Capítulo 13 – Lo fácil también mueve cosas
El miércoles empezó con sueño. No con drama ni con sobresaltos ni con ninguna de esas intensidades que a Consuelo le gustaba adjudicarles a las cosas antes de las ocho de la mañana. Solo sueño.
Antonia lo supo en cuanto abrió los ojos. Consuelo todavía dormía atravesada sobre la frazada, completamente ajena al concepto de dignidad matutina, mientras Rocío ya estaba despierta con un cuaderno abierto sobre las rodillas.
—No es normal que ya estés funcionando —murmuró Antonia sentándose despacio.
Rocío mantuvo la vista fija en el papel un par de segundos antes de reaccionar.
—No estoy funcionando. Estoy sobreviviendo.
Eso le arrancó una sonrisa pequeña.
La noche anterior no había sido liviana. Marina Arce y Tomás Vergara seguían girando en su cabeza de una forma rara. Los nombres de ambos volvían más real una historia que antes todavía podía pasar por intuición.
Bajaron al desayuno, corrieron entre bloques, soportaron la energía sospechosa de una profesora de química, sobrevivieron a una hora de lenguaje donde Consuelo opinó sobre un cuento con tanta convicción que Eduardo le susurró “nadie te pidió una tesis” y se ganó un codazo casi ceremonial en las costillas.
A la salida de la tercera hora, se encontraron los cuatro en el corredor que daba al patio sur. Eduardo llevaba una hoja doblada dentro del cuaderno y cara de querer decir algo desde hacía rato.
—Bien. —Se apoyó en la baranda—. Traigo información innecesariamente interesante.
Rocío lo miró con cansancio preventivo.
—Esa frase es más peligrosa.
—Gracias. La pensé en la clase anterior mientras fingía tomar apuntes.
Consuelo se acercó de inmediato, con los puños apretados en los costados.
—Habla —exigió secamente.
Eduardo levantó la hoja.
—No es gran cosa. Pero ayer, después de dejarlas, me acordé de que en el taller de debate hay una niña de cuarto que es prima de alguien que salió en 2018. No le pregunté directamente por Marina porque no soy un animal, pero sí saqué el tema del Festival de Otoño de ese año.
Antonia lo miró con más atención.
—¿Y?
Eduardo se encogió de hombros.
—Y que, según esta versión súper confiable de la vida, fue más íntimo que otros. Y que después hubo comentarios, pero nadie lo decía muy claro. Y también contó que después hubo una historia rara entre dos de tercero. Nada más. Todo bien impreciso.
Consuelo tomó el antebrazo de su amigo con ambas manos.
—Eduardo. Estoy orgullosa de ti.
—No me hagas esto.
Rocío tomó la hoja doblada y la abrió. Eduardo había escrito tres líneas, más nombres tentativos que certezas, y abajo una frase subrayada:
Cierre de lectura + guitarra / historia rara después.
Antonia se había quedado rígida. Rocío levantó la vista hacia ella, dándose cuenta del gesto. Eduardo, por suerte, no preguntó demasiado. Solo guardó la hoja otra vez en su cuaderno.
—Todavía no sabemos qué significa.
—Ojalá nada —murmuró Consuelo, aunque no sonó convencida.
La campana los interrumpió antes de que pudieran seguir.
A Antonia le tocó entrenamiento más tarde. No largo, pero suficiente para salir del gimnasio con el cuerpo cansado y la cabeza un poco más ordenada. Le gustaba esa sensación. A la salida se echó agua en la nuca, recogió el bolso y caminó hacia el pabellón de dormitorios.
La tarde estaba fría, pero limpia. Después de dos días de nubosidad ligera, el cielo había quedado despejado, y Santa Camelia entera parecía dibujada con líneas más nítidas: los techos oscuros, las galerías de piedra, mientras los árboles dejaban caer hojas secas sobre el camino.
Un grito la detuvo cuando bajaba por el sendero lateral.
—Antonia.
Se giró.
Claudio venía desde el taller de montaje con una chaqueta mal cerrada que parecía haberle perdido la batalla al apuro desde temprano. Tenía una mancha de pintura gris en la muñeca y el pelo un poco más desordenado de lo habitual.
—Hola —sonrió ella.
—Hola. ¿Vienes del gimnasio?
—Sí. ¿Tú vienes de salvar otra estructura del festival?
Claudio la miró con simpatía.
—Belén afirma que sí. Yo creo que exagera por deporte.
Antonia sonrió.
—Eso no suena nada improbable.
Empezaron a caminar en la misma dirección casi sin decidirlo.
—¿Qué tal el entrenamiento? —Quiso saber Claudio.
—Bien. Cansador. Como todos los entrenamientos.
—Qué poco entusiasmo.
—No todo en la vida puede ser una crisis artística como las de tu sector del internado.
Claudio soltó una risa.
—Por favor. Mi sector del internado solo transporta cosas pesadas y asiste a colapsos ajenos.
—Tienes un oficio muy noble.
—Intento serlo.
Siguieron unos pasos más bajo la galería cubierta. A su izquierda, el patio sur estaba casi vacío. A la derecha, se veían las ventanas altas del edificio de ciencias y, más allá, una parte del camino que subía hacia el anfiteatro.
Era raro lo fácil que se hacía hablar con él. Antonia lo notó otra vez. Claudio estaba ahí y bastaba.
—Eduardo mencionó hoy que el festival de este año ya parece una amenaza psicológica —comentó ella.
Claudio asintió con aire grave.
—Belén lleva tres días comunicándose a puro café y rencor.
—Eso es bastante cierto.
—Y Valeria... bueno.
La frase quedó a medio camino. Antonia lo miró de lado.
—¿Y Valeria qué?
Claudio hizo una mueca leve, como quien no quiere hablar demasiado pero tampoco puede hacerse el tonto.
—Valeria tiene la habilidad de hacer que una solución venga con una humillación incorporada.
Antonia soltó aire por la nariz.
—Sí.
—Aunque no sé si siempre lo hace a propósito.
Eso la hizo girar la cabeza.
—¿No?
Claudio se encogió un poco de hombros.
—A veces creo que sí. A veces creo que simplemente no sabe sonar de otra manera cuando siente que tiene razón.
La respuesta la dejó pensando. Era una lectura más generosa de lo que había esperado.
—Belén sí lo vive como algo personal —observó Antonia.
—Porque en parte lo es.
—¿Qué quieres decir?
Claudio se acercó más a ella para evitar una rama baja antes de responder.
—Que Belén sostiene muchas cosas del festival de forma concreta. Horarios, listas, gente, problemas. Y cuando Valeria aparece corrigiendo desde arriba, por muy útil que sea, a veces parece que el trabajo invisible de Belén no bastara.
Antonia lo miró con atención nueva.
—Eso estuvo demasiado bien pensado.
—No te acostumbres. La mayoría del tiempo improviso.
—Eso es sospechoso.
—Bueno, me esfuerzo.
Ella sonrió y se acomodó mejor el bolso al hombro.
—Igual Valeria también sostiene cosas.
—Sí. Por eso es tan desagradable discutir con ella. Porque muchas veces no está equivocada.
—Eduardo opina lo mismo.
Claudio alzó las cejas.
—Entonces Eduardo y yo compartimos dolor.
Llegaron al cruce donde el camino se dividía entre el pabellón de dormitorios, el comedor y la subida al anfiteatro. Claudio se pasó una mano por la nuca, cansado.
—¿Quieres sentarte un rato? —Señaló una banca de piedra bajo uno de los árboles—. Antes de que me llamen de vuelta al servicio técnico nacional.
La propuesta era tan simple que a Antonia le dio risa. Solo tiempo. Un rato.
—Sí.
Se sentaron con una distancia cómoda.
El árbol de encima había empezado a soltar más hojas esa semana. Una hoja le cayó en el hombro y Antonia se la quitó con un gesto rápido, distrayéndose del frío que empezaba a colarse por las mangas del chaleco.
—Siempre olvido que este lugar existe —admitió Antonia mirando el patio desde ahí—. Y después vuelvo y me acuerdo de que me gusta.
—Eso pasa harto en este internado.
—¿En qué cosas?
Claudio la miró.
—En rincones, en personas o con versiones de una misma semana.
Antonia lo miró atenta y, por un segundo, quiso preguntarle desde cuándo pensaba así.
—¿Te acuerdas de todo? —insistió en cambio.
Él soltó una risa breve.
—No. Pero me fijo.
—Sí, eso ya lo noté.
Se hizo un silencio pequeño.
Antonia dejó el bolso a un lado.
—Hoy me hacía falta esto.
—¿Sentarte?
—No. Hablar con alguien sin que todo se sintiera importante.
Claudio giró hacia ella.
—Buenísima señal.
—¿Por qué?
—Porque si todo te empieza a parecer demasiado importante, después no sabes dónde apoyar la cabeza.
—Eso sonó personal.
—Probablemente.
Antonia bajó la vista a las hojas secas junto a sus zapatos. Se miró las manos, entrelazando los dedos sobre las rodillas con fuerza antes de volver a hablar.
—A veces siento que desde que volví todo se me empezó a mezclar. El internado, mi casa, el festival, la biblioteca, la gente. Todo se está moviendo al mismo tiempo y yo estoy tratando de mirar cada cosa por separado, pero no se deja.
Claudio no respondió enseguida.
—Quizá no tienes que separarlo tanto —añadió al final.
Antonia levantó la vista.
—¿No?
Él negó.
—A veces no toca entender todo altiro. Toca pasar la semana y ya.
La frase la hizo sonreír de lado.
—Qué optimismo.
—Eso es optimismo en Santa Camelia. Aquí aspiramos a supervivencia digna.
—Te falta ambición.
—No. Soy realista.
Ella soltó una risa más clara. Le gustaba eso. Que la conversación con Claudio no tuviera bordes afilados, sino un ritmo casi familiar. Quizá por eso, cuando volvió a hablar, la pregunta le salió más fácil de lo que habría pensado.
—¿Tú siempre has estado tan metido en el anfiteatro?
Claudio se encogió un poco de hombros.
—No tanto en lo artístico. Más en lo que nadie quiere hacer. Mover cosas, arreglar cosas, subir cosas, evitar que algo se caiga encima de alguien...
—Muy heroico.
—Gracias. Nunca me reconocen lo suficiente. —Le dedicó una sonrisa.
Antonia lo miró devolviéndole el gesto.
—Eso explica por qué Belén te quiere tanto.
—Belén quiere a cualquiera que le resuelva un problema sin sumarle otro.
—Y Valeria...
Él completó la idea con una exhalación por la nariz.
—Valeria quiere que el problema no exista desde antes.
Se quedaron callados un segundo. Luego Claudio añadió, con más cuidado:
—Igual creo que se conocen demasiado bien para que sea solo mala onda.
Antonia pensó en el corredor, en la frase de Belén, en la respuesta de Valeria.
—Sí. Yo también.
Claudio apoyó los antebrazos sobre las rodillas y la miró de reojo.
—Te escuché hablar el otro día otra vez.
Antonia soltó aire por la nariz.
—¿Otra vez?
—¿Qué quieres que haga? El internado es chico y tú andas recitando ahora.
—No “ando recitando”.
—Bueno. Lees cosas muy bien en lugares con eco.
Ella negó con la cabeza.
—Sigo sin acostumbrarme a que tanta gente me haya visto.
—Eso se te va a pasar.
—¿Sí?
—No. Pero probablemente aprenderás a disimularlo mejor.
La risa le salió sola.
—Eres muy amable.
—Estoy en mi peak de apoyo emocional.
Hubo un momento breve en que ninguno habló. Antonia sintió la mirada de él quedarse un segundo más.
—Igual te quedaba bien —completó Claudio al final, más bajo—. Estar ahí.
Antonia sostuvo la mirada y se sorprendió al notar que no sentía la necesidad de desviar la vista para protegerse, como le pasaba con Santiago. Con Claudio, el silencio no era un examen que tuviera que aprobar. Entonces una voz gritó desde la subida del anfiteatro:
—¡Claudio!
Belén.
Él cerró los ojos un segundo sin dramatismo.
—Y aquí termina mi carrera de hombre libre.
Antonia sonrió.
—Te estaban durando demasiado esos diez minutos.
Se puso de pie antes que él. Claudio recogió la tabla y se acomodó la chaqueta con una resignación casi amable.
—¿Vas al dormitorio? —indagó con la mirada.
—Sí.
—Bien. Así al menos uno de nosotros tendrá paz y no pensará en el festival.
—No prometo nada. Consuelo existe.
—Tienes razón. Retiro lo dicho.
Empezaron a caminar juntos hasta el cruce. Desde ahí ya se veía a Belén arriba, con la carpeta al pecho y cara de urgencia.
Pero después de ese rato sentado en la banca, Antonia sintió el día un poco menos encima. Al llegar a la bifurcación, Claudio levantó la mano.
—Nos vemos.
—Nos vemos.
Él dudó una fracción de segundo, como si fuera a decir algo más, pero al final solo sonrió de lado y siguió subiendo hacia el anfiteatro.
Antonia lo vio alejarse.
Cuando entró al cuarto, Rocío estaba sentada en su cama con el cuaderno abierto y Consuelo atravesada sobre la suya, leyendo una hoja del festival como si fuera el testamento de su vida. Las dos levantaron la vista al mismo tiempo.
—Bien —sentenció Consuelo—. Tienes cara de que pasó algo.
—Gracias por el diagnóstico —murmuró Antonia, dejando el bolso.
Rocío inclinó la cabeza.
—No. Tiene razón. Pasó algo.
Antonia se quedó de pie un segundo, sacándose el chaleco con lentitud.
—Me senté a conversar con Claudio un rato.
Consuelo se incorporó de golpe.
—¿Sola-sola? ¿Tipo cita, pero sin el nombre de cita? —preguntó Consuelo entrecerrando los ojos.
—Tipo dos personas sentadas en una banca, Consuelo. No le pongas música de fondo todavía.
—No me hables así cuando me das esta clase de información.
Rocío cerró el cuaderno, observándola con más calma que Consuelo, pero no con menos atención.
—¿Y?
Antonia dejó el chaleco sobre la silla y pensó un segundo antes de responder
—Y fue... fácil.
La palabra le salió antes de que pudiera pensar otra mejor. Consuelo ladeó la cabeza.
—¿Fácil bueno o fácil raro?
—Fácil bueno —insistió Antonia—. Siento que no tengo que pensar tanto para estar con él.
Rocío la siguió mirando en silencio, y Antonia supo que había entendido más de lo que iba a decir en voz alta. Consuelo, en cambio, se llevó una mano al pecho como si acabaran de declararle algo directamente a ella.
—Eso es peligrosísimo.
—No todo tiene que ser peligroso —replicó Antonia.
—Para el drama sí.
—Cállate.
Rocío, inesperadamente, sonrió un poco.
—No. En esto tiene medio punto.
Antonia la miró.
—¿También tú?
Rocío alzó un hombro.
—Solo digo que hay personas que te dejan acelerada y otras con las que por fin puedes bajar un poco. Y a veces tú crees que necesitas puro moverte hasta que aparece algo que te deja respirar.
El cuarto quedó quieto un segundo. Consuelo bajó la voz, cosa rarísima en ella.
—Eso estuvo muy bien dicho.
Rocío hizo una mueca.
—No se acostumbren.
Antonia se sentó por fin en su cama y miró, casi por reflejo, hacia el velador. Pero por unos minutos, allá afuera, en la banca de piedra bajo el árbol, el mundo se había sentido menos enredado. Y quizá por eso el internado se sintió un poco menos pesado al mirar por la ventana.