Capítulo 10 – Todo sigue moviéndose
Al entrar a la biblioteca, el silencio las golpeó en la frente. No era ese silencio cómodo de las tardes de estudio; era un silencio que hacía bajar la mirada.
Antonia apretó el paso por las mesas gastadas, sintiendo en cada estante un testigo invisible de lo que venían a buscar.
Rocío iba primero, con el cuaderno apretado contra el pecho tan fuerte que tenía los nudillos un poco blancos.
Consuelo venía detrás, menos escandalosa que de costumbre, lo que en ella equivalía casi a una alarma.
Ninguna de las tres habló hasta haber llegado al rincón lateral donde estaban los estantes antiguos.
La señora Inés levantó la vista desde el mostrador.
—Me preocupa que ya tenga que preguntar esto por costumbre, pero... ¿vinieron a ordenar o a desordenar?
—A investigar con responsabilidad —aseguró Consuelo, esbozando una sonrisa de absoluta inocencia.
La bibliotecaria la miró largo, intuyendo algo.
—Eso no me tranquiliza en absoluto.
—Prometemos comportarnos —intervino Antonia.
La señora Inés soltó un sonido escéptico, aunque las dejó pasar.
El rincón antiguo seguía igual que la última vez: libros antiguos, lomos gastados, algunas fichas de préstamo torcidas dentro de una caja, todo tal como lo habían dejado el otro día.
Antonia apoyó el bolso sobre la mesa y sacó el papel doblado con la advertencia. Lo extendió despacio.
No todas las historias que empiezan aquí terminan bien.
Consuelo bajó la vista hacia la frase y por primera vez no hizo una broma sobre el destino. Solo se limitó a juguetear con el borde de su falda.
—Sigue sonando peor a plena luz del día —murmuró.
Rocío apoyó ambas manos sobre la mesa, presionando más de lo debido. Miraba con hostilidad al papel, sin ningún disimulo.
—Porque no es bonita. Está hecha para detenerte.
Antonia la miró un segundo. Notó que a Rocío le temblaba un dedo en la madera. De alguna forma, dejaba entrever cosas sobre sí misma. No dijo nada, pero apartó el papel con fuerza, dejándolo junto a la caja de fichas.
—Entonces hagamos esto rápido y bien —sentenció Antonia, sorprendida por el tono seco y apurado de su propia voz—. No quiero que la señora Inés nos haga preguntas.
Consuelo levantó un dedo.
—Rápido no. Bien, sí.
—Tú no ayudas a mi estabilidad mental. —Rocío torció la boca.
—Yo soy parte del paisaje emocional de este equipo.
—Exactamente ese es el problema.
Volvieron a los mismos estantes con una ansiedad torpe.
Antonia abría la tapa de los libros con la punta de los dedos, evitando tocar las marcas de lápiz por un temor absurdo a que quemaran.
Afuera, el aire de mayo se colaba por la rendija de los ventanales, trayendo ese olor a tierra mojada que recordaba que, en Santa Camelia, el invierno llegaba de un día para otro.
—Aquí hay otra hoja —soltó Consuelo con el tono demasiado nítido para fingir normalidad.
Antonia y Rocío se acercaron tanto que sus hombros se chocaron.
En una página casi al final de una novela de tapa marrón, muy cerca de la unión del lomo, alguien había dibujado otra hoja pequeña, hecha con dos trazos apurados.
Abajo, había una letra que podía ser una A o una R, medio borrada por los años.
Antonia sintió un escalofrío que nada tenía que ver con el clima.
—Esto ya no me parece casualidad. —Le molestó que su voz se oyera tan pequeña—. Es un rastro.
—A mí hace rato que dejó de parecerme casualidad —coincidió Rocío, fija en el trazo.
Consuelo pasó el dedo por el aire, trazando la forma de la hoja.
—Entonces había alguien marcando libros. O alguien dejando señales para otra persona.
—O varias personas usando el mismo sistema —añadió Rocío.
—Eso sería todavía más interesante.
—No, Consuelo, eso sería todavía peor —corrigió Rocío.
Antonia cerró el libro con brusquedad. Siguieron revisando.
La caja de fichas terminó sobre la mesa, abierta por completo.
Antonia empezó a separar las de los libros marcados en una pila propia, mientras Rocío comparaba los registros con paciencia casi obsesiva y Consuelo iba sacando teorías a medida que encontraba datos incompletos, que se volvían cada vez más oscuras.
—Mira esto —llamó Rocío de pronto.
Les mostró una ficha antigua del libro azul de cartas y diarios.
No había muchos datos. Solo el título, una firma borrosa de la bibliotecaria de entonces y, en la sección de préstamos, tres registros de 2018. Dos tenían nombres ilegibles. El tercero no.
Antonia se inclinó más cerca.
—Dime que se lee, por favor.
Rocío entrecerró los ojos, casi pegando la cara al papel.
—Martina A... o Marina A... La tinta se corrió justo al medio.
Consuelo se enderezó de golpe.
—La inicial.
—No sabemos si es la misma.
—Es la misma, Rocío, mírala —replicó Consuelo.
Antonia volvió a fijarse en la ficha. El apellido estaba corrido por la tinta, comido en parte por el tiempo, pero la M del nombre sí se distinguía.
Martina o Marina.
M.
Ya no era un fantasma, era alguien.
—¿Y los otros libros? —insistió irritada al notar el temblor de sus propias manos—. ¿Aparece en otros libros?
Revisaron una a una las fichas de los ejemplares marcados con hojas. No todas tenían registros completos. Pero en dos más aparecía el mismo inicio de nombre: Mar..., y una de las fechas coincidía otra vez con 2018.
Consuelo se llevó las dos manos a la boca.
—No, no, no. Esto ya es demasiado perfecto.
—No es perfecto —objetó Rocío, aunque en su voz había menos resistencia que antes—. Pero sí parece un patrón.
Antonia apoyó la punta de los dedos sobre la mesa.
—Entonces alguien de 2018 usó varios de estos libros.
—Y dejó señales en ellos —añadió Consuelo.
—O alguien las fue dejando alrededor de alguien de 2018 —concluyó Rocío.
El silencio que siguió estaba cargado de inseguridad y curiosidad mezcladas. La señora Inés pasó al fondo del pasillo con una pila de diccionarios entre los brazos y las miró de reojo.
—Tienen cara de estar metiéndose donde no deberían.
—Eso es terriblemente ambiguo para venir de una bibliotecaria. —Consuelo se dio la vuelta.
—Es que llevo años trabajando aquí —respondió la anciana, sin detenerse—. Ya aprendí que la mitad de las cosas interesantes en un internado empiezan con libros mal guardados.
El silencio que siguió a ese comentario fue absoluto. La señora Inés se giró, todavía con los diccionarios apoyados en el antebrazo.
—La gente deja cosas donde cree que nadie va a buscar —siguió, perdiendo esa amabilidad habitual en su tono—. Y a veces, por desgracia, funciona. No romantices eso, Consuelo, que es más triste que bonito.
—Ya lo romanticé igual —admitió ella sin vergüenza.
La bibliotecaria negó con la cabeza y siguió su camino.
Rocío bajó la vista unos segundos más.
—Un nombre a medias, año y un código —resumió.
—Y una advertencia actual —murmuró Antonia.
Consuelo se sentó sobre el borde de una silla.
—¿Y si la buscamos en anuarios o registros? No podemos quedarnos así —sugirió.
—No podemos ir preguntando por una exestudiante solo porque encontramos un dibujo en un libro —replicó Rocío—. Nos mandarían a hablar con la inspectora.
Antonia levantó la vista hacia los ventanales. El cristal las reflejaba a las tres, pálidas y encerradas entre lámparas.
—Averigüemos qué pasó en 2018 —propuso con decisión—. Algo tiene que haber pasado ese año.
Rocío la miró.
—Hermoso plan —masculló—. ¿Y cómo hacemos eso sin que nos pillen?
Antonia volvió la vista a la caja de fichas.
—No sé todavía, pero no le pongas nombre aún, Consuelo.
Consuelo, en cambio, sonrió de inmediato.
—Tarde. Ya me compré el traje de detective, no hay vuelta atrás.
Se quedaron un rato más revisando otras fichas, pero el hallazgo principal ya estaba hecho. 2018 no era una fecha suelta. La M tampoco parecía casual. Y el sistema de hojas dibujadas confirmaba que alguien había marcado un recorrido dentro de esos libros.
Cuando por fin guardaron las tarjetas y volvieron a dejar cada volumen en su lugar, Antonia sintió una mezcla rara de triunfo y aprensión.
Salieron de la biblioteca cuando el cielo ya estaba entre azul oscuro y gris. El patio central respiraba una calma engañosa.
—No sé ustedes. —Consuelo se acomodó el bolso—. Pero yo necesito azúcar o un colapso suave.
Iban doblando hacia la galería cuando vieron a Belén bajar las escaleras del anfiteatro con una carpeta apretada contra el pecho, seguida por Valeria, que hablaba con la profesora de música y al mismo tiempo revisaba algo en su libreta negra.
Belén las vio y levantó una mano con gesto de auxilio moderado.
—¿Alguna de ustedes ha visto a Claudio o a Eduardo?
—No —respondió Antonia.
—Necesito que alguno me confirme una medida de la estructura lateral, porque si mañana se cae algo sobre escena, me retiro del país.
Valeria cerró la libreta.
—No se va a caer si hicieron lo que les dije —soltó.
Belén no la miró siquiera. Se limitó a apretar más la carpeta hacia sus costillas.
—No me calma nada cuando hablas así.
Valeria iba a responder, pero justo entonces una guitarra sonó desde el interior del anfiteatro. Antonia giró la cabeza casi por reflejo.
Consuelo se detuvo en seco al pasar frente a la puerta lateral del anfiteatro, que estaba entreabierta. Tiró de la manga de Antonia antes de que siguiera a Rocío.
—Mira tú... —susurró con una sonrisa.
Antonia se asomó por el hueco de la puerta.
Santiago estaba sentado al borde del escenario.
Tenía el pelo revuelto de tanto pasarse la mano y una hoja arrugada apoyada en el muslo.
No tocaba con fluidez; se detenía, maldecía por lo bajo cuando un acorde no le salía y volvía a empezar con una fijeza terca.
—¿Te das cuenta de que el universo ya ni siquiera disimula? —murmuró Consuelo.
Antonia soltó el aire por la nariz.
—Consuelo...
—No, en serio. Tú pasas por aquí justo cuando él está solo. Si eso no es el destino haciendo horas extra, entonces el internado tiene un excelente departamento de logística romántica.
Antonia negó con una sonrisa que intentó esconder.
—El destino debería buscarse un pasatiempo mejor.