Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 12 – Cuando baja el ruido #2
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Capítulo 12 – Cuando baja el ruido #2

—Solo pasaba a buscar a Antonia para ir a biblioteca con Rocío y me encuentro, por supuesto, una escena de otoño existencial con guitarra incluida.

—Tu capacidad para empeorar el ambiente debería estudiarse —le lanzó Antonia.

—Lo sé, soy tan necesaria.

Eso, irritantemente, era verdad.

Consuelo se volvió hacia Santiago con una inclinación solemne de cabeza.

—Buenas tardes, proveedor oficial de atmósfera.

Él dejó escapar una mínima sonrisa.

—Buenas tardes.

—Odio que me respondas con cortesía. Me desarma el personaje. —Consuelo bajó los hombros.

—Eso es una tragedia —murmuró Antonia.

Consuelo ya estaba de vuelta con ella.

—Rocío está en biblioteca y me dijo que, si no aparecías pronto, iba a asumir que te habías quedado atrapada en alguna dimensión emocional paralela.

Antonia tomó la mochila del suelo.

—Qué confianza la suya.

—Te conoce demasiado —respondió Consuelo.

Sí, pensó Antonia. Rocío la conocía demasiado. Y Consuelo también. Y quizá eso era parte de por qué no podía esconderse del todo dentro de ella, aunque a veces quisiera.

Se puso de pie y miró a Santiago una última vez.

—Nos vemos.

Él asintió, adoptando esa extraña expresión de resignación en la cara.

—Nos vemos.

Salió al patio con Consuelo a su lado. No hablaron enseguida. Milagrosamente. Solo cuando ya iban cruzando la galería hacia la biblioteca, Consuelo habló.

—No voy a molestarte mucho.

Antonia la miró con abierta desconfianza.

—Eso suena falso.

—No, de verdad. Solo una cosa.

—Claro.

Consuelo sonrió con ese aire insoportable de quien se sabe completamente justificada por el universo.

—Me gusta más cuando te pasa algo y no lo niegas tanto con la cara.

Antonia apartó la vista hacia el patio para no responderle de inmediato.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

La biblioteca estaba más silenciosa que de costumbre. A esa hora ya había menos estudiantes y el rincón antiguo quedaba todavía más apartado del resto del salón. Rocío estaba en una de las mesas laterales con dos anuarios abiertos, tres hojas sueltas y la fijeza de quien ha perdido la paciencia.

Levantó la vista cuando entraron.

—Ya.

Antonia dejó la mochila sobre la mesa.

—No hace falta esa cara.

—Sí hace falta. Porque ustedes dos tienen una noción dudosa del tiempo.

Consuelo se sentó a su lado con dignidad perfecta.

—Te estaba dando exactamente siete minutos más antes de salir a buscarte con linterna —siguió Rocío.

—Eres muy considerada —murmuró Antonia al ocupar la silla frente a ella.

Rocío empujó uno de los anuarios hacia el centro de la mesa.

—Encontré 2018. Y encontré algo peor: la gente en 2018 también tenía pésimo gusto para las fotos grupales.

Consuelo se inclinó de inmediato.

—Déjame ver.

—No toques todo al mismo tiempo. —Rocío le apartó la mano antes de que desordenara las páginas—. Ya perdimos veinte minutos porque el sistema del colegio cree que ordenar por generaciones y por actividades en paralelo es una buena idea.

Consuelo soltó un quejido dramático y se alejó dos pasos hacia el estante de al lado, estirando el cuello para copuchar un registro viejo que la señora Inés había dejado a medio archivar. Rocío miró a Antonia, perdiendo por un instante esa fijeza forense que usaba para blindarse del resto.

—Antonia. —Su voz salió baja, arrastrando las palabras con una timidez extraña en ella—. El otro día te vi conversando con Claudio en la galería. Y hoy Eduardo andaba diciendo que él te andaba buscando por el patio sur.

Antonia acomodó algunos libros sobre la mesa de roble.

—Sí, coincidimos un rato. Es súper simpático, la verdad. Se hace fácil hablar con él.

Rocío desvió la vista un segundo hacia los ventanales altos, barriendo las lámparas encendidas antes de volver a mirar a su amiga. Su mandíbula se tensó un milímetro, delatando esa inseguridad pequeña que rara vez dejaba asomar.

—A mí me da un poco de desconfianza —soltó en un murmullo que casi pareció una disculpa—.

No digo que sea mala persona, ni que ande inventando un personaje como los de teatro...

Pero la gente que entra así a tu vida, tan sin bordes y que parece que todo lo soluciona con una sonrisa tranquila...

no sé, Anto. Me da susto. Siento que te encariñas demasiado rápido.

Antonia la miró sorprendida. Había tanto cariño protector y tanto miedo propio flotando en la advertencia que el silencio de la biblioteca cambió de temperatura.

—Rocío, Claudio es solo un amigo. —Intentó tranquilizarla en voz baja.

—Ya sé. —Rocío forzó una sonrisa corta y recuperó, apurada, su postura distante mientras Consuelo volvía a rebotar hacia la mesa—. Solo te lo digo porque te quiero, Anto. No me hagas caso, ando paranoica con todo este asunto de los libros.

Consuelo se dejó caer de golpe en la silla de al lado.

—Ya, operadas del alma, muévanse. Dejen de murmurar como si estuviéramos en un convento y abramos esto de una vez.

Rocío acomodó el tomo hacia el centro con una eficiencia brusca que pretendía sepultar el momento.

—Tienes razón. Miremos.

Antonia miró un segundo más a su amiga y luego abrió el otro anuario. Había fotografías del centro de alumnos, deportes, salidas pedagógicas, semanas temáticas, festivales.

—¿Nada todavía?

Rocío negó.

—Nada claro. Hay varias Marinas, ninguna con el apellido completo en las páginas que revisé. El papel de este tomo está carcomido por una mancha de humedad antigua justo sobre el registro. Tampoco hay fotos del festival donde aparezcan nombres abajo.

Consuelo pasó una página con cuidado inusitado.

—Nadie respetó una futura investigación ajena.

—No sabían que iban a necesitarnos —intervino Antonia.

—Error estratégico suyo —respondió Consuelo.

La señora Inés pasó al fondo con una pila de libros bajo el brazo, vio los anuarios abiertos y no preguntó nada.

—Aquí hay una Marina —soltó Consuelo de pronto.

Las otras dos se acercaron. Era una foto de tercero medio, tomada en el patio central. Debajo aparecían nombres pequeños, impresos con una tipografía demasiado estrecha. Antonia tuvo que inclinarse mucho para leer.

—Marina Ar... —murmuró Rocío—. Arce, quizá. O Arias. No se ve bien.

—Pero empieza con A —dijo Antonia.

—Sí.

Consuelo tocó el borde de la página como si pudiera extraer más información por insistencia.

—Necesitamos algo que la conecte al festival.

Rocío cerró medio segundo los ojos.

—Eso es exactamente lo que estamos buscando.

Antonia siguió revisando el anuario desde ahí en adelante, más atenta.

Unas páginas después, encontró algo. Era una nota breve al final de la sección de actividades culturales, casi una cápsula de cierre del Festival de Otoño 2018.

Dos párrafos apenas, celebrando la participación del alumnado. Y al final, una mención corta:

Destacó especialmente la intervención final de lectura y acompañamiento musical preparada por Marina Arce y Tomás Vergara, valorada por su sensibilidad y sobriedad escénica.

Antonia levantó la vista de golpe.

—Aquí.

Rocío tomó el anuario de inmediato. Consuelo se inclinó tanto que casi le cayó encima.

—No. No, no, no. Ya tenemos apellido. Ya tenemos apellido.

—Marina Arce —leyó Rocío en voz baja.

Antonia esperó el comentario dramático de Consuelo, la broma sobre el destino o el grito de emoción.

Pero no llegó nada. Consuelo se quedó completamente inmóvil, con los ojos fijos en la línea impresa y las manos apretadas en el regazo.

El hecho de que se hubiera quedado muda, desprovista de sus habituales exageraciones teatrales, fue lo que terminó de helarle la sangre a Antonia.

El parecido le dio una incomodidad más fría que el día anterior. Rocío apoyó el dedo bajo el nombre.

—Esto no me gusta.

—No hace falta que lo digas cada vez —murmuró Consuelo.

—Sí hace falta. Porque ustedes dos a ratos empiezan a mirarlo con una fascinación extraña.

Antonia alzó la vista.

—No lo estoy mirando con fascinación.

Rocío la sostuvo un segundo.

—Bien.

Consuelo pasó saliva.

—¿Y quién era Tomás Vergara?

Antonia miró la nota otra vez. El nombre estaba ahí, claro. Tomás Vergara.

Lectura y música. Marina Arce y Tomás Vergara.

El cuadro se ensanchaba y, con eso, también la sensación de que no estaban persiguiendo una historia individual, sino una trama compartida entre dos personas.

—Entonces no era solo Marina dejando mensajes… —susurró Antonia más para sí que para las otras.

—O no necesariamente —corrigió Rocío.

Consuelo apoyó los codos sobre la mesa, completamente capturada ya por la historia.

—Entonces había dos. O había una historia entre dos. O uno dejó cosas para el otro. O...

—O no inventes veinte capítulos antes de tiempo —cortó Rocío, aunque sin mucha fuerza.

Antonia siguió leyendo el resto de la nota.

Y eso, de alguna manera, lo volvía peor.

El boletín premiaba la sobriedad y el éxito del montaje; sepultaba bajo la pulcritud oficial cualquier desastre que hubiese venido después.

Si la historia de Marina y Tomás había colapsado, el colegio se había encargado de limpiar el escenario.

—Necesitamos saber si sigue habiendo algo de ellos en biblioteca —concluyó al final.

Rocío asintió.

—Sí. Y si alguien más recuerda ese festival.

La señora Inés apareció a un costado con una taza en la mano. Miró el anuario abierto, luego sus caras, y después la línea exacta donde se detenían sus ojos.

—Ya encontraron un nombre.

No fue una pregunta. Las tres se quedaron quietas. Consuelo fue la primera en reaccionar.

—No sé de qué habla.

La bibliotecaria la miró con una paciencia casi ofendida.

—Por favor. He trabajado con adolescentes demasiado tiempo como para no reconocer cara de hallazgo.

Rocío cerró un poco el anuario, no del todo.

—Encontramos una referencia.

—Ajá.

La señora Inés bebió un sorbo de su taza.

—Marina Arce.

Antonia sintió que algo se le bajaba de golpe por la espalda.

—¿Usted la conoció?

Las tres se sobresaltaron, atrapadas en el examen de la mujer. La señora Inés apoyó la taza sobre la mesa, calmadamente.

—La vi pasar por aquí, sí. No fui su mejor amiga, pero llevo bastantes años en este lugar.

Consuelo parecía a punto de dejar de respirar de la emoción.