Capítulo 11 – Lo que sigue pareciendo normal
El lunes golpeó con olor a pasto húmedo y el sonido metálico que anunciaba a Santa Camelia por las mañanas. Antonia, Consuelo y Rocío bajaron los escalones del dormitorio y salieron camino al comedor con la nota todavía quemándoles en la memoria.
—Si hoy me hablan antes de las ocho con entusiasmo, respondo con violencia —murmuró Rocío, peleando todavía con el último botón de su chaleco.
—Pues esa es una amorosa manera de partir la semana. —Consuelo se acomodó la bufanda con una solemnidad ridícula.
—Te estoy avisando para que no alegues después que no sabías.
El comedor olía a pan tostado, té y cereal derramado.
Las mesas ya estaban demasiado llenas para ser tan temprano.
Varias conversaciones ocurrían a la vez, chocando unas con otras en un barullo denso.
Daba la impresión de que Santa Camelia no hubiera tenido el fin de semana suficiente para gastar palabras.
Eduardo levantó un vaso de jugo apenas las vio entrar desde una de las mesas largas.
—Por fin. Pensé que se habían vuelto gente de hábitos nobles.
Consuelo lo miró con dramatismo.
—Tienes una manera tan fea de recibirnos…
—Es que ya van tres días seguidos que ustedes aparecen con cara de estar viviendo una novela rusa.
Rocío se dejó caer en la banca, haciendo rebotar su mochila contra el piso.
—Eso es ofensivo para Rusia.
Antonia se sentó frente a Eduardo y tomó una taza vacía.
—¿Y tú qué sabes de novelas rusas?
Eduardo se encogió de hombros.
—Nada. Pero sé reconocer sufrimiento innecesariamente elegante cuando lo veo.
Consuelo soltó una risa y empezó a servirse pan con un hambre que ya parecía declaratoria oficial de existencia.
—¿Cómo va quedando el número del festival? —Eduardo miró a Antonia con interés abierto—. Ayer me dijeron que fue “sorprendentemente digno”, que en lenguaje de este colegio imagino que es casi una condecoración.
Consuelo apoyó una mano sobre el pecho.
—Fue hermoso. Sensible. Sobrio. Emotivo. Una obra de transición interna y colectiva.
—Eso no responde mi pregunta —dijo Eduardo.
—Salió bien —interfirió Antonia con rapidez, antes de que Consuelo siguiera decorando.
Eduardo sonrió.
—Ya. Eso sí suena más convincente. ¿Entonces ahora eres oficialmente una chica de anfiteatro?
Levantó una ceja al decirlo. Antonia se quedó mirando su taza de té un segundo más de lo necesario antes de negar con la cabeza. Consuelo, en cambio, asintió con una energía que casi derrama el jugo.
Rocío bebió té sin mirar a nadie, manteniendo los ojos fijos en el vapor.
—No le hagan caso a Consuelo. Ella ya le daría credenciales artísticas hasta al personal de aseo si se quedan cinco minutos cerca de una consola de luces.
—Eso es porque el arte vive en todas partes —rebatió Consuelo.
—Y agota en todas partes también —murmuró Rocío envolviendo la taza caliente con las palmas de sus manos tiritonas.
Eduardo se rio y después bajó la voz, acercándose un poco más sobre la mesa de madera.
—Igual se nota que el festival ya le robó la vida al colegio entero. La semana pasada en la primera hora el profe de historia preguntó por qué la mitad del curso parecía haber dormido abajo del escenario.
—Porque probablemente fue así. —Antonia se encogió de hombros.
—Belén, fijo —concluyó Eduardo.
El nombre bastó para que las tres levantaran la vista al mismo tiempo.
Belén estaba entrando al comedor con una carpeta bajo el brazo. Detrás de ella venía Valeria.
—Míralas —murmuró Consuelo—. De verdad son como un matrimonio técnico con problemas de poder.
—No vuelvas a decir eso cerca de ellas si quieres seguir viva. —Rocío la frenó de un vistazo.
Las clases empezaron en cuanto terminó el desayuno.
Primero lenguaje, con una profesora demasiado despierta para la hora.
Después historia, donde la mitad del curso fingió seguir una explicación sobre modernización del Estado mientras el resto pasaba papelitos o se sostenía la cabeza con expresión terminal.
Entre bloque y bloque el internado recuperó su circulación propia: estudiantes subiendo y bajando escaleras, voces en pasillos, profesoras llamando desde puertas abiertas, el patio cruzado por uniformes oscuros en todas direcciones.
En el segundo recreo, Eduardo se dejó caer junto a ellas en una banca del corredor central con una manzana en la mano.
Desde la galería más cercana al anfiteatro se veía a Belén hablando con dos alumnos de tercero y, un poco más atrás, a Valeria corrigiendo algo en una hoja sin levantar la voz.
—Igual están peor de lo habitual .—Eduardo señaló la escena con la manzana—. Belén ayer me pidió una cinta adhesiva como si me estuviera pidiendo un trasplante. Tenía los ojos tan abiertos que pensé que me mordería.
—Porque probablemente era igual de urgente —murmuró Antonia.
—¿Y la otra? —Eduardo señaló a Valeria con la barbilla.
Consuelo hizo una mueca de fastidio.
—Valeria está en su peak de control elegante.
—Es una frase muy peligrosa —comentó Eduardo.
—Y cierta —sentenció Rocío.
Consuelo resopló.
—¿Se acuerdan cuando en primero medio nos hizo repetir tres veces una coreografía porque una cinta del vestuario estaba mal puesta?
Antonia soltó una risa.
—Y al final la hermana Clara dijo que nadie más se había dado cuenta.
—Valeria sí —cerró Rocío con naturalidad.
El recuerdo murió ahí.
Antonia se quedó mirando un segundo más.
Esta vez alcanzó a ver el gesto exacto: Belén hablándole a uno de los chicos, dándole una indicación rápida, y Valeria entrando al final de la frase para corregir un detalle sin siquiera mirarla primero.
Belén no discutió de inmediato. Se le tensó la boca. Eso fue todo. Pero bastó.
—La odio un poco por Belén. —Consuelo arrugó la nariz, sin demasiada ironía esta vez.
Rocío la miró de lado.
—Tú odias a Valeria por muchas razones. No jerarquices.
—Bueno, sí.
Eduardo le dio un mordisco a la manzana.
—Igual les digo una cosa. Si el festival sale impecable, va a ser por Belén, pero también por Valeria. Eso es lo más injusto.
Antonia levantó la vista hacia él.
—Sí.
Rocío soltó aire por la nariz, molesta.
La campana del siguiente bloque interrumpió cualquier otra cosa. Volvieron a clases. Por momentos, Antonia casi consiguió meterse del todo en la rutina. Fue agradable y raro.
A la salida del almuerzo, Consuelo las arrastró sin mucho disimulo hacia una esquina más tranquila del corredor, apretando el paso con nerviosismo.
—Bien. Ahora sí. Necesitamos un plan.
Eduardo, que venía con ellas por pura inercia de grupo, entrecerró los ojos.
—No me gusta cuando hablas así.
—Es porque no estás comprometido con la aventura.
—Es porque cada vez que dices “plan” terminamos cargando muebles, ocultando algo o mintiéndole a una autoridad.
Rocío se cruzó de brazos.
—No está tan equivocado.
Antonia se apoyó contra la baranda del corredor y miró hacia el patio. No quería decir demasiado ahí, no con tanta gente alrededor, pero tampoco podía seguir pateándolo.
—Necesitamos averiguar quién era la M de 2018 —dijo bajo.
Eduardo parpadeó.
—Perdón, ¿qué?
Consuelo se llevó una mano a la frente.
—Ya. Genial. Lo metimos.
—No me mires así. Dijiste “necesitamos”. Sonó grupal.
Rocío exhaló con cansancio.
—Tampoco podíamos esconderlo para siempre.
Eduardo apoyó la espalda en la baranda, ahora sí más atento, dejando de jugar con la manzana.
—¿M de 2018 qué?
Antonia vaciló solo un segundo. Después le contó una versión mínima, lo suficiente para no dejarlo afuera del todo: los libros marcados, la ficha vieja, la inicial. No el papel de advertencia. Todavía no.
Eduardo escuchó sin interrumpir, lo que en él ya era señal de que iba en serio.
—O sea —resumió al final—, creen que alguien dejó señales en la biblioteca hace años.
—Sí —respondió Antonia.
—Y que eso conecta con una M.
—Eso creemos.
Eduardo miró un momento el patio antes de volver hacia ellas.
—Eso es bastante más interesante que mi tarde de química.
—Gracias por validar nuestra deriva detectivesca. —Consuelo pareció aliviada.
—No la valido. Solo reconozco que ahora quiero saber también.
Rocío lo observó un segundo, midiendo con fijeza si arrepentirse o no de haberlo metido.
—No puedes ir por el colegio diciendo esto.
—No soy estúpido.
—A veces lo pareces.
—Y aun así sobrevivo.
Antonia intervino antes de que eso se convirtiera en otra cosa.
—El punto es que 2018 no fue hace tanto. Alguien debería recordar generaciones de ese año. O alguna historia de entonces.
Consuelo asintió de inmediato.
—Anuarios.
Eduardo levantó un dedo.
—O paneles del pasillo antiguo. Los que están al lado de la sala de música vieja. Ahí ponen fotos de generaciones, actividades, cosas del colegio.
Antonia lo miró.
—¿Desde cuándo sabes eso?
—Desde siempre. Paso por ahí cuando quiero evitar a cierta profesora de física.
Rocío cerró el cuaderno que había estado sosteniendo toda la tarde.
—Eso, tristemente, sí suena útil.
Consuelo ya estaba encendida.
—Entonces después de clases...
—No —dijo Rocío.
—¿Cómo que no?
—No salimos corriendo ahora mismo como si esto fuera una misión encubierta. Esperamos a que se vacíe un poco el sector y vamos sin hacer ruido.
Eduardo alzó la mano.
—Qué ternura. Formé parte de mi primer comité clandestino del año.
—No te emociones tanto —murmuró Antonia.
Consuelo tiró de la manga de Rocío para mostrarle un borrador arrugado en su bitácora, alejándose dos pasos por el pasillo.
Eduardo aprovechó el quiebre para recostarse de espalda contra la baranda de madera, clavando los ojos en Antonia con esa atención cruda y sin maquillaje que se reservaba para cuando el ruido del resto desaparecía.
Dejó de jugar con la manzana.
—Oye, Anto —dijo en un tono más bajo, perdiendo la ironía habitual—. Más allá de los fantasmas de la biblioteca... el otro día los vi a ti y a Claudio conversando en la galería.
Antonia desvió la mirada hacia el patio central, incómoda.
—Sí, nos sentamos un rato. Es simpático, Eduardo.
Eduardo asintió despacio, pero no se rio. Hundió las manos en los bolsillos del chaleco húmedo.