Capítulo 9 – Cuando una se atreve
El anfiteatro lleno siempre parecía más pequeño de lo que era. No por el espacio, sino por el aire: voces, pasos, respiraciones, murmullo. Todo se acumulaba hasta quedar demasiado cerca. Antonia lo sintió en cuanto se asomó.
—No mires tanto. —Rocío le retuvo el brazo desde atrás, impidiéndole avanzar hacia la baranda.
Antonia apartó la vista de inmediato.
—Gracias por el consejo útil.
—Es útil si quieres evitar colapsar —replicó.
—No voy a colapsar.
Rocío la miró de arriba a abajo, evaluándola con crueldad afectuosa.
—Todavía.
Antonia exhaló por la nariz y volvió a acomodar la hoja entre sus manos. El papel ya estaba algo doblado en las puntas de tanto abrirlo y cerrarlo. Se sabía el texto casi entero, casi. Pero no quería arriesgarse a ir sin apoyo. No con el murmullo del anfiteatro pegándosele a la piel.
Consuelo apareció desde las escalerillas con un nivel de exaltación incompatible con cualquier forma de equilibrio humano.
—Bien. Ya está. Todo está espantosamente vivo. Nos quedan siete minutos. Belén no ha llorado todavía, lo cual me parece un milagro estructural, y Valeria está caminando con la firme intención de matar a alguien con pura organización.
—Eso no reduce mi ansiedad —murmuró Antonia.
—No estaba intentando reducirla. —Consuelo sonrió de par en par.
Le arregló sin permiso el cuello de la blusa, le quitó una mota invisible de la manga y luego la sostuvo por ambos hombros con intensidad de directora espiritual improvisada.
—Escúchame. No tienes que hacerlo perfecto.
—Eso suena sospechosamente maduro para venir de ti.
—Tengo momentos. Son escasos y bellos.
Rocío se apoyó contra la pared lateral del bambalinas.
—Di lo que viniste a decirle y anda a molestar a otro.
Consuelo infló el pecho.
—No leas como si estuvieras pidiendo perdón por estar ahí, ¿sí?
La frase cayó más honda de lo que Antonia quería admitir. Consuelo lo notó. Le sonrió más despacio esta vez, menos espectáculo y más verdad.
—Eso —murmuró—. Exactamente esa cara. Guarda esa y sube con esa.
Belén pasó corriendo por detrás con dos hojas en una mano, un rollo de cinta en la otra y unas ojeras que ya formaban parte del uniforme.
—Consuelo, o vienes ahora o juro que te saco a empujones de aquí.
—Voy, voy, qué poco respeto por una artista en expansión...
Desapareció casi tropezando con una caja de utilería.
Antonia la vio irse y, por un segundo, agradeció de forma casi física que Consuelo existiera. Que fuera un desborde, una exageración, una fuerza imposible de regular. Porque en una tarde como esa, su manera de ocupar el espacio hacía que el miedo fuera menos.
Rocío se descruzó de brazos.
—Mírame.
Antonia lo hizo.
—No le leas a Valeria —ordenó Rocío—. No le leas a Belén. No le leas a la profesora. No le leas ni siquiera a Consuelo.
—¿Y entonces a quién?
Rocío inclinó la cabeza.
—Al texto. Y a ti. Con eso basta.
El comentario la tomó desprevenida. Quiso responder algo ligero, una broma tal vez, pero no le salió. Rocío sostuvo su mirada un segundo más y después levantó una mano hacia su hombro.
—Vas a estar bien.
Antes de que Antonia pudiera contestar, una voz sonó desde el otro lado del telón:
—Antonia.
Santiago.
Ella giró. Estaba unos metros más atrás, con la guitarra ya colgada y la camisa remangada. Rocío los miró a ambos, registrando el cuadro con demasiada claridad.
—Voy a sentarme. No hagan nada estúpido antes de salir a escena.
—Qué específica —murmuró Antonia.
—Estoy perfeccionando mi arte.
Se fue por el costado de las butacas con ese caminar suyo preciso y seguro. Santiago esperó a que quedaran solos antes de acercarse del todo.
—¿Cómo estás?
Antonia miró la hoja entre sus manos.
—Terrible.
Una sombra de sonrisa le tocó la boca.
—No parece.
—Porque tengo una habilidad extraordinaria para fingir estabilidad.
—Sí. Ya lo noté.
Eso la hizo alzar la vista.
—Qué ofensivo.
—Lo digo con respeto.
Hubo un segundo leve entre ambos. Detrás del telón, el murmullo del anfiteatro subía y bajaba como una ola contenida. Santiago bajó la mirada a la hoja.
—¿La vas a leer entera?
—Esa era la idea revolucionaria, sí.
—No. Digo si la vas a mirar entera. Todo el tiempo.
Antonia entendió.
—No debería, ¿cierto?
Él negó con la cabeza.
—No si quieres que te escuchen de verdad.
La respuesta le produjo algo que ella no acomodaba bien dentro de sí.
—¿Y tú? —interrogó—. ¿Siempre pareces tranquilo o también te estás muriendo por dentro?
Santiago soltó una risa breve, más en la mirada que en la voz.
—También. Solo lo distribuyo mejor.
Antonia sonrió, a pesar suyo.
—Eso no ayuda nada.
—Tal vez no. Pero me hace quedar bien.
El ruido del escenario cambió de golpe. La señal de que el número anterior estaba terminando. Santiago apoyó una mano en el mástil de la guitarra.
—Escúchame un segundo.
Antonia sintió que el cuerpo se le tensaba sin motivo lógico.
—No leas como si tuvieras que convencerlos. Léelo como si lo hubieras escrito tú.
Eso fue la llave en la cerradura correcta. Sintió un alivio en el pecho. Antes de que pudiera responder, Belén apareció por el costado del telón.
—A posiciones. Ya.
Todo se puso en movimiento.
Consuelo subió al escenario para la entrada de su grupo con una intensidad casi delirante.
Dos alumnos de tercero empujaron una estructura lateral.
Valeria revisó una última vez los tiempos con la profesora de música y luego se apartó con la libreta contra el pecho, exhibiendo una cara impecable incluso al borde del abismo logístico.
Antonia ocupó su lugar detrás de una de las patas del escenario. Desde ahí veía el contorno de las primeras filas: estudiantes, profesores, uniformes, luces.
Santiago se instaló en su taburete a un costado, donde su entrada quedaba visible sin robarse el centro del cuadro. Giró la cabeza hacia ella. Hizo un asentimiento corto, como diciéndole “estoy aquí” o algo parecido.
Entonces el número empezó.
La primera parte la sostuvo el grupo de teatro con escenas breves, casi imágenes: movimiento, transiciones, frases cortas sobre estaciones, pasos cruzados bajo luces cálidas. Consuelo estaba magnífica y un poco insoportable incluso a distancia.
Antonia esperaba. Sintió el tiempo no como una línea, sino como un nudo. La transición llegó antes de que se sintiera lista.
Las luces bajaron un poco. Los que estaban en escena salieron con un movimiento preciso. El murmullo del anfiteatro cayó un poco. Santiago dejó entrar los primeros acordes.
Antonia miró hacia él. Él le devolvió un asentimiento breve, una forma silenciosa de decirle que estaba ahí.
Entonces recordó a Rocío: “Al texto. Y a ti”.
Recordó a Consuelo: “Como si no estuvieras pidiendo perdón”.
Y recordó a Santiago: “Como si ya supieras que es verdad”.
Entró.
El aire del escenario olía a madera vieja y polvo.
Cuando empezó a leer, el mundo se redujo a la luz sobre la hoja, al rasgueo constante de la guitarra y al silencio del anfiteatro.
No supo cuántas veces miró el papel. Solo supo que, por primera vez en meses, su voz era más fuerte que el ruido de su cabeza.
Al terminar, salieron del escenario. Se escucharon aplausos. Antonia no sabía muy bien dónde quedarse, o si tenía permiso para respirar con normalidad. El golpe de realidad llegó cuando Consuelo la interceptó en cuanto llegó al costado de bambalinas.
—No. No, no, no. ¿Tú sabías que podías hacer eso y no nos habías avisado?
Antonia alcanzó a respirar un poco.
—Estoy ocupada muriendo.
—Bueno, muérete más tarde porque eso salió hermoso.
Belén apareció desde el otro costado con la carpeta apretada contra el pecho como si quisiera abrazarla o usarla de arma.
—Funcionó.
Eso, viniendo de Belén en pleno ensayo del festival, era equivalente a una declaración de amor.
—¿Sí? —Tanteó Antonia, todavía medio fuera de sí.
Belén la miró como si no pudiera creer la pregunta.
—Sí.
Y siguió corriendo porque alguien la llamó con urgencia técnica.
Antonia se quedó donde estaba un segundo más, con el ruido del resto del número pasando a su alrededor como agua. Después vio a Valeria.
No estaba sonriendo, no era su estilo. Pero tampoco tenía cara de corrección inmediata.
Solo la observó un instante desde abajo del escenario y, cuando Antonia le sostuvo la mirada, hizo un gesto con la cabeza de aprobación, breve pero innegable.
Antonia no alcanzó a procesarlo bien porque el final del número llegó enseguida.
Últimos movimientos, última nota, telón parcial, aplausos.
Por un momento, todo el anfiteatro fue ruido y luz y respiración compartida. Consuelo se agarró del brazo de Antonia con fuerza.
—¿Escuchas eso?
—Sí.
—Bueno, solo quería que constara.
Antonia se rio de puro desborde. Y al hacerlo sintió algo tan simple como desconocido en los últimos días: alegría sin culpa, chiquita, pero intacta.
Durante semanas, el silencio de la cocina de su madre y la distancia de su papá le habían quitado espacio a cualquier otra emoción, volviendo gris cada rincón de su rutina.
Pero ahí, bajo el eco de los aplausos y rodeada de sus amigas, el peso de su casa dio un paso atrás. Había vuelto a respirar.
Cuando el grupo empezó a desarmarse entre felicitaciones, sillas moviéndose y voces superpuestas, Rocío fue una de las primeras en llegar hasta ellas. Se plantó frente a Antonia con esa cara suya de cuando algo importaba demasiado como para actuar ligero.
—Bien.
Consuelo puso cara de escándalo.
—¿Bien? ¿Eso es todo?
Rocío no la miró siquiera.
—Para mí eso significa mucho.
Antonia lo supo. Por eso le sonrió.
—Gracias.
Rocío sostuvo la vista un segundo más y luego bajó la voz.
—Te quedaste.
Antonia sintió que algo en el pecho se aflojaba poco a poco.
—Sí.
Consuelo hizo un ruido indignado.
—No puedo creer que tengan intercambios tan breves y aun así me destruyan emocionalmente.
—A todos nos pesa algo en esta vida —murmuró Rocío.
Belén llegó de nuevo, esta vez con menos urgencia en la cara y más cansancio acumulado.
—La profesora de música dice que no toquemos nada —anunció—. Lo cual, en su idioma, es prácticamente una bendición celestial.