Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 12 – Cuando baja el ruido #3
74%

Capítulo 12 – Cuando baja el ruido #3

—¿Y a Tomás Vergara?

La bibliotecaria ladeó la cabeza.

—También.

Rocío la observó con atención, apretando la mandíbula.

—¿Qué pasó entre ellos?

La señora Inés no respondió enseguida. Miró primero el anuario, después la caja de fichas más allá, después a las tres.

—Eso no es una pregunta pequeña —dijo al fin.

—Lo sabemos —contestó Antonia.

La mujer se quedó en silencio unos segundos más, pensando.

—No sé todo —admitió al final—. Y lo que sé no lo sé completo. Los internados funcionan así. Todo el mundo ve una parte y después la historia completa se arma mal, o tarde, o nunca.

Consuelo asintió como si acabaran de pronunciar un principio sagrado. Rocío no se movió.

—Igual sabe algo.

La señora Inés la miró directo.

—Sí.

Se acomodó mejor junto a la mesa, ya claramente resignada a que esa conversación iba a existir.

—Marina venía mucho a la biblioteca. Más que Tomás. Él aparecía de vez en cuando, la esperaba a veces, tocaba guitarra en el patio viejo o en el anfiteatro cuando lo dejaban. Eran de esos estudiantes que terminan volviéndose parte del paisaje porque siempre están en los mismos rincones.

Antonia sintió el parecido antes de poder detenerlo. La guitarra. La biblioteca. El anfiteatro.

—¿Eran pareja? —preguntó Consuelo, perdiendo por completo el control de la prisa.

La señora Inés le dedicó una mirada seca.

—No todo pasa por tu necesidad de romance.

Consuelo la miró alzando las cejas.

—Yo nunca dije romance. Dije pareja.

Rocío cerró los ojos un segundo.

—Eres insoportable.

La bibliotecaria siguió como si eso no hubiera pasado.

—No sé qué eran exactamente. Sí sé que estaban muy cerca. Y sí sé que, hacia el final de ese año, dejaron de estarlo de la misma manera.

Antonia apretó los dedos sobre el borde de la mesa.

—¿Por qué?

La mujer exhaló por la nariz.

—Porque algo pasó.

—Eso no aclara nada —murmuró Rocío.

—No, pero es lo honesto. No aclara nada porque yo tampoco tuve nunca la historia entera. Se dijo que discutieron. Que alguien se metió. Que una de las dos familias hizo ruido. Que hubo una carta. Que no la hubo. En un internado, si esperas una sola versión, te mueres antes.

—¿Una carta? —Se extrañó Consuelo.

La señora Inés se encogió de hombros.

—Se dijo. No sé si era cierto.

Antonia miró de reojo a Rocío. Rocío ya estaba pensando en línea recta, delatando esa rigidez en la espalda que aparecía cuando ordenaba las piezas.

—¿Y después? —preguntó Antonia.

La bibliotecaria bajó un poco la voz, aunque no había nadie lo bastante cerca como para oír de verdad.

—Después, Marina dejó de venir tanto. Tomás siguió un tiempo más.

Y luego se acabó el año, como se acaban los años aquí.

La mitad de las historias importantes en Santa Camelia quedan partidas por las vacaciones, por egresos, por familias, por cambios de curso.

Lo que no se termina bien tampoco siempre se explica.

Nadie habló enseguida. Consuelo bajó la vista a sus manos, apretando los dedos contra el borde de la mesa hasta ponerse los nudillos blancos. Antonia sintió el impulso de tocarse el bolso, donde sabía que el cuaderno guardaba el peso de la advertencia.

La señora Inés dejó la taza sobre la mesa con un clac seco que las hizo saltar. Sus ojos, acostumbrados a leer entre líneas y detectar mentiras en los pasillos, se clavaron en Antonia con una fijeza que quemaba.

—Esa cara no es por una historia de 2018, Antonia —susurró de forma áspera—. Es por algo que tienen quemándoles la conciencia ahora mismo. Solo recuerden que a veces lo que se deja guardado no se guarda por gusto. Se guarda porque era lo único que alguien pudo hacer con eso.

Antonia sintió el peso de sus palabras en el estómago.

Después, regresando a su rol habitual, la señora Inés tomó el anuario, lo dejó mejor alineado sobre la mesa y añadió:

—Y no me doblen las páginas.

Se fue sin mirar atrás. Consuelo dejó salir el aire de golpe.

—Bueno.

Rocío la miró.

—No. No “bueno”.

—Ya sé, ya sé. Pero... bueno igual.

Antonia bajó la vista a la línea del anuario otra vez.

Marina Arce y Tomás Vergara.

No sabía exactamente qué sentía. Ya no conseguía separar del todo la historia de Marina de lo que les estaba pasando ahora.

—Nos falta muchísimo.

Rocío asintió.

—Sí.

—Pasamos de seguir un fantasma a desenterrar a dos personas que colapsaron —añadió Consuelo más bajo que antes.

Antonia cerró el anuario despacio.

—Y alguien del presente dejó la advertencia.

Ahí estaba el punto al que siempre volvían: Marina y Tomás eran del 2018, las marcas podían ser del 2018, la historia rota podía ser del 2018. Pero el papel en el dormitorio no. Ese no.

—Tenemos que volver al cuarto —anunció Rocío.

Antonia levantó la vista.

—¿Ahora?

—Sí. Quiero revisar otra vez el cuaderno donde guardaste el papel. Y pensar. Lejos de esta mesa. Lejos de tu amiga, además, que ya tiene cara de estar construyendo hipótesis inmorales.

Consuelo se ofendió con dignidad.

—Mis hipótesis jamás son inmorales. A lo sumo ambiciosas.

Salieron de la biblioteca con el anuario ya devuelto y la cabeza más llena que antes.

Caminaron en silencio un rato. Fue Consuelo la primera en romperlo, contra todo pronóstico sin exageración.

—No me gusta.

Rocío la miró de lado.

—¿Qué cosa exactamente? Tendrías que ser más específica.

—Que cada vez cuesta más creer que todo esto sea casualidad.

Antonia metió las manos en los bolsillos del chaleco.

—A mí también.

Rocío siguió mirando al frente.

—No quiero que empiecen a actuar como si esto fuera una profecía.

—No lo estoy haciendo —dijo Antonia.

—Bien.

Consuelo bajó un poco la voz.

—Solo digo que quizá el internado repite cosas porque nadie las termina de cerrar bien.

Rocío hizo una mueca.

—Eso suena a frase que una deja escrita dentro de un libro.

—Gracias.

—No era elogio.

Subieron la escalera del pabellón de dormitorios cuando la campana de la tarde sonó a lo lejos, amortiguada por los muros de piedra.

Al entrar al cuarto, Antonia fue directo al velador. Sacó el cuaderno y abrió entre las páginas donde había guardado el papel. La frase seguía ahí, intacta y hostil.

No todas las historias que empiezan aquí terminan bien .

Consuelo se sentó en el borde de su cama.

—Cada vez me gusta menos.

—Esa sí es una reacción sana —murmuró Rocío.

Antonia dejó el papel sobre la colcha. Las tres lo miraron en una fijeza densa. Parecía que la hoja pudiera cambiar solo por estar de nuevo a la vista.

—La señora Inés no sabía de esto —dedujo Rocío.

—No —respondió Antonia.

—Eso confirma que es posterior. O al menos más reciente.

Consuelo apoyó los codos en las rodillas.

—¿Y si quien lo dejó conocía la historia de Marina y Tomás?

—Probablemente sí —dijo Rocío.

—¿Y si quiere que nos detengamos?

—También.

Antonia pasó el pulgar por el borde de la hoja sin tocar la tinta.

—O quiere que sigamos con miedo.

Rocío levantó la vista hacia ella. Consuelo se dejó caer hacia atrás sobre la cama.

—Qué cansancio da el misterio cuando deja de ser etéreo y se pone interpersonal.

Rocío cruzó los brazos.

—Bienvenida al mundo.

Antonia guardó otra vez el papel dentro del cuaderno, más por necesidad de orden que por otra cosa. Después cerró despacio y lo dejó sobre el velador.

La habitación quedó unos segundos en silencio.

Ahora Marina Arce y Tomás Vergara ya no eran una sombra inventada.

Tenían nombre, música, lectura, una historia a medio contar y un final torcido.

Y por debajo de eso seguía latiendo otra cosa, el presente.

El hecho de que alguien había puesto una advertencia en su camino, aquí y ahora.

Rocío se puso de pie.

—Mañana seguimos.

Consuelo levantó la cabeza.

—¿Mañana seguimos?

—Sí. Pero con cerebro. No con teatro.

Consuelo señaló su pecho.

—Te ofende gratuitamente que yo exista.

—A veces.

Antonia sonrió.

—Mañana seguimos.

Las palabras le salieron con más firmeza de la que esperaba. Porque estaba asustada un poco, sí. Inquieta también. Pero debajo de eso había otra cosa más terca: la sensación de que ya no podía mirar hacia otro lado.

La noche cayó sobre el dormitorio con un peso azul y frío.

Antonia guardó el papel y, por un momento, el silencio del cuarto le pareció más ruidoso que cualquier ensayo en el anfiteatro.

Afuera, las luces seguían encendidas en otros dormitorios como si nada hubiera cambiado.

Ignorando que ellas ya no eran las mismas que habían entrado a la biblioteca esa tarde.