Capítulo 8 – Lo que se nota, aunque no se diga
La pasada general del día siguiente empezó mal y siguió peor durante al menos cuarenta minutos.
No porque hubiera ocurrido algo catastrófico, sino por esa suma agotadora de pequeñas cosas que en Santa Camelia parecían multiplicarse cuando el Festival de Otoño se acercaba: una luz que no encendía cuando debía, una entrada mal marcada, un cable desaparecido, una escena detenida tres veces por la profesora de música, Belén caminando con una carpeta abierta y la mirada de quien ya no cree en la misericordia, Consuelo jurando que no estaba improvisando cuando claramente sí lo estaba.
Antonia llegó al anfiteatro con el texto doblado dentro del cuaderno y la sensación incómoda de llevar algo frágil escondido.
No había dormido particularmente bien.
—Tienes cara de que vas hacia una condena. —Rocío la recibió en el acceso de las filas laterales, sin despegar los ojos de su puesto.
Estaba sentada en una butaca del medio con las piernas cruzadas y una expresión lo bastante seca como para parecer indiferencia, aunque Antonia ya sabía reconocer cuándo no lo era.
—Gracias por el apoyo moral.
—Es mi forma favorita de demostrar cariño. —Esbozó una mueca rápida.
Antonia dejó el bolso en una silla vacía junto a ella.
—¿Desde cuándo llegas antes que todos a un ensayo que no es tuyo?
Rocío cerró el cuaderno que tenía sobre las piernas.
—Desde que alguien tiene una lectura pública y no quiero que Consuelo la sobreestimule hasta llevarla a una crisis.
—Yo no sobreestimulo a nadie —protestó Consuelo desde el escenario, asomando la cabeza por el filo del telón principal. Nadie sabía exactamente cuánto rato llevaba escuchando.
Belén bajó una escalerilla lateral con un rollo de cinta negra.
—No empiecen. Les ruego por una vez que no empiecen —imploró, arrastrando los pies con el cansancio de un santo patrono del colapso.
Antonia alzó la vista hacia el escenario. Santiago ya estaba ahí.
Tenía la guitarra colgada al hombro y hablaba con la profesora de música, señalando algo en una hoja.
Antonia detestó un poco que, en medio de los gritos de Belén y el ruido de los cables, él pareciera el único en el anfiteatro que no iba a romperse.
Pero odió, sobre todo, que eso le diera algo de paz.
Belén la vio y levantó dos dedos como quien llama a un testigo importante.
—Necesito que subas en diez minutos.
—Qué bueno que lo planteas como necesidad y no como amenaza —ironizó.
—Hoy no puedo distinguir una cosa de la otra.
Consuelo apareció a su lado con una botella de agua, el chaleco colgándole de un codo y una exaltación que ya parecía parte permanente de su anatomía.
—Dormiste con el texto, ¿cierto?
—No.
—¿Lo leíste más de tres veces?
Antonia no respondió.
—Sabía. —Consuelo celebró con un aplauso ahogado de una satisfacción intolerable.
Rocío se puso de pie y recogió su cuaderno.
—¿La dejarás respirar o tengo que empujarte por un costado del escenario?
—¡Qué violencia contra las artes! —Consuelo se plantó colocando sus manos en su cadera.
—Qué ausencia de límites —replicó imitándola.
Belén se pasó una mano por la frente y giró hacia la consola.
—¡Valeria! ¿Puedes revisar la salida de música de la segunda transición?
—Ya la revisé. —Se oyó la respuesta desde las primeras filas. Valeria no soltaba su libreta negra.
—Entonces revisa que siga existiendo. Hoy no le creo nada a nadie.
Valeria se puso de pie con la compostura intacta de siempre, el uniforme impecable y el pelo en su lugar.
—Si nadie tocó nada donde le dije que no tocara, debería seguir existiendo.
—Esa frase tiene demasiados supuestos para mi gusto —murmuró Rocío.
Antonia no alcanzó a comentar nada, porque Santiago levantó la vista desde el escenario y se cruzó con la suya.
Solo fue un segundo. Después ladeó la cabeza hacia un costado, como preguntando si estaba bien.
Ese gesto hizo que a Antonia fuera más consciente de su pulso. Respondió que sí, o algo parecido.
Subió al escenario cuando Belén la llamó. Desde ahí arriba el anfiteatro volvía a parecer más grande que la tarde anterior, quizá porque ahora había más gente, más ruido y más posibilidades de hacer el ridículo con público.
Santiago estaba ajustando la correa de la guitarra.
—Hola —saludó ella.
—Hola.
—Espero que sepas que si esto sale mal voy a culparte.
Eso le arrancó una sonrisa.
—Ya contaba con eso.
Antonia desplegó el texto.
—No me siento más preparada que ayer.
—No tienes que estar preparada, solo tienes que estar aquí.
—Odio que tengas razón.
—Lo sé, practiqué la frase toda la noche.
Ella lo miró de lado.
—Mentiroso.
—Sí.
Debajo, Belén ya estaba organizando marcas con una desesperación metódica.
—¡Vamos desde el interludio! —ordenó, quebrando la burbuja de paz que se había formado entre ambos—. Y si alguien vuelve a frenarme por una tontera que pudo haber resuelto antes, juro que me retiro a vivir a una cueva.
—En una cueva no tendrías buena acústica —advirtió Consuelo.
—En una cueva tendría paz.
Rocío volvió a sentarse más atrás, pero Antonia alcanzó a verla tensar la mandíbula cuando Valeria se acercó a la consola y corrigió algo en voz baja a dos estudiantes de tercero. Alcanzó a pensar en eso medio segundo antes de que Belén levantara la mano.
—Ahora.
Santiago tocó la entrada. Antonia respiró una vez, dos, y empezó.
—El otoño no llega de golpe. No avisa con una sola señal, ni cambia el mundo en una tarde. Empieza en cosas pequeñas...
La primera parte salió bien. No perfecta, pero firme. La guitarra entró justo debajo y el espacio entre ambas cosas volvió a ordenarse como el día anterior: él sosteniendo, ella avanzando.
Hasta que, desde abajo, Valeria alzó la voz.
—No.
Ni siquiera había levantado la vista. Solo había alzado una mano, pero ese gesto mínimo hizo que Santiago detuviera su rasgueo y el mundo quedara en silencio. Belén cerró los ojos como quien invoca paciencia de alguna deidad.
—¿Qué?
Valeria no levantó el tono. Nunca hacía falta.
—La intención es correcta, pero está demasiado hacia dentro. Si vas a hablarle a tu ombligo, hazlo en tu habitación, que aquí debemos preocuparnos de todo el anfiteatro.
Antonia sintió que el calor le subía por la nuca al instante.
—Solo voy por la primera parte.
—Justamente —sentenció Valeria pasando una página—. Si en la primera parte ya suena como una lectura dirigida estrictamente a la cuarta fila para abajo, en la última no va a llegar a nadie.
Consuelo bajó dos pasos del escenario.
—No está mal… —comenzó a decirle.
—No dije que estuviera mal. Dije que no alcanza. —Miró nuevamente la consola.
Belén miró a Antonia y después a Valeria con la clara expresión de alguien que odiaba que la corrección tuviera sentido.
—Otra vez —pidió cansada—. Pero corta. No quiero perder veinte minutos en una sola transición.
Antonia apretó la hoja hasta arrugar un borde. Más allá del tono cortante de Valeria, lo que le encendió el pulso fue la fijeza con la que el resto de los alumnos se quedaron mirando el escenario, esperando su tropiezo. Se sintió expuesta, desnuda bajo los focos apagados.
Miró hacia abajo por reflejo. Rocío estaba completamente quieta. Demasiado quieta. La reconoció enseguida: esa inmovilidad tensa era pura contención.
Santiago inclinó la cabeza hacia Antonia.
—Hazlo otra vez —dijo bajo, lo suficiente para que solo ella lo oyera—. Pero no le contestes con rabia. Úsala.
El consejo le hizo sentido. Antonia tragó saliva, respiró, y volvió a empezar. Esta vez abrió más la voz, lo justo. Las palabras siguieron sintiéndose suyas y dejaron de esconderse tanto. Cuando terminó el fragmento, el silencio que cayó fue breve.
Belén señaló con dos dedos.
—Ahí.
Consuelo abrió la boca en un gesto que delataba haber presenciado un milagro personal. Valeria cerró la libreta.
—Sí. Así.
Antonia la miró con desdén y le dijo:
—Gracias por tu aprobación.
El ensayo siguió avanzando a golpes: una entrada de teatro se atrasó, la profesora de música detuvo otra vez a los de segundo por un coro mal medido y a una chica por no llevar la camisa dentro de la falda, Belén perdió un lápiz y luego descubrió que lo había tenido en la mano todo el tiempo, Consuelo quiso cambiar una marca a último minuto y casi logró que Valeria la fulminara con la mirada desde veinte metros.
Antonia leyó dos veces más. Cada una fue mejor que la anterior. Y, sin embargo, algo del ambiente se había tensado desde la intervención de Valeria. Rocío, durante una pausa corta, se acercó a la consola.
Valeria estaba revisando tiempos con dos estudiantes más chicos. Los corregía con voz baja y precisa. Ninguno discutía, asentían demasiado rápido, revelando la urgencia por salir pronto de su radio de control. Sin decir nada, Rocío se alejó hacia la salida lateral.
Antonia la siguió sin pensarlo mucho. La encontró en el pasillo del costado, junto a una de las puertas abiertas que daba al patio húmedo. Tenía esa cara cerrada con la que a veces parecía defenderse del mundo entero.
—Rocío.
—Estoy bien —la interrumpió.
—No te pregunté eso.
Rocío soltó una risa seca sin humor.
—Qué observadora.
Antonia se apoyó en la pared de enfrente, dándole espacio.
—¿Qué pasó?
Rocío no respondió enseguida. Afuera, la llovizna había vuelto.
—No me gusta la gente que corrige así —dijo al fin.
Antonia bajó la vista un segundo.
—Lo sé.
—No. No lo sabes. —Rocío miraba la llovizna.
La frase salió más rápida de lo que pensaba. Antonia levantó la cabeza. Rocío cerró los ojos un segundo, como si ya se hubiera arrepentido de haberla dicho así.
—Perdón.
—No importa.
—Sí importa —murmuró, limpiándose una mancha imaginaria del puño del chaleco.
Se hizo un silencio corto. Rocío miró hacia el patio.
—Hay gente que no necesita gritar para hacerte sentir chica. Gente correcta, razonable. Y al final una termina cambiando hasta la forma de sentarse para que no la miren así otra vez.
Antonia asintió. Su amiga pareció agradecerle en secreto que no la interrogara más. Se quedaron ahí unos segundos, compartiendo el aire húmedo.
—Si siguen mirando el patio con esa cara, voy a aprovechar de cobrar entrada por el drama.