Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 8 – Lo que se nota, aunque no se diga #2
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Capítulo 8 – Lo que se nota, aunque no se diga #2

Antonia se giró. Eduardo estaba apoyado en una de las columnas con un rollo de cables en la mano.

—Vine a buscar una extensión, pero quedé atrapado en el fuego cruzado. Rocío, si le tiras un foco en la cabeza a Valeria, avísame para mover la cámara y que no salga en la grabación.

Rocío soltó una exhalación, que casi fue una risa.

—Tentador, pero no quiero que Belén me haga limpiar el desastre.

—Punto para la logística. —Eduardo posó su mirada en Antonia, analizándola un segundo más y detectando una grieta—. Entren luego. Belén está a punto de una combustión espontánea y Santiago está tocando la misma cuerda hace cinco minutos, esperándote. No dejen que les ganen por cansancio.

Antonia sintió que el nudo en su estómago se aflojaba poco a poco. La normalidad de su amigo era necesaria para que ella pusiera los pies en la tierra.

Desde dentro del anfiteatro llegó la voz de Consuelo gritando algo sobre una entrada perdida, seguida por un “¡Consuelo!” de Belén cargado de resignación histórica.

Eso, de alguna manera, ayudó. Rocío soltó aire por la nariz.

—No soporto a Valeria.

—Eso también ya lo sabía —añadió Eduardo.

—No. Ahora menos.

Antonia se permitió una sonrisa mínima.

—Lo noté.

Rocío se cruzó de brazos.

—No quiero que te haga dudar más de la cuenta.

La frase la sorprendió.

—¿A mí?

—Sí, a ti. Porque haces eso sola bastante bien. No necesitas ayuda externa.

Antonia la miró fijo un segundo. Después se rio.

—Qué tierna forma de apoyarme.

—Estoy en mi mejor momento emocional, claramente.

Volvieron adentro antes de que Belén mandara una búsqueda oficial.

La siguiente parte del ensayo fue más estable.

Belén había llegado a ese punto de agotamiento donde funcionaba en modo automático.

Consuelo seguía siendo Consuelo. Valeria ya no interrumpió a Antonia, aunque cada tanto anotaba algo en la libreta y eso bastaba para que a una le dieran ganas de secuestrar esa libreta e incendiarla en un papelero.

En uno de los descansos, Claudio apareció desde el lateral del escenario con una caja de herramientas pequeña en una mano.

—Belén dijo que había una base suelta —comentó.

—Belén dice tantas cosas —murmuró Consuelo.

—Y casi todas son verdad —rebatió él.

A Antonia siempre le sorprendía la facilidad con la que Claudio se movía en ese ecosistema. Saludó a un par de estudiantes, dejó la caja en un rincón, preguntó algo técnico a uno de tercero y subió al escenario como si llevara años haciendo exactamente eso.

Claudio levantó la vista hacia Antonia.

—¿Sigues viva?

—Apenas.

—Buena señal. En festival, apenas viva es casi excelente.

Ella sonrió.

Valeria, que pasaba justo por ahí con la libreta pegada al cuerpo, registró el intercambio con una mirada breve, lo suficiente para que Antonia lo notara. No dijo nada, pero dejó la sensación incómoda de que había archivado el momento en alguna parte.

La pasada general terminó casi una hora después, suficientemente armada como para que la profesora de música declarara, con un entusiasmo casi ofensivamente sobrio, que ya no estaban al borde del desastre absoluto.

Belén se dejó caer sentada en una butaca de la primera fila adoptando el cansancio de quien acaba de sobrevivir a un naufragio

—No sé si llorar, comer o desaparecer.

—Pues haz las tres —respondió Consuelo.

—No en ese orden —añadió Rocío.

Antonia guardó el texto en la carpeta y metió la carpeta en la mochila que había dejado sobre una butaca. Santiago estaba soltando la correa de la guitarra cuando se acercó a ella.

—Te salió mejor.

—Me salió menos terrible.

—No. Mejor.

Había algo en esa aprobación que volvió el aire más ligero.

—Gracias —dijo ella.

Él asintió. Después miró la hoja asomando entre la carpeta.

—La última parte todavía la estás pensando demasiado antes de decirla.

—No puedes culparme por tener cerebro.

—No. Pero sí por usarlo justo donde no te conviene.

Eso le arrancó una risa.

—Qué insolencia.

—Es raro en mí.

Se quedaron un segundo demasiado quietos, un poco separados por la guitarra entre ambos y el ruido de salida del resto. Entonces Claudio bajó del escenario con su caja de herramientas, acercándose a ellos.

—Belén aprobó mi trabajo con un gruñido. Creo que eso cuenta como reconocimiento oficial.

Antonia giró hacia él.

—Felicitaciones por tu ascenso.

—Gracias. Ha costado años.

Santiago lo saludó con un gesto seco del mentón.

Claudio respondió con un movimiento de cejas, reconociendo su presencia mientras dejaba una en el suelo.

Ninguno pareció incómodo, pero se quedaron un segundo ahí, estáticos.

Antonia se sintió de pronto como el centro de un eje que no sabía cómo controlar.

Miró de uno a otro, notando el contraste entre la calma fría de Santiago y la solidez relajada de Claudio, hasta que Consuelo irrumpió:

—Necesito comida. Y aprobación emocional. No necesariamente en ese orden.

—La segunda no te la voy a dar —sentenció Rocío, desde dos butacas más allá.

—Monstruo.

Belén seguía desparramada en la butaca con los ojos cerrados.

—Llévense a Consuelo antes de que proponga cambiar otra cosa hoy.

—No iba a cambiar nada —dijo ella.

Valeria, guardando al fin su libreta, habló sin mirar.

—Mentira.

Consuelo se ofendió con toda el alma.

—¡Qué manera de desconfiar de la inspiración!

Valeria levantó la vista hacia Antonia.

—Mañana no abras tanto la primera frase. Hoy funcionó en ensayo porque el espacio estaba medio vacío. Con gente va a sonar artificial si te pasas.

Antonia sintió el tirón interno de inmediato, un impulso de defenderse antes de que siguieran marcándole cosas.

Pero recordó a Rocío diciendo que había gente que sin gritar igual te hacía pequeña, y decidió que no quería regalarle a Valeria tanto poder sobre ella, así que solo dijo de forma cortante:

—Lo voy a probar.