Capítulo 18 – Después del aplauso
El Festival de Otoño le cambió el pulso al internado desde temprano. Con él llegó esa sensación de que algunas cosas estaban terminando al mismo tiempo que otras empezaban.
Cuando bajaron al comedor por el desayuno, Consuelo hablaba demasiado rápido.
Eduardo parecía extrañamente despierto para la hora, lo que ya era mala señal.
Rocío estaba callada, pero no cerrada. Belén ni siquiera se había sentado bien antes de volver a ponerse de pie porque alguien la estaba buscando por una extensión, una lista, una llave o un milagro.
Valeria entró al comedor con la libreta negra apretada contra el pecho y el pelo en su sitio, dando la impresión de que ese día no fuera a tragarse a medio colegio y ella hubiera decidido por adelantado no darle el gusto de notarse.
—Juro que, si alguien me habla de cambios de último minuto antes de las ocho y media, lo desconozco legalmente. —Belén reapareció junto a la mesa con una tostada mordida y una carpeta llena de papeles sueltos.
Eduardo levantó la vista.
—¿Tienes derecho a desconocer personas legalmente?
—Hoy sí.
—Qué envidia.
Valeria apareció detrás de ella sin hacer ruido.
—No la escuchen. Lleva quince minutos diciendo que va a renunciar y todavía no lo ha hecho.
Belén se giró.
—Y tú llevas una semana con un tono superior, actuando como la única adulta funcional del colegio.
Valeria tomó una taza vacía de la mesa de al lado.
—No exageres. Nunca dije “única”.
Rocío soltó aire por la nariz. Consuelo apoyó ambas manos sobre la mesa con fervor casi religioso.
—No peleen delante de mí, por favor. Hoy necesito creer en las alianzas humanas.
—Elegiste una pésima fecha —murmuró Antonia.
Tenía el texto doblado dentro del cuaderno. Lo sabía casi de memoria. Había dormido poco y mal, por esa mezcla más que difícil de nombrar que llevaba varios días creciéndole adentro.
Sintió el teléfono vibrar dos veces seguidas en el bolsillo del chaleco. Lo sacó debajo del borde de la mesa de madera para que los inspectores no lo notaran.
El primer mensaje era de su madre.
Mamá: Mucho éxito hoy en el festival, Anto. Sé cuánto has trabajado en esto estas semanas. Acuérdate de respirar y darte tu tiempo. Te quiero mucho.
Antonia se quedó mirando la pantalla, reconociendo ese tono medido y suave que su mamá había adoptado desde el verano. Deslizó el dedo por la pantalla táctil y abrió el segundo mensaje, que venía de un número con el que no chateaba hacía días.
Papá: Que te vaya excelente hoy en el escenario, Anto. Tu mamá me contó que te tocaba leer. Avísame después cómo salió todo. Un abrazo grande.
Eran breves, directos y prolijos. Antonia bloqueó la pantalla y guardó el aparato, sintiendo que ese par de textos, en vez de aliviarle el peso en las costillas, solo le recordaban con total nitidez el silencio que la esperaba al salir del internado.
Afuera, en el patio, los alumnos de primero corrían sin entender del todo que el internado entero iba a girar ese día alrededor del anfiteatro.
Los de tercero se movían con más oficio, cargaban cosas con aire cansado, pues mayo ya les había limado la sorpresa.
Santiago cruzó el patio con la guitarra en la funda y una carpeta bajo el brazo.
No iba solo, pero tampoco parecía acompañado.
Cuando alzó la vista y encontró la de Antonia a través del ventanal del comedor, el gesto fue tan breve que casi habría podido inventárselo: una inclinación apenas, un reconocimiento minúsculo, algo que le desacomodó la respiración sin hacerle espectáculo a nadie.
Eduardo sí lo vio. No dijo nada. Solo bajó la vista a su taza con una cara casi ofensivamente lúcida.
Al mediodía, Santa Camelia ya parecía otro.
Había estudiantes de distintos cursos pegando indicaciones en los corredores, una profesora de música que se movía con expresión de guerra antigua, grupos probando vestuario en baños, el taller de teatro instalado en una tensión que en Consuelo parecía energía divina y en Belén amenaza vascular.
En una esquina del patio interior, Antonia vio a Cristián cruzando con un grupo de tercero del taller de teatro, riéndose de algo mientras se remangaba la camisa.
Consuelo lo vio también y se quedó un segundo mirando de más.
Rocío lo notó.
—No.
Consuelo se volvió de golpe.
—Ni siquiera hice nada.
—Tu cara sí.
—Mi cara tiene libertad artística.
Eduardo, que venía atrás con una caja de botellas de agua, porque alguien lo había reclutado para una tarea que claramente no le correspondía, levantó una ceja.
—¿Ese es Cristián?
Antonia lo miró.
—¿Tú tampoco sabías?
—Sé cosas. Solo no las colecciono con esa intensidad. —Señaló a Consuelo con el codo.
Cristián giró justo entonces y saludó de lejos a Consuelo con una mano. Después siguió de largo hacia el escenario sin detenerse.
Consuelo exhaló como si se confirmara una profecía privada. Rocío se llevó una mano a la frente.
—Maravilloso. Otro foco de problemas.
—No es un problema —protestó Consuelo.
Eduardo cargó mejor la caja de botellas.
—Eso es exactamente lo que se dice antes de una semana horrible.
A las cuatro de la tarde el anfiteatro estaba tomado por completo. Los de luces, los de música, los de teatro, los de montaje, profesores, ayudantes. Desde el escenario, las butacas vacías parecían esperar con una solemnidad que daba más rabia que miedo.
Antonia pasó la tarde entre correcciones mínimas, agua, respiraciones largas, una ida al baño en la que Consuelo le tomó la cara entre las manos para decirle “no te pongas poética en el mal sentido” y una vuelta al escenario en la que Valeria le corrigió una pausa sin levantar la voz y, por primera vez en semanas, sin herirla de paso.
Eso la inquietó más de lo que la tranquilizó.
Belén andaba de un extremo al otro con la carpeta abierta y las ojeras ya más allá de lo humano.
Claudio aparecía por todos lados: ayudaba a fijar una tela, movía una base, subía a ajustar algo, bajaba con una cinta métrica, y respondía a Belén con esa mezcla rara de obediencia e ironía tranquila que solo él lograba tener con ella.
Más de una vez, cuando Antonia salía de escena o esperaba su turno, lo encontraba cerca sin que pareciera buscado.
Eso le dejaba el cuerpo tenso de una forma completamente distinta a la que le provocaba Santiago.
Poco antes de abrir puertas, Rocío se acercó mientras Antonia revisaba el texto por última vez detrás del telón lateral.
—Mírame.
Antonia levantó la vista. Rocío la observó dos segundos largos.
—No hagas nada por miedo a lo que pase después.
—Eso es espantosamente amplio.
—Sí.
—Qué útil.
—Lo sé.
Antonia tragó saliva.
—¿Eso es consejo?
Rocío se encogió de hombros.
—Es lo mejor que puedo darte hoy.
Consuelo apareció detrás con un broche en la boca, una bufanda medio deshecha y la exaltación al máximo.
—¿Quién tiene mis palabras finales? ¿Dónde está mi cuaderno? ¿Por qué esta bufanda parece una agresión textil?
Rocío no apartó la vista de Antonia todavía.
—Y tampoco te me quedes quieta solo porque no quieres decidir.
Después sí se fue. Antonia se quedó un segundo más detrás del telón, con las dos advertencias latiéndole en lugares distintos. La de Rocío. Y la otra.
No todas las historias que empiezan aquí terminan bien.
Después las puertas se abrieron y ya no hubo margen para seguir pensando.
El Festival de Otoño empezó con música de los de primero, una escena coral del taller de teatro y un número de danza que dejó a media butaca emocionalmente confundida y a la otra mitad demasiado orgullosa para admitirlo.
El anfiteatro se llenó rápido. Profesores, alumnos, algunos apoderados invitados, gente parada al fondo, murmullos, programas doblados, luces bajas, telones respirando.
Eduardo había conseguido ubicarse en una fila lateral desde donde podía ver escenario y bambalinas con igual facilidad.
Consuelo pasó dos veces cerca de él antes de salir a escena y en ambas parecía a punto de levitar.
Belén controlaba la vida con la carpeta pegada al pecho y la mirada desdoblada entre cinco cosas al mismo tiempo.
Valeria estaba a un costado de la consola, tan erguida que daba la impresión de alimentarse del orden ajeno.
Antonia sintió la respiración del anfiteatro cambiar cuando llegó su turno.
Santiago estaba en el taburete. La luz le recortaba el perfil y la guitarra descansaba sobre su pierna con una naturalidad que a Antonia todavía le parecía casi injusta.
Cuando ella ocupó su lugar, él alzó la vista.
Solo la miró restando importancia al ruido alrededor por un segundo.
Después tocó el primer acorde. La sala se ordenó alrededor de ese sonido. Antonia respiró. Y dijo la primera línea.
Esta vez no pensó en la profesora de música, ni en Valeria, ni siquiera en las butacas.
Pensó en el texto.
En la luz apagándose antes.
En lo que una aprende a soltar, aunque no quiera.
En las palabras que ya le habían dejado de parecer ajenas hacía rato.
La guitarra de Santiago la sostuvo por debajo con esa precisión suya que nunca parecía empujarla, solo hacerle sitio.
La segunda parte cayó mejor que nunca. Consuelo, desde una sombra del escenario, no respiró donde no debía.
Belén no interrumpió. Valeria no corrigió.
Claudio se había acercado un poco más al borde lateral, sin invadir nada, pero lo bastante cerca como para que Antonia lo viera cuando levantara la mirada.
En algún punto, ya en la última línea, lo hizo. Levantó la cabeza.
Vio un primer año entero quieto. Vio a Eduardo en la fila lateral con los brazos cruzados, mirándola como si estuviera archivando algo importante que todavía no sabía nombrar.
Vio a Rocío, inmóvil, sosteniendo la mirada casi con la misma dureza con que a veces sostenía las propias.
Y por un segundo, más allá de las luces y del texto y del presente, vio también el hueco imposible de Marina y Tomás, no como fantasmas, sino como eco.