia sintió la presión del cuerpo de él contra el suyo.

Sus manos, que al principio no sabían dónde quedarse, ahora subían.

Una se aferró a la tela de su camisa, arrugándola un poco sin darse cuenta.

La otra encontró su cuello. La piel tibia bajo sus dedos le provocó una descarga suave, un escalofrío que le recorrió la espalda.

El beso se volvió más intenso, más profundo. Hubo una pausa breve para respirar, pero ninguno se alejó realmente. Sus bocas permanecían cerca, rozándose, volviendo, insistiendo.

Antonia sintió algo completamente nuevo. No solo nervios, sino una urgencia suave de no soltarlo todavía. De quedarse ahí, de que ese momento no termine.

Cuando Santiago volvió a besarla, esta vez con más firmeza, ella respondió sin vacilar. Ya no había torpeza. Solo una entrega que la sorprendió. El mundo alrededor desapareció. No escuchaba nada. Solo su respiración mezclándose, roce, latidos.

Y fue justo en ese momento, cuando el beso se intensificó, cuando ya no era duda sino entrega, que una figura apareció en el pasillo lateral.

Belén.

Había vuelto por la chaqueta que olvidó en uno de los laterales del escenario. Caminó sin apuro. Hasta que los vio, entremedio de unas cortinas algo separadas. Se detuvo. Vio la forma en que Antonia se inclinaba hacia él, vio las manos, vio la cercanía.

El aire pareció quedarse suspendido en el pecho de Belén. No parecían confundidos. Eso fue lo que la hizo retroceder. Antonia no parecía atrapada en algo que no entendía. Parecía haber elegido quedarse.

Belén dio un paso hacia atrás. El suelo crujió levemente bajo su zapato, pero el sonido no llegó hasta detrás del escenario. Se quedó unos segundos más. Y luego se fue, sin tomar la chaqueta.

Cuando finalmente Antonia y Santiago se separaron, fue porque necesitaban aire. Ella apoyó la frente contra la suya, respirando rápido y con los labios todavía sensibles. No se sintió perdida. Se sintió presente. Se sintió elegida. Y eligiendo también.

Santiago deslizó la mano por su cintura una última vez antes de soltarla. La miró como si hubiera estado esperando ese momento desde antes de saberlo.

—No fue un error. —Por primera vez esa noche no sonó tan seguro como quería.

Cuando se separaron otra vez, pasó algo que no esperaba. Sintió calma. Como si algo que llevaba semanas latiendo sin forma por fin tuviera nombre. Santiago no dijo nada, pero la abrazó con cuidado, como si entendiera que este momento no necesitaba más palabras.

Ella cerró los ojos. No sabía si estaba enamorada, o qué significaba esto o qué iba a pasar al día siguiente. Pero algo era seguro: no quería desaparecer. Se sentía vista y tranquila.

Desde el lateral del escenario llegaron pasos. Eduardo asomó la cabeza primero, con dos vasos de bebida en la mano y una expresión que pasó de la curiosidad a la lucidez en menos de un segundo.

—Ya —soltó—. Claramente interrumpí algo que no quiero que me expliquen ahora.