Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 18 – Después del aplauso #3
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Capítulo 18 – Después del aplauso #3

Antonia sintió el calor subirle por el cuello. Santiago bajó la vista, solo recogiéndose.

Eduardo levantó un vaso a la altura del hombro.

—Consuelo me mandó a traerte esto porque, cito, “si se desmaya alguien hoy, no respondo”.

Antonia salió de bambalinas con las piernas un poco menos estables de lo que le habría gustado. Tomó el vaso sin mirarlo demasiado.

—Gracias.

—De nada. Y yo no vi nada.

—Eduardo.

—No vi nada útil —corrigió, y esa vez sí dejó que una pequeña sonrisa le arruinara el tono.

Santiago se quedó atrás un segundo más, guardando la funda sobre el hombro. Después salió también, tranquilo, como si no fuera a regalarle al mundo un movimiento apresurado.

Claudio apareció por la puerta lateral justo entonces, cargando una estructura liviana con otro alumno. Venía hablando de algo práctico, pero al verlos a los tres reunidos se detuvo un instante. Lo suficiente para que Antonia sintiera culpa antes incluso de que tuviera nombre.

—Belén te anda buscando —le avisó Claudio a Antonia, y la voz le salió normal, y eso fue peor—. O a cualquiera con pulso, la verdad.

Eduardo bebió de su vaso, atento a una escena que ya empezaba a ordenar en la cabeza. Santiago ajustó mejor la funda de la guitarra.

—Voy a ayudar con la salida de sonido —dijo sin mirar a nadie más de la cuenta.

Y se fue hacia el lateral de luces.

Claudio siguió avanzando con la estructura sin detenerse, pero antes de doblar hacia el otro extremo del escenario giró la cabeza hacia Antonia y le sonrió.

Eduardo alzó una mano.

—Yo me retiro de esta conversación con la dignidad que me quede.

—No tienes dignidad —murmuró Antonia.

—La fabrico sobre la marcha.

Se llevó los dos vasos y desapareció antes de que alguien pudiera detenerlo.

Antonia vio venir a Rocío en medio del escenario semivacío, con el ruido del desmontaje bajando de a poco como una marea. No supo qué decir primero: “besé a Santiago”, “Claudio no sabe nada”, “no sé qué estoy haciendo”. Rocío la miró un segundo más y suspiró.

—Ya pasó, ¿verdad?

Antonia asintió. Rocío cerró los ojos con algo de agotamiento.

—Claro.

No hubo gran reacción. Y eso, de algún modo, lo hizo peor.

—Rocío...

Ella levantó una mano.

—No. No voy a arruinarte este momento diciéndote lo que pienso mientras todavía tienes esa cara.

Antonia tragó saliva.

—¿Qué cara?

Rocío la sostuvo con una mezcla insoportable de ternura y cansancio.

—Cara de que pasó algo que sí querías.

Rocío dejó salir el aire más despacio. Antonia no dijo nada.

—Bien. Entonces te dejo tener eso cinco minutos. Después hablamos del resto.

Santa Camelia seguía siendo Santa Camelia. Y tal vez esa era la única razón por la que Antonia no sintió que iba a caerse ahí mismo. Porque alrededor suyo el internado insistía en moverse, como si le asegurara que todavía había piso, todavía había noche, todavía había mañana.

Salieron del anfiteatro más tarde, cuando ya casi no quedaba nadie adentro. El patio estaba oscuro, frío y limpio.

Consuelo iba adelante, todavía hablando del vestuario, de Cristián, de una actriz de primero que había llorado porque se le soltó una cinta. Eduardo caminaba a su lado robando galletas de los puestos que quedaban. Rocío iba con Antonia un paso más atrás, sin apurarla.

A mitad del patio, la música del comedor llegó amortiguada desde lejos. Más allá, el edificio de los chicos estaba encendido casi completo. El festival ya había terminado y, aun así, al internado todavía le quedaba energía guardada.

—No me arrepiento —dijo Antonia al fin, tan bajo que casi parecía que se lo dijera a las piedras del camino.

Rocío giró la cabeza.

—Ya lo sé.

—Pero tampoco sé qué hacer con lo demás.

La voz le salió más cansada de lo que esperaba. Rocío metió las manos en los bolsillos del chaleco.

—Bienvenida.

Cuando Antonia entró al dormitorio, el cuarto parecía más pequeño que otras noches.

Por todo lo que había adentro. El cuaderno en el velador con la advertencia.

La ropa tirada sobre la silla. La voz de Rocío todavía latiéndole en la cabeza.

El beso. La presencia de Claudio entrando justo después sin saberlo, pero casi tocando el borde de algo.

Se sentó en la cama sin sacarse los zapatos. Rocío cerró la puerta detrás de ambas y se apoyó un segundo en ella, observándola.

—No voy a decirte que hiciste algo malo por besar a alguien que querías besar.

Antonia levantó la vista.

—Gracias.

—Pero sí te voy a decir que mañana no va a ser solo mañana.

Antonia bajó la mirada al piso.

—Lo sé.

Rocío se acercó hasta su cama y se sentó en el borde, no demasiado cerca.

—Y no te lo digo para castigarte —añadió—. Te lo digo porque el otoño ya se acabó.

Antonia la miró de nuevo. Rocío sostuvo su mirada.

—Lo que venga ahora ya no se va a mover como antes.

Antonia pensó en Marina y Tomás. En cómo ellos también debieron creer, alguna noche de mayo, que un beso podía detener el tiempo.

Pero el tiempo en Santa Camelia no se detenía para nadie; solo se enfriaba.

Mientras el recuerdo del beso seguía ahí, demasiado cerca, Antonia sintió que el invierno ya no era una fecha. Era un muro.