Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 8 – Lo que se nota, aunque no se diga #3
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Capítulo 8 – Lo que se nota, aunque no se diga #3

Valeria le sostuvo la mirada una fracción de segundo.

Por un momento, Antonia no vio la arrogancia de siempre, sino unas ojeras que el corrector de maquillaje no alcanzaba a tapar y un temblor casi imperceptible en la mano que apretaba la libreta negra.

Parecía alguien que, si dejaba de controlar un solo detalle, se desarmaría frente a todos.

—Bien —cedió al fin Valeria y se dio la vuelta rápido, como si hubiera mostrado demasiado.

Salieron del anfiteatro cuando ya estaba anocheciendo.

Al principio, caminaron juntas las tres. Consuelo hablando demasiado, como siempre, sobre la pasada general, los cambios mínimos, el modo en que Antonia había logrado representar el texto mejor esta vez y la posibilidad de que ella misma mereciera un premio por apoyo artístico no solicitado.

Al llegar a la mitad del patio, Consuelo se detuvo de golpe.

—No.

Rocío la miró.

—¿Qué pasó ahora?

—Mi botella.

—No de nuevo.

—Sí. La dejé en bambalinas.

Rocío cerró los ojos.

—Pierdes cosas con una frecuencia admirable.

—Eso también es talento.

—Eso es un trastorno.

Consuelo ya estaba retrocediendo.

—¡Vuelvo altiro!

—Nunca vuelves altiro —le gritó Antonia.

Pero ya iba corriendo de vuelta hacia el anfiteatro. Quedaron solo Rocío y Antonia en medio del patio, con la humedad subiendo desde las piedras y el ruido del internado apagándose de a poco alrededor.

Rocío metió las manos en los bolsillos del chaleco.

—No quiero que pienses que lo de antes fue por ti.

Antonia la miró.

—Ya sé —declaró.

—Y tampoco quiero que pienses que estoy lista para contarlo todo.

—No lo había pensado —replicó.

Rocío asintió. Siguieron caminando unos pasos.

—Pero sí quiero que sepas que no estaba exagerando —dijo al final.

Antonia giró la cabeza.

—Lo sé.

—Bien.

Al doblar por la galería cubierta, vieron a Claudio saliendo del edificio de montaje con las manos en los bolsillos y una mancha nueva de pintura en la muñeca. Se acercó a ellas sin dudar un segundo.

—¿Sobrevivieron?

—Depende de qué consideres vivir. —Antonia sonrió levemente.

—Respuesta preocupante. Me gusta —sonrió.

—La dejo contigo dos minutos, pero si la conviertes en otro “símbolo del otoño”, vuelvo y te cobro. —Rocío se cruzó de brazos.

Claudio soltó una risa.

—Es una amenaza bastante específica.

—Me gustan las cosas claras, Claudio. No te acostumbres.

Y siguió caminando hacia el dormitorio sin mirar atrás. Antonia la observó alejarse un segundo.

—Está en uno de sus mejores humores.

—Eso explica mucho. —Claudio sonó divertido.

Se quedaron bajo la galería mientras la llovizna volvía a tocar el borde del patio.

—Te escuché ahí adentro.

Antonia soltó una risa baja.

—Lo siento.

Claudio negó con la cabeza.

—No. Me llamó la atención otra cosa.

Ella esperó.

—Al principio estabas leyendo el texto. Después empezaste a decirlo de verdad.

Antonia lo miro, y luego, un poco avergonzada, miró sus manos.

—Vi a Belén bastante conforme con la transición —continuó él, cambiando de ritmo—. Consuelo me juró que el número cobró alma.

—Consuelo usa términos espirituales para tapar el desorden general.

—Eso ayuda a la mística del montaje, al menos.

Antonia sonrió, agradeciendo que Claudio no insistiera en analizar su desempeño en el escenario. El silencio que siguió fue breve. Desde el interior del anfiteatro llegó un rasgueo de guitarra aislado. Los dos giraron la cabeza por reflejo hacia el sonido. Claudio curveó los labios.

—Vaya. Parece que tu compañero de escena sigue ajustando la escala.

Antonia lo miró, atrapada en una timidez repentina por sentirse tan observada.

—No sé si agradecerte o enojarme por el comentario.

—Puede ser las dos.

Eso la hizo reír, de verdad. Consuelo reapareció corriendo con la botella en alto como si hubiera recuperado un trofeo nacional.

—¡La encontré!

—Milagro —dijo Antonia.

—Respétenme.

Claudio retrocedió un paso.

—Las dejo con su celebración.

Se despidió levantando una mano y siguió hacia los dormitorios del otro pabellón. Consuelo lo vio irse y después miró a Antonia con ojos demasiado abiertos.

—No voy a decir nada.

—Mentira.

—No. Te juro que no, estoy madurando.

—Eso sí que da miedo —murmuró Rocío, que había reaparecido desde la esquina porque claramente no se había ido tan lejos como dijo.

Subieron juntas al dormitorio.

La noche cayó con rapidez, azul y fría detrás de los ventanales.

Una vez allí, Consuelo habló durante varios minutos más antes de quedarse sin batería humana y desparramarse boca arriba sobre la cama.

Rocío escribió algo en su cuaderno sin comentar demasiado.

Antonia se cambió en silencio y dejó la carpeta con el texto sobre el velador.

Más tarde, cuando sus amigas se durmieron, abrió el cajón. Sacó el papel doblado de la advertencia.

No todas las historias que empiezan aquí terminan bien.

Lo miró un rato largo. Después abrió el cuaderno y, casi sin pensarlo demasiado, dejó el papel al lado del texto del festival.

Desde algún punto lejano de Santa Camelia llegó otra vez el sonido de una guitarra, amortiguado por la distancia y la noche.

Antonia levantó la vista. No podía asegurarlo, pero el sonido de la guitarra allá afuera se sentía como una respuesta a la advertencia del cajón. Y por primera vez en meses, el ruido en su cabeza no era lo único que quería escuchar.