Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 16 – No parece casualidad #3
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Capítulo 16 – No parece casualidad #3

—Por fin. Llevo diez minutos recorriendo este internado como huérfano. Necesito firmas para la lista del trabajo de química y Consuelo me abandonó por el arte.

Rocío no apartó la vista de Antonia enseguida. Después alargó la mano.

—Pásame eso.

Eduardo se lo entregó y recién entonces notó el ambiente.

—Ah, ya. Interrumpí algo.

—Sí —confirmó Rocío.

—Perfecto. Mi especialidad.

Antonia le quitó la hoja, firmó donde correspondía y se la devolvió. Eduardo las miró alternadamente, con esa lucidez rara suya que a veces se escondía detrás de puros comentarios idiotas.

—No sé qué me perdí, pero siento que más de lo que habría querido.

—Correcto —zanjó Rocío.

—Qué hermoso ser parte de este grupo.

Los tres empezaron a caminar hacia el anfiteatro porque, al final, casi todo en Santa Camelia durante esas semanas terminaba yendo hacia allá.

A mitad de camino se cruzaron con Consuelo, que bajaba las escaleras con una carpeta abierta, una cinta enredada en la muñeca y cara de traición existencial.

—No puedo más —declaró sin saludar.

—Menuda sorpresa —murmuró Eduardo.

—Valeria acaba de rehacer una entrada completa porque, según ella, “nadie entiende todavía cómo respirar en escena”.

Rocío cerró los ojos.

—Eso suena exactamente a Valeria.

—Y Belén no la mató porque no le quedaban fuerzas —añadió Consuelo.

Consuelo reparó por fin en sus caras.

—Ya. ¿Qué pasó ahora?

Eduardo levantó la mano como presentador de tragedias.

—No estoy autorizado a decirlo.

—No te autoricé a respirar tampoco y aquí seguimos.

Rocío tomó la carpeta que Consuelo llevaba antes de que se le cayera al suelo.

—Nada que puedas arreglar con intensidad.

—Entonces es grave.

Antonia soltó una risa breve, pese a todo. Eso bastó para que Consuelo bajara un cambio.

La tarde se fue apagando con ellas yendo y viniendo. Belén sobrevivió a dos crisis técnicas. Valeria discutió con la profesora de música sin levantar la voz ni una sola vez. Eduardo logró que medio curso firmara el papel de química solo a punta de hostigamiento amable.

Antes de subir al dormitorio, ya en el corredor que daba al patio interior, se cruzaron con un grupo de tercero que bajaba desde el anfiteatro. Consuelo, que venía todavía acelerada por el ensayo, se detuvo de golpe al verlos pasar.

—Ahí va Cristián —dijo en voz más baja, pero con una claridad inmediata.

Antonia siguió la dirección de su mirada.

Entre los estudiantes de tercero medio venía un muchacho alto con el uniforme un poco desordenado. Iba hablando con una chica del taller de teatro y se rio de algo justo antes de doblar hacia la galería central. No miró hacia ellas.

—¿Quién es Cristián? —preguntó Antonia mientras retomaban el camino hacia la escalera del pabellón.

Consuelo giró hacia ella con una expresión de ofensa casi personal.

—No me puedo creer esta pregunta.

Rocío siguió subiendo sin apurarse.

—Eso es porque tú crees que todos deberían saber siempre lo que sabes tú.

Consuelo se acomodó la carpeta contra el pecho, feliz de tener público.

—Cristián es de tercero medio. Está en el taller de teatro desde hace años, y además es de esa clase de gente que entra a un lugar con la seguridad de conocer exactamente dónde ponerse.

Los profes lo ubican, los de su curso también, y siempre termina metido en muestras, lecturas o cualquier cosa donde haya escenario de por medio.

Antonia se quitó la bufanda al llegar al descanso de la escalera.

—No suena tan terrible.

Consuelo soltó un suspiro lleno de dramatismo.

—Eso es porque no lo has visto en modo completo.

Rocío empujó la puerta del dormitorio antes de entrar.

—Traducción: a Consuelo le gusta demasiada gente con energía de problema.

—No me gusta demasiada gente —protestó ella entrando detrás—. Solo tengo sensibilidad por el carisma.

Antonia dejó el chaleco en la silla.

—¿Y por qué importa tanto que esté en teatro?

Consuelo ya estaba desarmando su bolso sobre la cama como si fuera un campo de batalla.

—Porque cuando Cristián aparece, siempre termina pasando algo. Normalmente algo teatral, innecesario y muy difícil de ignorar.

Rocío apoyó el cuaderno sobre las rodillas.

—Qué descripción más tranquila.

—Estoy siendo objetiva.

—No, no lo estás —decretó Rocío sin levantar la voz.

Antonia sonrió.

—¿Y vamos a tener que convivir con esa intensidad mucho rato?

Consuelo levantó la cabeza de inmediato.

—Es de tercero, Antonia. Llevamos conviviendo con esa intensidad años. Tú recién estás haciendo preguntas útiles.

Eso le arrancó a Rocío una exhalación que rozó la risa. Antonia se sentó en su cama.

—Entonces supongo que ya lo conoceré bien.

Consuelo sonrió con una felicidad peligrosamente sincera.

—Eso me da mucha curiosidad.

—A mí no me da ninguna paz —murmuró Rocío.

—Porque no tienes visión.

Antonia negó con la cabeza y miró de reojo el velador. Rocío la miró desde la otra cama, como si alcanzara a leerle una parte de eso en la cara.

—No dejes que las cosas decidan por ti solo porque te da miedo decidir mal.

Antonia levantó la vista.

—¿Eso fue consejo o amenaza?

—Ambas.

Consuelo se dejó caer boca arriba con un suspiro.

—Vaya grupo más agotador y precioso me tocó.

Nadie le respondió. Pero la verdad era que, en eso, al menos, tenía razón.