Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 7 – La voz en medio del ruido #2
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Capítulo 7 – La voz en medio del ruido #2

Antonia levantó la vista.

—Este. —Señaló el papel.

Consuelo alzó ambos puños en señal de victoria, aunque no hubiera ganado nada todavía.

—Sabía.

Valeria extendió la mano desde la fila de al lado.

—Pásamelo —exigió con sequedad.

Antonia dudó un segundo, pero se lo entregó. Valeria lo leyó rápido, con una expresión tan neutra que a Antonia se le encogió un poco el estómago.

—Sí —dijo al final—. Este es el único que no suena ridículo.

Consuelo la señaló indignada.

—Qué manera tan miserable de elogiar algo.

—¿Prefieres que mienta?

Belén recuperó la hoja.

—Perfecto. Entonces ese queda.

Antonia frunció el ceño.

—Eso no significa que yo lo vaya a leer.

Hubo un pequeño silencio. Santiago apoyó la guitarra contra su muslo y se puso de pie.

—Ven. —La miró a los ojos con seguridad.

Antonia lo miró como si acabara de hablar en otro idioma.

—¿Qué?

—Ven un segundo.

—¿Por qué?

—Porque desde ahí abajo todo suena peor. Desde el escenario puede que no.

Consuelo apretó los labios para no sonreír, pero falló. Rocío se reclinó en la butaca.

—Yo pagaría por ver esto, pero como no tengo plata, me quedaré observando gratis.

Antonia cerró los ojos un segundo. Después, subió los escalones laterales, solo porque quedarse quieta empeoraba el sudor en sus palmas. Se plantó sobre el escenario con la hoja en una mano y la otra apretada en un puño contra el costado de la falda.

Desde ahí arriba el anfiteatro cambiaba, siempre era así. Las butacas parecían más numerosas y el silencio, más grande. Aun con gente moviéndose y hablando, había una sensación rara de desnudez que no ayudaba a bajar su ansiedad.

Santiago se acomodó un poco a su izquierda, no demasiado cerca. Volvió a sentarse en el taburete y apoyó los dedos sobre las cuerdas.

—Solo léelo —dijo—. Trata de pensarlo, no de explicarlo.

—Qué útil —murmuró ella, buscando en el sarcasmo el aire que sentía que le faltaba.

—Estoy haciendo mi mejor esfuerzo —replicó él sin quitar los dedos de las cuerdas, esperando el ritmo de ella.

Antonia miró la hoja otra vez, pero las letras se emborronaron un segundo. El texto decía cosas que ella llevaba días esquivando.

Abajo, Belén ya había dejado de fingir que hacía otra cosa. Valeria observaba con los brazos cruzados. Consuelo parecía a punto de emocionarse por adelantado. Rocío seguía quieta, pero atenta.

Santiago tocó dos acordes suaves. El sonido llenó el espacio.

Antonia tragó saliva y empezó.

—El otoño no llega de golpe. No avisa con una sola señal, ni cambia el mundo en una tarde. Empieza en cosas pequeñas. En la luz que se apaga antes. En el aire que pesa distinto. En aquello que una aprende a soltar, aunque no quiera.

Su voz salió más baja de lo que esperaba. No tembló, pero estaba demasiado cerca de hacerlo. Apretó un poco más la hoja.

Santiago mantuvo la guitarra debajo, leve, sosteniéndole un poco el ritmo de la respiración.

—A veces creemos que cambiar significa perder. Como si dejar atrás algo fuera siempre quedarse con menos. Pero hay estaciones que no vienen a quitar. Vienen a mostrar. A dejar a la vista lo que ya no podía seguir escondido.

La última línea se le quedó un segundo más adherida a la boca.

Algo pasó en el anfiteatro. Belén seguía respirando al fondo, alguien dejó caer algo en una fila lateral, la lluvia repiqueteaba lejos contra el techo. Pero por un instante el ruido del lugar dejó de invadir. Antonia bajó la hoja. Nadie habló enseguida, y eso fue peor.

—Bueno —interrumpió Consuelo al fin con un hilo de voz extrañamente débil—. Ya, yo me voy a morir.

Rocío se pasó una mano por la boca, escondiendo una reacción. Belén soltó el aire.

—Sí, eso era.

Valeria no sonrió, pero tampoco parecía lista para destruir nada.

—Hay que bajar un poco la última pausa —observó—. Pero funciona.

Consuelo giró hacia ella con indignación.

—¿Eso es todo?

—Eso es muchísimo viniendo de mí, aprende a agradecer.

Antonia seguía de pie, todavía con el pulso demasiado consciente en la garganta.

—No —dijo—. No, no, fue solo una prueba. Eso no significa...

—Significa que funcionó —zanjó Belén.

—Significa que te escucharon. —Santiago levantó la vista hacia ella.

Lo dijo con un tono neutro, como si fuera al pasar. Pero a Antonia le costó ignorarlo. Avanzó por los peldaños demasiado rápido, casi huyendo.

—No dije que sí —repitió mientras enfilaba con paso firme por el pasillo.

Consuelo ya la estaba esperando abajo.

—Pero tampoco dijiste que no. —La detuvo tomándola de los hombros.

—Porque me tomaron por sorpresa —replicó Antonia, subiendo inconscientemente el tono de su voz.

—A veces ese es el mejor estado para tomar una decisión.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene muchísimo.

Belén cogió la hoja con una avidez agotada.

—Necesito cerrar esto antes de que la profesora de música cambie de opinión otra vez. Antonia, mírame: solo te pediríamos un minuto, ni siquiera un minuto completo. Y ahora ya sabemos que puedes hacerlo.

Antonia abrió la boca para negarse otra vez, pero Rocío habló antes.

—Te gustó.

Todos la miraron. Antonia frunció el entrecejo.

—¿Qué?

Rocío alzó un hombro, tranquila.

—No digo que te gustó la idea de exponerte, digo que el texto te gustó. Mientras lo leías no tenías cara de querer salir corriendo.

Antonia apartó la vista, con los puños apretados.

—No sé de qué hablas.

—Yo sí —murmuró Consuelo.

Valeria chasqueó la lengua con suavidad.

—Qué agotador debe ser vivir rodeada de gente que convierte todo en “confesión grupal”.

—Y aun así te quedas. —Rocío la miró.

Belén levantó ambas manos.

—Por favor. Estoy a dos comentarios más de tirarme debajo de una butaca. ¿Sí o no, Antonia?

Antonia miró la hoja, después el escenario, después, sin querer, a Santiago. Él no le devolvió una expresión heroica ni nada parecido. Solo la observó con serenidad, como si supiera que la decisión tenía que salir de ella. Eso, por alguna razón, hizo más fácil respirar.

—Solo si no me cambian el texto cada cinco minutos —dijo al fin.

Consuelo gritó. Belén también, pero de alivio. Valeria cerró los ojos un segundo, resignada a la explosión. Rocío sonrió de lado, como si ya hubiera sabido la respuesta antes que ella.

Santiago bajó la vista a la guitarra, aunque Antonia alcanzó a ver el gesto mínimo que se le había movido en la boca, una pequeña sonrisa.

—Bien. —Belén volvió automáticamente a su modo organizativo—. Entonces probamos con ella hoy y mañana se lo mostramos a la profesora. Si da el visto bueno, se queda. Y nadie me desarma esto o juro que me convierto en leyenda trágica del internado.

—Ya eras bastante trágica antes —murmuró Valeria.

—Valeria.

—Estoy motivándote. —Se encogió de hombros.

Lo que siguió fue una media hora de ensayo nervioso.

Consuelo subía y bajaba del escenario corrigiendo entradas que nadie le había pedido corregir.

Belén perseguía marcas de cinta blanca con intensidad.

Valeria afinaba tiempos, pausas y transiciones sin cansancio.

Rocío permaneció en las butacas el tiempo suficiente para mirar con atención y hacer dos comentarios tan precisos que Belén le ofreció, muy en serio, adoptarla como secretaria técnica.

Antonia leyó el texto tres veces más. La primera, demasiado rápido.

La segunda, demasiado cuidadosa. La tercera encontró un punto medio.

Santiago no dijo mucho durante esos intentos.

Cambiaba un acorde, una entrada, un silencio entre frases.

Eso era todo. Pero el espacio que le dejaba hacía que a Antonia le resultara más fácil no pelearse consigo misma.

Al terminar, la profesora de música anunció que necesitaba a Santiago en una sala contigua para revisar otra parte del número. Él se levantó con la guitarra colgada al hombro y pasó cerca de Antonia justo cuando ella estaba guardando la hoja en la carpeta.

—Gracias —soltó ella antes de pensarlo demasiado.

Santiago se detuvo y la miró de reojo, divertido.

—¿Por qué?

—Por no hacer que pareciera peor de lo que ya me parecía.

Antonia notó que él sostenía la mirada un segundo más de lo necesario, como si estuviera disfrutando de haberla hecho sonreír.

—No me convenía. Yo también tenía que tocar.

Eso la hizo sonreír contra su voluntad.

—Muy solidario.

—Muchísimo.

Hubo un segundo entre la gente gritando, moviendo sillas y yendo de un lado para otro que pareció no estar sucediendo. Por un segundo, el ruido del anfiteatro quedó demasiado atrás.

—Te sale bien —concluyó él al final—. Cuando dejas de frenarte.

Antes de que pudiera responder algo, alguien lo llamó desde la puerta lateral. Santiago levantó una mano en señal de que ya iba y se alejó sin añadir nada más.

Antonia se quedó donde estaba, con la carpeta apretada contra el cuerpo como si le anclara al suelo.

—Yo lo vi —interrumpió Consuelo, a su lado, apareciendo de ninguna parte.

—Te odio. —Antonia entrecerró los ojos.

—No. Me necesitas.

—Eso es peor. —Antonia miró hacia donde se fue Santiago.

Consuelo se colgó de su brazo, eufórica.

—Además, esto resuelve demasiadas cosas: tú en el texto, él en la guitarra, el otoño, la transformación, el simbolismo, la atmósfera...

—No digas atmósfera. Valeria podría invocarse sola.

Como si la hubieran llamado, Valeria apareció al final de la fila.

—Ya me invoqué sola hace rato.

Consuelo ni siquiera se sorprendió. Valeria miró a Antonia un segundo más de lo habitual.

—No entres en la primera frase como si estuvieras pidiendo permiso.

Antonia sintió el impulso instantáneo de tensarse.

—Gracias por la delicadeza.

—No es delicadeza. Es dirección escénica.

—A veces hablas como si el resto fueran cosas que puedes ajustar a tu gusto.

Valeria inclinó la cabeza.

—A veces el resto se mueve mejor cuando alguien se lo dice.

La frase quedó un momento flotando, no tan agresiva como para comenzar una discusión, ni tan filosa como para afectarla tanto. Rocío, que venía bajando de las butacas, se detuvo cuando percibió el tono.

—Y a veces no.

Valeria volvió la vista hacia ella.

—Qué observación novedosa —provocó alzando las cejas.

—No intentaba ser novedosa, intentaba ser clara —replicó Rocío con los brazos cruzados sobre el pecho.