Capítulo 16 – No parece casualidad #2
—El festival, las clases, el internado, la biblioteca... —se corrigió antes de decir demasiado—. Todo.
Él asintió.
—A mí mayo aquí siempre me ha parecido así. Un mes donde el colegio se encoge y a la vez te exige más espacio por dentro.
Antonia lo miró.
—Eso estuvo inesperadamente bien dicho.
Claudio hizo una mueca leve.
—No se lo cuentes a nadie. Tengo reputación de persona práctica.
—Claro. Sería devastador descubrir que también piensas.
Él sonrió y se detuvieron cerca de la banca de piedra bajo el árbol donde ya habían hablado antes.
—¿Tienes cinco minutos? —preguntó Claudio.
—Sí.
Se sentaron. El silencio entre ambos volvió a acomodarse fácil. Desde el otro patio llegó el silbato de la entrenadora Herrera, todavía retando a alguien fuera de horario. Más lejos, una voz llamó a Belén y otra respondió desde una altura imposible.
Claudio dejó el estuche de herramientas en el suelo.
—Te iba a buscar después igual.
Antonia giró un poco hacia él.
—¿Ah, sí?
—Sí.
Lo dijo con una naturalidad que casi la descolocaba.
—¿Por qué?
Él bajó la vista un segundo a sus manos antes de volver a levantarla.
—No sé. Porque me gusta hablar contigo.
Antonia bajó la vista a las hojas junto a sus zapatos.
—Eso también estuvo inesperadamente bien dicho.
—Estoy teniendo una tarde fuerte.
Ella sonrió. Claudio se acomodó un poco mejor en la banca, como si hubiese decidido no retroceder de lo que acababa de decir.
—Y porque contigo no siento que tenga que estar actuando una versión más clara de mí mismo de la que en realidad soy.
Antonia levantó la cabeza despacio. La estaba mirando con calma, como quien ya asumió el riesgo de decir algo verdadero y ahora solo aguanta ahí.
—¿Te pasa eso con mucha gente? —Quiso saber ella.
Claudio soltó una risa breve, sin humor del todo.
—No.
El aire se sintió más frío de pronto. Antonia apoyó las manos a los lados de la banca.
—¿Por qué conmigo sí?
Claudio tardó un segundo, no demasiado.
—Porque cuando hablo contigo no siento que me estás midiendo. Ni esperando algo. Ni tratando de decidir antes quién soy.
—Eso es mucho para una tarde cualquiera —murmuró Antonia.
—Sí.
—Y lo dices como si nada.
Claudio sonrió de lado, cansado.
—No. Me costó todo el camino desde el taller hasta aquí.
Eso la hizo reír, y la risa alivió la tensión rara que se había instalado.
Se quedaron un momento callados. Antonia pensó, con una claridad incómoda, que Rocío había tenido razón. Con uno se le aceleraban ciertas cosas. Con el otro bajaba los hombros sin darse cuenta. Ninguna de las dos experiencias era pequeña ya.
—¿Puedo decir algo horriblemente honesto? —preguntó Claudio de pronto.
Ella lo miró.
—Eso nunca es una buena introducción.
—Lo sé —dudó—. Cuando te vi leer en el festival pensé que, si seguías subiendo a lugares así, ibas a empezar a quedar demasiado lejos del resto.
Antonia frunció el ceño.
—Eso no suena especialmente amable.
—No, espera. No lo digo mal. Lo que pensé fue... —buscó la frase con una torpeza que no le conocía tanto—… que iba a ser fácil quedarse mirándote desde abajo y no saber qué hacer con eso.
Antonia lo miró y, por un segundo, el anfiteatro que asomaba a lo lejos le pareció un lugar peligrosamente solitario, mientras que esa banca de piedra se sentía como el único lugar donde no tenía que pensar tan rápido.
Antes de que pudiera dar una respuesta que no la traicionara, una voz llegó desde la galería.
—Ya.
Rocío. Venía con las manos en los bolsillos del chaleco y la expresión exacta de alguien que no estaba sorprendida de encontrar esa escena, pero sí confirmada por ella.
Claudio alzó la vista.
—Hola.
—Hola —respondió Rocío—. ¿Interrumpo o salvo?
Antonia exhaló aire por la nariz.
—No sé todavía.
Rocío se apoyó en la baranda cercana, dejándoles un margen raro entre estar y no estar del todo con ellos.
—Belén está a punto de convertirse en polvo y Eduardo anda buscando a alguien que le firme no sé qué estupidez del curso.
—Eso sí suena grave —dijo Claudio.
—Lo es. Además, Consuelo acaba de jurar que si alguien le cambia una marca de escena una vez más se tira por una baranda “por motivos estéticos”.
—Al menos sigue estable —murmuró Antonia.
Claudio se puso de pie con el estuche en la mano.
—Debo volver al servicio.
Antonia se levantó también, quizá demasiado rápido. Él la miró un instante más. Lo suficiente.
—Nos vemos después.
—Sí. —La palabra le salió más baja de lo que había pretendido.
Claudio asintió hacia Rocío y siguió hacia el anfiteatro con ese paso suyo tan fácil, aunque esta vez Antonia alcanzó a notar una rigidez mínima en los hombros. Rocío esperó a que se alejara antes de hablar.
—Bien.
Antonia se volvió hacia ella.
—No empieces.
—No he empezado.
—Lo estás haciendo con la cara.
Rocío se acercó un poco y la miró directo.
—Te dijo algo importante.
Antonia se cruzó de brazos por puro instinto.
—Sí.
—Y tú no le respondiste nada importante de vuelta.
—No siempre tengo que responder todo en el momento.
—No. Pero el momento igual existe, aunque te quedes callada.
Ahí estaba otra vez Rocío. Leyendo el costo posible de algo antes de que se armara por completo. Antonia apartó la vista hacia el anfiteatro.
—No sé qué decir todavía.
Rocío bajó un poco la voz.
—Entonces averígualo antes de seguir dejando que todo avance solo.
El comentario no sonó duro. Sonó cansado. Y eso lo volvió peor.
Antonia volvió a mirarla.
—¿Te preocupa él?
Rocío la sostuvo un segundo.
—Me preocupas tú. Porque ya sé lo que pasa cuando una cree que no decidir también la deja fuera de las consecuencias.
El silencio entre las dos cambió de temperatura. No hacía falta que dijera más.
Eduardo apareció por la esquina con una hoja en la mano y el gesto dramático de quien ha sido traicionado por la administración escolar.