Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 10 – Todo sigue moviéndose #2
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Capítulo 10 – Todo sigue moviéndose #2

Rocío no comentó nada, pero observó a Antonia con los brazos cruzados y siguió de largo hacia el dormitorio.

Antonia se quedó sola frente a la puerta. Dudó solo un segundo, pero finalmente entró. Llegó con paso firme hasta donde él estaba.

Santiago levantó la vista. Estaba dejando la guitarra a un lado y se inclinó hacia adelante, apoyando los antebrazos en las piernas.

Sin embargo, Antonia notó que sus dedos tamborileaban nerviosos contra sus rodillas, delatando que esa pose de sabelotodo era la única forma que tenía de ocultar que él también estaba descolocado por verla ahí.

—Te vi salir distinta del escenario el otro día. —Santiago rompió la fijeza, intentando nivelar el tono de su propia voz—. Como si hubieras encontrado algo y no supieras qué hacer con eso.

Antonia sintió el cuerpo tensarse antes de entender por qué le molestaba tanto escuchar eso. Retrocedió un paso. No lo vio como un cumplido, sino como algo invasivo.

—¿Y tú siempre vas soltando frases filosóficas como si fueras oráculo? —Su voz sonó más fuerte en el anfiteatro vacío.

Santiago parpadeó, descolocado por el tono.

—No sé. ¿Sí?

—Eso es insoportable, Santiago, de verdad. No todo es una metáfora para tu próxima canción.

—Lo anotaré como crítica formal —replicó él, pero una grieta evidente asomó en su calma.

Santiago bajó del escenario de un salto y se plantó frente a ella, más cerca de lo necesario. Antonia tuvo que levantar la cabeza para sostenerle la mirada. La distancia la incomodó, quizá porque no era del todo desagradable.

—Perdón —añadió él, con una tesitura distinta ahora que estaba tan cerca—, a veces se me olvida que no todos viven en mi cabeza.

—Así que aquí estaban.

Claudio entró por la puerta lateral que estaba detrás de Antonia, cargando una pequeña bolsa que traqueteaba, y se detuvo al llegar cerca de ellos. Fue una distancia prudente, pero se notó el cambio en el clima.

—Belén me mandó a buscar una base que supuestamente estaba lista y ¡sorpresa! No estaba lista —dijo Claudio. Miró a Antonia y luego a Santiago, con una sonrisa algo fría que marcaba la distancia—. El festival insiste en ser un desastre.

—¿Necesitas ayuda? —Se apresuró a intervenir Antonia, acortando el espacio hacia él. Necesitaba alejarse un poco del aire sofocante que le había dado Santiago.

Claudio alzó la bolsa, que contenía tornillos.

—Puedo sobrevivir, aunque agradecería un testigo por si la madera decide asesinarme… ¿Te molestaría si me la robo dos minutos? —No era tanto una pregunta; más bien era un aviso.

Claudio sostuvo la bolsa metálica a la altura del pecho, estático, desafiándolo con una fijeza ligera que no le llegaba a los ojos.

Santiago no se movió, pero apretó los dedos contra el mástil de la guitarra con tanta fuerza que los nudillos se le tiñeron de blanco.

Le devolvió el examen, midiendo la distancia en un silencio denso que pareció congelar el anfiteatro entero.

—No —soltó Santiago. Una sola sílaba, seca, que a Antonia le supo a orgullo herido.

Pero ella no miró hacia atrás mientras caminaba hacia bambalinas.

Al llegar, Claudio le pidió que sujetara una tabla mientras él la encajaba en la otra que estaba suelta. Ella se quedó cerca.

—Lo del otro día estuvo bien, Antonia —comentó Claudio, concentrado en el destornillador—. No solo por el texto. Se notó que estabas ahí, de verdad. Eso no siempre pasa.

El vuelco de la frase fue diferente al de Santiago. Con Claudio, las cosas se sentían más simples.

—Gracias. —Logró decir.

—No me des las gracias. Eres absurdamente real cuando no estás tratando de agradar a todo el mundo. Ahora, sostén bien esa tabla antes de que se me caiga en un pie y pierda mi carrera.

Antonia sonrió y esa risa no le pesó en la cara. Se quedó ahí, con él, sintiendo el frío del anfiteatro y el calor de sus manos trabajando cerca de las suyas.

Belén apareció un minuto después, interrumpiendo el momento al gritar por un cable perdido. Claudio terminó, se despidió con un gesto rápido, y Antonia aprovechó para salir de ahí antes de encontrarse de nuevo con Santiago.

Salió del anfiteatro por la entrada principal con el pulso raro. En la galería la alcanzó Consuelo, que apareció de la nada con un paquete de galletas y esa cara de quien ha visto algo.

—Bien, quiero un informe.

—No.

—Sí. Tienes cara de que pasó algo importante.

—No digas cosas así, Consuelo.

Caminaron hacia el dormitorio con la noche acercándose. Antonia no escuchaba ni la guitarra de Santiago ni las bromas de Consuelo; solo sentía el peso de su bolso en el hombro.

Al entrar al dormitorio, la normalidad de Rocío sentada en su cama con un cuaderno abierto fue un golpe de realidad necesario. Antonia no esperó a que le preguntara nada, fue directo al velador, abrió el cajón y sacó el cuaderno con el papel doblado.

Lo extendió sobre la colcha. Rocío y Consuelo se acercaron y el aire de la habitación se volvió espeso, borrando todo lo ocurrido en el anfiteatro.

—No todas las historias que empiezan aquí terminan bien. —Leyó Antonia en voz baja.

Antonia miró a sus amigas. El éxito del anfiteatro se sentía a kilómetros de distancia; aquí, entre las sombras del dormitorio, la M de 2018 parecía una puerta abierta que ninguna de las tres sabía cómo cerrar.