Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 12 – Cuando baja el ruido
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Capítulo 12 – Cuando baja el ruido

Mayo siguió avanzando con esa mezcla rara de rutina y cuenta regresiva que Santa Camelia sabía instalar tan bien. El frío se quedó más tiempo en los pasillos de piedra, y el Festival de Otoño empezó a sentirse en todas partes.

Aun así, la rutina insistía en seguir existiendo.

En matemática, Eduardo pasó media clase dibujando flechas entre nombres posibles de “Marina” en una hoja aparte, aflojándose la corbata con fastidio mientras ignoraba las ecuaciones.

En lenguaje, Consuelo anotó tres frases del poema que estaban leyendo solo porque, según ella, “sonaban a persona que deja cosas escritas dentro de libros”.

En historia, Rocío no habló casi nada, pero Antonia alcanzó a verla subrayando fechas con una presión excesiva, dejando el trazo hundido en la hoja como si buscara que algo al menos quedara fijo sobre el papel.

Al salir al recreo largo, el patio central estaba atravesado de luz fría y estudiantes en todas direcciones. Santa Camelia seguía siendo colegio. Eso, pensó Antonia, era casi ofensivamente tranquilizador.

—No puedo creer que de verdad exista una Marina A. —Consuelo apuró el paso en cuanto cruzaron la galería hacia la siguiente sala—. O sea, sí puedo creerlo, porque yo siempre creo en el drama, pero ahora tenemos una prueba material del destino.

Eduardo la miró de lado.

—No llames destino a todo lo que encuentras.

—No todo. Solo a lo que vibra dramáticamente.

—Te juro que algún día voy a esconderte todos los adjetivos.

Rocío abrió la puerta de la sala antes que el resto.

—Yo ayudaría.

Cuando sonó la última campana, Consuelo fue arrastrada casi de inmediato por una compañera del grupo de teatro que necesitaba hablar “solo cinco minutos” sobre una entrada del ensayo.

Belén apareció por el pasillo un minuto después para secuestrarla del todo exhibiendo una cara que dejaba claro que esos cinco minutos eran una fantasía infantil.

—Nos vemos después —gritó Consuelo mientras se alejaba—. No hagan nada interesante sin mí.

—Imposible —murmuró Rocío.

Eduardo iba en dirección al patio cuando giró sobre el hombro.

—Si descubren otro nombre misterioso, me avisan. Ya estoy emocionalmente comprometido con esta estupidez.

—Eres tan tierno —ironizó Antonia.

—No uses ese tono conmigo.

Se fue hacia los dormitorios de los chicos silbando algo irreconocible. Rocío se quedó un momento más tirando con fuerza de la correa de su bolso.

—Voy a devolver un libro de biología a la sala porque la profesora me amenaza con la mirada desde ayer.

—Me parece una sabia decisión. —Antonia apoyó una mano en la baranda del corredor—. ¿Después biblioteca?

Rocío dudó brevemente, recorriendo el patio con los ojos antes de asentir.

—Después biblioteca.

La respuesta le dio a Antonia un pequeño respiro.

Desde hacía unos días, con el peso de las cajas apiladas en el departamento de su madre y la distancia insalvable de los domingos con su papá, cualquier cosa que siguiera siendo habitual entre ellas tres se volvía una especie de ancla.

Necesitaba esa fijeza para no sentir que los pasillos se le desmoronaban debajo de los zapatos.

—Bien.

Rocío empezó a caminar, pero se detuvo tras dos pasos.

—Y no te me pierdas en una escena de guitarra o tragedia hasta entonces —advirtió.

Antonia frunció el ceño.

—¿Qué?

Rocío alzó un hombro, mostrando esa fijeza cínica que a Antonia a veces la enojaba.

—Nada. Te conozco.

—Eso es preocupante.

—Para ti, sí.

Se alejó por el corredor de ciencias sin mirar atrás.

Antonia se quedó sola. Pensó en ir al dormitorio a dejar la mochila primero, pero al doblar hacia el patio central escuchó una guitarra y se detuvo.

No era una melodía completa. Solo una secuencia de acordes, probados con esa concentración que ya empezaba a reconocer. El sonido venía desde uno de los patios interiores, el que quedaba detrás de la vieja sala de música y que a esa hora casi siempre se vaciaba más rápido que el resto del colegio.

Antonia no avanzó enseguida. Solo escuchó.

La guitarra sonaba distinta cuando no estaba dentro del anfiteatro, un poco más cercana, libre del eco de las butacas vacías. Se dejó llevar por el sonido.

El patio interior estaba casi vacío. Una banca de madera cerca del muro, algunas macetas antiguas, la enredadera subiendo por la piedra y la luz de la tarde cayendo oblicua sobre el piso.

Santiago estaba sentado en el respaldo bajo de una de las jardineras con una hoja doblada al lado y la guitarra apoyada sobre la pierna.

No parecía ensayar para nadie. Solo tocar.

Antonia se quedó en la entrada del patio lo suficiente para que él levantara la vista.

La vio. No dejó de tocar de inmediato. Terminó primero la pequeña progresión y después apoyó la mano sobre las cuerdas, frenando la vibración de la madera.

—Hola.

—Hola.

Antonia avanzó un poco más, mochila al hombro, sin decidir todavía si realmente quería estar ahí.

—Pensé que estarías en el anfiteatro.

Santiago miró la hoja doblada junto a él.

—Yo también.

—Vaya casualidad.

Eso le sacó una media sonrisa.

—Belén me soltó quince minutos. Tal vez por error.

Antonia se apoyó en el borde de la jardinera de enfrente sin sentarse.

—Entonces, ¿estoy interrumpiendo un momento de paz?

—No. Solo una pausa. —Se apresuró a responder, frotándose los dedos para espantar el aire frío de la tarde.

Santiago volvió a tocar un acorde suelto, bajito.

—¿Cómo estuvo el día?

Eso la sorprendió un poco por lo desarmante que resultaba su aparente normalidad. Acostumbrada a los silencios densos de su casa y a la paranoia del trío en los pasillos, una pregunta tan limpia la obligó a parpadear.

—Largo —admitió soltando un suspiro.

—Sí.

—Y lleno de gente actuando como si todo siguiera siendo normal.

Santiago levantó la vista hacia ella.

—¿No lo está?

Antonia soltó aire por la nariz.

—No sé. Supongo que por fuera sí.

Él no respondió enseguida. Dejó que la cuerda sonara y muriera del todo.

—A veces eso es suficiente.

Antonia dejó por fin la mochila en el suelo y se sentó sobre el borde de la jardinera, de medio lado. Se sentía extrañamente comprendida por Santiago, cobijada por esa distancia desprovista de exigencias.

—No sabía que tocabas aquí.

—No siempre.

—¿Y hoy sí?

Santiago se encogió de hombros.

—Hoy necesitaba un lugar donde nadie opinara sobre tiempos, transiciones o si una pausa dura demasiado.

Eso le arrancó a Antonia una risa breve.

—Entonces sí es una fuga.

—Quizás.

Hubo un silencio pequeño. Santiago tocó otra vez, ahora una secuencia más larga, la misma que Antonia había escuchado la semana anterior y otra distinta, menos definida, como si todavía la estuviera buscando.

—¿Eso era lo de ayer?

—Parte.

—Es bonito.

Él la miró de lado.

—Ya mejoraste tu vocabulario.

—No te agrandes.

—Tarde.

Antonia no pudo evitar sonreír.

La verdad era que con él pasaba eso: había momentos en los que el mundo se volvía más fino, más atento, y más silencioso.

Santiago dejó la guitarra sobre el muslo un segundo.

—Andas pensando demasiado.

Antonia se quedó callada unos segundos, hasta que reaccionó.

—¿Se me nota tanto?

—Hoy sí.

Ella frunció el ceño.

—¿Me viste en clases?

—Compartimos dos.

—Eso no significa que me estés mirando.

Esa vez sí sonrió más claro.

—No lo dije así.

Antonia bajó la vista a sus manos, apoyadas sobre la falda.

—Es solo... raro.

—¿Qué cosa?

Ella dudó un segundo.

—Sentir que algo sigue dando vueltas, aunque el día avance igual. Ver que todo se mueve como siempre y, al mismo tiempo, notar que algo no encaje, no sé si tiene sentido…

Santiago la observó un momento antes de hablar.

—¿Eso te da miedo?

Antonia no contestó de inmediato. El viento movió una hoja seca por el suelo del patio.

—No sé si miedo —dijo al final—. Me siento… incómoda. Noto en el colegio una especie de eco constante.

Santiago bajó la vista a la guitarra, pensativo. Parecía buscar las palabras correctas.

—Puede ser.

Antonia levantó la cabeza.

—¿Puede ser qué?

Él se encogió un poco de hombros.

—Que algunos lugares se queden cargados. No por algo raro, porque la gente deja cosas en ellos, aunque después se vaya.

La respuesta le recorrió la espalda de forma extraña.

—Eso sonó como si supieras más de lo que estás diciendo.

Santiago levantó la vista otra vez.

—No sé qué te tiene así —respondió con suavidad—. Pero sí sé que aquí hay cosas que cuesta sacar del todo y a veces cambian de forma nomás.

Antonia sintió, por primera vez en varios minutos, la necesidad de decir algo que no estaba segura de deber decir.

—A veces siento que todos los demás parecen moverse mejor aquí que yo.

Santiago frunció un poco el entrecejo con interés. Ella siguió antes de arrepentirse.

—Da la impresión de que ya supieran cómo hablar, cómo estar, dónde ponerse. Y yo siempre llegara un poco después. O tuviera que pensar demasiado antes de hacer cualquier cosa.

Santiago no se apresuró a contestar.

—Tú piensas antes de mostrarte —sentenció al final—. No es lo mismo que llegar después.

—¿Y eso se supone que me haga sentir mejor?

—No sé. Se supone que sea verdad.

Antonia bajó la vista a la mochila en el suelo. No quería admitir cuánto le afectaba que dijera cosas así con esa naturalidad insoportable, delatando una fijeza que desarmaba sus defensas.

—A veces me caes mal —murmuró.

Él soltó una risa corta y baja.

—Lo sospechaba.

—Qué tranquilo.

—No por eso. Por otras cosas.

Antonia giró la cabeza hacia él.

—¿Qué otras cosas?

Santiago sostuvo su mirada un segundo más de lo habitual.

—Porque a veces también me dejas pensando demasiado.

La alteración que le produjo esa frase a Antonia fue inmediata, breve y punzante. Antes de que pudiera responder algo sin arruinarlo todo con torpeza, una voz llegó desde la galería exterior.

—Ya. Sabía.

Consuelo.

Estaba apoyada contra el marco del patio, sosteniendo una carpeta contra el pecho y exhibiendo un nivel de satisfacción moral que no se había ganado.

Antonia cerró los ojos un segundo.

—No.

—Sí.

Santiago apartó la vista que delataba una resignación divertida. Consuelo avanzó dos pasos hacia ellos.