Capítulo 17 – La víspera
El Festival de Otoño ya no era algo próximo. Era una presencia. Antonia sintió ese peso durante toda la semana.
El jueves, Eduardo juró que el internado olía a cansancio colectivo y Consuelo respondió que eso era imposible porque el cansancio no olía, “solo se manifestaba”.
—No sé cómo logras sonar tan convencida incluso cuando dices puras tonteras —murmuró Rocío.
—Es talento —respondió Consuelo sin una pizca de vergüenza.
Ese jueves, Antonia salía de literatura con el cuaderno apretado contra el pecho cuando Eduardo se le emparejó por la galería.
—¿Vas al anfiteatro o todavía te queda un mínimo de vida propia?
—¿Siempre eres tan amable?
—Estoy perfeccionando mi forma de querer.
Ella soltó aire por la nariz.
—Voy en cinco minutos.
Eduardo asintió, al parecer, registrando un dato importante.
—Claudio te está buscando.
Antonia giró la cabeza.
—¿Qué?
—No me mires así. Lo vi hace diez minutos con una tabla al hombro y cara de “si no la encuentro ahora, la busco después”.
—No tienes derecho a describir caras así.
—Sí tengo. Es mi aporte al grupo.
La dejó ahí con una sonrisa de molestia y se fue a alcanzar a Rocío, que avanzaba más adelante con dos carpetas bajo el brazo, las que parecía haber adoptado.
Antonia se quedó quieta un segundo en mitad de la galería, recorriendo el patio con la mirada mientras dejaba que esa frase le cayera donde tuviera que caer.
Claudio la estaba buscando. El pensamiento la dejó extrañamente inquieta: ya no podía fingir tan fácil que nada de eso estaba pasando.
Llegó al anfiteatro cinco minutos después. Sobre el escenario, Consuelo discutía una entrada con otra chica del elenco y le ponía una intensidad incompatible con la escala real del problema. Belén estaba abajo, revisando marcas con la carpeta abierta y dos lápices metidos en el moño.
—Llegaste —constató Belén, sin levantar mucho la vista—. Milagro funcional.
—Agradezco la ternura en tu recibimiento.
—No tengo energía para ternura. Toma esto.
Le pasó una hoja doblada y volvió a gritar algo hacia las luces. Antonia la miró.
Era un ajuste mínimo del texto. Dos cortes de respiración, una pausa distinta en la segunda parte. La letra de Valeria estaba al margen en azul, precisa, irritante.
—¿Esto lo cambió ella?
Belén cerró los ojos un segundo.
—Sí.
—¿Y tú estás de acuerdo?
—Estoy demasiado cansada para distinguir entre estar de acuerdo y aceptar que probablemente tiene razón.
La respuesta la hizo mirar más de cerca.
—¿Dormiste algo? —preguntó Antonia.
Belén la miró por fin.
—Eso es una agresión.
Antes de que pudiera contestarle algo, alguien apareció por el lateral del escenario con una escalera plegable en una mano. Claudio venia directo hacia donde estaba ella. Se detuvo a su lado con la facilidad de alguien que ya ha estado cerca.
—Hola.
—Hola.
Belén los miró a ambos y después a la escalera.
—¿Trajiste la otra?
—Sí.
—Te debo una vida entera.
—Ya me debes varias.
Belén asintió del todo convencida y se alejó a resolver otra cosa sin decir nada más. Claudio dejó la escalera con un ruido seco y se volvió hacia ella.
—Te busqué en la biblioteca, pero la señora Inés me echó una mirada de “aquí no hay nadie para ti”, así que supuse que estarías aquí
La observó un segundo más de lo habitual, como midiendo algo.
—¿Cómo estás?
Antonia abrió la boca para responder en automático y después la cerró otra vez. Claudio esperó. No la salvó de la respuesta fácil. Eso le gustó y le dio rabia al mismo tiempo.
—Cansada —admitió al final.
Él asintió.
—Sí. Yo también.
—Qué empático.
—Estoy esforzándome muchísimo.
Consuelo apareció en la escalera del escenario con una bufanda colgando del brazo.
—Necesito testigos de que Valeria acaba de decir que la emoción tiene que entrar con métrica.
Valeria levantó la vista desde abajo.
—Dije que, si respiran mal, se les cae el ritmo. Pero tergiversar también es un talento, supongo.
—Eres insoportable.
—Pero me necesitan.
Belén, desde la primera fila, alzó la carpeta amagando con lanzarla.
—No. Empiecen otra vez desde la segunda transición y nadie más hable durante treinta segundos.
Eso, en el idioma del anfiteatro, era una petición razonable.
La pasada empezó otra vez. Antonia subió con la hoja ya corregida.
Santiago estaba en el taburete de siempre, guitarra apoyada sobre la pierna, mientras revisaba una nota con la profesora de música.
Cuando levantó la cabeza y la vio, le hizo un gesto mínimo con la barbilla.
Claudio se quedó abajo, cerca del lateral, ocupado en fijar una tela con uno de tercero.
Arriba estaba Santiago con la guitarra. Abajo, Claudio con las manos manchadas de polvo. Antonia sintió que el cuerpo entendía la diferencia antes que la cabeza.
La pasada salió mejor que el día anterior. La guitarra de Santiago entró en el tiempo preciso. La voz de Antonia ya no peleó tanto con la primera línea. Consuelo dejó de respirar donde no debía. Belén consiguió no interrumpir hasta el final.
—Bien —decretó Valeria.
Una sola palabra. Y aun así, viniendo de ella, ya era casi una ceremonia. Belén dejó escapar el aire por la nariz.
—Milagro.
Consuelo bajó del escenario con una mano en el pecho.
—Yo sí necesito que alguien valore emocionalmente lo que acabamos de hacer.
—Lo valoro técnicamente —respondió Valeria.
—Eso no sirve.
Rocío, que había llegado a mitad del ensayo y ahora ocupaba una butaca lateral, levantó la vista de su cuaderno.
—A esta altura, sí sirve.
Antonia bajó del escenario con la hoja en la mano. Santiago se quedó un momento afinando una cuerda. Claudio se acercó por el lateral con una cinta métrica enrollada en la muñeca. Consuelo fue absorbida por otra crisis del elenco.
Rocío fue la primera en romper la escena al acercarse a Antonia.
—Necesitas comida y agua antes de seguir actuando bajo el papel de una “mártir del otoño”.
—Nunca me canso de tu ternura.
Rocío le quitó la hoja de la mano y la dobló mejor.
—Y necesitas decidir si vas a seguir poniendo esa cara cada vez que están cerca los dos.
Antonia la miró fijo.
—No sé de qué hablas.
—Mentira.
No lo dijo con ironía. Lo dijo con cansancio.
Antonia desvió la vista hacia el escenario. Santiago había terminado de afinar y hablaba ahora con Belén en voz baja. Claudio estaba revisando una marca de piso con uno de tercero. Ninguno la miraba justo en ese segundo.
—No estoy haciendo nada —murmuró.
Rocío sostuvo el cuaderno contra el pecho.
—Ese es exactamente mi punto.
Antonia volvió a mirarla. Rocío bajó un poco la voz.
—No hacer nada igual mueve cosas, Antonia.
Había demasiado detrás de esa frase como para fingir que no. Su propia historia. Lo que había dicho en el corredor. Lo que sabía ahora de una forma que no venía de teoría, sino de haberlo vivido mal.
Antonia tragó saliva.
—No sé qué hacer todavía.
Rocío asintió.
—Ya sé. Solo no te mientas diciendo que por eso nadie sale herido.
El ruido del anfiteatro volvió a entrar sobre ellas de golpe cuando Consuelo gritó que alguien le había movido una silla “con mala energía”. Rocío cerró los ojos un segundo.
—Lo que faltaba.
Se apartó antes de que la conversación pudiera hundirse más. Antonia se quedó inmóvil con la hoja doblada entre los dedos y la sensación nada agradable de que Rocío acababa de decir algo que iba a seguirle haciendo ruido varios días.
Claudio apareció a su lado dos minutos después, como si el internado se empeñara en no dejarla acomodarse nunca del todo.
—Te estoy robando tres minutos.
No fue una pregunta. Antonia lo siguió hasta una de las puertas laterales que daban a un pequeño corredor detrás del escenario. Ahí había menos ruido, aunque el festival seguía latiendo igual del otro lado de la pared.
Claudio dejó la cinta métrica sobre una silla vieja y se apoyó contra la pared.
—Quería decirte algo antes de mañana.
La frase le dejó a Antonia el cuerpo demasiado atento.
—Eso suena a amenaza.
—Podría ser peor. —Él sonrió, pero se le fue rápido—. No soy especialmente bueno hablando de mí.
Antonia no respondió. Claudio bajó la vista un segundo antes de seguir.
—Y menos cuando no es algo práctico. Supongo que por eso termino arreglando cosas. Es más fácil si uno tiene claro dónde va cada pieza.
La frase le sonó demasiado verdadera como para bromear enseguida. Él siguió, más lento ahora.
—Aquí todo el mundo me ubica por eso. Si falta algo, si algo se cae, si algo hay que mover, si alguien necesita una mano.
Y está bien. No me quejo. Solo que a veces...
—Se pasó una mano por la nuca, buscando la frase—…
A veces siento que es la única forma en que sé estar.
Si no estoy resolviendo algo, me cuesta un poco saber qué lugar tengo.
Antonia se quedó quieta. Claudio soltó una risa baja, casi avergonzado de sí mismo.
—Mira la tontera que acabo de decir.
—No es una tontera.
Él levantó la vista. Antonia apoyó una mano en el respaldo de la silla más cercana.
—No es una tontera sentir que te acostumbraste a ser útil antes que visible.
Claudio no dijo nada enseguida. Antonia siguió, más despacio, porque ya estaba ahí y retroceder sería peor.
—Hay gente que sostiene tanto que al final los demás dejan de mirar cuánto pesa. Solo empiezan a esperarlo.
Claudio la observó como si le hubiera movido algo más hondo de lo que él mismo pensaba decir esa tarde.
—Sí —admitió al final, casi en una exhalación—. Eso.
No había emoción grande en la voz. Antonia sostuvo esa mirada un segundo más.
—Pero que estés siempre cuando te necesitan no significa que seas reemplazable. Solo significa que se acostumbraron a contar contigo.
El silencio que siguió fue distinto a todos los anteriores. Claudio acababa de dejar algo suyo al descubierto y ella, en vez de apartarse, lo había recogido bien.
—Nunca te había escuchado hablar tanto seguido —dijo él con una media sonrisa extraña.
A Antonia le salió una risa breve.
—No te acostumbres.
—Tarde.
Se quedaron callados un momento. Después Claudio bajó la vista a la cinta métrica sobre la silla y volvió a hablar, todavía más bajo.
—Gracias.
Antonia no supo qué decir de inmediato. Y por una vez no sintió urgencia de decir lo correcto.
—De nada.
Claudio asintió.
—Eso era todo.
La frase la hizo sonreír un poco.
—Qué gran cierre para una conversación existencial.
—Estoy cuidando mi reputación de persona práctica.
Antes de que pudiera responderle, la voz de Belén atravesó la pared desde el escenario.
—¡Claudio!
Él cerró los ojos un segundo.
—La vida me reclama.
Antonia se apartó de la silla para dejarlo pasar. Cuando él llegó a la puerta, se detuvo junto a ella.
—Igual me alegra habértelo dicho a ti.
Consuelo apareció por la puerta casi de inmediato con una carpeta contra el pecho y expresión de espionaje frustrado.
—No me digas nada. Sé demasiado y demasiado poco al mismo tiempo.
—Tu vida es una tragedia.
—La peor. Además, Belén te necesita viva arriba del escenario y no reflexionando en rincones.
La arrastró de vuelta al anfiteatro antes de que pudiera decir nada más. Adentro, el ambiente había cambiado. Solo lo suficiente para que Antonia sintiera todo más nítido.
Santiago seguía arriba, ya solo con la guitarra, probando la entrada una y otra vez. Eduardo había aparecido en una de las primeras filas con una botella de bebida y cara de no tener por qué estar ahí, lo que en él casi siempre significaba exactamente lo contrario.
Rocío seguía en la butaca lateral. La miró cuando Antonia volvió a entrar. No preguntó nada, pero lo supo.
La pasada final del día salió cansada, desordenada y suficientemente buena como para que nadie tuviera fuerzas de seguir buscando perfección. A esa altura, el festival ya no podía pedirles pureza. Solo verdad y resistencia.
Cuando la profesora de música por fin dijo “hasta aquí”, el anfiteatro entero soltó el aire en una tregua general.
Belén se dejó caer sentada en el borde del escenario.
—Si alguien me habla de nuevo hoy, lo denuncio por violencia.
Valeria cerró la libreta.
—No andes tentando.
—No bromees con mi fragilidad.
Eduardo levantó la botella desde la primera fila.
—Brindo por ustedes, víctimas de sus propias malas decisiones artísticas.
Consuelo miró hacia arriba.
—¿Cómo te atreves a hablar así de nuestro legado?
Rocío, sin levantarse todavía, miró hacia Antonia.
—Mañana te voy a odiar desde el público porque tendrás cara de mártir poética y me obligarás a sentir cosas.
—Eso suena más a ti de lo que te gustaría.
—Sí.
Santiago bajó por fin del escenario con la guitarra colgada y pasó cerca del grupo. Se detuvo justo lo necesario para mirar a Antonia.
—Mañana no leas la segunda parte hacia abajo.
Sonó a consejo profesional. Pero el modo en que se quedaron un segundo mirándose hizo que la profesionalidad se le desarmara a Antonia por dentro igual.
—No lo haré.
Él asintió. Después siguió hablando con Belén como si nada. Pero nada era ya tan simple.
Al salir del anfiteatro, la noche estaba completamente instalada. Caminaron de vuelta al dormitorio más juntos que otras veces.
Eduardo siguió con ellas hasta la escalera porque, según él, “la víspera de festival exige comunidad mínima”.
Consuelo hablaba demasiado rápido para no pensar.
Belén se había quedado atrás, atrapada todavía en una lista.
Valeria no se veía por ninguna parte. Santiago tampoco.
Claudio menos. Y aun así ambos seguían en el aire.
Rocío se detuvo en el descanso, con la cara iluminada por la luz amarillenta del pasillo.
—Mañana no va a ser solo un show, Antonia. Ya hay demasiadas cosas tensas para que todo termine siendo solo un festival.
Nadie hizo chiste. Antonia sintió el peso exacto de eso al quedarse quieta frente a ella.
—¿Por qué lo dices así?
Rocío metió las manos en los bolsillos del chaleco.
—Porque ya llevas varios días caminando con la idea de que las cosas van a ordenarse solas si sigues avanzando suficiente.
Consuelo bajó la vista por un segundo, rara vez sobria de esa manera. Eduardo no dijo nada. Eso ya era decir mucho. Antonia sostuvo la mirada de Rocío.
—Quizá mañana solo sea el festival.
Rocío negó.
—No.
Y con esa sola sílaba dejó claro que ya había cruzado demasiado con ella como para creer en ese consuelo.
Subieron el último tramo en silencio.
Al llegar al dormitorio, Consuelo tiró la carpeta sobre la cama y anunció que no respondería por sus actos si alguien volvía a pedirle una marca más esa noche. Rocío se sentó en su cama y soltó los zapatos con una lentitud cansada. Antonia se quedó un segundo de pie, mirando el velador.
Dentro del cuaderno seguía la advertencia. Dentro de ella, lo de Claudio seguía sin encontrar sitio. Y más allá de todo, el festival ya esperaba.
Cuando por fin se sentó, Rocío levantó la vista.
—No estoy pidiéndote que resuelvas tu vida esta noche.
Antonia la miró.
—Qué generosa.
—Solo te estoy diciendo que no te hagas la sorprendida si mañana mueve cosas que ya venían moviéndose hace rato.
Mayo estaba terminando. Otoño también. Y en algún punto entre el escenario, la biblioteca, la banca bajo el árbol y ese cuarto compartido, algo ya estaba demasiado cerca de ocurrir como para seguir fingiendo que no.