Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 16 – No parece casualidad
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Capítulo 16 – No parece casualidad

A mediados de mayo, Santa Camelia dejó de ser un colegio para convertirse en una sala de espera eléctrica.

Se notaba en Belén, que ya no caminaba, sino que corría con listas que parecían sentencias; en Valeria, que corregía la posición de cada foco con la fijeza de quien cree que el orden del universo depende de su libreta negra; y en Consuelo, que pronunciaba la palabra “atmósfera” como una especie de gas tóxico que puede asfixiar a cualquiera si no afina el tono.

Se notaba también en el frío y el internado entero parecía más nítido y más cansado al mismo tiempo. Antonia lo sintió durante toda esa semana.

El lunes amaneció con una prueba de historia a primera hora y una energía miserable en todo segundo medio.

—No puede ser legal evaluar civilizaciones antes de las nueve —murmuró Eduardo dejando caer la espalda en la banca del comedor con una taza de té entre las manos—. Hay tratados internacionales sobre esto. Estoy casi seguro.

—Tú también inventas leyes cuando te conviene —replicó Rocío, acomodándose frente a él.

—No invento. Interpreto de manera creativa.

Consuelo apareció con dos tostadas y una carpeta aplastada contra el pecho.

—Yo no estudié suficiente.

—Estudiaste —le recordó Antonia.

—Sí, pero no suficiente para sentir paz. Aunque la paz sea una ilusión burguesa.

Eduardo la miró con cansancio honesto.

—A veces hablar contigo es una forma rara de castigo.

Consuelo le sonrió con una dulzura casi insultante.

—Y aun así aquí estás.

Antonia se sentó a su lado con la bufanda todavía medio torcida y el pelo húmedo en las puntas. Había dormido mal. Durante la noche se había despertado una vez pensando en la hoja guardada por la señora Inés y en la línea del fragmento:

“ Ya no sé si lo que estamos dejando caer lo estamos soltando o simplemente lo estamos rompiendo” .

No se lo había dicho a nadie todavía con esa claridad, pero la frase seguía dándole vueltas de un modo difícil de ignorar.

Rocío la miró un segundo.

—Tienes cara de que anoche te peleaste con tus propios pensamientos.

—Me encanta la amabilidad con la que me lees.

—Gracias.

Eduardo apoyó la taza sobre la mesa.

—Yo tengo una noticia que podría alegrarte o empeorar todo, según cómo se mire.

Consuelo dejó las tostadas.

—Habla.

—Ayer me tocó quedarme castigado ordenando los libros devueltos de la sección de ciencias —explicó Eduardo, moviendo los hombros—, y vi a la señora Inés peleándose con una caja de cartón gris que tenía aspecto de no haber sido abierta desde que se fundó este lugar.

La escondió bajo el mesón en cuanto me vio, lo que en lenguaje de bibliotecaria es un “aquí hay algo que no te incumbe, criatura metiche”.

Consuelo cerró los ojos con emoción casi religiosa.

—Este hombre es tan útil cuando quiere.

—No me romantices. Me da asco.

Antonia bajó la vista a su taza vacía un instante. La campana del primer bloque cortó el desayuno.

En una de las clases, Consuelo recibió una advertencia por susurrarle a Eduardo que “las guerras se explican mejor con escenografía”.

En otra, Rocío respondió una pregunta con tanta precisión que la profesora la felicitó delante de todos y Eduardo le murmuró “qué agotadora tu excelencia” solo para ganarse una patada por debajo de la mesa.

En el recreo largo, el patio central hervía de estudiantes.

Los de primero corrían demasiado. Los de tercero vivían en grupos más compactos, conscientes de cómo ocupar mejor los espacios.

Había profesores cruzando de un edificio a otro, pelotas rodando cerca del gimnasio, voces saliendo del corredor de ciencias y, al fondo, el anfiteatro abierto como una boca siempre a medio tragar gente.

Belén bajó las escaleras con una lista en la mano y una extensión eléctrica enredada en el brazo.

—Si alguien encuentra a Pablo de primero, me lo trae vivo o no me sirve —soltó al pasar, sin saludar realmente a nadie.

—Amo el ambiente laboral —comentó Eduardo.

Valeria apareció dos segundos después, sin apuro.

—Pablo de primero está en la sala de música —reveló—. Y la extensión no sirve, esa es la que se quemó el jueves.

Belén se quedó quieta un segundo. Solo uno.

—La marqué para botarla.

—La marcaste mal.

Eduardo siguió la escena con la fascinación prudente de quien sabe que está mirando una pelea importante y no un simple mal rato.

—Un día de estos se van a decir algo irreversible —murmuró.

—Ya se lo dicen. Solo que en formato técnico —respondió Rocío.

Consuelo apareció por detrás con una hoja fotocopiada en alto.

—No puedo hablar, estoy tarde, me odian, necesito a alguien que me recuerde vivir.

—No —dijeron Rocío y Eduardo al mismo tiempo.

—¡Vaya falta de humanidad!

Y salió corriendo hacia el anfiteatro como una catástrofe con piernas.

La puerta de la pequeña bodega de utilería se cerró con un clic seco, aislando el ruido del pasillo. Adentro, el olor a madera guardada y pintura fresca envolvía el desorden de cajas y cables.

Belén caminó hasta la mesa del fondo, dejó caer la carpeta y, antes de que pudiera abrirla, las manos le empezaron a temblar de una forma que ya no pudo controlar.

El aire se le quedó atrapado en la garganta.

Se apoyó de espaldas contra el estante metálico y se deslizó despacio hasta sentarse en el suelo, escondiendo la cara entre las rodillas en un pánico silencioso que venía aguantando desde la mañana.

Las lágrimas le mancharon rápido las mangas del chaleco.

—No voy a poder —susurró con la voz completamente rota por el cansancio—. Está todo mal, Valeria... se va a caer el número de sonido, la mitad de los bloques no calzan... No puedo sola.

Valeria, que se había quedado de pie junto a la entrada con la libreta negra apretada contra el pecho, se quedó estática.

Observó los hombros caídos de Belén y la rigidez de su postura desapareció por completo.

Dejó la libreta sobre una caja, cruzó el espacio a oscuras y se agachó frente a ella en el suelo, sin importarle ensuciar el uniforme.

Con una firmeza suave, Valeria le tomó las dos manos tiritonas, obligándola a levantar la vista.

—Mírame, Belén. Respira más lento —le ordenó en un susurro bajo, despojado de toda esa frialdad que le mostraba al resto del colegio—. El festival no se va a caer. Y no estás sola.

—Es que tú misma lo repites a cada rato frente al curso... que lo ordeno mal, que ando dispersa...

—Lo digo porque si no me pongo pesada, los de tercero se relajan y el inspector nos quita las horas de ensayo —la interrumpió Valeria, apretándole los dedos con fuerza para anclarla al piso—.

Tu planilla está impecable. El enredo de los horarios de sonido lo voy a cuadrar yo hoy en la noche con la profesora. Olvídate de esa parte. Yo me encargo.

Belén la miró a través de los ojos hinchados, tragando saliva, sintiendo que el pecho por fin se le desinflaba un poco ante el alivio de la tregua.

Valeria sostuvo la mirada en silencio, revelando en ese rincón oscuro la sensibilidad sutil que jamás se atrevía a demostrar en los pasillos por puro miedo a quedar desarmada ante el resto.

Al escuchar el eco lejano de la campana que iniciaba el bloque de clases, Valeria se incorporó con rapidez cronométrica.

Recogió los papeles que se habían caído, los alineó en un bloque perfecto y se los dejó en el regazo.

En un parpadeo, volvió a encajar su expresión de control absoluto y recogió su libreta.

—Sécate la cara —murmuró Valeria, dándole la espalda para cubrirla mientras abría la puerta—. Si entramos a la sala y te ven así, van a creer que perdimos el orden. Y no lo hemos perdido.

Belén asintió, pasándose el puño por las mejillas y poniéndose de pie con un suspiro largo. Cuando salieron de vuelta al corredor, Valeria ya caminaba medio paso adelante, erguida e impenetrable, lista para volver a ser el escudo que nadie más sabía ver.

La tarde siguió juntando cosas. En química, un vaso precipitado explotó por culpa de alguien de primero en la sala de al lado y el ruido hizo saltar a media fila.

En literatura, un profesor habló quince minutos sobre memoria y simbolismo, y a Antonia le dieron ganas de pedirle que parara solo para no seguir sintiendo que el mundo le mandaba señales con demasiado entusiasmo.

En educación física, Antonia volvió a entrenar y salió con los brazos pesados, las piernas tensas y la cabeza un poco más despejada.

A la salida del gimnasio, ya cambiada y con el bolso colgando del hombro, tomó el camino lateral hacia los dormitorios.

El cielo estaba gris claro y el aire más áspero que en la mañana.

—Antonia.

Se giró.

Claudio venía desde el lado del taller con un estuche de herramientas y una bufanda mal anudada. Antonia lo vio recortarse contra el sendero y, de manera completamente injusta, se descubrió sonriendo antes de que él siquiera acortara la distancia.

Él se quedó a su lado sin invadirle el paso y empezaron a caminar juntos hacia la galería cubierta.

No es raro ya . Eso fue lo primero que pensó Antonia. Claudio aparecía más: en el comedor, en trayectos, a la salida del gimnasio, cerca del anfiteatro. No como si la persiguiera, sino como si hubiera decidido que encontrarla un poco más seguido era una forma natural de vivir la semana.

—Últimamente apareces en todas partes.

Claudio la miró de reojo.

—¿Es una queja?

Antonia negó con una sonrisa apenas visible.

—Solo me di cuenta recién.

Claudio acomodó la correa del estuche de herramientas sobre su hombro, sonriendo.

—Debe ser que el festival nos tiene dando vueltas por los mismos lugares.

Hubo un silencio breve, cómodo.

—¿Cómo estás? —indagó Claudio después.

Antonia iba a responder “bien” por pura costumbre, pero algo en el tono le hizo detenerse.

—Cansada.

—Sí, pero eso estamos todos.

Ella lo miró de lado.

—Qué considerado.

—Lo intento.

Siguieron caminando un poco más.

—No sé —admitió ella al final—. Como que todo está pasando al mismo tiempo.

Claudio no se apresuró a completar la frase por ella. Esperó.