Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 15 – Alguien no lo dejó morir
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Capítulo 15 – Alguien no lo dejó morir

Las semanas se volvieron un bucle de ruidos conocidos: el metal de las bandejas en el comedor, el eco de los pasos en el gimnasio y el silencio bajo de la biblioteca. Antonia pensaba que Santa Camelia empezaba a sentirse más como una rutina que como un lugar.

Belén y Valeria seguían tensándose. Rocío hablaba menos, aunque ya no parecía tan cerrada como antes. Nada explotaba todavía. Todo seguía juntándose.

El jueves de esa semana, Antonia tuvo que ir a la biblioteca sola: Consuelo quedó atrapada en ensayo más tiempo de lo previsto.

Rocío tenía una reunión con la profesora jefe porque, según Eduardo, “ser eficiente también trae castigos administrativos”.

El comedor estaba demasiado lleno. El dormitorio, demasiado ruidoso.

Y a Antonia le quedó esa sensación rara de necesitar silencio sin querer estar encerrada con demasiada gente.

La señora Inés la vio entrar y alzó la vista por encima de un libro abierto.

—Hoy vienes sin tu comité.

Antonia dejó la mochila en una silla cercana.

—Eso parece.

La bibliotecaria la observó un segundo largo, como evaluando si decir algo más. Al final regresó a sus papeles. Solo volvió a bajar la mirada al libro, dándole un permiso silencioso para seguir.

Antonia fue directo al rincón antiguo.

No sabía exactamente qué buscaba. Esa era la verdad. No una respuesta total, porque ya había entendido que esas no aparecían así.

Revisó primero los mismos estantes de siempre. Nada nuevo. Después pasó a la caja de préstamos viejos que la señora Inés había dejado más ordenada la semana anterior, aunque seguía pareciendo a un paso del colapso archivístico.

Abrió una carpeta delgada de registros de actividades culturales.

Ahí no esperaba encontrar nada. Justamente por eso se quedó quieta cuando, entre papeles mecanografiados, listas de utilería y un programa medio roto del Festival de Otoño de 2017, apareció un sobre pequeño, sin sello, doblado en dos.

No tenía nombre escrito afuera. Solo una hoja seca dibujada en una esquina, casi borrada.

Antonia lo miró largo rato antes de tocarlo. Lo tomó con cuidado. No pesaba casi nada.

—No me digas que encontraste otra cosa —advirtió la señora Inés desde el otro extremo del salón.

Antonia levantó la cabeza, sobresaltada. La bibliotecaria no se había movido de su mesa, pero la estaba mirando directo.

—No sé qué encontré.

La señora Inés cerró el libro que tenía delante, despacio.

—Entonces quizá deberías sentarte antes de abrirlo.

Antonia obedeció sin discutir. Se sentó en la mesa más cercana al rincón antiguo, dejó el sobre frente a sí y lo abrió con más cuidado del necesario. Adentro había una sola hoja, doblada tres veces.

La letra no era igual a la del papel de advertencia. Tampoco a la del margen del primer libro. Esta era más rápida. Más inclinada.

Desdobló la hoja. No era una carta completa, era un fragmento. O quizá una página arrancada de algo más largo. Decía:

A veces pienso que este lugar vuelve todo más intenso porque no nos deja escapar de nada.

Ni de lo que sentimos, ni de lo que no sabemos hacer con eso.

Hoy te vi ensayar y por un momento quise creer que todavía podíamos seguir hablándonos como antes.

Pero después te fuiste sin mirarme.

Y ya no sé si lo que estamos dejando caer lo estamos soltando o lo estamos rompiendo.

Antonia dejó de respirar un segundo. Lo que acababa de leer era dolorosamente real. Levantó la vista.

La señora Inés seguía al otro lado, quieta, como si ya supiera que el hallazgo no era pequeño.

—¿Lo puedo leer?

Antonia dudó antes de extenderle la hoja. La bibliotecaria la leyó en silencio. Solo cuando terminó apoyó la hoja con las puntas de los dedos sobre la mesa.

—Eso sí parece de ellos.

—¿De Marina o de Tomás?

La señora Inés volvió a mirar la letra.

—No sé. Nunca vi nada escrito por ninguno como para jurarlo. Pero sí parece de alguien ahí adentro. En esa historia.

El silencio de la biblioteca se volvió más pesado. Antonia volvió a leer el fragmento.

“ No nos deja escapar de nada ”.

“ Lo estamos soltando o simplemente lo estamos rompiendo ”.

Había algo en esas líneas que no se parecía solo a Marina y Tomás. Se parecía a Santa Camelia entera: a esa forma que tenía el internado de cerrar las distancias, de volverlo todo demasiado cerca, demasiado difícil de ignorar.

—No quiero sacarlo de aquí —decidió al final.

La señora Inés asintió.

—Bien.

—Pero tampoco quiero dejarlo donde estaba como si no lo hubiera visto.

La bibliotecaria la observó un segundo.

—Podemos guardarlo aparte. Temporalmente. Sin moverlo demasiado de su contexto.

Antonia soltó aire por la nariz.

—Usted habla de esto como si fuera una excavación.

—En cierto sentido lo es.

Eso la hizo sonreír, lo justo para poder respirar mejor.

Guardaron la hoja en una carpeta lisa, sin etiquetas, y la señora Inés la dejó en un cajón del mesón principal.

—¿Les vas a contar a tus amigas? —Quiso saber antes de que Antonia se fuera.

—Sí.

—Bien.

Antonia se puso la mochila al hombro.

—¿Eso era una aprobación?

—No exageres.

La sequedad la hizo sonreír otra vez.

Al salir de la biblioteca, se encontró con Eduardo en la galería del patio central. Venía con un sándwich envuelto en servilleta y cara de haber sobrevivido a algo injustamente escolar.

—Ya. Tienes cara de hallazgo —comentó en cuanto la vio.

Antonia casi se rio.

—¿Ustedes se ponen de acuerdo para decir eso?

—No. Pero estás muy expresiva últimamente.

Eso la hizo entrecerrar los ojos.

—Eres muy amable.

—No digo que sea malo. Digo que estás menos críptica. ¿Eso cuenta como crecimiento?

Antonia se apoyó un segundo en la baranda.

—Encontré algo en biblioteca.

Eduardo bajó de inmediato el sándwich.

—¿Algo de verdad o algo Consuelo- style ?

—Algo de verdad.

Esa vez su amigo dejó de bromear del todo.

—¿Quieres que llame a las otras?

Antonia pensó un segundo.

—Sí.

Eduardo asintió y se guardó la mitad del sándwich en el bolsillo del chaleco como si eso fuera una decisión completamente razonable.

—Consuelo está atrapada en el anfiteatro con Belén, y a Rocío la vi pasar frente al comedor hace un minuto —explicó Eduardo moviendo los hombros—. En este lugar las noticias vuelan si sabes a quién no escuchar. Dame cinco minutos y las traigo, pero no te muevas de aquí.

La dejó ahí mientras enfilaba primero hacia la escalera del anfiteatro. Antonia se quedó sola unos segundos, viendo el patio cruzado por estudiantes que iban y venían.

Consuelo fue la primera en llegar, casi trotando.

—¿Qué pasó? Eduardo dijo “algo de verdad” y yo dejé a Belén hablándole a una tabla.

—Esa frase merece contexto —murmuró Antonia.

Rocío apareció un minuto después, todavía con el cuaderno de la reunión bajo el brazo. Llegó con la cara seria, pero Antonia vio de inmediato que estaba alerta.

Eduardo volvió el último, comiendo ya otra vez como si haber convocado al grupo no le impidiera sostener una merienda.

—Bien —apremió Consuelo—. Habla o me muero.

Antonia respiró una vez. No quiso decirlo ahí mismo, en medio del corredor. Así que los llevó a la escalera lateral de la biblioteca, donde pasaba menos gente y el ruido del patio llegaba más amortiguado.

Ahí les contó. Consuelo se quedó inmóvil. Rocío escuchó sin interrumpir, el cuerpo entero cada vez más quieto. Eduardo dejó de comer. Incluso eso.

Cuando Antonia terminó, el silencio fue tan completo que por un segundo creyó haber dicho algo mal.

—Eso ya no es una pista —murmuró Eduardo al fin—. Eso es un pedazo de historia.

—Sí —coincidió Rocío.

Consuelo se llevó una mano a la boca.

—Y duele.

No había mejor forma de decirlo. Antonia apoyó la espalda en la pared fría.

—La señora Inés cree que sí es de ellos. O al menos de esa historia.

Rocío alzó la vista.

—¿Y el otro papel?

—No es la misma letra.

Rocío asintió, procesándolo.

—Entonces sí hay una separación clara. Lo viejo y lo nuevo.

Eduardo frunció el ceño.

—Lo cual vuelve peor el nuevo.

—Sí —asintió Antonia—. Porque significa que alguien de ahora conocía esto. O lo encontró antes. O quiere que lo relacionemos.

Consuelo bajó la mano de su boca y habló más bajo.

—¿Y si no quiere que lo relacionemos? ¿Y si quiere avisarnos algo?

La pregunta quedó ahí. Rocío miró el suelo de la escalera unos segundos antes de responder.

—A estas alturas ya no sé qué quiere esa persona. Solo sé que no fue casual.

Desde el patio de los chicos llegó una voz llamando a Eduardo. Otra llamó a Consuelo desde el anfiteatro con tono de inminente tragedia. El mundo seguía empujándolos. Pero ninguno se movió enseguida.

—No quiero parar ahora —dijo Antonia.

Nadie la miró raro. Rocío fue la primera en asentir.

—Yo tampoco.

Consuelo tragó saliva.

—Cada vez me da peor espina, pero tampoco.

Eduardo se guardó la mano en el bolsillo del chaleco.

—Esto es una pésima idea. Así que claramente estoy adentro.

La frase les arrancó una risa mínima a los cuatro.

Entonces apareció Belén al pie de la escalera. Venía con la carpeta apretada contra el pecho, el pelo escapándosele del peinado y cara de que el festival había decidido asesinarla en cuotas.

—Consuelo, si no bajas ahora mismo, juro que... —Se detuvo al verlos—. ¿Qué pasó?

Nadie respondió altiro. Belén miró las caras una por una y dejó escapar el aire.

—Ya. No me digan que traen otro cahuín del festival o más problemas porque hoy no tengo capacidad para atender dramas.

Belén estaba demasiado encima del festival, demasiado frágil ya por otras partes. ¿Qué tanto sabía Belén realmente del pasado del festival? ¿Qué tanto sabía Valeria? ¿Qué tanto se hablaban esas historias dentro del propio anfiteatro sin pasar por biblioteca?

—Nada nuevo —zanjó Antonia al final.

Belén entrecerró los ojos, no convencida del todo. Pero el cansancio pudo más.

—Bien. Mejor. Porque si hoy algo más se complica, yo me vuelvo líquida.

Consuelo bajó un escalón, todavía medio ida.

—Ya voy.

Belén la miró un segundo más largo y después a los otros.

—No se queden con cara de funeral al lado de la biblioteca. Van a creer que les hice algo.

Eso le arrancó a Eduardo una risa.

—No sería tan raro.

Belén lo fulminó con la mirada y se llevó a Consuelo de vuelta hacia el anfiteatro.

Cuando se fueron, el grupo quedó otra vez reducido.

—Hay algo más —dijo Rocío de pronto.

Antonia la miró.

—¿Qué?

Rocío apoyó el cuaderno contra la pared.

—Marina y Tomás no solo importan porque terminaron mal. Importan porque alguien quiere que miremos esa historia ahora. Y eso significa que el problema ya no es solo lo que les pasó a ellos.

Eduardo se pasó una mano por el pelo.

—Gracias por decir justo lo peor posible.

—De nada.

Rocío tenía razón. La historia vieja importaba. Sí. Pero el centro empezaba a moverse.

Antonia subió las escaleras del dormitorio con la sensación de que ya no caminaba sola por los pasillos.

Alguien, desde la sombra o desde el pasado, estaba tendiendo un camin de migas de pan en su dirección.

Y el problema de las migas de pan —pensó Antonia mientras cerraba la puerta del cuarto— es que siempre te llevan exactamente a donde el otro quiere que vayas.