Capítulo 11 – Lo que sigue pareciendo normal #2
—Claudio es un siete, yo lo conozco bien desde octavo.
Pero justamente por eso te lo digo como amigo...
A ti se te nota a kilómetros que andas arrastrando el pie desde marzo por lo de tu casa.
Claudio es súper salvavidas, te va a solucionar la tarde porque es su forma de ser, pero me da miedo que te metas ahí solo por descarte. Ya tienes suficiente encima, Anto.
La honestidad de su amigo la desarmó porque tocaba una verdad que ella misma no quería mirar de frente.
—No me estoy escapando de nada, Eduardo.
—No te creo —murmuró él, forzando una media sonrisa ligera para quitarle densidad al momento justo cuando las otras dos se daban la vuelta—. En fin. Olvídalo. Mi cuota de madurez por este mes se acaba de agotar.
Las últimas horas pasaron con esa tensión extraña de los días que aparentan ser rutina. En literatura, Antonia siguió la discusión sobre voces narrativas. En educación física vio a varias de las chicas del equipo de vóleibol entrenar sin ella, notando la distancia física del juego.
Cuando por fin salieron, el internado ya estaba en esa hora movediza entre el fin de clases y el comienzo del ruido más libre de la tarde.
El pasillo antiguo quedaba casi vacío, marcado por un frío que subía desde los adoquines.
Tal como dijo Eduardo, a un costado de la vieja sala de música colgaban varios paneles con fotografías, recortes y registros de generaciones pasadas: actividades, festivales, torneos, ceremonias. Algunos estaban mejor conservados que otros.
—Qué sitio más discretamente perfecto para una investigación —murmuró Consuelo.
—No empieces. —Rocío la cortó con un gesto tajante.
Se acercaron.
La sección de 2018 estaba algo más abajo, junto a un collage del Festival de Otoño de ese año y una foto grupal de estudiantes sentados en las escaleras del anfiteatro.
Antonia recorrió los rostros con atención.
Chicas y chicos de uniforme, sonrisas, brazos cruzados, rostros de quince o dieciséis años congelados en el papel.
Eduardo se inclinó hacia un recorte.
—Miren esto.
Era una pequeña nota del boletín interno del colegio sobre actividades del Festival de Otoño 2018. Debajo del título, una línea destacaba una intervención de lectura y música a cargo de estudiantes de tercero medio. Entre los nombres, uno resaltaba por lo borroso y, aun así, visible lo suficiente.
Marina A...
Antonia supo que era importante antes incluso de terminar de leer. Consuelo se llevó una mano a la boca.
—No.
Rocío se acercó más.
—Es Marina. No Martina.
Eduardo leyó de nuevo, por si acaso.
—Sí. Marina.
La nota no daba apellido completo. La tinta estaba corrida justo al final.
Marina A. Lectura y música. Festival de Otoño.
Todos se miraron con ansiedad.
Antonia volvió la vista a la foto grupal, intentando adivinar cuál de esas caras podía ser ella, pero sin nombres debajo era imposible.
—Entonces sí estaba vinculada al anfiteatro —susurró.
—Y a una lectura —añadió Consuelo con la voz más baja de lo habitual.
Rocío observó el panel con el entrecejo fruncido.
—Eso ya no me gusta nada. —Se cruzó de brazos.
Eduardo frunció el ceño.
—¿Por qué? Eso las acerca.
—Exactamente por eso.
Antonia no respondió. Tenía los ojos clavados en el papel, en esas tres palabras que parecían una emboscada: “lectura y música”. La inquietud ya no la dejaba pensar con claridad. Marina era una persona concreta, que había ocupado su mismo lugar siete años antes.
—No me gusta que se parezca tanto —soltó Consuelo. En su rostro no había rastro de entusiasmo; el brillo detectivesco se le había borrado por completo.
Nadie pidió que se explicara. El pasillo quedó demasiado quieto alrededor de ellos, como si Santa Camelia llevara años empujando a distintas personas hacia el mismo lugar. Antonia sintió un escalofrío en la nuca.
—¡¿Qué hacen aquí?! —El grito de Belén rasgó el pasillo como un latigazo.
Los cuatro se sobresaltaron y se alejaron del panel con culpabilidad. Consuelo reaccionó primero.
—Nada.
Rocío la miró con cansancio puro.
—Excelente respuesta —suspiró.
Belén frunció el ceño.
—Eso no fue nada convincente.
Eduardo levantó una mano, exhibiendo la manzana a medio comer.
—Trabajo escolar. Nostalgia institucional. Cosas sanas.
Valeria observó el panel y después a Antonia. No dijo nada. Solo tardó medio segundo más en apartar la vista de la nota del festival.
Belén dio un paso más, agotada y desconfiada a partes iguales.
—Si están buscando algo, espero que no sea otra idea para complicarme la semana.
—Ni se te ocurra tentarla así —murmuró Rocío.
Valeria se quedó quieta frente al recorte. No dijo nada, pero sus dedos apretaron el lomo de su libreta negra con una fuerza que le puso los nudillos blancos. Miró a Antonia de reojo, con una expresión desprovista de su altivez habitual, revelando una duda profunda que no quiso compartir.
Y eso, por alguna razón, le molestó más de lo que esperaba.
—Bueno —concluyó Belén, regresando su atención a la carpeta—. Si no están incendiando nada, me sirve. Valeria, necesito que veas la lista del ensayo de mañana porque si cambian otra vez la parte de sonido...
—Ya la vi —respondió ella.
Belén soltó aire, exasperada.
—No necesito que siempre la hayas visto antes que yo.
Valeria la sostuvo con la mirada un segundo.
—Y yo no necesito que asumas que intento dejarte abajo cada vez que corrijo algo.
Belén apretó la carpeta contra el pecho.
—A veces no lo asumo. A veces lo haces.
Eduardo bajó la manzana que aún llevaba en la mano. Consuelo abrió la boca como si fuera a decir algo, pero terminó cerrándola. La sonrisa se le borró de la cara. Antonia sintió a Rocío tensarse un poco a su lado.
Valeria no cambió la cara.
—Si no interviniera, varias cosas ya se habrían caído esta semana.
—No estoy discutiendo eso —replicó Belén con la voz más cansada que enojada—. Estoy diciendo que podrías dejar de hacerlo con esa actitud de quien asume que todo el mundo está siempre un paso por detrás de ti.
Esa sí dolió. Valeria se quedó quieta una fracción de segundo más. No respondió enseguida. Y cuando lo hizo, su voz salió todavía más baja, perdiendo ese blindaje perfecto.
—Si no marcara cada error, Belén, este festival sería un grupo de gente gritando a oscuras. Y si hablara suave, me ignorarían. No estoy aquí para caerles bien, sino para que el Festival salga bien.
Belén la miró un momento largo, fijamente, como buscando algo.
Después cerró los ojos una vez, cansada.
—Ven —pidió al fin aflojando los hombros—. Solo revisa la lista conmigo sin hacerme sentir inútil cinco minutos. Te lo pido como acto humanitario.
Valeria sostuvo la libreta contra el cuerpo y asintió.
—Cinco minutos no prometo. Lo otro... lo intento.
Y se fueron juntas por el corredor, todavía tensas, cruzando sus faldas oscuras bajo la luz pálida.
Antonia las vio alejarse sin decir nada. Eduardo fue el primero en romper el silencio.
—Bueno. Eso fue mucho para un lunes.
—Sí —concedió Rocío.
Consuelo todavía seguía mirando el panel del 2018.
—Nos vamos —ordenó Rocío tomando a Consuelo del brazo.
Nadie discutió.
Bajaron juntos por el pasillo antiguo mientras la tarde terminaba de cerrarse sobre Santa Camelia. Afuera, las luces ya empezaban a encenderse una por una, perforando la llovizna.
Todo seguía pareciendo normal. Pero bajo la luz de los pasillos, Antonia no podía dejar de pensar en Marina. Santa Camelia seguía respirando, ignorando que el pasado acababa de sentarse en la misma mesa que ellas.