Otoño (Todas las cosas que empiezan aquí 1) Capítulo 6 – Lo que cambia de tono #3
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Capítulo 6 – Lo que cambia de tono #3

Antonia metió los dedos entre las tarjetas amarillentas, buscando saltar directo a las pestañas de hace ocho años.

Detuvo el índice en las pocas fichas que quedaban de abril de 2018, pero los títulos de los libros marcados con la hoja caída simplemente no aparecían en el registro.

Alguien se los había llevado sin pasar por el mostrador. El orden del sistema tenía un bache.

Cuando la señora Inés volvió a recordarles que debía cerrar, las tres recogieron sus cosas con una lentitud que demostraba que nadie quería cortar ahí.

Antonia guardó el papel de advertencia en su bolso y devolvió el libro azul al estante exacto del que lo habían sacado. Le costó más de lo que esperaba soltarlo.

Al salir de la biblioteca, la llovizna se había vuelto un poco más notoria, impregnando el aire de tierra húmeda y hojas mojadas. Desde el anfiteatro llegaba de nuevo un acorde perdido, luego otro.

Consuelo se ajustó el chaleco sobre los hombros.

—Entonces, resumen.

—No —dijo Rocío automáticamente.

—Sí. Resumen: no era una frase suelta. Hay hojas, fechas, libros que se mueven y quizás alguien todavía metiendo mano. Horrible, fascinante y horrible.

Antonia metió las manos en los bolsillos de la falda.

—Y nadie más sabe que nosotras lo sabemos.

Rocío la miró de lado.

—Eso esperamos.

Caminaron en dirección al patio central. Al rodear la galería, el sonido de la guitarra se volvió más claro. No venía del escenario principal, sino de uno de los costados del anfiteatro donde los ensayos pequeños se improvisaban a veces cuando adentro ya no cabía nadie más.

Santiago estaba de pie esta vez, apoyado contra una de las columnas de madera, probando acordes mientras un alumno de música le marcaba algo desde una carpeta. La llovizna no alcanzaba hasta ahí.

Consuelo ralentizó el paso con disimulo nulo.

—Yo solo digo que ese chico parece vivir en una escena.

—Tú crees que todo vive en una escena —observó Rocío, acomodándose la mochila.

Antonia iba a seguir caminando sin detenerse, pero justo entonces el alumno de música se despidió de Santiago y se alejó hacia adentro con apuro. Santiago quedó solo un momento, guardando unos papeles entre las cuerdas y el mástil.

Al levantar la cabeza, las vio. Consuelo, incapaz de respetar ningún orden natural del mundo, sonrió primero.

—Hola, músico trágico.

Santiago soltó una risa breve.

—Hola.

—¿Ensayo? —Quiso saber Antonia, antes de pensarlo demasiado.

—Sí. Algo del festival.

Su voz tenía esa calma suya, casi con el ritmo de quien piensa cada frase un poco más que las del resto.

Consuelo se inclinó hacia la guitarra.

—¿Importante?

—Depende de a quién le preguntes. Para la profesora de música, sí. Para mí, todavía estoy tratando de entender dónde se supone que entra.

—Como todos en esta vida —murmuró Rocío.

Santiago miró a Antonia un segundo más.

—¿Ustedes vienen de la biblioteca?

A Antonia se le tensó el estómago. Fue mínimo.

—Sí.

Santiago asintió sin darle más peso del necesario.

—Tiene sentido. Consuelo tiene cara de haber levantado polvo histórico.

—Gracias, supongo.

La llovizna repiqueteó suave sobre el borde del techo. Durante un instante, nadie habló. Después, desde adentro del anfiteatro, una voz gritó el nombre de Santiago. Él levantó un poco la guitarra en una mano.

—Tengo que ir.

—Qué pena —dijo Consuelo, nada afectada por la idea de la sutileza.

Santiago sonrió de lado. Luego miró a Antonia otra vez.

—Nos vemos.

—Nos vemos —respondió.

Él desapareció por la puerta lateral del anfiteatro. Consuelo esperó exactamente un segundo antes de girarse hacia Antonia con una expresión insoportable.

—No digas nada —advirtió Antonia.

—No he dicho nada.

—Lo estás diciendo con la cara.

—Tengo una cara muy expresiva. No la criminalices.

Rocío siguió caminando, aunque una sombra de sonrisa le pasó por la boca.

—Prefiero cien veces la biblioteca embrujada a escuchar esta conversación.

—Qué memoria más selectiva tienes. Cuando estabas con Pablo...

Rocío dejó de sonreír antes de que Consuelo terminara la frase. Antonia lo notó enseguida.

Llegaron al dormitorio con la humedad pegada a las medias y un cansancio raro, hecho mitad de rutina y mitad de algo más difícil de nombrar.

Antonia dejó el bolso sobre la cama y sacó el papel de advertencia una vez más, casi sin pensar. La frase seguía pareciéndole distinta a la del libro.

Rocío se desabrochó el chaleco con movimientos breves.

—Hoy tampoco dormiremos bien, ¿cierto?

—No.

—Excelente. Mañana tengo que fingir espiritualidad en misa con tres horas de sueño.

Rocío soltó una risa breve.

—Consuelo, llevas diciendo lo mismo desde primero medio.

—Y cada domingo sigo teniendo razón —replicó Consuelo.

Antonia cerró el cuaderno con un golpe seco, como si el papel pudiera quemarle los dedos.

—No vamos a dejar esto hasta aquí.

Rocío la miró.

—Lo sé.

Consuelo se dejó caer sobre su cama con un suspiro largo.

—Entonces oficialmente tenemos un problema.

Antonia miró por la ventana. Afuera, la lluvia seguía cayendo sobre Santa Camelia con una calma rara, demasiado ajena a todo lo que estaba pasando dentro de ellas.

—Sí —concluyó al final—. Pero creo que recién le estamos tomando el peso.