Capítulo 7 – La voz en medio del ruido #3
Belén apareció entre las dos con una carpeta levantada como si fuera un escudo.
—No, no ahora. Les prohíbo las tensiones dramáticas hasta nuevo aviso. Tengo demasiadas cosas encima como para gestionar otra.
Consuelo levantó una mano.
—Apoyo la moción.
Valeria cerró la libreta.
—Como quieran. Ya terminé por hoy.
Se giró para irse, pero al pasar junto a Antonia se detuvo.
—De todos modos —dijo sin mirarla del todo—, sí funcionas ahí arriba. Solo no lo arruines dudando tanto.
Y siguió de largo.
Antonia se quedó quieta un instante. Era exasperante.
—Voy a aprender a comunicarme con ella solo a través de señales de humo —murmuró.
Rocío se puso a su lado.
—No. Porque ni así dejaría de sonar superior.
Eso le arrancó a Antonia una risa corta, real.
Belén ya estaba recogiendo hojas y dando instrucciones otra vez. Consuelo corría hacia bambalinas porque había olvidado una botella. El anfiteatro volvía poco a poco a su ruido habitual.
—Nos vamos —anunció Rocío.
—Sí —dijo Antonia, aunque tardó un segundo en moverse.
Salieron por el costado lateral. La llovizna casi había parado. Caminaron en silencio los primeros metros. Fue Rocío quien habló primero.
—Lo hiciste bien.
Antonia bajó la vista al camino de piedra.
—Eso ya lo dijeron varios.
—Yo no soy varios.
La frase la hizo sonreír un poco.
—Gracias amiga.
Rocío metió las manos en los bolsillos del chaleco.
—Y no solo lo hiciste bien. Te quedaba bien.
Antonia giró la cabeza sorprendida.
—¿Leer un texto en un escenario?
—No, dejar que te escucharan.
El comentario la dejó sin aliento un segundo. Rocío no siguió.
Llegaron a la altura del patio central justo cuando una figura se separaba de la galería cubierta. Claudio.
Venía con una tabla angosta bajo el brazo y manchas de pintura seca en la manga. Al verlas, cambió un poco de dirección hacia ellas.
—Hola. —Sonrió.
—Hola —respondió Antonia.
Rocío lo saludó con una inclinación breve de cabeza, pero no frenó el paso. Miró a Antonia de lado.
—Voy al dormitorio.
Era una mentira clarísima, porque el dormitorio quedaba hacia el otro lado, pero Antonia no quiso corregirla, aunque se sintió un poco culpable. Claudio la devolvió a la realidad.
—Tu amiga me deja muy claro cuando estorbo y cuando no —comentó mientras veía a Rocío alejarse.
—Eso significa que te respeta lo suficiente como para ser honesta.
—Qué alivio.
Antonia sonrió. Él alzó la tabla que llevaba.
—Belén me secuestró para arreglar una base que alguien juró que estaba firme. Mentían.
—Eso pasa mucho en Santa Camelia. La mitad del sistema está sostenido por fe.
—Y por cinta negra —añadió él.
Caminaron unos pasos juntos hacia la galería.
—Te escuché recién —dijo Claudio después, intentando parecer neutro.
Antonia sintió un pequeño vuelco en el estómago, distinto al que le provocaba Santiago. Menos descarga, más calor inmediato.
—¿Hace cuánto estabas ahí? —Lo miró a los ojos.
—Lo suficiente.
Ella hizo una mueca.
—Qué vergüenza.
—No parecía que te estuviera dando vergüenza.
—Por dentro sí.
Claudio sonrió.
—Bueno, por fuera no. Por fuera parecía que estabas ahí de verdad.
La frase la desarmó un poco más de lo que le habría gustado.
—No sabía que querían eso de mí. —Juntó las manos frente a ella.
—Quizás tú no. Otros sí —respondió él, observando la lluvia.
—¿Otros?
Claudio se encogió de hombros.
—La gente nota cosas, aunque tú creas que no.
Siguieron caminando bajo la galería. El anfiteatro quedaba detrás, todavía vivo. Por delante, el internado empezaba a encender luces una a una.
—Te queda bien el escenario —insistió él al final.
Antonia soltó una risa pequeña.
—Ustedes tienen una extraña obsesión con decirme eso hoy.
—Entonces probablemente sea verdad.
Ella lo miró un segundo más de la cuenta. Claudio no apartó la vista, pero había algo más profundo en su mirada. Era una sensación extrañamente familiar.
Desde lejos, Consuelo gritó el nombre de Antonia con desesperación teatral. Los dos se giraron.
—Nunca conozco la paz —murmuró Antonia.
—Así veo.
Consuelo venía corriendo desde las escaleras de la entrada del anfiteatro con la carpeta en una mano y la botella en la otra.
—¡Antonia! ¡No te vayas todavía!
—Demasiado tarde —dijo ella.
Consuelo llegó jadeando.
—No. Urgente, necesito que te lleves esto y lo leas en la noche.
Le puso la hoja del texto en la mano antes de que pudiera protestar.
—Mañana, pasada general. No puedes llegar improvisando profundidad.
—Qué frase horrorosa.
—Gracias. La pensé bajo presión.
Claudio miró la hoja.
—¿Te están explotando artísticamente?
—Sí —respondieron Antonia y Consuelo al mismo tiempo.
Eso lo hizo reír.
—Entonces te dejo a merced de tu trágico destino.
Se despidió levantando la mano libre y siguió su camino hacia el otro edificio, tabla al hombro, sin apuro. Antonia lo vio alejarse un segundo antes de que Consuelo volviera a tirar de su manga.
—No te distraigas. —Le sonrió.
—Tú eres la distracción.
—Falso. Yo soy el motor de esta amistad.
Antonia y Consuelo subieron al dormitorio mientras la tarde terminaba en el horizonte.
Cuando llegaron, Rocío ya estaba ahí, quitándose la corbata. Con la puerta cerrada y el ruido del pasillo reducido a un murmullo lejano, Antonia dejó la hoja sobre la cama y la observó como si no fuera del todo la misma que había tenido entre las manos en el escenario.
Consuelo se tiró boca arriba en su colchón.
—Estoy muy feliz.
—Qué raro —ironizó Rocío.
—No lo digo en serio casi nunca. Valórenlo.
Antonia se sentó y volvió a leer las primeras líneas. Esta vez sin guitarra debajo. El texto le hizo sentido de una forma nueva.
“El otoño no llega de golpe.
Empieza en cosas pequeñas.
En aquello que una aprende a soltar, aunque no quiera”.
Bajó la hoja despacio. Era eso lo que la había incomodado desde el principio: reconocer que esas palabras se parecían demasiado a algo que ya le estaba pasando por dentro.
—¿Sabes qué cara tienes? —preguntó Rocío desde su cama.
Antonia la miró.
—No.
—Cara de que entendiste por qué aceptaste.
Consuelo se incorporó sobre un codo de inmediato.
—¿Ves? ¡Eso mismo! Yo lo sentí en el ambiente.
—Tú sientes demasiadas cosas en el ambiente. —La frenó Rocío.
Antonia bajó otra vez la vista al papel. No supo qué responder sin decir algo más cierto de la cuenta.
En el velador, entre sus cuadernos, seguía guardado el papel doblado de la advertencia. Por un momento, el texto del festival y esa frase escondida parecieron mirarse desde extremos distintos del mismo cuarto.
Uno hablaba de cambio, el otro, de peligro. Uno la llamaba a ponerse de pie y dejar que la escucharan; el otro parecía decirle que tuviera cuidado con lo que empezaba.
Antonia apoyó la hoja sobre sus rodillas.
Afuera, una risa cruzó el pasillo. Más lejos, una puerta se cerró.
—Mañana voy a hacerlo bien —dijo al final con una mezcla de cansancio y determinación.
Consuelo sonrió ante lo que consideró un juramento épico.
—Obvio que sí.
Rocío la observó en silencio un segundo más largo.
—Sí —dijo después—. Pero no solo por ellos, por ti.
Antonia levantó la cabeza. Rocío no añadió nada más.
Porque las dos sabían que, desde que había vuelto a Santa Camelia, había algo que Antonia estaba haciendo porque algo en ella también quería ocupar ese lugar. Y eso, aunque todavía no supiera qué consecuencias traía, ya era otra clase de comienzo.