Capítulo 9 – Cuando una se atreve #2
Consuelo levantó ambas manos hacia arriba.
—¡Sabía! ¡Sabía que el número tenía alma!
—Tiene estructura. —Valeria apareció detrás de Belén—. Y por primera vez en dos semanas, además, tiene ritmo.
Consuelo giró hacia ella con ofensa hereditaria.
—Tienes una incapacidad absoluta para usar palabras bonitas.
Valeria ignoró eso y miró a Antonia.
—No bajaste la última línea. Bien.
Antonia todavía estaba demasiado desarmada como para reaccionar a la normal insolencia de sus elogios.
—Gracias... creo.
Valeria inclinó la cabeza.
—No te acostumbres.
Y se fue hacia la profesora de música antes de que alguien pudiera detenerla. Rocío la vio alejarse.
—La sigo odiando.
—Sí, eso no cambió —dijo Antonia.
—Pero reconozco consistencia cuando la veo.
Eso, en Rocío, ya rozaba lo diplomático.
Consuelo empezó a ser absorbida por el resto del elenco. Belén volvió a correr hacia una esquina donde aparentemente el mundo se desarmaba otra vez. Rocío se quedó al lado de Antonia un momento más, hasta que alguien la llamó desde una fila lateral.
—Voy y vuelvo.
—Tú nunca dices eso.
—Hoy soy una caja de sorpresas.
Se alejó. Por primera vez en varios minutos, Antonia quedó sola. O casi.
Santiago estaba sentado todavía en el borde del escenario con la guitarra apoyada contra el muslo.
Antonia notó que tenía el pelo revuelto y que se pasaba la mano por la nuca con un gesto rápido, como si todavía estuviera tratando de procesar la energía del número.
No se veía tan calmado como de costumbre; tenía las mejillas un poco encendidas. Antonia se acercó.
—Hola.
Él alzó la vista.
—Hola.
—¿Ya puedo culparte oficialmente de lo que acaba de pasar?
La sonrisa volvió.
—Depende. ¿Salió mal?
Ella soltó aire, todavía medio aturdida.
—No.
—Entonces quizás no quieras culparme tanto.
Antonia se quedó de pie frente a él con las manos aún apretando la hoja doblada.
—No pensé que fuese a sentirse así.
Santiago ladeó la cabeza.
—¿Así cómo?
Ella buscó una palabra y no la encontró de inmediato.
—Como... si de pronto no me estuviera escondiendo.
La respuesta quedó entre los dos con una nitidez incómoda y preciosa al mismo tiempo. Santiago no la llenó con nada.
—Sí —concedió al final—. Sonó exactamente así.
La sencillez con que lo dijo fue más significativa de lo que esperaba.
Afuera del escenario, Claudio apareció entre un grupo de estudiantes que movían parte de la utilería. Traía una de las estructuras más livianas bajo el brazo y hablaba con otro chico mientras avanzaba hacia el lateral. Al levantar la vista, vio a Antonia junto a Santiago.
No cambió la cara, pero hubo un gesto mínimo que Antonia alcanzó a percibir, aunque hubiese querido fingir que no. Claudio dejó la estructura donde correspondía y se acercó después, ya sin nadie al lado.
—Eso estuvo muy bien.
Antonia lo miró.
—Gracias.
Claudio se pasó una mano por la nuca, dejando una mancha pequeña de polvo en la piel sin darse cuenta.
—No, de verdad. Muy bien.
Santiago bajó la vista a la guitarra, como si le dejara espacio a Claudio sin irse del todo. Antonia notó la diferencia de inmediato, aunque no quiso sobrepensarlo.
Consuelo volvió a irrumpir antes de que el momento se espesara más.
—Perfecto —anunció—. Ya está. Es oficial. Voy a empezar a cobrar entradas para observar las dinámicas de este grupo.
—Cállate —dijo Antonia.
—Jamás.
Los chicos rieron. Belén gritó el nombre de Claudio desde el fondo del escenario y él alzó una mano.
—Me llaman.
—Qué tragedia —murmuró Consuelo.
Claudio miró una vez más a Antonia antes de irse.
—Hablo en serio —insistió—. Te quedó bien. Mucho.
Se alejó rápidamente. Antonia lo siguió con la mirada hasta que un ruido metálico y un bufido la devolvieron al presente.
Eduardo venía arrastrando un soporte de micrófono en mal estado con la corbata totalmente suelta y la actitud de quien ha sobrevivido, no muy victoriosamente, a una guerra de cables. Se detuvo a medio camino entre Antonia y Santiago, mirándolos con una mezcla de cansancio y sorna.
—Ya, se acabó el momento de las estrellas —sentenció secándose la frente con la manga—. Muy lindo el poema, Anto. Casi me convences de que tienes sentimientos, pero Belén dice que deben desocupar el espacio o nos encerrará en la bodega hasta el próximo equinoccio.
—¿Estuviste allí todo el tiempo?
—A un costado, tratando de que el foco izquierdo no explotara en tu gran final. —Eduardo le guiñó un ojo, y siguió con su tono de siempre—. No te acostumbres a los aplausos, que mañana volvemos a ser ciudadanos comunes con prueba de biología. Santiago, muévete con ese estuche.
Santiago asintió con una sonrisa, reconociendo el mando logístico de Eduardo y se puso en marcha.
—Gracias.
—Un hombre de pocas palabras. —Rocío apareció entre las sombras de las butacas, en el momento exacto.
Consuelo juntó las manos.
—Por favor, nunca cambies.
—No está en mis planes futuros.
La salida del anfiteatro fue lenta. Siempre lo era después de algo que salía bien. La gente se demoraba más en guardar cosas, en conversar, en quedarse todavía un poco dentro de la atmósfera que se había armado. Profesores felicitando con moderación, estudiantes repitiendo escenas.
Cuando por fin salieron al patio, la noche estaba fría y despejada. La lluvia se había ido. Antonia caminó entre Rocío y Consuelo con la hoja todavía en la mano.
—¿Puedo decir algo importante? —preguntó Consuelo.
—No —respondió Rocío.
—Sí —dijo Antonia al mismo tiempo.
Consuelo sonrió con gloria insoportable.
—Gracias. Lo importante es que hoy el otoño ganó.
Rocío cerró los ojos.
—Nunca sé si te odio o si te necesito viva.
—Eso es amor.
—Es agotamiento.
Antonia se rio, y esta vez no le sorprendió hacerlo.
Al doblar por la galería, el ruido del anfiteatro quedó atrás. Adelante, el internado recuperaba su ritmo habitual de noche: ventanas encendidas, pasos más escasos, alguna voz aislada, un piano mal tocado en el edificio de música.
Fue entonces cuando Antonia sintió el papel del texto rozarle los dedos y recordó, con una punzada brusca, el otro papel.
La advertencia que seguía guardada en su cajón. La que hablaba de historias que empezaban ahí y no terminaban bien.
—¿Qué pasó? —Consuelo la observó de reojo, notando cómo se le borraba la sonrisa.
Antonia dudó un instante, apretando el papel entre los dedos.
—Nada —mintió, bajando la vista al suelo—. Solo me acordé de mi casa. De que mañana es domingo.
Consuelo le pasó un brazo sobre los hombros, apretándola con fuerza sin decir nada, habituada a ese fantasma silencioso que Antonia cargaba desde marzo.
Rocío, en cambio, no desvió la mirada. Sostuvo los ojos fijos en ella a lo largo del pasillo, midiendo el engaño.
Sabía que la casa dolía, pero la fijeza en la expresión de Antonia delataba otra urgencia. Un pacto mudo.
El silencio entre las tres cambió de temperatura. Rocío se metió las manos en los bolsillos del chaleco.
—Mañana biblioteca.
No era una pregunta. Antonia asintió.
—Sí.
—Mañana biblioteca —repitió Consuelo, bajando un poco la voz por primera vez en toda la noche.
Siguieron caminando.
A lo lejos, el anfiteatro mantenía la luz encendida, pero Antonia ya no pensaba en el ensayo. Con la advertencia aguardando en su cajón del velador, como puerta mal cerrada, ya no podía fingir que no le preocupaba.
Algo nuevo había empezado y Santa Camelia ya lo estaba mirando de vuelta.