Capítulo 7 – La voz en medio del ruido
Una semana después, Antonia cruzaba la puerta del anfiteatro con la mochila colgada en un hombro.
Afuera, la tarde seguía suspendida en esa llovizna fina que calmaba los ánimos del internado después de un día de clases.
Pero en cuanto cruzó la puerta, sintió el caos del Festival de Otoño como algo más real: voces cruzadas, cinta adhesiva pegándose y despegándose del piso, sillas arrastradas, una profesora de música diciendo “otra vez” con una paciencia cada vez más escasa.
Caminó hasta traspasar el umbral del bambalinas, donde el barullo habitual de los técnicos y las voces cruzadas se sintió lejano por un momento, amortiguado por las cortinas pesadas del pasillo lateral.
En lugar del desorden, lo primero que la recibió fue una melodía limpia de guitarra que venía desde el rincón de bambalinas.
Antonia detuvo el paso, quedándose a medio camino entre la penumbra.
Santiago estaba solo, sentado en un cajón de madera con los ojos fijos en el mástil.
No sabía que ella estaba ahí. A un lado descansaba un cuaderno de tapas negras, abierto sobre una página llena de palabras tachadas y pequeños cambios escritos entre líneas.
Santiago alternaba entre tocar un fragmento y anotar algo antes de volver a empezar, con la paciencia de quien todavía buscaba la forma exacta de decir lo que tenía en la cabeza.
Al verlo así, concentrado, algo en ella se tensó. No era simple curiosidad; era la sensación de estar espiando el lugar exacto donde él se escondía del internado.
La música tenía un peso físico que la calmó. Se quedó inmóvil, conteniendo la respiración para no romper el momento, asustada de lo mucho que esa melodía le estaba tocando los bordes antes de que el ruido general volviera a quebrar el aire.
No pensaba quedarse. Solo había ido a dejarle a Consuelo un cuaderno que se había olvidado en la sala y a recuperar la bufanda “comunitaria”, que llevaba tanto tiempo sobre la butaca del anfiteatro que la hermana Clara ya preguntaba en cada ensayo si pensaban adoptarla definitivamente.
El plan era entrar, encontrarla y salir. Pero en Santa Camelia los planes a veces eran solo sugerencias.
Volvió al escenario por la lateral, donde estaban todos.
—Llegaste. —Consuelo, que estaba sentada en una butaca, se puso de pie con una carpeta abierta contra el pecho y una mecha de pelo pegada a la frente—. Excelente. El destino ama colaborar conmigo.
—No me gusta cómo empieza esa frase. —Antonia retrocedió un paso.
—Porque eres desconfiada del arte. —Consuelo avanzó hacia ella con seguridad.
—Porque contigo nunca significa algo simple.
Consuelo le arrebató el cuaderno de las manos y lo apretó contra el pecho con solemnidad ridícula.
—Me acabas de salvar de una humillación escénica.
—Era tu cuaderno de filosofía.
—Toda humillación puede ser escénica si una la vive con suficiente intensidad.
Antonia negó con la cabeza, pero no alcanzó a responder porque más arriba, sobre el escenario, Belén gritó:
—¡Consuelo! Suéltala de una vez, que tenemos que seguir con el ensayo y perdemos minutos de luz.
—¡Voy! —respondió ella de vuelta con un ademán apresurado, girándose hacia Antonia con rapidez—. No te vayas.
—Me voy exactamente ahora.
—No. Espera cinco minutos.
—Tus cinco minutos duran media vida.
Consuelo juntó las manos frente al pecho y parpadeó varias veces.
—Por favor.
Antonia iba a negarse cuando oyó un rasgueo de guitarra desde uno de los costados del escenario. Volteó casi por reflejo.
Santiago estaba sentado en un taburete bajo, un poco apartado del resto, con la guitarra apoyada sobre la pierna y varias hojas dispersas a sus pies.
No llevaba la chaqueta del uniforme, solo la camisa remangada hasta los antebrazos.
La luz lateral le pegaba de medio lado y no parecía ajeno al ensayo.
Parecía estar dentro de él desde un lugar distinto, como si quisiera sostener el ambiente.
Belén bajó del escenario con una cinta métrica enredada en una mano y cara de haber agotado ya tres vidas distintas.
—Antonia —dijo al verla—. Qué bueno que viniste.
Antonia ya supo que iba a arrepentirse.
—No vine, solo pasaba.
—Perfecto. Entonces pasaste justo a tiempo.
—No me gusta esa frase.
—Necesito una opinión neutral antes de que Consuelo haga una escena y Valeria me corrija otra vez con esa cara de “yo ya sabía”. Estoy viviendo rodeada de depredadores energéticos. —Belén se pasó una mano por la frente.
Desde una fila más adelante, Valeria levantó la vista de la libreta negra que llevaba siempre consigo.
—No soy depredadora —aclaró con frialdad—. Solo tengo razón con demasiada frecuencia.
—Eso es exactamente lo que diría una depredadora —murmuró Rocío desde una butaca lateral.
Antonia no la había visto entrar. Estaba sentada a media sombra con un cuaderno sobre las piernas y la expresión de quien había aceptado quedarse por lealtad, no por entusiasmo. La calma con que observaba todo hacía parecer que llevaba ahí mucho más rato del real.
—¿Desde cuándo estás aquí?
—Desde hace suficiente tiempo como para confirmar que todos están peor de lo habitual.
—Qué alivio verte tan amable.
Rocío alzó un hombro. Belén chasqueó los dedos en el aire para llamar la atención.
—Atención, por favor. Tengo un problema.
—Tienes varios —intervino Valeria sin levantar la voz.
Belén cerró los ojos un segundo, respiró, y siguió como si no la hubiera oído.
—La profesora de música quiere unir el interludio de guitarra con la transición de la segunda parte del número.
Consuelo insiste en que falta una voz en medio de eso.
No cantar, una voz hablada, algo breve. Una especie de texto sobre el otoño, el cambio, toda esa línea.
Yo solo necesito saber si tiene sentido o si nos estamos hundiendo en pretensión institucional.
Antonia parpadeó.
—¿Y por qué me preguntas a mí?
Consuelo se acercó un paso más.
—Porque tú entiendes el tono.
—Eso no significa nada.
—Significa exactamente lo que acabo de decir.
Desde el taburete, Santiago dejó de tocar y levantó apenas la vista, sin intervenir, esperando.
Belén se cruzó de brazos.
—La idea no es mala. El problema es que nadie quiere leerlo.
—Porque a todos les da vergüenza parecer intensos. —Consuelo torció la boca para imitar el tono de la otra.
—Porque todos saben reconocer una mala idea cuando la ven. —Rocío ni se movió de su butaca.
—No es una mala idea —interrumpió Santiago. Como había estado callado casi todo el tiempo, su voz consiguió que el ruido de alrededor bajara un poco, o al menos a Antonia se lo pareció.
Lo miró. Él ya tenía la vista puesta en Belén, no en ella.
—Si el texto entra bien —continuó— puede funcionar. La guitarra sola deja el paso un poco vacío. Una voz puede amarrarlo.
Valeria cerró la libreta con suavidad.
—Siempre que no lo lean con la misma entonación de un discurso de licenciatura.
Consuelo hizo una mueca ofendida.
—Tú no entiendes nada del alma.
—Yo entiendo perfectamente lo que es pasar vergüenza ajena delante de un anfiteatro lleno.
Belén alzó una mano antes de que el intercambio escalara.
—Bien. Entonces la idea se mantiene, falta la persona.
Antonia empezó a retroceder poco a poco, entendiendo hacia dónde se dirigían.
—No me miren a mí.
Demasiado tarde, ya todos la estaban mirando. Consuelo sonrió primero, irradiando una satisfacción que a Antonia le pareció casi ofensiva.
—Yo no dije nada. —Alzó ambas manos.
—Lo dijiste todo con la cara.
—Quizás porque tengo razón.
Antonia sintió una mezcla absurda de calor y alarma subirle por el cuello.
—No.
Belén inclinó la cabeza.
—Tienes buena voz.
—Para hablar en clase, no para pararme en un escenario.
—No es lo mismo —rebatió Santiago, concentrado esta vez estrictamente en ella.
Esta vez sí la estaba mirando. Antonia sostuvo esa mirada un segundo antes de apartarla.
—Exacto, no es lo mismo.
—Por eso mismo —añadió él con una parsimonia que la irritó un poco—. No tienes que actuarlo, solo leerlo.
—Qué fácil para ti decirlo cuando estás ahí con una guitarra con esa naturalidad de quien nació pegado al taburete —replicó enojándose un poco.
Algo parecido a una sonrisa le tocó la boca.
—No es fácil para mí, solo lo disimulo bien.
Eso la descolocó lo suficiente como para dejarla callada. Consuelo aprovechó.
—Mira, antes de que digas que no con demasiado dramatismo involuntario, escucha esto: la profesora de música quiere algo sobrio. Belén quiere algo ordenado. Yo quiero algo bello. Santiago quiere que la transición no se muera. Y tú... —hizo una pausa teatral—, tú podrías hacerlo bien.
Rocío descruzó las piernas.
—Eso ha sido extrañamente convincente para venir de ti —aprobó.
—Lo sé. Me desconozco.
Antonia dejó el bolso sobre una butaca para ganar tiempo.
No le gustaba que la miraran tantas personas a la vez, ni siquiera esas.
Menos cuando la idea implicaba ponerse en medio de un escenario con palabras que probablemente iban a sonar más reales de lo que quería admitir, con todo lo que pasaba en su cabeza últimamente.
—Ni siquiera hay texto todavía.
Belén señaló una carpeta sobre una de las primeras filas.
—Hay borradores.
—Eso no ayuda.
—Léelos primero —sugirió Santiago con simpleza, de modo que por un momento pareció una salida razonable, no una trampa.
Consuelo ya le estaba poniendo la carpeta en las manos.
—Eso. Léelos. Después huyes si quieres, con permiso firmado.
Antonia miró a Rocío buscando una mínima señal de salvación, pero ella ni siquiera pestañeó.
—Lee primero —sentenció con esa fijeza suya que parecía dureza.
Antonia le sostuvo la mirada un segundo, sintiendo que Rocío acababa de dejarla sola justo cuando más necesitaba una salida. Traición completa. Abrió la carpeta con resignación.
Había tres hojas sujetas con un clip. El primer borrador estaba demasiado recargado, lleno de imágenes bonitas que no la convencían.
El segundo parecía escrito por alguien que quería sonar profundo a la fuerza.
El tercero, en cambio, era más breve. Leyó en silencio las primeras líneas y luego se quedó quieta.
—¿Y? —preguntó Belén.